sábado, 31 de diciembre de 2011

Inicio del Año (rito hispano-mozárabe).

Inicio del Año, Año II:

Profecía: Jer 10, 1-10
Psallendum: Sal 113, 3. 1
Apóstol: 1Cor 10, 14-11, 2
Evangelio: Mt 10, 5-8

El evangelio de hoy es el texto de la primera misión encomendada por Jesucristo a los apóstoles cuando aún vivía en nuestra carne mortal. Es importante clarificar esto porque el texto parece desmentir algo que hemos escuchado hasta ahora: Jesús prohíbe la evangelización de los gentiles. El Señor recurre aquí a una cuestión didáctica: a los que primero recibieron la revelación por los profetas, a esos hay que predicar primero el evangelio. Pero la selección de este texto hoy tiene una intencionalidad clara: evitar el trato con la paganía. Si la Liturgia de la palabra del año I situaba esta celebración del Inicio de Año dentro del contexto de la Navidad, en este año II se manifiesta su identidad propia: se invita a rechazar la religión pagana. El canto de laudes contrapone la confianza en Dios y en los hombres, aludiendo quizás a lo que hoy se ha venido a llamar la conciencia religiosa del hombre presente en las religiones. Sin embargo, el binomio profecía-apóstol es más categórico: no se trata de hombres que han intentado alcanzar a Dios y han “creado” religiones, sino que se considera a las religiones paganas del entorno de Israel como demoníacas. Este calificativo resuena también en muchas pasiones de mártires y en la eucología martirial.
La profecía de Jeremías se limita a declarar la falsedad de estas religiones: No imitéis la conducta de los paganos, no os asusten los signos celestes que asustan a los paganos; los ritos de esos pueblos son falsos. Este desprecio también se extiende a los ídolos, calificados de “espantapájaros”. Al ensalzar a Dios, el profeta lo llama rey de las naciones, lo que equivale a decir que el reconocimiento del Dios verdadero implica un rechazo de las supersticiones religiosas. En el psallendum cantamos la omnipotencia de Dios, el Dios que sacó a Israel de Egipto y, como es de suponer, del culto a dioses falsos.
            Aunque exhortando a una conducta que no escandalice a judíos y gentiles, el Apóstol nos invita también a rechazar la idolatría y los ritos de los gentiles, que son duramente condenados: los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber de los dos cálices, del Señor y del de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios. Si en la declaración Nostra aetate (n. 2) del Concilio Vaticano II se declara que en las religiones puede haber «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» -o lo que es lo mismo, ver “el vaso medio lleno-, el pensamiento paulino previene ante las falsedades de las religiones que no están fundamentadas en la Revelación, lo mismo que el pensamiento profético del Antiguo Testamento y, en buena medida, el pensamiento de la Iglesia primitiva.

Inicio del Año, Año I:

Profecía: Is 49, 1-6
Psallendum: Sal 47, 11s
Apóstol: Hb 6, 13-7, 3
Evangelio: Jn 1, 1-17

            Los prenotandos del Misal nos dicen de esta fiesta que «Antes de que se instituyera, como Octava de Navidad, la fiesta de la Circuncisión, se celebraba aquel mismo día una fiesta de Año Nuevo. Ambas tradiciones han conservado la misa In Caput Anni o In Initio Anni. Se presta a ser utilizada en la vigilia de fin de año o bien como misa dominical o ferial entre el 1 y el 6 de enero». Se trata, por tanto, de una celebración que no está vinculada a un hecho salvífico concreto que exija un día específico en el Calendario (fijo o móvil). En su origen fue una celebración en la que se rechazaba la superstición pagana. Según I. Tomás, «nos encontramos frente a una misa no propiamente de Navidad, aunque parte de la Encarnación del Verbo en muchas de sus fórmulas. Nos encontramos, más bien, con una celebración que tiene como objeto concreto hacer ver a la comunidad la necesidad de abandonar los ídolos, para volver a Cristo, por lo tanto es una celebración cristológica y penitencial; junto a estos dos aspectos se unen la acción de gracias por el año que termina y la teología del tiempo redimido por Cristo»[1].
            Sin embargo, en la Liturgia de la palabra de este año I vemos aspectos originales que sitúan bien esta celebración dentro del tiempo de Navidad-Epifanía. En efecto, la profecía de Isaías muestra la complacencia de Dios con su profeta –Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso–, que nos recuerda la complacencia del Padre con Cristo en el Jordán, misterio que recordaremos en Epifanía. En el evangelio se habla del Verbo como luz verdadera, que alumbra a todo hombre, tema también muy propio del Adviento y la Navidad. Y en el mismo evangelio se alude a Juan, que se declara inferior a Cristo, cuestión que resuena en el Bautismo en el Jordán. La luz también aparece en la profecía te hago luz de las naciones, que el psallendum traduce por una alabanza el confín de la tierra. También en el psallendum encontramos el tema de la justicia (Tu diestra está llena de justicia), que podemos relacionar con Melquisedec en el apóstol, rey de justicia. Jesucristo, lo mismo que Melquisedec, no tiene “tiempo”, esto es, genealogía. Desde el punto de vista de la divinidad, la inexistencia de genealogía del Hijo de Dios la expresa el evangelio de hoy, el prólogo del evangelio de san Juan. En cuanto al apóstol, el caso de Melquisedec es anecdótico: si tuvo genealogía, pero nadie la llegó a conocer. Y al igual que Melquisedec, Cristo es también rey de justicia. No olvidemos que también el día de Navidad se aludía a la realeza de Cristo.
            Como vemos, la Liturgia de la palabra de esta año sitúa bien esta celebración en el tiempo de Navidad. Las oraciones del misal, sin embargo, irán por otros derroteros.


Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.
 


[1] I. Tomás, o. c., 97 (nota 177).

"Perdón y Acción de Gracias al Comienzo del Nuevo Año" con la Liturgia Hispano-Mozárabe

Llegados al final del Año Civil os presento dos oraciones tomadas de nuestra venerable Liturgia Hispano-Mozárabe que sintetizan los sentimientos que hemos de tener: perdón y acción de gracias.

Petición de Perdón:

A Ti, Señor Cristo Jesús, a Ti, Dios que salvas en plenitud a los hombres y Hombre singularmente poderoso en Dios, te invocamos, alabamos y rogamos que te hagas presente, nos perdones, compadezcas y absuelvas; que suscites en nuestros labios palabras que escuches, y concedas a nuestra actividad realizaciones que bendigas.

No pedimos que se repita entre nosotros tu nacimiento corporal tal como aconteció antiguamente…; sino pedimos que se entrañe en nosotros tu invisible Divinidad. Que lo que entonces fue concedido según la carne, aunque individualmente, a María, se conceda ahora espiritualmente a la Iglesia: que una fe íntegra te conciba, te alumbre el espíritu libre de corrupción y te lleve dentro el alma fecundada por la fuerza del Altísimo.

No te alejes de nosotros, sino procede de nosotros. Sé realmente nuestro "Emmanuel", Dios-con-nosotros. Dígnate permanecer y luchar por nosotros, pues combatiendo Tú venceremos nosotros.

Líbranos, te rogamos, de los inmundos harapos del pecado Tú, que a causa de esos pecados nuestros, toleraste ser fajado con la suciedad de los pañales. Que tu leche nutra a los pequeñuelos de tu Iglesia. Que el delicado manjar de niños alimente de tal modo a los débiles que las fuerzas se hagan más y más vigorosas día a día para saborear un alimento más fuerte y sólido. Y de tal modo sepamos mantener la voluntad pura y la fe firmísima, que siempre nos esforcemos por alcanzar, con tu auxilio, la vida perfecta.
R/. Amén.

Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

(Alia de la “Misa de la Natividad del Señor” del Rito Hispano Mozárabe)

Acción de Gracias:

Es justo y necesario darte siempre gracias, Señor, Padre santo, Dios eterno y por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro.

El cual, nacido de ti, Dios Padre, antes del tiempo juntamente contigo y con el Espíritu Santo dio origen al tiempo, y en el curso del mismo quiso nacer del seno de la Virgen María. Él, eterno como es, ha establecido la sucesión de los años durante los cuales el mundo se va desarrollando. Y ha dado al curso de cada año una inconfundible variedad, gracias a las distintas y determinadas etapas de la órbita solar.

Hoy celebramos el final de un año y el comienzo de otro ofreciendo este sacrificio al Dios vivo, agradecidos por el año que termina y por el inicio del nuevo. Ahora, que un santo y común fervor nos ha reunido para la oración, te presentamos, Dios Padre, nuestras humildes preces; tú que consagraste el curso del tiempo con el nacimiento de tu Hijo, concédenos un año de paz y que podamos dedicar sus días a tu servicio.

Llena la tierra con sus frutos, libra nuestros cuerpos de la enfermedad y a nuestras almas del pecado. Aparta los contratiempos, destruye el poder del enemigo, líbranos de la indigencia, aleja de nuestro país toda clase de mal…
R/. Amén.

Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

(Illatio de la “Misa del Comienzo de Año” del Rito Hispano Mozárabe)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Cristianismo light.

Este es un tema que supera ampliamente los límites de la liturgia, pero que tiene que ver con ella. Y es que una de las ventajas de la liturgia es que prácticamente todo en el cristianismo tiene que ver con la liturgia o a ella se encamina. Si no tiene nada que ver, entonces habría que plantearse si eso es o no cristiano.
Hasta en los más renovadores y ortodoxos movimientos teológicos y doctrinas actuales, hay una clara tendencia al cristianismo light. En algunos postulados esto parece superarse por medio de una llamada al radicalismo, a la vivencia plena y seguimiento sin reservas de Cristo y su evangelio. Sin duda, la tibieza es algo a erradicar. Pero el problema es que el cristianismo posmoderno gusta de estar en el Domingo de Resurrección, pero sin pasar por el Viernes Santo. En un comentario reciente se dijo que la dimensión sacrificial de la eucaristía, más que el tema del banquete eucarístico, nos lleva a comprender la relación entre la misa y el dolor, la enfermedad, etc. Y es que la liturgia nos presenta la totalidad del cristianismo, nos guste o no. Por eso no debe sorprendernos que la reforma litúrgica, muy posmoderna in nuce ella, haya intentado -y logrado- minimizar, "edulcorar" aspectos menos agradables del mensaje cristiano. Pienso, por ejemplo, en la supresión de los versículos sálmicos complejos e incluso violentos en la actual Liturgia de las Horas. Recuerdo a este respecto un comentario de un profesor de patrología: "si los cristianos de los primeros siglos podían rezar con esos salmos, ¿por qué nosotros no?"
Desde aquí ya se ve que el tema trasciende la cuestión litúrgica y tiene que ver con el espíritu de los tiempos. Por eso me voy a centrar en un solo tema, el de la mojigatería. Según el DRAE, el mojigato es aquel que "afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión". Y también: "Beato hazañero que hace escrúpulo de todo". En otro diccionario, la primera definición se expresa así: "Que finge timidez y humildad". La liturgia es escuela de una espiritualidad de la normalidad. La espiritualidad típica del s. XIX y principios del XX era una concepción de la santidad como acumulación de actos "de santificación". La moral social, inexistente. O se concebía la caridad desde la beneficiencia, haciendo de ésta un acto mecánico de dar bienes. Las semejanzas con el espíritu del estoicismo y el imperativo kantiano (el deber por el deber) son evidentes. Si se pudiera entrevistar a un no practicante de la época o algún fiel crítico, el diagnóstico que daría es el de ser un cristianismo "triste" o simplemente inhumano. Esta visión arrastra doctrinas y modos de comprender la vida y la propia fe de varios siglos antes, pero queda clara la desvinculación del cristiano con el mundo que le rodea.
Pero la liturgia va de otra cosa. Los domingos de Laetare y Gaudete, en medio de dos tiempos con connotaciones penitenciales -en el Adviento mucho más leve- nos indican que también hay alegría. La liturgia es un ámbito serio, pero no es un ámbito triste. Todavía hoy nos encontramos cristianos del s. XIX, que limitan su cristianismo a una serie de prácticas religiosas, la mayoría de ellas alitúrgicas, que están dispuestos a reducir la religión, como sus predecesores de la Ilustración, a una ética. Como si se tratase de semidioses griegos, parece que el mundo les da lo mismo. Incluso sus hermanos cristianos. Laicos y sacerdotes.
Este tipo de actitud, aunque nos pueda sorprender, es la más contestataria que pueda existir en la Iglesia. Quizás no es la más mediática, pues la mayoría de sus exponentes aparentemente profesan un cristianismo "tradicional", pero todo les parece desviado. La dimensión comunitaria de la liturgia es el antídoto perfecto para estas actitudes. Es el mejor método para -robando el título de un blog...- sentire cum Ecclesia. Y en su supuesta actitud casi jansenista, también es un cristianismo light, porque no tiene en cuenta la humanidad de la Iglesia sino una supuesta "teoría" que debe ser vivida. Del mismo modo que el "cristiano de los valores", el mojigato vive en otro mundo y en otra realidad que no es la Iglesia.
El cristiano mojigato es aquel que no le gusta la liturgia según las rúbricas porque no le dice lo que quiere oir: ya sea una "fiesta" porque quiere huir de la realidad, ya sea una liturgia "piadosita" que no le hable de compromiso y de la realidad del pecado. Desde aquí, la supuesta moral cristiana que dice poseer se traduce más bien en costumbrismo, que a veces rivaliza con el de la época victoriana.
Para el cristiano mojigato, si llega atreverse a entablar una relación con los demás bautizados de su parroquia o con sacerdotes, nunca estarán a la "altura". Y siempre porque no se rigen por su "código" de conducta, sea el "progre" de todo es bueno o el "carca" del que todo es malísimo. Pero la liturgia destila mucha "normalidad". Y esto es así porque no tiene reparo en transmitirnos la Sagrada Escritura y su historia sagrada, en la que ha habido de todo, y en la que el mismo Dios saca cosas buenas de acciones reprobables.
En resumen, la liturgia es mejor modo de no volverte asocial, que en términos precisos sería no volverte aeclesial. Siempre remitirá a la asamblea de los que peregrinan en este mundo, con sus virtudes y vicios. Siempre le llevará a juzgar su propia vivencia del cristianismo y su pertenencia a la Iglesia, de forma más eficaz que el mejor de los directores espirituales. Por eso los "padres" del movimiento litúrgico siempre ponían de relieve el carácter objetivo de la liturgia, además de su dimensión comunitaria.

Adolfo Ivorra

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Preparación para la misa.

