domingo 29 de agosto de 2010

Dudas ya resueltas por el Caeremoniale Episcoporum (I).

Introducción

Me mueve a escribir lo siguiente el deseo de hacer ver que muchas de las cosas que a veces nos planteamos en la Liturgia cómo se ha de hacer, ya están resueltas. El Ceremonial de los Obispos es uno de los Libros Litúrgicos más desconocidos; ya están resueltas las dudas, y veréis cómo muchas cosas que hacemos de una manera, el ceremonial nos manda de otra; podremos decir que lo hacemos por ignorancia, pero muchas veces la ignorancia es porque no se estudian suficientemente los libros litúrgicos, qué digo, ni siquiera se leen. Espero que ninguno piense que como dice Ceremonial de los Obispos no hemos de tenerlo en cuenta el resto, lo traigo a colación porque así me contestó en una ocasión un venerable sacerdote; se llama así porque la liturgia episcopal está llamada a ser el ejemplo de todas las celebraciones, de ahí el fijarse en ella y la responsabilidad del Pastor de vivir en fidelidad a la Liturgia y a la Tradición para que luego otros la vivan.

Seguiré el Orden del Ceremonial y como no es algo científico lo que voy a hacer, iré poniendo lo que crea conveniente se debe saber porque otros o yo hemos comentado que no se hace. A no ser que salga un documento posterior que cambie algo de lo que dice, es vigente esto; también he de decir que no voy a referirme a otros lugares, sólo al CE.

Comentario

Parte Primera: La Liturgia Episcopal en general

22: Los presbíteros cuando participan en las Celebraciones episcopales hagan lo que les corresponde como presbíteros, si no hay diáconos hagan algunos de los ministerios de éste pero nunca lleven las vestiduras diaconales.

25: Son los diáconos los que siempre hacen la Oración Universal y proclaman el Evangelio.

50: En el presbiterio están: Obispo, presbíteros y ministros; y por la disposición se mostrará el carácter jerárquico.

50: “Durante las celebraciones litúrgicas no debe entrar ningún ministro que no lleve el vestido litúrgico o sotana y sobrepelliz u otra vestidura legítimamente aprobada”

56: Las vestiduras del Obispo en la celebración litúrgica son las mismas que las del presbítero, pero “es conveniente que en la celebración solemne, según la antigua costumbre, debajo de la casulla vista la dalmática, podrá ser siempre blanca, sobre todo en las Ordenaciones, bendición de Abad y Abadesa y en la dedicación de una iglesia y un altar

61: “La Cruz pectoral se usa debajo de la casulla o de la dalmática o de la capa pluvial; en cambio, se usa sobre la muceta

63: Vemos muchas veces el uso de la cruz pectoral con cadena metálica cuando el Obispo viste el traje coral, en este número dice claramente que con el traje coral se usa sólo “la cruz pectoral sostenida sobre la muceta por un cordón de color verde entretejido con oro”, ya sabemos que en el caso de los cardenales es rojo con oro. Algo que pocos usan son las medias violáceas cuando se usa la sotana de este color.

64: “La capa magna violácea, sin armiño, sólo puede ser usada en su diócesis y en las festividades solemnes

65: Este número es bastante interesante ya que nos habla del uso de albas ceñidas con cíngulo, luego es obligatorio el cíngulo como nos dice este número: “a no ser que esté hecha de tal manera que pueda ajustarse al cuerpo”, luego es evidente que si no se ciñe hay que usar cíngulo; y si seguimos leemos que el amito es obligatorio también, la condición para no usarlo es si el alba nos tapa el vestido ordinario.

68: Hay dos especies de inclinación en la Misa que ha de hacer siempre el celebrante: a) con la cabeza se hace al nombre de Jesús y María y del Santo del Día. b) con el cuerpo: al altar cuando no está el Santísimo, al Obispo y antes y después de la incensación.

70: Los que portan objetos no hacen genuflexión ni inclinación profunda.

71: Si se va procesionalmente no se hace genuflexión ante el Santísimo, en el caso en que esté en otro lugar que en el que se celebra.

73: El Beso al Altar: al comienzo lo besan Celebrante, concelebrantes y diáconos pero al final no lo hacen los concelebrantes, sí celebrante y diácono.

74: Cuando se proclama el Evangelio todos nos tenemos que girar hacia el lugar donde se proclama.

75: El Evangelio se inciensa tres veces: en medio, izquierda y derecha.

90: En la nota 73 dice que se echan tres cucharillas de incienso.

