sábado 30 de abril de 2011

Domingo en la Octava de Pascua (hispano-mozárabe).


Domingo en la Octava de Pascua, Año I:

Profecía: Ap 5, 1-13.
Psallendum: Sal 8, 2s.
Apóstol: Hch 13, 26-39.
Evangelio: Jn 20, 19-31.

            Como en otros días, el apóstol de hoy pone en boca de Pablo que Jesucristo es la plenitud de la Revelación acontecida en el Antiguo Testamento. La salvación de Cristo es enviada no sólo a los judíos sino también al resto de los hombres: descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios; a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación. Este mensaje ya lo hemos escuchado también esta semana de la boca de Pedro. Aquí las perícopas seleccionadas se centran en el misterio pascual como objeto fundamental de la  Revelación. Como Pedro, Pablo también interpreta la Escritura, descubriendo cómo profetizaba de forma velada la resurrección del Señor: Así está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: Os cumpliré la promesa que aseguré a David, por eso dice en otro lugar: No dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Pero David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres y se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó, no se corrompió.
            El evangelio de hoy es el mismo para el Año I y II. Si en el domingo de Pascua nos encontrábamos con el sepulcro vacío, ahora se nos presenta la primera aparición de Jesús a sus discípulos. El canto de laudes, que está tomado del evangelio de Lucas, sintetiza a modo de “título” –como lo hace este recurso en el Leccionario romano– el evangelio de Juan que se ha proclamado. Dos aspectos son fundamentales de este evangelio. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Este envío de los apóstoles se nos hace también hoy a nosotros, que finalizada la Octava debemos ir y dar testimonio de Cristo resucitado a todas las naciones. El otro aspecto es la conocida incredulidad de Tomás. Frente a la incredulidad, son irresistibles las palabras de Jesús: Dichosos los que crean sin haber visto. Salvo raras excepciones en la historia de la Iglesia, estamos llamados a creer en Cristo sin verle. Este mensaje fue de especial importancia para la segunda generación cristiana postapostólica.
            La profecía nos dispone con un tono doxológico a recibir también nosotros a Cristo resucitado, que se nos presenta como un Cordero en pie, como el león de la tribu de Judá. Este sintagma aplicado a Cristo nos es familiar en nuestro rito. En el tiempo pascual el canto para la fracción del pan es precisamente este:

Venció el león de la tribu de Judá,
la raíz de David, aleluya.


Adolfo Ivorra

viernes 29 de abril de 2011

Viernes de la Octava de Pascua - Estación en Santa María "ad Martyres", en el Campo Marcio.

El edificio actual del Panteón fue construido por el emperador Adriano, el mismo que hizo construir el mausoleo del Castel S. Angelo, entre el 118 y el 125 d. C., el cual dedicó a los "Dei Superni o Astrales".

Construido siguiendo los modelos de varias teologías, naturalmente paganas, desde los grandes nichos por la teología más antigua, la de los siete planetas, a la más reciente, helenística o de los doce dioses. La cúpula está construida con influencias de la religión etrusca, una esfera de cien pies, es decir, 43,40 metros, como el huevo cósmico etrusco, equipada de un "ojo" central colocado para impedir el ingreso en el templo de los influjos celestes.

El Panteón (o la Rotonda como es también conocido el templo) fue construito en el 27-25 a.C. por Marco Vespasiano Agripa hijo y ministro de Augusto y, como ya ha sido dicho, fue rehecho más tarde por el emperador Adriano.

La actual denominación de la iglesia "Santa Maria ad Martyres", se remonta al 608-609 cuando el imperador bizantino Flavio Nicéforo Focas donó aquel templo al papa Bonifacio IV, que, sin modificar la estructura originaria, lo transformó y lo dedicó a los Mártires y a su Reina.

El Papa Urbano VIII Barberini, en 1632, utilizó los bronces del pronaos para realizar el baldaquino en la basílica de San Pedro.

Más tarde, de 1747 a 1758, Paolo Posi llevó a cabo la restauración de la decoración marmórea interna del tambor; todas estas variaciones no estropearon nunca la majestuosa belleza de esta iglesia que así permanece hasta el día de hoy.

Esta estación convoca a los fieles y a los neófitos a unirse a todos los Mártires, abrazando así al que ha dado la vida y ha sufrido por la fe cristiana.


(Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

jueves 28 de abril de 2011

La aspersión del agua en memoria del Bautismo.

El misal romano recoge entre sus páginas un rito de especial significación en este tiempo de Pascua: la aspersión del agua bendita. La actual Ordenación General del Misal Romano señala esta costumbre que la anterior OGMR no mencionaba:


OGMR 51. ...El domingo, especialmente en el tiempo pascual, a veces puede hacerse la bendición y aspersión del agua en memoria del Bautismo, en vez del acostumbrado acto penitencial.

En la actual traducción española, en su última reimpresión, encontramos este rito en el Apéndice III del misal, además de en el Ordo Missae, que dice:

* * *
RITO PARA LA BENDICIÓN Y ASPERSIÓN DEL AGUA
EN LOS DOMINGOS
El rito de la bendición y aspersión del agua bendita sustituye el acto penitencial y puede usarse todos los domingos —desde las misas vespertinas de los sábados— y es recomendable especialmente durante el
tiempo de Pascua.

