El post de hoy es uno de esos que suelo escribir de vez en cuando que suele afectar, incluso psicológicamente, a más de uno. Por fortuna -dentro de lo que daba la Cuaresma-, no me ordené el 19 marzo, sino el 20. Y no sabéis lo agradecido que estoy por ello. Porque si algo me caracteriza, es la "devoción" por el culto cristiano más primitivo: la centralidad del domingo, la importancia del ciclo temporal sobre el ciclo de los santos, etc. Todo ese tipo de cuestiones de las que la Constitución Sacrosanctum Concilium hace gala. Yo me fio de la liturgia. Ella es mi escuela de espiritualidad, no sólo el principio y fin de mi vida espiritual. Y creo que su historia nos habla, queramos o no, de lo genuinamente cristiano. También nos informa de aquellas cosas que conformaron la vida cristiana de los apóstoles, los Padres apostólicos y los Padres de la Iglesia. Cualquiera que conozca la importancia de los tres "estamentos" que acabo de mencionar, me dará, en principio, la razón.
La historia de profetismo de Israel es, entre otras cosas, una continua llamada de atención sobre una tendencia común de la historia de la salvación: la peligrosa -e incluso pecaminosa- tendencia de adecuarse a los modos religiosos de los pueblos vecinos. No sólo el hecho de la idolatría, sino también la asunción de ritos y supersticiones. Por desgracia, en la historia de salvación que continúa en el tempus Ecclesiae esto se manifiesta de vez en cuando. Una tendencia propia de otras religiones es la de "santificar" lugares, cosas y personas que tuvieron contacto con el líder o profeta tal o cual. En las religiones orientales esto es evidente, pero también lo vemos en el Islam. El cristianismo estaba "vacunado" contra esto por numerosas razones, pero el paso del tiempo hace mella incluso en sus augustos principios. En el rito hispano, las fiestas de los apóstoles se introducen realmente tarde: no pocos son de la época mozárabe. Del rito romano podemos decir cosas semejantes. Por lo tanto, aunque fueran fundadores de comunidades cristianas, no todos los apóstoles pasaron a ser "solemnidad" en todas las comunidades cristianas. ¿Acaso no eran los discípulos del Señor, etc.? Sí, pero en las comunidades orientales se les dio importancia a su fundador, lo mismo que Roma a san Pedro y san Pablo. Así de simple.
El ejemplo de los apóstoles ya empieza a mostrar por qué camino voy. Si abandono el camino del ciclo santoral va a pasar lo mismo: hay cristianos que van "de clásicos", de tradicionales, de semejantes a las primitivas comunidades, y tienen como centro de su vida espiritual la vigilia pascual. Pero lo primero que hicieron los cristianos no fue celebrar la vigilia pascual el año 34. De hecho, con certeza podemos decir que no la celebraron hasta el s. II (cf. M. Augé, L'anno liturgico, Città del Vaticano, 2009, 110s). Por lo tanto, si hay un punto de intensidad litúrgica que nos retrotrae a las primerísimas comunidades cristianas, esa es la "pascua semanal", no la anual.
Pero lo de san José es, simplemente, increíble. Se podría decir que se trata de una "devotio moderna" en toda regla. Alguno dirá que hay testimonios de culto a san José entre los coptos... del s. IV. Lo cierto es que en Occidente hay que esperar hasta el s. XII encontremos una iglesia dedicada a san José en Bolonia. Por cierto, lo de
devotio moderna no sólo era una licencia literaria, lo he dicho con toda la intencionalidad: Juan Gerson, posible autor de la
Imitación de Cristo, compuso en el s. XV un oficio sobre los esponsales de san José. Y será en el mismo siglo cuando un papa, Sixto IV, introduce el 19 de marzo a san José. En el s. XVII se eleva a la categoría de fiesta. En 1870 el papa Pío IX lo declara patrono de la Iglesia universal, esto es, más de diecinueve siglos después de su muerte. Es en el s. XIX donde comienza la devoción a san José entre el pueblo llano. Tanto que hasta se tuvo que prohibir la devoción al "
sagrado corazón de san José".
Con todo esto quiero decir:
1. Que la liturgia nos lleva una y otra vez a las "devociones" universales y así establecidas en la Iglesia en sus primeros años (el domingo) y en los primeros siglos. Lo que no "esté" aquí, siempre será sospechoso de adherencia según el espíritu de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en la fiesta de la
Cátedra de san Pedro en Antioquía, recientemente suprimida y que había estado durante siglos en el Calendario Romano.
2. La liturgia evita la "divinización" de lugares y personas, la introducción perenne de devociones según el espíritu de una época, etc.
3. La liturgia ejerce en nuestra vida espiritual, sobre todo si nos hemos "convertido" a la liturgia desde una comprensión de la espiritualidad alejada de ella, una labor de "desmitologización". Esto quiere decir que da el verdadero orden de las cosas en general (primero la liturgia/sacramentos, después los demás actos de piedad) y en particular (primacía del domingo, del ciclo de tempore, etc.)
Estos tres puntos los resumiría en este: la liturgia no es un aditamento más a la vida espiritual de cualquiera: es un "elemento" crítico que juzga la idoneidad y licitud de lo que hacemos en nuestra vida espiritual. Con respecto a san José, creo que ir más allá de lo que dicen de él los evangelios es entrar en la peligrosa "teología ficción". La teología mariana del s. XIX y de la primera mitad del s. XX es un ejemplo de ello, que condujo a una irremediable indiferencia tanto práctica como teórica, de tal forma que hoy parece que su sola mención es síntoma no de catolicidad, sino de falta de rigor científico (o de muestra de devocionalismo, afectivismo, etc.). De este modo, lo que está pasando con la figura de María -que hasta es reinterpretada por la teología feminista- puede pasar -y de hecho pasa y ha pasado- con la figura de san José: puede ser reinterpretada con una intencionalidad dudosa, tratando de captar colectivos o queriendo identificarse con él desfigurando su realidad histórica y su papel en la historia de salvación. La fiesta del 1 de mayo tiene mucho que ver con esto: ahora, después de que la "cuestión obrera" ha pasado a mejor vida, su sentido en el calendario empieza a chirriar. Y con respecto a cuestiones de calendario, el lugar más sensato para san José lo encontramos en el rito hispano-mozárabe: el 3 de enero, en el contexto de la Navidad. ¿Qué hace en plena Cuaresma?
Miremos, pues, a san José con naturalidad, comprendiendo lo que dicen de él los evangelios. No lo "divinicemos" de tal manera que pareciera que es él quien llama a los hombres a ser sacerdotes y es él el defensor de la Iglesia. Esto último siempre se adjudicó a san Miguel arcángel. De toda la vida....
Adolfo Ivorra