91: “antes y después de incensar, se hace inclinación profunda a la persona u objeto que se inciensa” pero no se hace al altar y a las ofrendas. En la nota 75 dice que la mano izquierda sostiene las cadenas y ésta mano se pone en el pecho y con la derecha se inciensa.

92: Vemos como cada uno inciensa como quiere cuando en este número está dispuesto así: tres movimientos dobles para el Santísimo, Vera Cruz, imágenes del Señor, ofrendas, cruz de Altar, Evangeliario, Cirio Pascual, Obispo o Presbítero celebrante, autoridad civil, coro y pueblo y cuerpo del difunto y dos movimientos dobles: reliquias e imágenes de los santos.

93: Las ofrendas se inciensan antes de la incensación del altar y de la cruz; y las reliquias e imágenes se inciensan después del altar y únicamente se hará al principio de la celebración, no se puede en el ofertorio, por ejemplo (cfr. 95).

104: Las manos un poco elevadas y extendidas en las oraciones; y las manos juntas a no ser que tenga que extenderlas, luego los brazos cruzados no es un gesto litúrgico. En la nota 80 del número 107 se nos dice que las manos se tienen ante el pecho con las palmas extendidas y al mismo tiempo que juntas, y el pulgar de la derecha sobre el de la izquierda puesto en forma de cruz. Y según el 108 cuando se signa o bendice la mano izquierda se pone en el pecho, menos cuando está en el altar y bendice las ofrendas, en este caso la pone en el altar, esto último es muy olvidado. Y por último si uno está sentado no se cruzan los brazos sino que se ponen las palmas sobre las rodillas (cfr. 109)

Parte Segunda: La Misa

125: Uso de la patena para la comunión de los fieles

126: Es curioso el orden que nos da este número del orden al vestirse el Obispo: amito, alba, cruz pectoral, estola, dalmática y casulla; fijémonos donde va el pectoral, aunque parece que está extendido el otro uso, pero hemos de preferir el del Ceremonial.

128: En la procesión se lleva el Evangeliario. Por tanto está prohibido llevar el Leccionario. Además si se lleva en procesión se deja en el altar no en el ambón, porque luego se llevará de manera solemne.

131: La reverencia al altar o la genuflexión al Santísimo al llegar al lugar de la celebración se hace sin mitra y báculo.

136: El Oremos con manos juntas y haciendo breve silencia antes de la oración.

140: En el aleluya todos han de estar de pie, menos el que pone incienso en el turíbulo.

141: Cuando se dice antes del Evangelio: El Señor esté con vosotros se tienen las manos juntas; el Obispo recibe el báculo cuando ya se ha signado.

142: Aunque pocos lo hacen se puede predicar sentado en la Sede con mitra y báculo.

144: La oración conclusiva de las preces es con las manos extendidas.

146-7: El pan y el vino se ofrecen por separado, nunca juntos.

155: Si dice que se descubre el cáliz y el copón antes de la epíclesis es porque se pueden cubrir ambos.

158: Este número es muy interesante: el celebrante principal eleva la patena y el diácono o un concelebrante si no hay diácono el cáliz, pero no se puede hacer otra cosa, por ejemplo: que otros eleven mientras el principal eleva las manos, que todos elevan algo, es decir, los copones, las patenas, los cálices.

163: En el Ecce Agnus Dei: hay que poner la patena bajo la Hostia cuando se muestra

168: Los aviso se dan después de la oración después de la comunión y antes de la Bendición.

169: Bendición: recibe el Obispo la Mitra y entonces dice: Dominus vobiscum; pero el báculo no lo recibe hasta que dice: La Bendición de Dios todopoderoso...

170: Se ha de hacer reverencia a la Cruz al llegar a la sacristía o secretarium.

Salvador Aguilera López

viernes 27 de agosto de 2010

XIX Domingo Cotidiano.

Profecía: Jer 23, 2-8

Psallendum: Sal 54, 23; 36, 5

Apóstol: Ef 1, 16-23

Evangelio: Lc 18, 10-14

La Liturgia de la palabra de hoy tiene un profundo sentido eclesiástico. Profecía, psallendum y apóstol aluden a la edificación de la Iglesia de Dios. La acusación del profeta Jeremías contra los pastores del pueblo de Israel –sacerdocio levítico– se realiza dentro de las imágenes típicas de la concepción cristiana de sacerdocio: el pastor. Y es que Jesús será el buen pastor del que habla Jeremías, sobre todo cuando dice: Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Pero esto no lo hace solo. Para ello dispone de verdaderos pastores. Se podría decir que vienen en sustitución de los anteriores: Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá oráculo del Señor. Todo esto lo hace el Padre por medio de Jesucristo, que en Jeremías tiene las connotaciones propias del tiempo de Navidad, pues se habla de su realeza, de su origen davídico, etc. Todas estas imágenes son propias de las lecturas navideñas. No obstante, es buen pastor que trae tras de sí a sus pastores –el sacerdocio del Nuevo Testamento– es un rey justo, el ideal propio del Antiguo Testamento cuando se refiere al Mesías. Las acciones de Dios en la historia, la liberación del pueblo de Israel, etc., hacen que expresemos nuestra confianza en Él por medio del psallendum.