En las primeras páginas del misal romano, según su versión de 1962, y en el apéndice de la última edición castellana, encontramos una serie de oraciones para la preparación espiritual del sacerdote celebrante antes de la misa. Muchas veces, por las prisas, por las "intrusiones" de laicos a la sacristía, por la acostumbrada charla con los ministros y/o concelebrantes, o simplemente por un acostumbrarse a lo sagrado, la misa se queda sin "preparar". Llama la atención de que cuando se hable en el mundo parroquial de preparar la misa, lo último que se piensa es en las oraciones y en el ya tradicional tiempo de silencio antes de la celebración. En esta actitud subyace la mentalidad activista de aquellos que creen que son ellos los que hacen las cosas y que Dios es meramente un motivo etéreo o de fondo.
Al releer algunos párrafos selectos del libro "El sello" del cardenal Piacenza, creo que podremos caer en la cuenta de la importancia de esos momentos previos a la celebración.

Es necesario no pasar de cualquier actividad a la celebración de la Misa sin antes reservar un tiempo adecuado al recogimiento y a la preparación. Es el rato que Dios nos pide para estar en su Presencia, para percatarnos del Misterio que vamos a celebrar y del que se nos hace partícipes (p. 82)

Cuando el sacerdote celebra varias misas, o cuando éstas se tienen que celebrar en varias iglesias, el fenómeno de la prisa entra en escena. Al margen de esta cuestión de la escasez de minutos, está la tergiversación del sentido de la sinaxis: no se trata de una reunión de amigos o conocidos, sino de una convocación de una porción de la Iglesia para celebrar el Misterio de Cristo. El tiempo previo a la celebración no es un momento de confraternizar o de hacer amigos. Detrás de esta mentalidad hay una confusión entre hacer "pastoral" y ampliar el propio circulo de amistades. La pastoral dista mucho de ser una serie de actitudes cordiales o sociales. La verdadera pastoral es mostrar y enseñar a los demás la centralidad de la eucaristía con el propio ejemplo: recogerse en oración antes de la misa.
Llegar de forma sistemática cinco minutos antes a "preparar" lo exterior -cintas del misal y leccionario, pan y vino, etc.- y no dejar nada para lo interior da a entender a los demás que la eucaristía parece más una cosa que el "cura hace" que una cosa que el sacerdote vive. A este respecto habría que denunciar la ausencia de una cruz o imagen en las sacristías, que parecen a veces una trastienda más que un lugar de preparación para la celebración de los sacramentos y sacramentales.
En ocasiones, indudablemente por la "intrusión" a la que nos hemos referido, el revestirse de los ornamentos llega a ser más descuidado que vestirse para salir brevemente a la calle.

El mismo revestirse de los ornamentos sagrados, tras habernos detenido unos minutos en oración, debe volver a constituir un gesto orante. Nunca hubiéramos podido asumir tales vestiduras si "un Otro no nos hubiese revestido de su gracia". El esplendor de los ornamentos habla de la belleza y de la grandeza de Cristo sacerdote. Bajo este esplendor debe como "desaparecer" cada sacerdote, a fin de que solo el Señor aparezca, pues "conviene que Él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30). Tal esplendor supone una elocuente apelación a quien los viste, así como una ayuda para recordar la propia pequeñez e indignidad y, por tanto, para hacer que resurja de continuo un hondo agradecimiento por haber sido hecho partícipe del sacerdocio de Cristo (p. 83)

El Prefecto del Clero también alude a las oraciones para revestir los ornamentos. En concreto, las oraciones "clásicas". Pero aquí nos vemos ante lo inacabado o, si se prefiere, lo ambigüo de la reforma: tales oraciones ya no se encuentran en los misales de 1970 y siguientes, si bien reaparecen en el Compendium Eucharisticum publicado hace un par de años por la Congregación del Culto Divino. Además de las así llamadas "clásicas", que algunas de ellas contienen alusiones a la medicina medieval y que pueden dar lugar a malentendidos, encontramos en Occidente otras tradiciones orantes de este momento gestual. En el núm de septiembre de 2010 de la revista Liturgia y Espiritualidad, encontramos un artículo de J. Messeguer donde se recogen las propias de un misal (creo recordar que es el de Sarum), y también en el mismo Missale Mixtum/Gothicum del rito mozárabe, encontramos otras recensiones similares.
Pero esta variedad no debe distraernos de lo significativo de este momento. Pensemos, por ejemplo, que cada vez que el sacerdote bizantino se reviste para celebrar la Divina Liturgia, bendice cada uno de los ornamentos. En Occidente, la bendición es propiamente constitutiva: las vestiduras quedan "consagradas" para el culto hasta su destrucción. En Oriente, que también tienen en mente este sentido, son sin embargo "consagradas" para cada celebración, dando a la celebración del sacramento un valor singular e irrepetible. Al margen del contenido de estas oraciones y su carácter moralizante, no cabe duda del sentido general al que se ha referido el libro "El sello": hacer menguar al ministro en favor de Cristo. Después del Adviento, la cercana figura de Juan el Bautista nos puede servir de ejemplo para comprender, incluso en estos tiempos "versus populum", que el ministro debe desaparecer para mostrar mejor a Cristo. La vuelta a las casullas amplias es, en este sentido, una "herramienta" para que desaparezca nuestra figura y se remita mejor a otra realidad, la del cuerpo glorificado, que irradia la luz del Resucitado.

Adolfo Ivorra

domingo, 25 de diciembre de 2011

La Fiesta de la "Natividad del Señor" en el Canon de Cosme de Maiouma

Hoy la Virgen sacia la sed de Adán

En el oficio bizantino de Navidad podemos encontrar troparios de diversos himnógrafos de entre los siglos VI y IX. El Canon del matutino de Cosme de Maiouma, nacido en Damasco entorno al 675, obispo de Maiouma en Gaza desde el 734, murió el 752. Hermano adoptivo de Juan Damasceno, fue junto a él un valiente defensor de la veneración de los iconos. Las nueve odas del Canon contemplan el misterio del Verbo de Dios que nace en la carne de la Virgen María.

El primer tropario presenta los temas teológicos de la Navidad: "Cristo nace, rendidle gloria; Cristo desciende de los cielos, salid a su encuentro; Cristo está en la tierra, levantaos. Al Hijo que antes de los siglos inmutablemente del Padre ha sido engendrado, y en los últimos tiempos de la Virgen, sin concurso de varón, se ha encarnado, al Cristo Dios aclamémosle. Renuevo de la raíz de Jesé, y flor que procede de ella, oh Cristo, eres engendrado del boscoso monte eclopsado, oh digno de alabanza: has venido por medio de una Virgen que no conoce a varón, tú, inmaterial y Dios".

Cosme canta el nacimiento de Cristo como una nueva Creación: "Aquél que, hecho a imagen de Dios, se había perdido por la transgresión, llegando a ser totalmente presa de la corrucción, caído de la altura de la vida divina, el sabio artífice de nuevo lo plasma. El Creador, viendo que se perdía el hombre que con sus manos había hecho, plegados los cielos, desciende, y asume toda la sustancia de la divina Virgen pura, tomando verdaderamente carne".

El poema subraya cómo Cristo en su nacimiento se hace igual a Adán, participando plenamente en la naturaleza humana, para llevarla a la comunión con la naturaleza divina: "Adán hecho de tierra, que había participado de aquel soplo de lo alto, había caído en la corrupción, seducido por la mujer, viendo a Cristo nacido de mujer, grita: Oh tú que por mí te has hecho como yo, tú eres santo, Señor". El texto establece un paralelismo entre Adán seducido por la mujer y Cristo nacido de una mujer, y la invocación de Adán se puede encontrar de nuevo de manera muy similar en un tropario de la Ascensión del Señor ("oh tú que por mí te has hecho pobre"), enlazando su descenso a la tierra con su ascensión.

