domingo, 19 de mayo de 2013

El «Don del Espíritu Santo» en la Tradición iconográfica y litúrgica Bizantina


Gracias a él es iluminado el mundo entero

Con frecuencia en las liturgias orientales los textos se convierten en un comentario sobre los ciclos iconográficos de las iglesias o viceversa, los iconos son la expresión visual de ellos. En los años setenta el iconógrafo padre Michel Berger, entonces oficial de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, pintó el ábside de la capilla de San Benito en el Pontificio Colegio Griego de Roma, a petición del rector, el Padre Olivier Raquez, inspiràandose en los frescos de la iglesia greca de San Esteban de Soleto en Otranto, que data de finales del siglo XIV. En la parte superior está representada, de manera antropomórfica, la Santísima Trinidad en la missio del Espíritu Santo, representación que retoma la pneumatología de los Padres Capadocios, especialmente de San Basilio. A los lados aparecen dos ángeles que, mientras inciensan, portan una vela en cada mano y, abajo, la Madre de Dios que ora con los apóstoles en el día de Pentecostés.

En el Matutino del oficio bizantino de la Fiesta, dos textos parecen comentar el icono: «Oh Espíritu Santo, que procedes del Padre y por medio del Hijo te has hecho presente en los iletrados discípulos, salva a cuantos te reconocen como Dios y santifica a todos», dice el primero. El segundo expresa la alabanza: «Luz es el Padre, luz el Verbo, luz el Santo Espíritu, que fue enviado sobre los apóstoles en lenguas de fuego: gracias a él está iluminado el mundo entero para rendir culto a la Santísima Trinidad». El don del Espíritu Santo es visto como el que dirige a la Iglesia y a todos los fieles para alabar y confesar a la Trinidad.

Varios troparios del oficio contemplan a la Madre de Dios en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, el cual tras su ascensión al cielo, sentado a la diestra del Padre, enviará a la Iglesia el don del Espíritu Santo: «Sin experimentar la corrupción has concebido y has prestado la carne al Verbo, artífice del universo, oh Madre que no conoce varón, oh Virgen Madre de Dios, receptáculo de aquél que no puede ser contenido, morada de tu inmenso creador: te glorificamos. Es justo cantar a la Virgen que engendra; ella sola, de hecho, ha llevado, oculto en sus propias entrañas, al Verbo que cura la naturaleza enferma de los mortales, y que ahora, sentado a la diestra paterna, ha enviado la gracia del Espíritu». Como puede verse, el texto hace uso de un audaz lenguaje cristológico - "le has prestado a la carne" - para hablar de la Encarnación.

Jesús promete el Espíritu Santo a los discípulos y, por esta razón, algunos textos ponen de relieve la estrecha relación que hay entre la Ascensión y Pentecostés: «Dijo la augusta y venerable boca: No sufriréis por mi ausencia, vosotros, mis amigos; de hecho, sentado junto al Padre en el trono excelso, derramaré la generosa gracia del Espíritu, para que resplandezca sobre aquellos que la desean. Ley inmutable, el Verbo veraz dona la paz a los corazones: así, llevado a buen término su obra, alegra a sus amigos el Cristo, otorgando el Espíritu como lo había prometido, con viento impetuoso y lenguas de fuego».

Pentecostés es cantado como un momento salvífico en contraposición a la dispersión de Babel: «El poder del Espíritu divino, con su advenimiento ha compuesto divinamente en una única armonía la lengua que un tiempo se había multiplicado en los que estaban unidos para un mal propósito; ella ha amaestrado a los creyentes en la ciencia de la Trinidad, por la cual hemos sido fortalecidos».

Finalmente, la Fiesta es celebrada como si de un momento bautismal se tratase. El don del Espíritu es, en efecto, iluminación para los apóstoles y para todos los cristianos: «Hizo elocuentes a los analfabetos que con una sola palabra hicieron callar los oráculos del error y con el fulgor del Espíritu sustrajeron un número incontable de pueblos de la profunda noche. Es el eterno esplendor del inmeso poder iluminador que procede de la luz ingénita aquél que ahora, a través del Hijo, de la esencia del Padre, con el rugir del fuego manifiesta su propio esplendor connatural a las gentes que están reunidas en Sión». Y el costado traspasado de Cristo se convierte en un bautismo y en un don del Espíritu Santo: «Mezclando la palabra con el divino lavatorio para la regeneración de mi naturaleza compuesta, tú lo derramas sobre mí como un río que se desborda de tu inmaculado costado traspasado, oh Verbo de Dios, confirmándolo con el ardor del Espíritu».

[Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 19 de Mayo de 2013;
traducción del original italiano: Salvador Aguilera López]

miércoles, 15 de mayo de 2013

Los «Salmos Imprecatorios» (III)


El salmo 109

1. Salmo 109 (108). Al director. Salmo de David

Invocación inicial
1b Dios de mi alabanza, no estés callado,
    que bocas malvadas y fraudulentas 
    se abren contra mí 
    y me hablan con lengua mentirosa.

Causa de la aflicción
Me cercan con palabras odiosas 
    y me combaten sin motivo.
En pago de mi amor me acusan, 
    aunque yo oraba por ellos;
me devuelven mal por bien 
    y odio a cambio de mi amor.

Palabras del fiel, víctima, y su réplica
«Suscita contra él un malvado, 
    que un acusador se ponga a su derecha.
Cuando sea juzgado, salga culpable, 
    y su apelación se resuelva en condena.
Que sus días sean pocos 
    y otro ocupe su cargo.
Queden huérfanos sus hijos 
    y viuda su mujer.
10 Vayan sus hijos errabundos mendigando 
    y sean expulsados lejos de sus ruinas.
11 Que un acreedor se apodere de sus bienes 
    y los extraños se adueñen de sus sudores.
12 ¡Jamás le brinde nadie su favor, 
    ni se apiade de sus huérfanos!
13 Que su posteridad sea exterminada 
    y en una generación se borre su nombre.
14 Recuerde el Señor la culpa de sus padres, 
    y no borre el pecado de su madre:
15 estén siempre ante el Señor 
    y borre de la tierra su memoria».
16 —«Porque no se acordó de actuar con misericordia, 
    persiguió al humilde y al pobre, 
    al de corazón abatido para matarlo;
17 ya que amó la maldición, ¡recaiga sobre él!; 
    despreció la bendición, ¡aléjese de él!
18 Se vistió la maldición cual manto, 
    que penetre en su interior como agua, 
    y en sus huesos como aceite;
19 sea cual vestido que lo cubre, 
    como un cinturón que lo ciñe siempre.
20 Pague así el Señor a los que me acusan, 
    a quienes hablan mal de mí».

Súplica confiada del fiel a Dios
21 Pero tú, Señor, Dueño mío, 
    trátame conforme a tu nombre, 
    líbrame por tu bondadoso amor.
22 Porque yo soy humilde y pobre, 
    y mi corazón ha sido traspasado;
23 me desvanezco como sombra que declina, 
    me espantan como a la langosta;
24 se doblan mis rodillas por el ayuno, 
    y, sin grasa, enflaquece mi carne.
25 Soy despreciable para ellos; 
    al verme, menean la cabeza.
26 ¡Ayúdame, Señor, Dios mío; 
    sálvame según tu misericordia!
27 Sepan que tu mano hizo esto, 
    que tú, Señor, lo hiciste.
28 Maldigan ellos, mas tú bendecirás; 
    levántense y sean confundidos, 
    que tu siervo se alegrará.
29 Vístanse de oprobio mis acusadores, 
    que su infamia los cubra como un manto.

Movimiento final: promesa del fiel al Señor
30 Daré gracias al Señor a boca llena, 
    y en medio de la muchedumbre lo alabaré,
31 porque él se pone a la derecha del pobre, 
    para salvar su vida de los que lo condenan.

2. La paradoja de un salmo duro empleado en el Nuevo Testamento

Es este un salmo ciertamente difícil en su lectura, pero es de los más fecundos en la incipiente lectura tipológica referida a Cristo. En efecto, Hechos 1,20 emplean este salmo para interpretar cristianamente el suicidio de Judas Iscariote (cf. Hch 1,16-18). Más tarde se aplica directamente a Cristo, en la línea de los Sal 22 y 69 para describir proféticamente los dolores del Señor en su Pasión.

Como señalan L. Alonso Schökel – C. Carnitti, la repetición de la raíz alabar (cf. Sal 110,1.30) produce una inclusión de todo el texto en la alabanza. Otro eje que atraviesa todo el salmo es la petición de misericordia (cf. Sal 11,12.21.26): lo que los hombres niegan, lo concederá el Señor[1].