La carta de san Pablo a los Efesios, comprendiendo el evangelio como iluminación, exhorta a comprender por medio del don de Dios la esperanza a la que nos llama. El poder de Dios derrotó las potestades angélicas contrarias a su voluntad y se lo dio a la Iglesia. En ella se encuentran los nuevos pastores, los que no dejarán a la grey a su suerte. También las potestades se encuentran por debajo del ser eclesial. No en vano cuando Cristo confirió el primado a Pedro mencionó esta cuestión: Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). El orden de los exorcistas recibió de forma estable esta potestad dada por Cristo, que hoy ejercen de forma habitual los presbíteros en el bautismo y en alguna ocasión en el exorcismo solemne.

Esta gran potestad de los nuevos pastores se fundamenta en el mandato de Cristo, pero también implica una actitud interior de humildad ante los dones concedidos. Este es el sentido de que encontremos hoy el evangelio de Lc 18. De los dos modelos morales, el publicano es el ejemplo a seguir. Nadie es completamente justo ante Dios. Este texto debió ser importante para un clero y un monacato penitente como el de la época visigótica, pues podría caer en la tentación de creerse superior por sus prácticas de piedad y, como hemos dicho, por la potestad concedida por Cristo. Y esto también vale para hoy, pues la potestad de Cristo, conferida a los pastores actuales, es la misma que en los primeros siglos, en la edad media, etc.


Adolfo Ivorra


Comentarios a otros domingos del tiempo Cotidiano del rito hispano-mozárabe:

XVIII Domingo Cotidiano.
XIII Domingo Cotidiano.
X Domingo Cotidiano.
IV Domingo Cotidiano.

miércoles 25 de agosto de 2010

El diácono en el Ceremonial de los Obispos (I).

Como hemos venido haciendo en los últimos posts, continuamos considerando el orden de los diáconos. Ahora citaremos los textos que indican cómo se desenvuelve el diácono en las acciones litúrgicas según el Ceremonial de los Obispos. Seguiremos de forma general la traducción del CELAM, que actualmente es la única traducción oficial en castellano. Según el caso, subrayaremos alguna indicación que sea digna de ello.

Parte I: La liturgia episcopal en general.

Capítulo II: Oficios y ministerios en la liturgia episcopal

Los diáconos

25. Pertenece a los diáconos en las acciones litúrgicas: asistir al celebrante, servir al altar, tanto en lo referente al libro, como al cáliz, dirigir oportunas moniciones al pueblo, proponer las intenciones de la oración universal y proclamar el Evangelio.

Si no está presente ningún otro ministro, supla él según la necesidad los oficios de los demás.

Si el altar no está de cara al pueblo, el diácono siempre debe volverse a la asamblea cuando le dirige moniciones.

Este principio, evidentemente, rige también las moniciones hechas por el presbítero.


26. En la celebración litúrgica que preside el Obispo, haya por lo menos tres diáconos: uno que sirva al Evangelio y al altar, y otros dos que asistan al Obispo. Si son varios, distribuyan entre sí los diversos ministerios, y por lo menos uno de ellos preocúpese de la participación activa de los fieles.

Capítulo IV: Algunas normas más generales

65. La vestidura litúrgica común para todos los ministros de cualquier grado es el alba, que debe ceñirse a la cintura con el cíngulo, a no ser que esté hecha de tal manera que pueda ajustarse al cuerpo sin necesidad de cíngulo. Pero antes de ponerse el alba, si ésta no cubre perfectamente el vestido ordinario alrededor del cuello, póngase el amito. El alba no puede cambiarse por una sobrepelliz, cuando se ha de vestir la casulla o la dalmática, o cuando la estola cumple la función de casulla o dalmática. La sobrepelliz ha de llevarse siempre sobre la sotana.

Los acólitos, lectores y demás ministros, en vez de las vestiduras antes mencionadas, pueden usar otras legítimamente aprobadas.