En la sexta Oda Cosme evoca la figura de Jonás, figura de toda la economía de Cristo, del Nacimiento a la Resurrección: "El mounstro marino, de sus entrañas, ha expulsado como un embrión a Jonás, tal como lo había recibido; el Verbo, tras haber morado en la Virgen y haber asumido la carne, de ella sale, custodiándola incorrupta. Ha venido encarnándose, Cristo nuestro Dios, que el Padre engendra antes de la estrella de la mañana; aquél que tiene las riendas de las potencias inmaculadas, es colocado en un pesebre. El Hijo ha sido parido como un neonato de la arcilla de Adán, y ha sido dado a los fieles. Él es el padre y príncipe del siglo futuro, y es llamado ángel del gran consejo".

Basándose en el libro de Daniel, Cosme en la Oda séptima relaciona a los tres jóvenes en el horno con los pastores de Belén: "Los jóvenes educados en la piedad, despreciando un impío mandato, no se dejaron aterrorizar por la amenaza del fuego, sino que entre las llamas cantaban: Oh Dios de los padres, tú eres bendito. Los pastores que velan en los campos, recibieron una luminosa visión que los dejó costernados: la gloria de Dios brilló a su alrededor, y un ángel gritaba: Entonad cánticos porque Cristo ha nacido. Qué discurso es éste, se decían los pastores; vayamos a ver el suceso, al Cristo divino".

En la Oda novena, siguiento el ejmeplo del cántico de la Madre de Dios en el evangelio de Lucas, Cosme por siete veces canta el misterio de la encarnación: "Proclama, alma mía, a Aquella que es más venerable y gloriosa que las supremas schiere. Proclama, alma mía, al Dios que en la carne de la Virgen ha sido alumbrado. Proclama, alma mía, al rey nacido en la gruta. Proclama, alma mía, al Dios adorado por los magos. Proclama, alma mía, la fuerza de la divinidad. Proclama, alma mía, a Aquella que nos ha rescatado de la maldición. Proclama, alma mía, a Aquella que es más venerable y gloriosa que las supremas huestes".

Finalmente, en un tropario de Romano el Cantor, con imágenes tomadas del Antiguo Testamento, el poeta canta el misterio del nacimiento virginal de Cristo: "Belén ha abierto el Edén, venid a ver: encontramos en lo escondido las delicias; venid, recibamos en la gruta los gozos del paraiso. Allí apareció la raíz no regada que hace brotar el perdón. Allí se encuentra el pozo que ninguno ha excavado, del cual David había en un tiempo en el que había deseado beber: allí está la Virgen que, parido el niño, rápidamente ha saciado la sed de Adán y de David, vayamos corriento entonces al lugar donde ha nacido, como niño pequeño, el Dios que existe antes de todos los niños".

(Publicado por Manuel Nin en l'Osservatore Romano el 25 de Diciembre de 2011; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad del Señor (hispano-mozárabe).


Navidad del Señor, Año II:

Profecía: Is 7, 10-16; 8, 23-9, 6
Psallendum: Sal 2, 7s
Apóstol: Hb 1, 1-12
Evangelio: Lc 2, 1-20

La profecía de este año incluye unos versículos que no se encuentran en la profecía del año pasado (Is 7, 10-16). En ellos radica la novedad de este año, lo mismo que en los versículos evangélicos que no se leyeron el año pasado y que, como dijimos, narran los acontecimientos históricos del censo del mundo entero ordenado por el emperador Augusto. También en los versículos proféticos propios de este año encontramos más referencias históricas: la señal del cielo, la alusión a la casa de David (san José), la virgen encinta y el sentido de la encarnación de Cristo: Dios está con nosotros. La particularidad de este año es recogida bien por I. Tomás: «La Virgen que da a luz es siempre una paradoja, naturalmente no puede haber una relación entre maternidad y virginidad ya que físicamente es imposible. Pero, este dato pone de manifiesto que la iniciativa parte de Dios que es quien da un niño a su pueblo, para que en él encuentre la liberación de la opresión injusta y sea alegría y gozo [...] Por último, es importante descubrir la referencia al tiempo escatológico que el nacimiento del niño va a inaugurar; su sustento de leche y miel así nos lo hace ver, ya que es el alimento de la tierra prometida»[1].

***
Navidad del Señor, Año I:

Profecía: Is 8, 23-9, 6
Psallendum: Sal 2, 7s
Apóstol: Hb 1, 1-12
Evangelio: Lc 2, 6-20

            El psallendum y el apóstol del día de Navidad, son los mismos para los años I y II. La profecía de este año es interpretada por el psallendum desde la perspectiva encarnatoria: El Señor me ha dicho: “tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. El Verbo eterno se hace carne y el Padre se complace en ello. También resalta la concepción de Cristo como rey por el versículo siguiente (Sal 2, 8): te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. Desde este punto de vista, el psallendum interpreta la profecía de Isaías dejando a Cristo como verdadero Dios, Hijo del Padre, pero también como Rey de Israel y, por lo tanto, como destinatario de las promesas de Dios y de las profecías que esperaban un Mesías más bien terreno. Así, el reinado de Cristo no se limita a una cuestión puramente espiritual, sino que abarca hasta los confines de la tierra. Otros aspectos de la profecía que no son recogidos por el psallendum en su interpretación dialógica son la iluminación del pueblo de las promesas –que en el contexto de esta Liturgia de la palabra es la Iglesia– y la alegría, temas que ya hemos visto en el Adviento. En sí misma, la profecía de Isaías de hoy es «un canto a la luz y a la paz que generosamente se nos ofrecen y que se nos invita a acoger, si reconocemos en la experiencia del pueblo de Israel nuestra situación fruto del pecado»[1].
            Sin embargo, el hecho de que el psallendum y el apóstol se repitan estos dos años nos dice cuál es la intencionalidad propia de este día. En efecto, la visión encarnatoria y a la vez real –de realeza– que encontramos en el psallendum la encontramos en el apóstol del día, tomado de la carta a los Hebreos. El autor de la carta cita a nuestro psallendum de hoy, por lo que nos encontramos con una interesante sucesión interpretativa: el psallendum resalta dos aspectos de la profecía, mientras que la carta a los Hebreos clarifica y desarrolla los temas del psallendum, pero también los de la profecía de Isaías. Si en la profecía se aludía a la venida de un Mesías, la carta a los Hebreos resume todo el fundamento profético del Antiguo Testamento: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Con el psallendum la asamblea confiesa la divinidad de ese Mesías, según el sentido cristiano de El Señor me ha dicho: “tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”, que lo vemos realizado en la voz que se refiere a Jesús en las aguas del Jordán (cf. Lc 3, 22). La carta a los Hebreos desarrolla aún más nuestra confesión en la divinidad de ese niño nacido en Belén, diciendo que él es reflejo de la gloria del Padre e «impronta de su ser». Habiendo realizado la purificación de los pecados y estando a la derecha de Dios, alguno podría pensar que podía tratarse de un ángel. El autor de la carta a los Hebreos dirime la cuestión: El Padre no podía llamar Hijo suyo a ningún ángel. Al contrario, Cristo está por encima de ellos. En el contexto navideño, la mención a los ángeles es muy lógica, pues son ellos los que tienen un protagonismo a la hora de señalar la venida en la carne del Verbo. El himno Gloria a Dios en el cielo que repetimos en cada celebración, es el himno angélico que encontramos aludido en Lc 2, 14.
            La misión angélica, como era de esperar, se manifiesta repetidamente en el evangelio de hoy, que también recoge la cita al himno del Gloria que es cantado por todos los ángeles, al que se unen los pastores, y al que en la misa de hoy nos hemos unido también nosotros. La selección de textos del evangelio de hoy es casi la misma que en el año II. Hay un matiz importante: no incluye los versículos previos al texto que hemos leído hoy, haciendo con esto que nos centremos más en la alabanza angélica que en los hechos históricos que condujeron a que Jesús naciera en Belén. El canto de laudes –que es el mismo para los dos años– resalta un tema aludido en la profecía al hablar de la purificación: el que es enviado por el Padre traerá la redención a su pueblo.


Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.

[1] I. Tomás, o. c., 61.


[1] I. Tomás, o. c., 74s.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El "Nacimiento de nuestro Señor en la carne" en la Tradición Siro-Occidental

Ese niño que rejuvenece a Adán y Eva

El año litúrgico siro-occidental celebra el "nacimiento de nuestro Señor en la carne" del 25 de diciembre al 5 de enero, con dos fiestas: el 26 la de la Felicitación a la Madre de Dios y el 1 de enero la fiesta de la Circuncisión del Señor. Los diversos textos de la fiesta subrayan, con imágenes vivas y contrastantes, este misterio del Verbo eterno de Dios, "el primero y el último, Dios y hombre, velado y manifiesto; tú que mandas la lluvia y el rocío a la tierra, ahora la hija del hombre te nutre con gotas de leche; tú que te sientas sobre un trono de gloria y haces que todas las cosas se muevan, ahora en Belén gateas como un niño".

Efrén el Sirio, en su colección de himnos sobre la natividad de Cristo, enumera, como una procesión ante la gruta de Belén, a todos aquellos que con sus dones anuncian los misterios de la redención obrada por Cristo mismo.

Los primeros son los pastores que "vinieron a traer bienes del rebaño: leche dulce, carne pura, bellas alabanzas. Hicieron el reparto y dieron: a José la carne, a María la leche y al Hijo la alabanza. Trajeron y ofrecieron un cordero lechal al Cordero pascual, un primer nacido al Primogénito, un sacrificio al Sacrificio, un cordero transitorio al verdadero Cordero".

En esta procesión hacia la gruta, Efrén coloca también a jóvenes y vírgenes, ancianos y viudas. Y a la presencia de todos estos, especialmente de viudas y ancianos, une Efrén a Adán y Eva, envejecidos esperando el cumplimiento de las promesas y renovados por el nacimiento de Cristo: "Los ancianos proclamaban: ¡Bendito el niño que ha rejuvenecido a Adán! Él estaba triste al verse envejecido y consumido. ¡Bendito el niño gracias al cual se vuelven jóvenes Adán y Eva!".

A la gruta se acercan también agricultores, viñadores y carpinteros que profetizan el misterio del recién nacido: "Vinieron los agricultores y se postraron frente al agricultor de la vida y profetizaron: ¡Bendito el Agricultor por el cual será labrada la tierra del corazón! Fueron los viñadores y rindieron gloria al renuevo brotado de la raíz de Jesé, virgen racimo de la sedienta viña. Fueron los carpinteros, en honor a José, a ver al niño de José: Bendito tu hijo, cabeza de los carpinteros, gracias al cual fue diseñada también el arca. Fabrica un yugo ligero y dulce para aquellos que lo portan".

Y alrededor de la gruta se arremolinan también los niños, compañeros de juego de Cristo niño, y, sobretodo, testigos de su realeza mesiánica en su entrada en Jerusalén: "Gritaron los niños: Bendito el día en el cual, con ramos, daremos gloria al árbol de la vida que se ha inclinado de su altura hasta nuestra infancia".

En la iconografía de la fiesta, común a todas las diversas tradiciones orientales y occidentales, el niño recién nacido es fajado y colocado en un sepulcro, María contempla al neonato, José, en actitud pensante, mira la escena en la duda, dos mujeres lavan al niño en un palangana que representa una pila bautismal y, arriba, los ángeles anuncian el nacimiento de Cristo a los pastores y a los magos.

(Publicado por Manuel Nin en l'Osservatore Romano el 24 diciembre 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

domingo, 18 de diciembre de 2011

Yo soy un Dios celoso.

No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso (Ex 20, 5).

He dudado si poner este post bajo el epígrafe de 'Hacer teología litúrgica' o no. Lo cierto es que esto no sólo incumbe al teólogo profesional, sino a todo cristiano. De hecho, este tema se sale de los seguros muros del templo litúrgico. Hace unos meses vi un documental sobre los diez mandamientos en el que mostraba cómo algunos se han desvirtuado, siendo interpretados de formas más cómodas o excluyendo una única actitud. Jesucristo nos muestra la amplitud de los mandamientos, yendo precisamente al espíritu con el que el Legislador promulgó la Ley.
Debemos reconocer que en el catolicismo se ha introducido un insano relativismo religioso. Y cuando digo catolicismo incluyo a todos sus miembros. En cualquier caso, se trata de una doctrina filosófica que hunde sus raíces en la edad moderna y que no es este el lugar de aclarar en su génesis histórica. Mi argumento es el siguiente: nos hemos acostumbrado al "todo vale". A que da lo mismo ser hijo de Dios por el bautismo a pertenecer a un movimiento o confesión más o menos "gnóstica". Pero si algo caracteriza a la tradición y religión judeo-cristiana, es su espíritu de exclusividad. Muchas veces, en el Antiguo Testamento se confundió dicha exclusividad con la pertenencia a una nación o a una raza. San Pablo tuvo que aclarar de forma definitiva lo que ya se observaba en la vida de Jesús: ya no hay judío o griego... 
Todos estamos invitados a la mesa del Reino, pero si confesamos nuestra fe en un solo Dios. Esta exclusividad, con toda normalidad, se transmite al culto. Buena parte de la historia del cristianismo oriental y occidental fue la defensa de la propia tradición litúrgica. Pero, al final, se trataba de cuestiones que no tocaban, ni mucho menos, la esencia, el fundamento de nuestra relación con Dios. La centralidad del bautismo y de la eucaristía ha sido siempre evidente para los teólogos cristianos de todas las épocas, incluso los de la Reforma protestante. El problema se encuentra cuando pretendemos edificar nuestra vida espiritual al margen de estos dos sacramentos, o de la liturgia en general.
Después de esta larga introducción, aterrizo: la espiritualidad litúrgica es una espiritualidad celosa. La razón por la que pensaba hacer de esta entrada una continuación de la serie 'Hacer teología litúrgica' se debe a un cierto irenismo infundado de algunos estudiosos de la liturgia. Se les olvida con gran facilidad el "parto" que fue el Movimiento litúrgico. Se les olvida a san Pío X y sus reformas litúrgicas, además de los llamamientos a una mayor participación en los misterios del culto. Se les olvida la famosa controversia Festugiere-Navatel, donde se defiende algo que aún hoy no se dice con claridad: no es que la liturgia sea verdadera oración, es que cualquier "oración" debe compararse con la liturgia para ser tenida como tal. Se les olvida que desde el s. XVII la espiritualidad católica se centró en la oración mental, dejando a la liturgia como mera oración "vocal". Se les olvida que en famosos santos o grandes "espiritualistas", la eucaristía no figuraba entre las cosas básicas que debía frecuentar un cristiano para tener una verdadera vida espiritual. En definitiva, hay cosas de la historia de la liturgia y de la historia de la espiritualidad, que no son muy conocidas y que nos revelan que lo que hoy consideramos "normal" no lo era.
Podemos citar aquí grandes teólogos como Romano Guardini con su Espíritu de la liturgia, Vagaggini o el mismo Salvatore Marsili, que no se anda con rodeos. La liturgia es una espiritualidad celosa. No admite que los fundamentos se pongan en otra parte: ni en devociones ni en oraciones no-litúrgicas. La vida espiritual del cristiano no puede fundamentarse en el rezo de jaculatorias, ni en la oración mental, sino en la eucaristía y en su condición de bautizado. Los demás, tiene siempre que estar en un segundo plano. La misma liturgia nos previene de otras desviaciones: es necesariamente cristocéntrica. Por mucha devoción que le tengamos a un santo, éste no hubiera sido nada si no se hubiese encontrado con Jesucristo en sus sacramentos, como dice san Ambrosio.
La misma dirección que tomó la reforma litúrgica con su simplificación fue demasiado en la línea del individualismo que criticaba Guardini, pero nos advierte bien dicha peligrosa simplificación:

El hombre contemporáneo [escribe en 1918], sobre todo el de temperamento individualista, prefiere que su oración sea la expresión directa e inmediata de su estado de alma; y lo que la liturgia le exige, al contrario, es que acepte como expresión de su vida interior un mundo de ideas, de oraciones y prácticas que, por su universalidad, resulta para él excesivamente amplio, en el que naufraga su pequeñez y su individualidad: R. Guardini, El Espíritu de la Liturgia, Barcelona, 1999, 42.

El relativismo religioso no sólo se limita a cuestiones relativas a la "verdadera religión", sino también en cosas más "interiores". De hecho, no exagero al afirmar que ese relativismo religioso tiene su inicio en un relativismo espiritual. Los directores espirituales que, a modo de algunos psicólogos de hoy, proponen o liturgia u otras cosas con la excusa del "si te sirve para hacer oración, para encontrarte con Dios, etc.", hacen un flaco favor a la conciencia y espiritualidad de sus dirigidos. Sólo en la liturgia, especialmente en el bautismo y la eucaristía, se encuentra el fundamento de una verdadera espiritualidad cristiana.

Adolfo Ivorra

Bibliografía sobre "Liturgia" del Padre Jordi Gibert i Tarruell, o. cist.

1.- La nouvelle distribution du Psautier dans la «Liturgia Horarum», in Ephemerides Liturgicæ 87 (1973) 325-382.

2.- Los formularios de la bendición del agua en el «Ordo Baptismi Parvulorum» y en el «Ordo Initiationis Christianæ Adultorum», in Ephemerides Liturgicæ 88 (1974) 275-309.

3.- El significado de la expresión «Pascha» en la liturgia hispánica, in Ephemerides Liturgicæ 91 (1977) 3-31 e 132-145.

4.- Le lingue nella liturgia dopo il Concilio Vaticano II, in Notitiae, 15 (1979) 387-520.

5.- L'uso dei salmi nelle liturgie occidentali, in Rivista Liturgica 68 (1981) 186-209.

6.- Salmi, in Nuovo Dizionario di Liturgia,
ed. Domenico Sartore e Achille M. Triacca, Torino 1984, 1318-1337.

7.- Il significato cristologico del Trisagio nella messa ispanica, in Paschale Mysterium. Studi in memoria dell'Abate Prof. Salvatore Marsili (1910-1983), Analecta Liturgica 10, Studia Anselmiana 91, Roma 1986, 33-54.

8.- La «dedicatio ecclesiæ». Il rito liturgico e i suoi principi teologici, in L'Amiata nel Medioevo, ed. Mario Ascheri e Wilhelm Kurze, Roma, 1989, 19-32.

9.- Influssi dell'Oriente nella Liturgia Ispanica, in Liturgie dell'Oriente Cristiano a Roma nell'Anno Mariano 1987-1988. Testi e Studi, Città del Vaticano, 1990, 843-880.

10.- L'uso della «Liturgia Horarum» romana nelle comunità monastiche e contemplative, in Ephemerides Liturgicæ 104 (1990) 415-461.

11.- Le antifone non salmiche dell'Ordinario della «Liturgia Horarum» romana. Traccia per ulteriori approfondimenti, in Miscellanea Jordi Pinell, Analecta Liturgica 00, Studia Anselmiana 00, Roma 1991, 00-00, in stampa (29 fol.).

12.- Jean EVENOU - J. G. GIBERT I TARRUELL, o. cist., La preparazione della nuova edizione del «Martyrologium Romanum», in Miscellanea in onore del Cardinale Giuseppe Casoria, (1991).

13.- La liturgia eucarística hispano-mozárabe en Valdediós, in Phase, 36 (1996) 212/170-174.

14.- Rito hispánico: Oficio matutino del Sábado Santo. Proyecto de restauración, in Phase, 37 (1997) 219/233-243.

15.- La instrucción «Calendaria particularia». Normas y criterios para la elaboración de los Propios y Calendarios Diocesanos, in Pastoral Litúrgica, 237 (1997) 33-58.

16.- El «Calendarium Romanum», in Pastoral Litúrgica, 254 (2000) 17-23.

17.- Aproximación a la espiritualidad de los primeros cistercienses, in Actas del II Congreso Internacional sobre el Cister en Galicia y Portugal, IX Centenario de la Orden Cisterciense, Volumen IV, Ourense, 1998, 1749-1774.

18.- Los domingos de Cuaresma del ciclo "C" en el Leccionario de la Misa, in Pastoral Litúrgica, 260 (2001) 38-44.

19.- «Festum Resurrectionis»: estudio de las lecturas bíblicas y de los cantos de la liturgia de la palabra de la misa hispánica durante la Cincuentena pascual (extracto de la tesis doctoral), in Bibliotheca Ephemerides Liturgicae: Subsidia, n.10, Edizioni Liturgiche, Roma 1977.

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Mayoría de edad?