En el Apéndice III las rúbricas lo introducen así:

Apéndice III
RITO DE LA BENDICIÓN Y ASPERSIÓN
DEL AGUA EN LOS DOMINGOS
1. Este rito puede hacerse en todas las misas dominicales, incluso en las celebradas en las últimas horas de los sábados por la tarde.
2. La bendición y aspersión del agua se hace después del saludo inicial y ocupa el lugar y la función del acto penitencial del comienzo de la misa.

El origen histórico de esta procesión nos lo resume Riguetti en su Historia de la Liturgia (vol. I):

a) La procesión dominical para la aspersión del pueblo con el agua bendita. — Se originó en Francia poco antes de la época carolingia y se difundió en seguida por Italia, como nos consta por los decretos sinodales de Raterio de Verona (+ 974). Fue instituida para repetir semanalmente sobre los fieles aquella efusión del agua lustral recibida cada año en la noche de Pascua en la bendición de la fuente, la cual debía reavivar en ellos la gracia del bautismo. Durando [de Mende] lo dice expresamente: Ex aqua benedicta nos et loca in signiflcationem baptismi aspergimus. El celebrante, antes de la misa parroquial, bendecía el agua, y procesionalmente, con la cruz y los ministros, dando la vuelta a la iglesia, rociaba a los fieles; se dirigía después, si existía, al cementerio contiguo, donde bendecía las tumbas; después volvía al altar. En los monasterios, la procesión que llevaba el agua lustral a los lugares más importantes del edificio adquirió importancia extraordinaria Hoy la antigua forma procesional ha desaparecido; pero ha quedado el rito, que tiene lugar todos los domingos en las iglesias colegiatas y parroquiales.

Creo que este signo debería rescatarse del olvido, por lo menos los domingos de Pascua, aunque preferiblemente más domingos del año. La razón la encontramos en la vinculación entre el bautismo y la celebración del Domingo. Siguiendo con Riguetti:

Por otra parte, estas íntimas relaciones entre la institución del domingo y el misterio de la resurrección explican muy bien por qué este día haya conservado siempre en la liturgia una impronta festiva de alegría, con exclusión absoluta de cuanto parece tener carácter de penitencia o de luto; el ayuno, por ejemplo, y la oración de rodillas. Die solis laetitiae indulgemus, decía a los paganos Tertuliano; y en otro lugar: Die dominica ieiunium nefas ducimus vel de geniculis adorare. Aún más: así como la resurrección, en el pensamiento de San Pablo, era figura de la novitas vitae comenzada por el cristiano en el bautismo, así el domingo fue considerado como el recuerdo semanal de la iniciación cristiana.
En este concepto se funda la costumbre todavía en vigor de asperjar todos los domingos con agua bendita el altar, el clero y el pueblo antes de la misa solemne o parroquial. Idcirco singulis aspergimus dominicis — escribe Ruperto de Deutz — quia in sacrosancta primae huius dominicae (Pascua) vespera baptismum universaliter sancta celebrat ecclesia. Este uso, derivado de lo que prescribe ya el VII Ordo romano (s.VI-VII) con ocasión de la bendición del agua bautismal, existía en Roma y en las Galias hacía la mitad de siglo IX.
La conocidísima Admonitio synodalis, que en el siglo IX era ley en las Galias e Italia, dice: Singulis diebus dominicis, ante missam, aquam, qua populus aspergatur, benedicite ad quod vas propríum habete. De manera parecida se expresa Hincmaro de Reims (+ 882) en su Epistula synodica y algo después Raterio de Verona (+ 974) en sus Estatutos Pero todavía antes del siglo IX estaba vigente en algunas comunidades monásticas el uso de asperjar todos los domingos ante missam los varios lugares del monasterio: el claustro, las celdas, etc. Sucesivamente, la procesión hecha en esta circunstancia asumió también en las iglesias seculares una solemnidad particular.

Adolfo Ivorra

miércoles 27 de abril de 2011

Bendición Abacial en el Monasterio de Tulebras.

El pasado día 25 de Abril, Lunes de la Octava de Pascua, en el Monasterio de "Santa María de la Caridad" de Tulebras (Navarra) recibía la Bendición Abacial de manos del Arzobispo de Pamplona-Tudela, D. Francisco Pérez González, la Madre María Pilar Germán Rojas, Alumna del Bienio de Teología Litúrgica de la Facultad de Teología "San Dámaso" de Madrid en los cursos 2008-2009 y 2009-2010.

La Madre María Pilar nació en 1966, entró en este Monasterio Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapense) en 1994 y profesó solemnemente en el año 2000; hasta su elección como Abadesa del Monasterio, el 25 de Enero de este año, era Maestra de Novicias.

El servicio que conlleva el ser Abadesa fue expresado bellamente en las moniciones que tuvieron lugar antes de la entrega de los instrumentos, cuatro imágenes-cuatro símbolos:

MADRE de la comunidad: Es el mayor vínculo natural que puede haber entre dos personas. Un vínculo a la vez personal, con cada hermana en particular, y comunitario. Las alimentará en lo espiritual y en lo material. Este vínculo se ve reforzado en la vida monástica por el voto de estabilidad. El ANILLO es símbolo de este vínculo.