67. La vestidura propia del diácono es la dalmática, que se reviste sobre el alba y la estola. La dalmática se puede omitir por necesidad o por una solemnidad de grado menor.

El diácono lleva atravesada la estola, desde el hombro izquierdo, pasando sobre el pecho, hacia el lado derecho del tronco, donde se sujeta.


Por tanto, no es la estola. De ahí que en la Instrucción Redemptionis Sacramentum recomienda no omitir su uso (n. 124): "La vestidura propia del diácono es la dalmática, puesta sobre el alba y la estola. Para conservar la insigne tradición de la Iglesia, es recomendable no usar la facultad de omitir la dalmática".

74. En la Misa, en la celebración de la Palabra y en una vigilia prolongada, mientras se proclama el Evangelio, todos están de pie y, de ordinario, vueltos hacia el que lee.

El diácono se dirige al ambón llevando solemnemente el Evangeliario, lo preceden el turiferario que lleva el incensario y los acólitos que llevan cirios encendidos.

El diácono, de pie en el ambón y vuelto hacia el pueblo, después de que haya saludado a la asamblea, teniendo juntas las manos, con el dedo pulgar de la mano derecha signa con el signo de la cruz, primero el libro sobre el principio del Evangelio que va a leer, después se signa a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho, diciendo: Lectura del Santo Evangelio.


La razón de las manos juntas para el gesto diaconal de la lectura del Evangelio tiene que ver con lo que se dirá en el núm. 104, cuando al hablar de las manos extendidas se menciona al obispo y al presbítero pero no al diácono. Se puede intuir aquí una expresión ceremonial del carácter esencialmente ministerial del diaconado según la mentalidad actual.

Se signa sobre el principio del Evangelio (+) y se hace según indica arriba, sin hacer la señal de la cruz depués sobre todo el cuerpo, como se hace al rezar el rosario.

El Obispo, a su vez, se signa, de igual manera, en la frente, la boca y lo mismo hacen todos los demás.

Después, al menos en la Misa estacional, el diácono inciensa tres veces el Evangelio, es decir, en el medio, a la izquierda y a la derecha. En seguida lee el Evangelio hasta el final.

Terminada la lectura, el diácono lleva el libro para ser besado por el Obispo, o el mismo diácono lo besa, a no ser que como se dijo en el n. 73, la Conferencia Episcopal haya determinado otro signo de veneración.

No se especifica quién decide, si el mismo diácono u otro. Besar el evangeliario, por tanto, no es una "prerrogativa" del obispo.

Si no hay diácono, el presbítero pide y recibe la bendición del Obispo y proclama el Evangelio, tal como se indicó antes.

81. Al Obispo que preside o participa en una sagrada celebración sólo con el hábito coral, lo asisten dos canónigos revestidos con su hábito coral, o presbíteros o diáconos con sobrepelliz sobre la sotana.

Después de la reforma litúrgica puede ser difícil comprender el por qué del número 81. La tendencia que existe es que el diácono lleve siempre alba porque así es más fácil ceñirse la estola del lado derecho. Sin embargo, hay que recordar que antes de la reforma litúrgica, en la celebración de los demás sacramentos -fuera de la misa- sólo el obispo llevaba alba. Se trata, por tanto, de una vestidura que de suyo es más "solemne" que el sobrepelliz, por lo que no parece lógico que los que asisten al obispo la lleven mientras que éste no.

El número 81 afecta a las demás celebraciones que se encuentran en el Ceremonial de los Obispos en las que el Obispo se encuentra con hábito coral.


9o. El Obispo, si está en la cátedra, o en otra sede, se sienta para poner incienso en el incensario, de no ser así, pone el incienso estando de pie; el diácono le presenta la naveta y el Obispo bendice el incienso con el signo de la cruz, sin decir nada.

Después el diácono recibe el incensario de manos del acólito y lo entrega al Obispo.

Esta última rúbrica es contradicha por el número 140: en este número no se da la opción para que el Obispo ponga el incienso de pie y nada se dice sobre el diácono que recibe el incensario de las manos del acólito. Observando las citas a pie de página del número 90 -que cita al anterior Caeremoniale episcoporum- podemos decir que este es el modo ordinario en que el Obispo recibe el incensario -siempre de manos del diácono-, pero en el momento de la proclamación del evangelio el obispo no tiene nunca el incensario ya que no lo va a usar.

96. ...El diácono inciensa a todos los concelebrantes al mismo tiempo.