Ahora que estamos a punto de cumplir 50 años del comienzo del concilio Vaticano II, es hora de hacer un poco de crítica. No de lo que se dijo y no se hizo, o de lo que se hizo y no se dijo ni pensó en el concilio, sino de esas cosas que nos “vendieron” y que eran quimeras. Una de ellas era la supuesta “mayoría de edad” del laicado católico. Aquí el principio era muy secular: repetir una mentira para que se convirtiera en verdad. Pero desde el ámbito litúrgico comprobamos una y otra vez que esto no es cierto. El paternalismo clericalista es una realidad que parece casi intrínseca al catolicismo europeo. Y donde no lo hay, comienza a darse un caos, porque, precisamente, el laicado no tiene una “mayoría de edad” y se le han dado responsabilidades de gente “mayor”.
Un ejemplo práctico: la primera vez que asistí al Corpus Christi de Madrid, me sorprendió la escasa asistencia de laicos. Le pregunté a un sacerdote con el que tenía muy buena relación por entonces y me dijo que después del concilio dejó de realizarse. Pregunté si los laicos de la época se habían quejado y me contestó una frase incuestionable: “Adolfo, a los laicos lo que les echen”. Salvo algunos intelectuales y prelados específicos, el ordinario de la misa de 1969 se impuso sin más contratiempos. Del mismo modo, la “restitución” del ordinario y misal de 1962, ha “vuelto” sin mayor problema. Salvo algunos “intelectuales” de cierta edad –esta vez casi todos clérigos– y algún que otro prelado, tampoco ha habido mayor problema en esa “vuelta”. La razón según mi amigo sacerdote: a los laicos, lo que les echen.
Esta acusación que reproduzco no es del todo justa. Hay muchos laicos comprometidos que dicen y tienen mucho que decir en sus comunidades y en la Iglesia. Pero si vamos a las frías estadísticas, queda claro que el porcentaje de indiferentismo del laicado sobre cuestiones litúrgicas, cuando no relativismo, es apabullante. Y muchos de los que tienen que decir muestran una gran ignorancia en cuestiones fundamentales. No pocas veces sus opiniones tienen que ver más con un sentimentalismo propio del romanticismo filosófico que con convicciones serias y pensadas. Junto a la “tropa”, hay que decir que también nos encontramos hoy una gran escasez de laicos intelectuales. ¿Podemos encontrar hoy un Maritain, por ejemplo? De hecho, hoy que la teología no está tan circunscrita a la formación sacerdotal, no se ve un incremento significativo de laicos que estudien teología. Si comparamos la presencia en otros campos humanos como la filosofía, la diferencia queda clara(1). Pienso, además, en la creciente presencia de mujeres en filosofía y la todavía irrisoria presencia de mujeres teólogas(2). Y la culpa no la tienen unos “siniestros” profesores que suspenden una y otra vez a las mujeres aspirantes a teólogas. Es que éstas ni se matriculan o no son constantes (esto último muy frecuente). La existencia reciente de las “Ciencias Religiosas”, como alternativa puramente “laical” a la teología o, dicho en otras palabras, como “teología para laicos y monjas” es una nueva expresión de la minoría de edad del laicado. Es bajar el nivel porque el de la teología pura y dura, que bastante pastoralista es hoy, no consigue buenos resultados a nivel laical. Nada más hay que ver la poca o nula formación de las religiosas en temas teológicos. Saber y compromiso parecen divorciados en la Iglesia de hoy.
Además de esto, y en la línea de nuestro último post acerca de hacer teología litúrgica –el V, sobre el “adagio” de House ‘todo el mundo miente’–, se constata también una aceptación acrítica por parte de los pocos laicos que hacen teología, incluso teología litúrgica. En algunos se trata de la reacción típica de alguien que se siente fuera de contexto y no quisiera “desentonar”, por lo que asume comportamientos y modos de pensar de entorno. Pero también se da el caso de la aceptación acrítica y cuasi-fundamentalista de los postulados. En algunos defensores, tanto de los llamados “modos” ordinario y extraordinario del rito romano, se dan estos fundamentalismos. Parece una lucha entre ilustrados y romanticistas.
Hace falta, por tanto, un laico que se sienta parte de su Iglesia. También se van a cumplir 100 años de esas famosas palabras de san Pío X cuando llamaba a una mayor participación en los misterios del culto. Para este papa había que evitar que los fieles fueran como meros espectadores. Creo que ahora más que nunca lo son. Antes, por lo menos, se “entretenían” con devociones de la piedad popular. En las generaciones hijas de la televisión, se limitan a ver esa “tele” llamada misa. De hecho, las pocas –y desafortunadas– opiniones sobre la forma de la liturgia, van todas en la misma dirección televisiva: una búsqueda de entretener. Pero hay que recordar la etimología de ‘diversión’ y su consabida filosofía: se trata de huir de la realidad. La liturgia, sin lugar a dudas, nos muestra una realidad distinta, la realidad divina. Pero con la “diversión”, el hombre moderno y posmoderno no busca simplemente otra realidad, más bien busca otra irrealidad. Porque otra realidad, por distinta que sea, le obliga a situarse ante ella, con sus leyes y exigencias. Las irrealidades son oasis de ausencia de compromiso. Las realidades virtuales van un poco en esa dirección y a la satisfacción de esos intereses.
Para tener mayoría de edad no sólo hay que nacer (bautismo) y ser adolescente o tener una mayoría de edad nominal (confirmación). Hay que actuar como un adulto. En la mentalidad de algunos pueblos antiguos como la Roma precristiana y en las sociedades actuales, la mayoría de edad era tan sólo una cuestión de edad. La perspectiva, por tanto, era legalista. Pero en otras civilizaciones, quizás más rudas –como la Esparta griega– la mayoría de edad sólo era reconocida cuando se lograba un triunfo o se realizaba una labor ligada a esa mayoría de edad. Para que el laicado tenga mayoría de edad hay que considerar lo segundo: un verdadero sentir con la Iglesia, un con-dolor por sus pecados y un verdadero compromiso.
En el futuro, los católicos no serán los “comprometidos” y los “no-comprometidos”. Serán los primeros o no serán. Lo de “practicantes” se confunde con una participación “cultural” con ocasión de fiestas regionales o con el acompañamiento social a bodas y entierros. Eso no es practicar. Es violentar el principio patrístico de que los no cristianos no deberían participar en los misterios. Pero la culpa de esto lo tiene la Iglesia misma y su pan-eucaristización. Pienso, por ejemplo, qué pintan líderes de naciones no católicas asistiendo a la misa de inicio de pontificado de un papa. Hay que plantearse, en este sentido, que la misa –y cualquier sacramento– no es un acto público, sino algo reservado para el gremio eclesial. La presencia de la Iglesia en la sociedad no es la presencia de celebraciones y rezos “en público”. Este tipo de “actos” nos dan una información muy engañosa de la realidad. La verdadera presencia de la Iglesia está en sus miembros, que viven y actúan según sus convicciones, que son comprometidos y que no “practican” sino que participan activamente en las celebraciones litúrgicas. Esos son los católicos adultos.

Adolfo Ivorra

Notas:
(1) Y aquí no vale la excusa de que tiene muy pocas salidas profesionales. En España, tanto filosofía como teología tienen casi las mismas: la docencia. Con un master en recursos humanos se puede acceder al mundo empresarial. Pero hasta donde sé, ese master lo puede hacer cualquier licenciado/graduado, si bien se prefieran psicólogos y filósofos.
(2) Flaco favor hacen las “mediáticas” con posturas y pensamientos secularizados o con el consabido victimismo feminista. Además, esas “teólogas” no hacen propiamente teología sino filosofía de la religión.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Los “Domingos V-VI de la Anunciación” en la Tradición Siro-Occidental

José, hombre del sueño y de la fe

Con los seis Domingos de la Anunciación, el año litúrgico siro-occidental prepara al Nacimiento del Verbo de Dios encarnado: en los dos primeros con el anuncio de los nacimientos del Bautista y de Cristo; en el tercero y el cuarto con la visitación de María a Isabel y el nacimiento de Juan; en el quinto y sexto con la manifestación en sueños a José y la genealogía según Mateo. Estos sitúan cercano, incluso temporalmente, el nacimiento de Cristo y anticipan en la celebración los lugares y personajes relacionados con el neonato: la ciudad de Belén, los pastores, los magos.

En las vísperas del Domingo de la genealogía se canta así: “Cristo Dios, Hijo del Padre, Verbo eterno que en tu gran amor hacia los hombres has querido nacer de la Virgen pura sin desposorios. Has nacido en la pequeña Belén, tú que llenas los cielos. Has dormido en una gruta miserable, tú que cabalgas sobre querubines. Has sido envuelto en pañales, tú que llenas la tierra de belleza y de colores; has sido colocado en un pesebre, tú que eres escoltado por carros de fuego”. Son imágenes vivas y contrastantes que subrayan la realidad de la encarnación del Verbo, es decir, su hacerse pequeño por amor a los hombres.