PASTORA de la comunidad. El BÁCULO es símbolo de la solicitud a poner en práctica para adaptarse a cada hermana, animándolas, con su ejemplo y paciencia, a recorrer el camino de su vocación, orando por cada una de ellas, y manifestando la bondad de Cristo.

MAESTRA siendo discípula en la escuela de Cristo, haciéndose así accesible a todas. Se alimentará de la palabra de Dios y de la sabiduría monástica. La REGLA de san Benito es símbolo de esta escuela del servicio divino.

MÉDICO porque ella va siendo sanada por el amor de Cristo. La CRUZ es símbolo de la solicitud, la sabiduría y la habilidad que tendrá que utilizar para con las hermanas en dificultad.

A la ceremonia asistieron Monjes y Monjas de diversos monasterios, entre los Abades estaban los de: Santa María de Huerta, Cóbreces, La Oliva, San Pedro de Cardeña, Leyre... Además, eran numerosísimos los asistentes a tal efeméride y, como no podía ser de otra manera, asistimos en gran número sus compañeros del Bienio con nuestro coordinador a la cabeza, Don Manuel González López-Corps.

Desde nuestro Blog felicitamos a la LXXXV Abadesa del Monasterio de Tulebras y le deseamos que "María no se aparte nunca de su boca ni de su corazón" (cf. San Bernardo).




(Fotografías: 1.-Entrega del Báculo: de Miguel Ángel Nieto; 2.-Tras la Ceremonia: de Salvador Aguilera)

lunes 25 de abril de 2011

Martes de Pascua, cuando los bautizados dejan las albas.


Martes de Pascua, cuando los bautizados dejan las albas:

Profecía: Ap 2, 8-11.
Psallendum: Sal 3, 6s.
Apóstol: Hch 2, 42-47.
Evangelio: Lc 24, 13-35.

            Hoy los catecúmenos dejan sus vestiduras blancas, con las que han participado en las celebraciones litúrgicas desde la Vigilia Pascual. Como los primeros cristianos, los neófitos pueden experimentar el rechazo de los demás por la valentía de su confesión. A los primeros cristianos se dirige el que estuvo muerto y volvió a la vida, el que conoce también cómo... calumnian esos que se llaman judíos y no son más que sinagoga de Satanás. Ante las dificultades en confesar la resurrección de Cristo y vivir cristianamente, la lectura del Apocalipsis nos exhorta a la fidelidad hasta el final: Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida... El que salga vencedor no será víctima de la muerte segunda. La primera muerte, castigo propio de la desobediencia de Adán, nuestro primer padre, es para el cristiano la forma de culminar lo que ya ha acontecido en el bautismo: como Cristo, deben participar en su muerte para poder ser partícipes de su resurrección. Para los cristianos la muerte no es un obstáculo sino una puerta. Por eso la tradición litúrgica, inspirándose también en la primigenia bíblica, concibe la muerte como sueño. De ahí que en el psallendum digamos Me acuesto y me duermo, y me despierto, porque el Señor me sostiene.
            También se invita hoy a huir de la dispersión, a ser constantes en expresar nuestra fe. Los discípulos de Emaús caminaban desconsolados. Como en estos días, el encuentro con Cristo resucitado les hace caer en la cuenta de que no habían leído correctamente las Escrituras. Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Como en la liturgia de la misa, a la exégesis verdadera de la Escritura sigue la fracción del pan. Y es en esa fracción donde nos damos cuenta de cómo la Escritura realmente nos muestra a Cristo: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Por tanto, la celebración eucarística será para los nuevos cristianos el necesario punto de encuentro con Cristo en esta vida, y por la muerte, la consumación de su bautismo en el misterio pascual de Cristo.
            Al hacer esto, los nuevos bautizados imitan a los primeros cristianos, que eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones, como nos dice el apóstol de hoy. Ellos a diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón.
 
Adolfo Ivorra

La Octava de Pascua y las "Stationes".

En estos días de la Octava de Pascua las Estaciones se llevan a cabo en lugares que ya hemos tratado anteriormente; la que aún no ha tenido lugar la trataremos en su día propio:

Lunes San Pedro en el Vaticano
Martes San Pablo extramuros
Miércoles San Lorenzo extramuros
Jueves Santos XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Viernes Santa María "ad Martyres"(Panteón), en el Campo Marcio
Sábado San Juan de Letrán
Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia San Pancracio

sábado 23 de abril de 2011

La Crucifixión y la Resurrección en los Himnos de Efrén el Sirio.