Ahora bien, la decisión de extirparlo del Salterio cristiano ha sido hecha por exegetas católicos de corte metodológico crítico, como señala el mismo G. Ravasi de Alfons Deissler, que llegó a afirmar:

“Sería mejor erradicarlo del salterio de los cristianos”. El consejo de A. Deissler fue escuchado de tal manera que la Liturgia de las Horas, nacida del Concilio Vaticano II, ha sencillamente borrado el salmo 109 de la lista del salterio litúrgico, como otros fragmentos imprecatorios de la colección sálmica[2].


La distribución que ofrecemos es fundamentalmente la de L. Alonso Schökel en su obra. Él, siendo también exegeta católico con un fino análisis filológico y crítico no se le ocurre la omisión de este salmo, aun asumiendo las dificultades que entraña de interpretación debido a la serie de 20 imprecaciones que se hallan en él[3].

3. Avanzamos nuestra propuesta

En contra de lo que propuse, en este salmo especialmente deseo detenerme para ofrecer ya una propuesta a nivel litúrgico-celebrativo. Parto de tres experiencias aprobadas por la Santa Sede que siguen los criterios emanados de la Sacrosanctum Concilium y de los órganos de aplicación del mismo. Por un lado, está la Liturgia Ambrosiana delle Ore (1983), la cual en el tiempo de Semana Santa, en Sábado Santo, incluye el salmo 109 (108) con la oportuna selección de salmos que evocan el sentido que ya Lagrange le diere en 1932, de expresiones que el orante dirige a Dios exponiéndole lo que le acusan y sus sentimientos de víctima pacífica, pese a la violencia del lenguaje[4]. Esta misma línea práctica siguen algunos monasterios de la Orden del Císter, sean de la común que de la Estrecha Observancia). Finalmente, la Confederación alemana de la Orden de San Benito, ha hecho en su Monastisches Stundenbuch, la propuesta de ofrecerlo en las Vigilias (Vigil), seguido de un salmo alternativo para aquellas comunidades que no lo desean seguir.

Teniendo, pues, un abanico variado, actual y coherente con las directrices emanadas de la propuesta posconciliar a la Reforma deseada por la Iglesia y el Venerable Pablo VI, papa, en la década de los ’60, podemos plantearnos una triple posibilidad de solución:

a.) Resérvese para los tiempos fuertes, en los volúmenes I–II de la actual Liturgia Horarum (19862, 1970), en los viernes y sábados de las semanas III–IV, como se hace actualmente con los salmos históricos.
b.) Inclúyase en el Oficio de lecturas habitual, seleccionando los versículos que eleven el alma del fiel a confiar en Dios cuando se halla en dificultades.
c.) Prodúzcase el mencionado ya entonces –y nunca acabado de ejecutar– volumen V de la Liturgia Horarum, donde se proponga íntegro para poderlo incluir en los espacios de la Salmodia que disponga la Congregación pro Cultu divino et Disciplina Sacramentorum.
d.) Déjese libertad explícitamente para incluirlo en aquellos días donde se repite en el Oficio de lecturas los salmos (v.gr. el salmo 43; 49; 131; 135).

Marcos Aceituno Donoso



[1] Cf. L. Alonso Schökel – C. Carniti, Los Salmos, II, 1360.
[2] Cf. G. Ravasi, Il libro dei Salmi. Volume III (101-150), 234.
[3] Cf. L. Alonso Schökel – C. Carniti, Los Salmos, II, 1360-1361; G. Ravasi, Il libro dei Salmi. Volume III (101-150), 234-238.
[4] Cf. G. Ravasi, Il libro dei Salmi. Volume III (101-150), 236.

martes, 14 de mayo de 2013

«Los himnos de la tradición. El himnario de la "Liturgia horarum" y otros himnos de la tradición litúrgica» de Félix María Arocena


«Los himnos de la tradición. El himnario de la "Liturgia horarum" y otros himnos de la tradición litúrgica. Texto - Traducción - Notas - Espiritualidad» es el título del nuevo libro publicado el Dr. D. Félix María Arocena en la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).