Por último, el diácono inciensa al pueblo desde el sitio más conveniente.

99. El Obispo celebrante, después que el diácono dice: Daos fraternalmente la paz, da el saludo de paz por lo menos a los dos concelebrantes más cercanos y después al primer diácono.

Nos encontramos con otro gesto que diferencia al diácono de los presbíteros. Aunque el diácono asiste al Obispo y siempre le acompaña, no recibe primero el gesto de la paz.

100. Mientras tanto los concelebrantes, los diáconos, los demás ministros y también los Obispos acaso presentes, se dan de modo semejante unos a otros el saludo de paz.

El Obispo que preside la sagrada celebración, sin que concelebre la Misa, da la paz a los canónigos, o a los presbíteros, o a los diáconos que lo asisten.

104. Es costumbre en la Iglesia que los Obispos o los presbíteros dirijan a Dios las oraciones estando de pié y teniendo las manos un poco elevadas y extendidas.

107. ...También los concelebrantes y ministros, mientras van caminando o están de pie, tienen las manos juntas, a no ser que tengan que llevar algo.



Adolfo Ivorra

sábado 21 de agosto de 2010

XVIII Domingo de Cotidiano.


Profecía: Jer 22, 13-19

Psallendum: Sal 54, 7. 6

Apóstol: Gal 5, 14-6, 2

Evangelio: Lc 16, 19-17, 4


A diferencia del Domingo anterior, en éste todas las lecturas comparten un sustrato común, que podemos ver resumido en el primer versículo del apóstol de hoy: Toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». La ley que rechaza san Pablo es la mosáica, pero el canto de laudes después del evangelio nos invita a escuchar la nueva ley: Escucha mi ley...las palabras de mi boca. Para el Apóstol es necesaria la guía del Espíritu Santo para poder cumplir el amor al prójimo. Si ayer la ley era pedagogo que guiaba al pueblo de Israel, ahora es el Espíritu el que guía a la Iglesia. Pero también el Espíritu es meta del creyente. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. El conoce los dones de Dios no sólo los aprecia sino que los quiere más abundantes. Y sólo los puede encontrar en la comunidad de los redimidos que es la Iglesia. Por eso la solidaridad en las buenas obras: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo.

Profecía-psallendum y evangelio nos transmiten la misma gravedad ante el afán de riqueza y el desprecio de la ley de Dios. Si tu padre comió y bebió y le fue bien, es porque practicó la justicia y el derecho; hizo justicia a pobres e indigentes, y eso sí que es conocerme, oráculo del Señor. Estas palabras divinas en Jeremías nos indican que el derecho, la justicia, todas las instituciones relacionadas con la ley miran en favor del que nada tiene. La tentación es vivir al margen de la justicia: Me construiré una casa espaciosa con salones aireados, abriré ventanas, la revestiré de cedro, la pintaré de bermellón. ¿Piensas que eres rey porque compites en cedros? El hombre que vive al margen de la justicia quiere ser él mismo ley. Por eso la condena del profeta no se hace esperar. Sus palabras son duras: No le harán funeral cantando: ¡Ay hermano mío, ay hermana! No le harán funeral: ¡Ay Señor, ay Majestad! Lo enterrarán como a un asno: lo arrastrarán y lo tirarán fuera del recinto de Jerusalén. Para el que no practicó la justicia no hay redención posible, y de nada sirven los ruegos de la comunidad. Ante esta dura condena surge en el creyente cierta inseguridad, pues todos somos pecadores y todos hemos cometido injusticias. Por eso en el psallendum cantamos, de forma individual, miedo y temblor me invaden.

Ser enterrado fuera de Jerusalén es una imagen que utiliza el profeta Jeremías para anunciar que el injusto nada tiene que ver con la ciudad santa, la Nueva Jerusalén de la que nos habla el libro del Apocalipsis. El evangelio del pobre Lázaro y el rico malvado, que no reparaba ante el pobre que tenía cerca de él, nos presenta también una visión aún más dura y definitiva que la de la profecía de hoy. También nos expone la cerrazón del corazón humano, que no hace caso ni de revelaciones sobrenaturales: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Al final del evangelio de hoy nos encontramos con unos versículos que vienen a ser como una especie de recomendación moral. Se nos habla del perdón sin límites que debe haber entre nosotros, pero quizás lo más directamente relacionado con las lecturas de hoy sea la condena al que escandalice, porque, ciertamente, la injusticia con el pobre y desvalido es un escándalo. Sobre todo en medio de creyentes en el Dios vivo.


Adolfo Ivorra