Desciende del leño como fruto y sube al cielo como primicia

Efrén el Sirio, muerto en el 373, canta el misterio de nuestra salvación en 35 himnos pascuales que tratan de los ázimos, la crucifixión y la resurrección. En el octavo himno sobre la crucifixión son contemplados los lugares y los instrumentos relacionados a la pasión de Cristo, cada uno de ellos aclamado "dichoso". El jardín de Getsemaní es puesto en paralelo con el jardín del Edén: "Dichoso eres tú, lugar, que fuiste digno de aquel sudor del Hijo que sobre ti cayó. Con la tierra mezcló su sudor para alejar el sudor de Adán. Dichosa la tierra, que Él perfumó con su sudor y que enferma fue curada".
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El Edén es presentado como el lugar de la voluntad dividida entre el precepto de Dios y la astucia de la serpiente, que en Getsemaní se recompone: "Dichoso eres tú, lugar, porque has hecho gozar al jardín de las delicias con tus plegarias. En éste fue dividida la voluntad de Adán hacia su creador. En el jardín Jesús entró, rezó y recompuso la voluntad que se había dividido en el jardín y dijo: ¡No la mía sino tu voluntad!".



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También es declarado dichoso el Gólgota: "Dichoso eres también tú, oh Gólgota! El cielo ha envidiado tu pequeñez. No vino la reconciliación cuando el Señor estuvo allá en el cielo. Sobre ti fue saldado nuestro débito. Partiendo de ti el ladrón abrió el Edén. Aquél que fue asesinado sobre ti me ha salvado". Y el buen ladrón es dichoso porque es conducido al paraíso por el Señor mismo.





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Muy bella es también la imagen, por contraste, entre los que lo traicionaron (Judas), negaron (Pedro) y huyeron (los discípulos) y aquél que desde lo alto de la cruz (el ladrón) lo anuncia, como si Efrén quisiese subrayar que en la cruz el ladrón se convierte en apóstol: "Dichoso también tú, ladrón, porque a causa de tu muerte la Vida te ha encontrado. Nuestro Señor te ha tomado y reestablecido al Edén. Judás traicionó con engaño, también Simón renegó y los discípulos huyendo se escondieron; sin embargo tú lo has anunciado".





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En el mismo himno Efrén relaciona a José de Arimatea con el esposo de María. El papel de aquél al acoger al neonato, al fajarlo, al verlo abrir los ojos, se convierte, en cualquier modo, en el papel del otro José con Jesús bajado de la cruz: "Dichoso eres tú, que tienes el mismo nombre del justo José, porque amortajaste y sepultaste al Viviente difunto; cerraste los ojos al Vigilante dormido que se durmió y expolió el Sheol".





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Dichoso es también el sepulcro, seno que encierra para siempre la muerte: "Dichoso eres tú, sepulcro único, porque la luz unigénita surgió en ti. Dentro de ti fue vencida la orgullosa muerte, que en ti el Viviente muerto ha ahuyentado. El sepulcro y el jardín son símbolo del Edén en el cual Adán murió con una muerte invisible. El Viviente sepultado que resucitó en el jardín levantó a aquél que había caído en el jardín".





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En el primer himno sobre la Resurrección canta el misterio de la salvación: "Voló y descendió aquel Pastor de todos: buscó a Adán oveja perdida, sobre sus propios hombros la portó y ascendió". Efrén relaciona el seno del Padre y el de María y el de los creyentes, preñados del Verbo de Dios: "El Verbo del Padre viene por su seno y revistió el cuerpo en otro seno. Él procede de un seno y de otro y los senos castos fueron llenados de él. Bendito aquél que pusó su morada entre nosotros!".



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El santo poeta subraya la coherencia de todo el misterio de la salvación hasta la ascensión al cielo: "Desde lo alto fluyó como río y desde María como una raíz. Del leño descendió como Señor y del vientre salió como siervo. Se arrodilló la muerte ante Él en el Sheol y ante su Resurrección la vida lo adoró".





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En último lugar, la Encarnación es vista como el avecinarse Cristo a la humanidad débil y enferma: "Los impuros no aborreció y los pecadores no esquivó. Gozó mucho de los inocentes y deseó mucho de los simples". Toda la redención está en su hacerse vecino a los hombres para portarlos a su gloria divina: "En el río lo contaron entre los bautizados, y en el mar lo contaron entre los durmientes. Sobre el leño como muerto y en el sepulcro como un cadáver. ¿Quién ha hecho esto por nosotros, Señor, como tú? El Grande que se hace pequeño, el Vigilante que se durmió, el Puro que fue bautizado, el Viviente que pereció, el Rey despreciado para dar a todos honor".



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(Publicado por Manuel Nin en l'Osservatore Romano el 24 de Abril de 2011; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

viernes 22 de abril de 2011

"María al pie de la Cruz" en la Tradición Bizantina.



Madre esposa de Dios nosotros te magnificamos


En Cuaresma la tradición bizantina celebra la Divina liturgia solamente el Domingo y el Sábado. En las diversas horas litúrgicas encontramos los troparios llamados theotókia, dedicados precisamente a la Madre de Dios (theotókos), donde se expresa su dolor al pie de la cruz, junto al dolor pero sobre todo a la fe de toda la Iglesia.


Los textos presentan el asombro de María frente a la crucifixión del Hijo. Es el dolor de la Madre que se une al de toda la creación: "Toda la creación lloraba y se lamentaba dándose golpes. Y la pura Virgen, tu Madre, doliente a ti gritaba: Ay, Hijo mío, dulcísimo Salvador mío, se habrá visto jamás este espectáculo nuevo, extraordinario y extraño?". En algunos troparios asistimos a un dialogo entre María y Cristo: "Hijo amadísimo, qué espectáculo inaudito ven mis ojos? Y él a ella: Madre Inmaculada, esto se revelará para la gloria del mundo".