La obra, que pertenece a la colección «Obras Litúrgicas» (OL0023), consta de una Introducción y de dos partes principales: la primera trata del Himnario del Oficio Divino Romano y la segunda presenta otros Himnos de la Tradición Litúrgica. Finaliza con un Apéndice en el que hace una reseña bibliográfica de algunos himnógrafos, presenta la métrica latina de los himnos, aborda la aparición de los himnos en los documentos eclesiales y, finalmente, ofrece el incipit de los himnos del Breviarium Romanum (1568).

"Si el misterio de Cristo, hecho objeto de reflexión, genera discurso teológico riguroso, hecho objeto de afecto, suscita plegaria, canto, imagen, poesía. La fe es amor y crea poesía; la fe es alegría y genera belleza. La fe es íntimamente lírica y musical. Lo es en Efrén, en Romano el Melode, en Ambrosio... un grupo de pensadores cristianos del Oriente y del Occidente cristianos que expresaron la teología en poesía.

La lírica de la fe […] son epifanía de una Iglesia que, mientras celebra los divinos misterios, desea conformar su vida con el canto perenne de la liturgia celeste. Nada extraño, pues, que sean ya muchas las generaciones cristianas que han entonado los himnos de la santa liturgia. Estos himnos de la Tradición han servido de vehículo para expresar el amor a la Trinidad en los la­bios y en el corazón de los Santos […]

El himno es una expresión poética de alabanza. Los himnos traducen líricamente la admiración por la obra redentora de Cristo, confiesan la fe en él, la adhesión a él, y narran con imágenes poéticas la historia o los valores de un mártir o de determinado ciclo del año litúrgico.

Las preces, las lecturas, la homilía... no es preciso que sean poéticas; el himno, sí. No toda poesía es himno, pero todo himno es poesía: se caracteriza por su ritmo, por sus figuras, por la métrica de sus versos, por el lenguaje lírico. Un himno está hecho de admiración" [De la Introducción]

domingo, 12 de mayo de 2013

La «Ascensión de Jesús» en la Oración Bizantina


Hoy colmas de gloria a la que te ha dado a luz

Los troparios bizantinos llamados theotókia son textos que hacen presente la figura de la Madre de Dios (Theotókos) en la liturgia del día o de la fiesta que se celebra. Son troparios en los cuales la figura de Cristo es destacada por la figura de su Madre.

En la fiesta de la Ascensión del Señor a los cuarenta días después de Pascua, que es el jueves de la sexta semana del tiempo pascual, los theotókia están sobre todo en el oficio matutino, aunque también en las Vísperas nos encontramos con la figura de la Madre de Dios. En ésta el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, su abajarse y descender, se une al misterio de su Ascensión, de su ascenso al Padre con la glorificación de la naturaleza humana asumida precisamente de María. La liturgia bizantina  en la fiesta de la Ascensión hace hincapié en la conexión que existe entre la Encarnación del Señor y su Ascensión celebradas como una recreación de la naturaleza humana - la liturgia bizantina privilegia el término "carne" - asumida por él mismo: "Tú que, sin separarte del seno paternal, oh dulcísimo Jesús, has vivido en la tierra como hombre, hoy desde el Monte de los Olivos has ascendido a la gloria, y levantando, compasivo, nuestra naturaleza caída, la has hecho sentar contigo junto al Padre. Por esto, con las celestes huestes de los incorpóreos, también nosotros aquí abajo en la tierra, glorificando tu descensión entre nosotros y tu despedida de entre nosotros con la ascensión, suplicantes decimos: Oh tú que con tu Ascensión has colmado de infinita alegría a los discípulos y a la Madre de Dios que te dio a luz, por sus oraciones concédenos también a nosotros el gozo de tus escogidos, por tu gran misericordia". Es como si la liturgia de esta fiesta quisiera ser un contrapunto con la liturgia de la Anunciación celebrada el 25 de marzo.

Muchos textos enfatizan la alegría de María y de los Apóstoles, es decir, el de toda la Iglesia, por la Ascensión del Señor. En varios troparios del Matutino se retoma esta relación inseparable entre la Encarnación y la Ascensión: "El Dios que existe antes de los siglos y que no tiene principio, después de haber divinizado místicamente la naturaleza humana por él asumida, hoy asciende al cielo. Bajando del cielo a las regiones terrestres, has resucitado contigo, porque eres Dios, la naturaleza humana, que yacía en las profundidades, en la prisión del Hades, y con tu Ascensión, oh Cristo, la has hecho subir a los cielos, haciéndola contigo partícipe del trono de tu Padre ".

