viernes, 2 de marzo de 2012

El "Ayuno" en los Himnos de San Efrén de Nísibe

Hoy ayunan la boca y el corazón

Los Himnos sobre el ayuno de Efrén de Nísibe son una decena de textos poéticos con una clara unidad temática que hace de ellos casi un unicum: su núcleo inspirador está constituido de hecho por el ayuno, considerado desde diversos ángulos. Sobre todo se destaca el modelo observado por Cristo durante cuarenta días en el desierto: “Este es el ayuno del Primogénito, el inicio de sus triunfos. ¡Alegrémonos de su venida! Con el ayuno, en efecto, él obtiene la victoria, aunque podría haberla obtenido de cualquier modo. Nos mostró la fuerza que está oculta en el ayuno, que vence todo. Con éste, de hecho, es derrotado aquél que, con el fruto, derrotó a Adán: ¡así lo engulló con avidez! Bendito sea el Primogénito, que erigió el muro de su gran ayuno alrededor de nuestra debilidad”.

Muchos personajes del Antiguo Testamento, figuras y precursores de Cristo mismo, son presentados como ejemplo de ayuno y como modelo para los cristianos. Al mismo tiempo, para exaltar el ayuno como un “bello fruto” – que puede convertirse en fracaso si no es practicado con una sincera piedad – el autor se sirve también de imágenes tomadas de lo que le rodea: “¡Observa la naturaleza, en el caso en el que frutos atrayentes hayan sido contaminados por cualquier cosa infecta! Nuestro sentido experimenta el disgusto, aunque hayan sido bien lavados”. O también usa imágenes cotidianas: “Bendito aquél que nos dio una imagen, en la cual, si miramos bien, se encuentra el espejo para nuestra invisible unidad. Veámosla, hermanos míos, en los símbolos de las cosas visibles. Observemos el cuajo: si está inmerso en la leche líquida, no pierde nunca su liquidez, ya que la asume junto a la fuerza coagulante”.

En los textos de Efrén fluyen una serie de bellísimas imágenes que muestran su capacidad de observar y penetrar a fondo el mundo creado, de ver los símbolos ocultos en él y de los cuales se sirve como de sabias enseñanzas: “¡Examinad los efectos de la carne en un volátil! Si come una gran cantidad ésta debilita su ala haciéndola pesada, y no puede volar, como antes lo hacía. Si el águila, que vuela más alto que cualquier otro, ha sido muy voraz, no puede librarse del aire como anteriormente lo hacía. Porque un organismo ligero con la carne aumenta su peso, cuánto más uno que ya es pesado, al comerla, se hará más pesado”.

Efrén presenta el ayuno como victoria de Cristo sobre aquél que, a su vez, venció a Adán con el fruto del árbol. El ayuno de Cristo en el desierto precederá su victoria contra el enemigo y, por tanto, es el arma con la cual el Señor obtiene la victoria. La victoria obtenida con el ayuno debe hacer que el hombre esté atento a no caer de nuevo en las manos del enemigo que, con astucia, lanza sus trampas y extiende a la vez sus armas: “¡No deis crédito, oh sencillos, al Engañador, que derriba a los que ayunan! De hecho, al que ve abstenerse del pan, el engañador lo llena de cólera; al que ve en oración le insinúa un pensamiento detrás del otro y, furtivamente, le roba del corazón la oración de su boca. Señor nuestro, danos un ojo que pueda verte como aquellos que roban la verdad con el fraude”.

El ayuno es aún presentado como victoria que lleva al cristiano a la purificación y a la visión de Dios; aquí encontramos un tema muy querido por Efrén y por los autores siríacos posteriores, el de la pureza de corazón que conduce, como culmen de un camino de elevación espiritual, a la visión de Dios. Este es el escalón más alto que el hombre puede alcanzar: "Éste es el ayuno que eleva a lo alto: brota del Primogénito para elevar a lo alto a los pequeños. Para el que ha acogido el ayuno es causa de alegría, viendo cuánto ha sido elevado a lo alto. El ayuno purifica invisiblemente el alma, para que pueda contemplar a Dios y elevarse a su visión".

Al mismo tiempo Efrén no duda en reprobar el ayuno practicado en la ignorancia, porque no lleva a la “visión” sino a la “ceguera” del que lo practica, hasta matar al verdadero Cordero pascual: “¡Venid, recordemos, ayunando, qué hicieron los ignorantes durante su ayuno! En Pascua asesinaron al Señor de la Pascua. En la fiesta inmolaron al Señor de las fiestas. ¡Leían sin entender y explicaban sin percibir el sentido! Leyeron en las Escrituras; lo colgaron en el leño. Las figuras en los libros; la Verdad en el leño. Crucificaron al Cordero de la verdad y lo colgaron. Lo habían crucificado los ciegos, que se encendieron de envidia y, desorientados, erraron. En medio de aquellos que lo crucificaban, que eran visibles, había una comunidad espiritual, invisiblemente”.

Además Efrén ofrece una lectura simbólica de los hechos veterotestamentarios a la luz del Nuevo Testamento: “Moisés estaba allí con sus brazos extendidos y su bastón sobre el pecho. Estupor en la cima del monte: extendido el brazo y el bastón alzado, como en el Gólgota. Un testigo les dijo: este símbolo ha vencido a Amalek. La alianza de Moisés, de hecho, era como un espejo: ella reflejaba a nuestro Señor. Oh verdad que, también a los ciegos, gritó: ¡Aquí estoy! Los ciegos, habiéndola tocado, vieron la luz; los que la veían, habiéndola escrutado, se convirtieron en ciegos, porque crucificaron a la Luz”.

El ayuno es maestro, o instructor en la lucha: “Éste es el ayuno instructor, que enseña al atleta los movimientos de la lucha. Acercaos a él, practícadlo, aprended el combate ágil. Él nos ordenó que nuestra boca ayunase y ayunase también nuestro corazón. No ayunamos del pan si nos alimentamos de pensamientos”. En diversas ocasiones Efrén pone en guardia contra el falso ayuno, contra la hipocresías de quien aparenta exteriormente ayunar, mientras su corazón está apegado al mal que no se ve: “El elocuente Isaías se hace predicador para reprobar a los que ayunan: ¡Grita y proclama! ¡El oído cerrado no se abre más que al sonido de la plata! ¡No ayunéis mientras deboráis los bienes del huérfano! ¡No vistáis el hábito de saco mientras expoliáis a la viuda! ¡No inclinéis el cuello mientras subyugáis a los seres nacidos libres! Un ayuno, que hace gemir y oprime, hace manifiestos los ídolos que se ocultan con tal prepotencia”.

(Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 1 de Marzo de 2012; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)