El dolor y la consternación de la Madre destacan el contraste entre Cristo dador de vida y aquellos que dan la muerte: "Porqué el pueblo te clava en la cruz a ti, el único dador de la vida, dulcísima luz mía?". Uno de los theotòkia del tercer Domingo de Cuaresma, dedicada a la santa Cruz, resuma la fe cristiana: "Hoy aquel que por esencia es inaccesible, se convierte para mí accessibile, y sufre la pasión para liberarme de las pasiones; Aquél que da la luz a los ciegos, recibe salibazos de labios inicuos y, por los prisioneros, ofrece los hombros a los flagelos. Viéndolo en la cruz, la pura Virgen y Madre dolorosamente decía: Hijo mio, Tú, espléndido de belleza más que todos los mortales, apareces sin respiro, desfigurado, sin forma ni belleza! Mi luz! No puedo verte atormentado, son heridas mis entrañas y una dura espada me traspasa el corazón".


Las preguntas de María al pie de la cruz se convierten en profesión de fe de la Iglesia: "Oh Hijo mío, coeterno al Padre y al Espíritu, qué es esta inefable economía, por la cual has salvado a la criatura plasmada por tus manos inmaculadas?". La fe cristiana, formulada en los primeros grandes concilios ecumenicos, es resumida en estos troparios: "¡Aquella que al final de los tiempos te ha parido, oh Cristo, viéndote pender de la cruz, engendrado del Padre que no tiene principio, gritaba: Jesús amadísimo! ¿Cómo es posible que tú, glorificado como Dios por los ángeles, seas ahora voluntariamente crucificado, oh Hijo, por inicuos mortales? Cuando de ve alzado en la cruz, tu Madre inmaculada, oh Verbo de Dios, maternamente gimiendo decía: Qué es éste espectáculo, Hijo mío, nuevo y extraño? Cómo eres abocado a la muerte tú, vida del universo?".


Maria y la Iglesia al pie de la cruz lloran a Aquél que voluntariamente ha salido de Ella, aquél que verdaderamente es Dios y hombre, el Verbo encarnado: "Oh Virgen toda inmaculada, Madre de Cristo Dios, una espada traspasó tu alma santísima cuando tu Hijo y Dios voluntariamente crucificado. Frente a la pasión del Hijo, la pura, gimiendo dolorosamente, gritaba con este lamento: ¿Cómo han podido entregarte al juicio de Pilatos a , que incesantemente los ángeles glorifican con himnos? Me acojo, oh Verbo, a tu gran e inexplicable compasión!". Los theotòkia insisten en la muerte voluntaria de Cristo en la cruz: "Tu Virgen Madre, oh Cristo, viéndote muerto, tendido sobre el leño, en el llanto gritaba: ¿Qué es, Hijo mío, este terrible misterio? ¿Cómo tú que donas la vida eterna a todos, mueres volontariamente en cruz?".


Otro aspecto relevante de estos textos litúrgicos es el paralelo establecido entre Cristo y María, el "cordero" y la "cordera", un tema que la liturgia bizantina retoma en los textos de la Semana Santa: "Viéndote, oh Verbo, crucificado con los ladrones, cual cordero paciente, atravesado el costado por la lanza, la cordera como madre exclamaba: ¿Cómo puede una tumba cubrir abarcar al Dios incircunscribible? Viéndote, pastor inmaculado, colgado en el leño, la cordera gimiendo como madre gritaba: A la muerte te han entregado, a cambio de la nube que acompañaba a tu pueblo en el paso del mar rojo".


Puede sorprender en algunos troparios la insistencia en el parto indoloro de María, mas son textos que se centran en el contraste entre la alegría del parto de María y su dolor por la crucifixión, pero de cualquier manera pone en paralelo dos iconos, el del nacimiento de Cristo y el se María a los pies de la Cruz de Cristo: "¿Qué es este hecho prodigioso e inusitado? Así la Virgen gritaba al Señor como madre: los dolores que no he conocido al parirte, oh Hijo, siento penetrantes mi corazón".


Maria, como la Iglesia, intercede al pie de la cruz: "Oh Virgen toda inmaculada, Madre de Cristo Dios, una espada traspasó tu alma santísima cuando viste a tu Hijo y Dios voluntariamente crucificado: no ceses de suplicarle, oh bendita, porque en este tiempo de ayuno nos da el perdón de las culpas".
(Publicado por Manuel Nin en L'Osservatore Romano el 7 de Marzo de 2010;


traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

miércoles 20 de abril de 2011

Los varones del Jueves Santo.

Cada Jueves Santo se puede apreciar en algunas parroquias una "infidelidad litúrgica" en el lavatorio de los pies. Hace unos años escribí algo sobre ello y creo que es un buen momento para presentarlo a un público más amplio. Pero antes, es hora de presentar la rúbrica correspondiente:

Lavatorio de los pies
6. Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca. (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).