La Encarnación también es contemplada como un revestido por parte del Verbo de Dios de la naturaleza humana - la liturgia utiliza la fórmula de "revestirse de Adán" – para llevarla en la Ascensión a su plena glorificación junto al Padre: "Después de haberse cerciorado que Adán se había perdido por el engaño de la serpiente, oh Cristo, revestido de él has ascendido al cielo y te has sentado a la diestra del Padre, participando de su trono. Oh Cristo, cual propiciación y salvación, de la Virgen, oh soberano, has brillado sobre nosotros, para liberar de la corrupción toda la persona de Adán, que cayó con toda su parentela, así como libraste al profeta Jonás del vientre del monstruo marino ". Para representar a toda la raza humana, Adán es presentado como una oveja perdida, Adán buscado, encontrado y llevado de nuevo al paraíso.

La figura de la Madre de Dios en la fiesta de la Ascensión, como en los días de Semana Santa, suele presentarse con expresiones tanto de sufrimiento como de alegría: "Señor, cumplido por tu bondad el misterio escondido desde siglos y generaciones, te has ido con tus discípulos al Monte de los Olivos, junto a aquella que te dio a luz, creador y artífice del universo: era necesario, de hecho, que gozase con inmensa alegría por la glorificación de tu carne, aquella que como madre, más que ninguno, había sufrido en tu pasión". María, entonces, está presente en el misterio de la Encarnación y en el de la Ascensión del Señor: "Inmaculada Madre de Dios, incesantemente intercede ante Dios que, sin abandonar el seno del Padre, de ti se encarnó, a fin de que quiera librarnos de todo mal a aquellos que ha creado. Has engendrado al soberano de todos, oh soberana toda inmaculada, aquel que ha aceptado la pasión voluntariamente y luego ha ascendido al Padre suyo, que nunca había abandonado, a pesar de haber asumido la carne ".

Y uno de los troparios hace una bella comparación entre el vientre de María, colmado por el Señor mismo en la Encarnación, y el vientre del Hades vaciado por el Señor en su resurrección: "Bienaventurado tu vientre, oh toda inmaculada, porque inexplicablemente fue digno de contener a aquél que prodigiosamente ha vaciado el vientre del Hades: suplícale que salve a los que te alabamos". La presencia de María, ya sea en el icono como en los textos de la Ascensión del Señor, confirma la profesión de fe en el Verbo de Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre: "Cristo, que te ha custodiado virgen después del parto, asciende, oh Madre de Dios, al Padre que nunca ha abandonado, aun cuando de ti ha asumido una carne dotada de alma e intelecto, por inefable misericordia".

[Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 9 de Mayo de 2013;
traducción del original italiano: Salvador Aguilera López]

sábado, 11 de mayo de 2013

"'La liturgia, cumbre y fuente de la evangelización"


El 22 de mayo tendrá lugar, en el Seminario, una jornada sobre la relación entre liturgia y evangelización, organizada por el ISLB.

El Instituto Superior de Liturgia de Barcelona (ISLB) ha organizado una jornada de estudio que tratará sobre 'La liturgia, cumbre y fuente de la evangelización' el día 22 de mayo. Esta jornada tendrá lugar en la Sala San José del Seminario Conciliar de Barcelona, en un horario de 10 h a 13.15 h. El programa que se seguirá es el siguiente:

10.00h: Presentación de la Jornada

10.15h: Ponencia del Dr. Manuel González, director del bienio de Liturgia de la Universidad San Dámaso de Madrid: «La liturgia edifica y fortalece. Dos dinámicas y una sola sinergia».

11.00h: Pausa - café

11.20h: Ponencia del Dr. Félix M. Arocena, profesor de Teología litúrgica de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra: «La evangelización desde el sintagma Te Verbum caro factum est. Fundamentos y consecuencias pastorales».

12.00h: Pausa - Redacción por escrito de las cuestiones a presentar a los ponentes.

12.10h: Mesa redonda con los profesores González, Arocena, Fossas y Fuente. Diálogo con los asistentes.

13.15h: Conclusión.