Lotio pedum
10. Completa homilia proceditur, ubi ratio pastoralis id suadeat, ad lotionem pedum.
11. Viri selecti deducuntur a ministris ad sedilia loco apto parata. Tunc sacerdos (deposita, si necesse sit, casula) accedit ad singulos, eisque fundit aquam super pedes et abstergit, adiuvantibus ministris. (Missale Romanum, a. 2002)

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Sin obviar una continuidad con el sacerdocio veterotestamentario –que ponen de manifiesto los antiguos sacramentarios– que, por otro lado, es un testimonio más de la masculinidad del sacerdocio del Dios vivo, la vinculación con Cristo –desarrollada de manera magistral por la carta a los Hebreos– es una vinculación no meramente referencial, causa-efecto, o de otro tipo más o menos extrínseco. En otras palabras, la vinculación existente entre el sacerdocio de Cristo considerado desde la perspectiva del signo, es propiamente la vinculación existente entre los signos sacramentales, tal como lo afirma santo Tomás: «Los signos sacramentales tienen un valor representativo en base a una semejanza natural»[1]. En otras palabras, el signo sacramental no hace referencia a la virtus proveniente de Cristo que hace posible –como si de sólo poder espiritual se tratara– el poder del presbítero/obispo concreto, sino que el signo sacramental hace referencia a una historia salutis donde se desarrolla esa virtus. Y esa historia salutis a la que hace referencia el signo litúrgico, asume toda su dimensión histórica, también en sus mínimos detalles: no se hace memoria de la virtus de Cristo, sino de Cristo mismo, y Cristo fue y es varón[2]. Por tanto, el deseo de virtus eclesial, sea este un poder jurídico, sacramental o doctrinal, es en el fondo una búsqueda de ‘poder’ en la Iglesia, como ya lo han mostrado varios teólogos[3]. Pero ese deseo no se queda en lo sociológico –la mujer que asume papeles masculinos– sino que la búsqueda de ‘poder’ redefine todo, incluso el sacerdocio. Por tanto, no es de extrañar que la única mirada que se hace de la participación del sacerdocio de Cristo en un presbítero/obispo concreto sea una mirada reductiva, centrada en la virtus de la que el presbítero/obispo dispone, olvidando que esa virtus no es un ‘poder’, un privilegio dado a título personal por el hecho de ser «elegido», ya sea directamente por la comunidad o por medio del obispo. Creo que este es un ejemplo más de la cosificación que –quizás por culpa de una mirada jurisdicista de la Iglesia– se aplica incluso a lo litúrgico. Es también un ejemplo de que el olvido de la historia salutis sigue estando presente, y que la vuelta los Padres, los teólogos monásticos y a la liturgia en general no ha logrado una consciencia colectiva, que vaya más allá de un grupo de teólogos. Y la culpa de esto no lo tienen ni los teólogos ni la liturgia, sino la concepción jurisdicista y de jerarquía de poder que se sigue imponiendo a muchos, laicos y clérigos, olvidando que el tempus Ecclesiae no es otra cosa que la continuación de una gran historia salutis, en la que Dios manifiesta y realiza sus designios. En cuanto a los designios, la Iglesia no escapa de ellos. Desde esta perspectiva, la concepción de la anámnesis de Odo Casel no parece tan disparatada: se centra no en una virtus que bien podría estar desligada de la historia salutis, sino que se une íntimamente con la historia salutis: «explica el culto como presencia de la Historia de la Salvación y, a partir de aquí, construye una teología que tiene por objeto el misterio de Cristo. La teología recupera así la dimensión histórica»[4].
            Recordando un poco en primer capítulo, nos damos cuenta del valor dogmático de la Tradición, también en este aspecto. Si la dinámica interna del signo litúrgico hace referencia a una historia salutis sexuada –es decir, no etérea ni hegeliana–, parece lógico que el tempus Ecclesiae, sintetizado con la expresión ‘Tradición’, sea consecuente con los principios del signo litúrgico. Más allá de argumentos rebuscados sobre casos históricos aislados, nos centramos en un tiempo litúrgico que, por ser central, recoge en él ceremonias antiguas. Baumstark lo deja claro: «primitive conditions are maintained with greater tenacity in the more sacred seasons of the Liturgical Year»[5]. De ahí que nos centremos en el Triduo Pascual, lugar que sin duda reviste una gran sacralidad y en el que es fácil ver elementos primitivos.
            Si bien el sacerdocio del presbítero y del obispo son una participación del sacerdocio de Cristo, la sucesión apostólica, como su mismo nombre lo indica, se sustenta en el colegio apostólico y, como la configuración del colegio apostólico –en los evangelios– y sus acciones –como vemos atestiguados en el libro de los Hechos– pertenecen a la historia salutis, parece lógico que la masculinidad del colegio apostólico no sólo sea vista como continuidad lógica con la de Cristo, sino que ella misma sea modelo y testimonio «dogmático» de la masculinidad, por lo menos, del episcopado. En el Triduo Pascual, si bien es un rito accesorio, el lavatorio de los pies no sólo se muestra como una expresión del mandato del servicio, sino que, al ser todo acto litúrgico un memorial de un acto histórico-salvífico, el sentido más profundo del lavatorio no puede ser un acto teatral moralizante: el servicio y el amor a los hermanos se ponen como ejemplo de conducta, pero dentro de un ámbito litúrgico, con todo lo que implica. Aunque esta enseñanza moral se desprende de este acto litúrgico –y de paso es casi el único aspecto que se resalta en la predicación–, la naturaleza de la liturgia es primeramente cultual y no catequética. En otras palabras, la lex orandi no está unida a una praxis, sino que pasa por una lex credendi concreta, y sólo desde ahí a una lex agendi fruto de ambas. Los personajes que intervienen en el lavatorio de los pies tienen que ser, siguiendo la literalidad sexual de la historia salutis, hombres. Cuando es realizada por el Papa en Roma, reviste su sentido sacramental más profundo: los apóstoles eran portadores de la gracia del episcopado. Por tanto, pasar por alto la rúbrica que especifica que los elegidos a ser lavados los pies tienen que ser varones, significa violentar la historia salutis a la que se hace referencia, eliminando el memorial y presentando así un teatro moralizante. Este teatro se construye bajo una eclesiología propiamente protestante: los miembros de la comunidad que son elegidos para que se les laven los pies no son símbolos de los apóstoles, sino delegados representativos de la comunidad, haciendo de dichos elegidos como el «senado» de la comunidad. Dentro de este planteamiento es lógico que el presbítero les lave los pies: está a su servicio, pues su sacerdocio depende de la comunidad. Se ve fácilmente que el plano sacramental es dejado de lado. La comunidad –o la Iglesia– no se edifica sobre el sacerdocio sino a través del ‘poder’. Cuando se eligen mujeres en vez de varones para este rito, esto se pone claramente de manifiesto. El problema, sin embargo, no radica sólo en esta eclesiología: por más que se sea fiel a la rúbrica, esa celebración nunca tendrá la expresividad que tiene la liturgia papal: los elegidos son sucesores de los apóstoles. Sin embargo, en la celebración episcopal este rito no pierde del todo su fuerza.
Precisamente es en la liturgia episcopal donde encontramos en sentido propiamente ministerial-sacerdotal de este rito. Así en el rito hispano y en el milanés nos damos cuenta de que no se trata de un teatro sino de que el Jueves Santo es sin duda el día de la institución del sacerdocio, pero que éste no se limita a la eucaristía, sino también a la llamada ‘liturgia de la vida’[6]: «el gesto ritual del lavatorio de los pies o “mandatum” no se tiene dentro de esta celebración [del Jueves], sino aparte, en la sacristía o en la casa del obispo, y sólo con el clero (este último aspecto se encuentra en la liturgia milanesa: el lavatorio de lo pies se hace en casa del obispo, con el clero, que luego cenan con él)»[7]. Creo que ambas liturgias expresan no sólo el sentido sacerdotal-ministerial del rito, sino que expresan la intimidad del rito, del mismo modo que en el texto bíblico, donde sólo concierne a Jesús y a sus discípulos[8]. En el modelo episcopal, por tanto, sin dejar el plano sacerdotal-ministerial del rito, por limitaciones lógicas, elige a varones no obispos. En este sentido, se decanta por una eclesiología de la colaboración obispo-clero: la Iglesia –en este caso particular– se constituye por el sacerdocio del obispo –pastor supremo de su diócesis– y por la colaboración de su presbiterio. No obstante, esta explicación puede estar limitada en su perspectiva, que depende de nuestra comprensión sacramental, pues la consciencia del episcopado como grado distinto del presbiterado no estaba establecida en esa época. En este caso, para sus celebrantes, el rito tendría la misma expresividad que en la liturgia papal. En definitiva, la Iglesia a través de sus liturgias no sólo ha conservado en sentido sacramental del rito del lavatorio, sino que ha sido fiel a la historia salutis –como lo vemos hasta en el hecho de cenar el obispo con su clero–, asumiendo no una virtus etérea, sino la condición sexuada de sus participantes, imposible de desligar de la dimensión sacramental. La lex credendi que se desprende de este rito es la indisolubilidad del servicio y del amor a los demás en la vida del presbítero de la dimensión cultual de su ministerio, el carácter masculino del episcopado/presbiterado y que en la liturgia la mímesis no es necesariamente mimética teatralidad, sino que como parte de la liturgia, asume también su naturaleza anamnética, con todas sus consecuencias.


[1] Scriptum super quatuor Libros Sententiarum Magistri Petri Lombardi, IV, d. 25, q. 2, a. 2, ad 4.
[2] Nos encontramos, pues, ante una de las consecuencias básicas de la Teología de los Misterios de Casel y de las consecuencias últimas del concepto de anámnesis.
[3] Aquí pibota la teología feminista en sus exigencias ministeriales. La Iglesia no para ella un sacramento, sino una estructura de poder. Por tanto, dicha teología no parte de la comprensión eclesiológica moderna, ni siquiera de la societas perfecta de la eclesiología tridentina, sino de una compresión secularizada de la Iglesia.
[4] P. Fernández, Introducción a la ciencia litúrgica, 182.
[5] A. Baumstark, Comparative Liturgy, 27.
[6] Me parece un error grave distinguir los dos elementos. Por otro lado, Jesucristo no establece aquí un mandato de servicio y de amor al prójimo, sino mucho antes y en muchos momentos. No hacía falta un acto concreto para definir lo central del mandamiento del amor en el cristiano. Esta distinción, por mucha relectura del sacerdocio en clave asistencial y altruista o, por el contrario, en clave hierática, no podrá eludir el hecho de que el sacerdocio cristiano no se reduce –si bien es su centro– a la dimensión cultual. La inclusión del lavatorio dentro de la liturgia del Jueves Santo es una de las novedades de la reforma de Pío XII, por lo que este rito, si bien no se encuentra de manera natural unido a la liturgia de Jueves Santo, sin embargo, me parece que se adaptó perfectamente, como dimensión propia del sacerdocio ministerial.
[7] J. Aldazábal, El Triduo Pascual, Barcelona, 1998, 90. En la feria V in Cena Domini del actual misal hispano, la rúbrica distingue entre el celebrans y los presbyteris, a los que van a ser lavados los pies. En la Roma del s. VII tenemos, no obstante, un revés a esta idea, pues se trataba de un rito familiar: el Papa y los clérigos romanos lavaban los pies a sus familiares. Creo que la lectura que se puede hacer de este hecho tan pobre es el temprano proceso de evolución de este rito, que propiamente no era litúrgico. «le caractère “familier” de ces bénéficiaires pourrait dissuader de penser déjà à une sorte de cérémonie liturgique»: A. Chavasse, La liturgie de la ville de Rome du Ve au Viiie siècle, 114. Al ser asumido por la liturgia, ésta le impone su sentido más profundo. En el caso de las liturgias hispana y ambrosiana, el rito no forma parte de la celebración, pero está en conexión profunda con ella, pudiéndose calificar de litúrgico. Además, un rito no necesita de la presencia de laicos para ser litúrgico.
[8] El rito ambrosiano conoce también el lavatorio en el sacramento del bautismo. Esto representa un tercer valor de esta ceremonia: la de santificación. Así lo afirma san Ambrosio, que excluye que su sentido sea de carácter familiar: «Hay quienes dicen [...] que lo de lavar los pues no se debe hacer en el sacramento [...] sino como manifestación de cortesía con los huéspedes»: De sacramentis, 3, 5. La idea del rito es tomar parte en Cristo, siguiendo el texto de Jn 13, 8. Sin embargo, el sentido ambrosiano se presenta así mismo como algo local, sin pretensión de universalidad.


A. Ivorra, Compendio de liturgia fundamental. Lex credendi-Lex orandi, Valencia, 2007, 232-237.

La Pascua en la Tradición Bizantina.

Alzaos puertas eternas y entrará el rey de la gloria
























En la noche de Pascua la celebración se inicia en la iglesia, a oscuras, con el canto del oficio de medianoche y, seguidamente, con el rito del lucernario, con la luz tomada de la lámpara que está sobre el altar, es decir, de la tumba de Cristo. Se cantan, entonces, en el exterior de la iglesia que permanece cerrada, el Evangelio de la resurrección y el tropario pascual: "Cristo ha resucitado de entre los muertos. Con la muerte ha vencido a la muerte y a aquellos que estaban en los sepulcros les ha dado el don de la vida". Este canto marcará el ritmo de toda la noche y de todo el tiempo de Pascua.





Ante las puertas de la iglesia, que están cerradas, tiene lugar uno de los ritos más cargado de símbolos: el sacerdote con la cruz golpea la puerta de la iglesia cerrada que representa el Hades, lugar donde Cristo desciende el Sábado Santo, o el paraíso donde somos introducidos por Cristo mismo, cantando las palabras del salmista: "Alzad príncipes, vuestras puertas; alzaos, puertas eternas, y entrará el rey de la gloria"; desde dentro de la iglesia se responde a estas palabras con otro versículo del mismo salmo: "¿Quién es este Rey de la gloria?". A la tercera vez las puertas de la iglesia se abren de par en par y la comunidad entra en una iglesia que ya no está a oscuras, sino llena de flores, perfumes y luces; una iglesia donde el iconostasio, el paso del cielo a la tierra, está abierto.





El canon de la noche de Pascua es obra de San Juan Damasceno, con troparios tomados de San Gregorio de Nacianzo, un texto que nos invita a contemplar y a regocijarnos en el misterio de la Pascua del Señor: "Purifiquemos los sentidos y veremos a Cristo en la luz inaccesible de la resurrección. Venid, bebamos una bebida nueva, brotada prodigiosamene no de la piedra estéril sino del sepulcro de Cristo. Has descendido a la profundidad de la tierra, has roto las cadenas eternas que ataban a los prisioneros".





La resurrección del Señor es la nueva creación, porque hoy él crea de nuevo a Adán, lo toma por la mano y lo porta al paraíso. El día de la resurrección es el día de la luz y de la iluminación de los hombres que debe portar a la reconciliación: "Revistámonos de luz para la fiesta y abracémonos los unos a los otros y llamemos también hermanos a aquellos que nos odian. Perdonémoslo todo por la resurrección".



(Publicado por Manuel Nin en L'Osservatore Romano el 12 de Abril de 2009; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)



(Imágenes del Pontificio Colegio Griego de Roma)