Diversos textos comienzan con la palabra “hoy”, actualizando el misterio que se celebra: “Hoy los ángeles anuncian a los pastores: Ha nacido el Salvador, Cristo Dios, en la ciudad de David. Hoy se cumple la palabra de David que dice: ‘El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy’. Hoy Adán se alegra porque Dios ha nacido de su estirpe; hoy Eva salta de gozo porque por medio del parto de María, su hija, ha sido alejada la maldición y ha venido la bendición. Hoy ha aparecido una estrella en Persia que ha traído a los magos con sus dones a Belén. Hoy la gruta se convierte en un segundo cielo porque ha nacido el Hijo de Dios e Hijo de María. Hoy se alegran los pastores porque ha nacido el gran pastor de las ovejas. Hoy los sacerdotes ofrecen incienso, los diáconos sus cantos y melodías”.

El Domingo de la manifestación a José – el Domingo del sueño – se centra en el misterio de la duda y de la fe de José. En la duda frente al embarazo de María, su esposo es colocado junto a Zacarías e Isabel. De hecho, los textos relacionan la aparición en sueños a José con la visita a Isabel y el nacimiento del Bautista: “Hoy el Señor se prepara para visitar a su servidor. Hoy el poderoso llama a la puerta de su mensajero; la anciana porta en su seno la lámpara y sale al encuentro del sol de justicia. El rey entra en la morada del humilde, y Juan se postra y humildemente lo saluda. Y José queda absorto por esta maravilla y se queda perplejo viendo la manifiesta concepción y, al mismo tiempo, la virginidad. Pero el misterio permanece escondido y la duda le asalta. Tú, sin embargo, Señor, has mandado del cielo al capitán de las huestes celestiales para iluminar las angustias del justo”.

La liturgia presenta a José como el hombre de la duda y, al mismo tiempo, de la fe que acoge la palabra que el Señor le deja oír. San Efrén en sus himnos describe con diversas imágenes el papel de José en el misterio de la encarnación del Verbo: “Digna de bendición es la Madre que lo ha engendrado, como también José, llamado por gracia padre del Hijo verdadero, cuyo Padre es glorioso, pastor de toda la creación, enviado al rebaño perdido y descarriado”.

Efrén subraya, aún más, esta doble realidad de justicia y perplejidad: “Te adora José, te ofrece el Justo una corona a penas lo tranquilizó el ángel. A fin de que le recompensaras con tus mercedes te llevó en su regazo para salvarte. La justicia de José ha dado testimonio de tu pureza”. La acogida por parte de José de la palabra del ángel y del nacimiento del hijo de María es comparada por Efrén a un seno que acoge el don de Dios, con un papel fundamental en la misma genealogía de Cristo: “José, hijo de David, desposó a la hija de David, porque el niño no podía ser registrado con el nombre de su madre. Él fue así hijo de José, sin semen, como fue hijo de María, su madre, sin concurso de varón. Por medio de los dos se vinculó a su estirpe, para que de esta manera fuese registrado entre los reyes, el hijo de David. Sin cuerpo de José él fue unido a su nombre, y sin bodas de María surgió como su hijo. De David fue Señor e hijo”.

El papel de José, finalmente, es presentado por Efrén como una profesión de fe: “José abraza al Hijo en cuanto neonato, lo sirve en cuanto Dios. Se regocijó con él en cuanto bondadoso y le estaba sometido en cuanto justo. ¡Gran paradoja! ¿Quién me ha dado el que tú te convirtieras en hijo mío, oh hijo del Altísimo? Yo quise repudiar a tu madre. No sabía que en sus entrañas se encontraba un gran tesoro, para enriquecer en un instante mi pobreza. El rey David surgió de mi tribu y fue ceñido con una corona. A un gran abajamiento he sido llevado yo: en lugar de ser rey soy carpintero. Me ha tocado en cambio una corona: en mis brazos está el Señor de las coronas. Moisés portaba las tablas de piedra que su Señor había escrito. Y José escoltaba solemnemente la tabla pura, en la cual moraba el hijo del Creador”.

(Publicado por Manuel Nin en l'Osservatore Romano el 12 de diciembre de 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Libros 2011: El sello.


M. Piacenza, El sello. Cristo, fuente de la identidad del sacerdote, Ediciones Palabra, Madrid, 2011, 154pp.

Mauro Piacenza, cardenal, es prefecto de la Congregación para el Clero y ha ejercido la docencia en la Facultad de Teología del Norte de Italia. Ha sido profesor de asignaturas eclesiásticas tan dispares como derecho canónico y teología dogmática. Este libro de la editorial Palabra recoge varias intervenciones y comentarios del prelado genovés.
En el primer capítulo del libro se recoge un retiro espiritual a seminaristas holandeses sobre la identidad y formación sacerdotal. En él define la vocación como el vivir la existencia conforme a las condiciones que impone al hombre, acatando las circunstancias y aceptando humildemente la realidad. Es necesario custodiar esta vocación, volviéndose entusiastas acerca de nuestro presente y con un claro ardor misionero. También hay que cultivar el afecto a Cristo como Dios hecho hombre y vivir la radicalidad en su seguimiento. Además, el autor aborda temas como la centralidad de la fe, la importancia de la formación humana en la etapa de seminario. De cara al futuro ejercicio del ministerio, el prefecto del Clero habla de la unidad del presbiterio, donde hace una afirmación importante acerca de la pastoral: «no se estudia; lo que en determinados casos resulta provechoso estudiar son técnicas pastorales específicas» (p. 34). El oficio de pastor, por lo tanto, es más una cuestión vivencial que un objeto de estudio.
En el comentario “Lo que hemos prometido”, aborda el sentido de las promesas sacerdotales del Pontifical Romano, donde subraya algunos cometidos del sacerdote, como la obligación de celebrar dignamente los «misterios de Cristo», anunciar fielmente el evangelio, el respeto al obispo propio y el papel del sacerdote como guía del pueblo. Éste está revestido del Espíritu Santo para esta tarea, además de recibir la potestas de Cristo como se nos recuerda en la unción con el crisma (cf. p. 60).
Cardenal Piacenza
En el capítulo tercero toca el tema de la oración en la vida del sacerdote. Son interesantes sus reflexiones sobre la Liturgia de las Horas que, por lo menos en esta traducción española, conserva el nombre del antiguo libro litúrgico del “Breviario”: «se comprende bien la especial dignidad de la oración del Breviario: ¡la voz del sacerdote que celebra la Liturgia de las Horas es la voz de Cristo! ¡La voz del sacerdote es la voz de la Iglesia!» (p. 73). En el siguiente capítulo habla de otro aspecto ineludible del ministerio sacerdotal como lo es la celebración de la eucaristía. En él se van desglosando las diferentes partes de la misa. Para el autor, la jornada del sacerdote «debería dividirse entre praeparatio ad Missam y gratiarum actio post Missam: anhelando y preparando el corazón para el encuentro sacramental y místico con Jesús vivo» (p. 82). En la misma línea encontramos una afirmación interpelante: «El mismo revestirse de los ornamentos sagrados, tras habernos detenido unos minutos en oración, debe volver a constituir un gesto orante» (p. 83).
Los dos capítulos subsiguientes afrontan la relación con el obispo y con los laicos. El obispo se comprende como padre, hermano y amigo de sus sacerdotes. Con los laicos existe una identidad bautismal y nos pone en guardia ante una secularización del clero y una clericalización del laicado. El último capítulo se dedica a la comunicación en la vida del sacerdote, donde advierte acerca de la proliferación de los “sacerdotes estrella” que van al margen de la autoridad eclesial.
El libro del cardenal Piacenza aborda un abanico de temas muy sugerentes a los que no les hemos podido hacer justicia en este reducido espacio. Sin lugar a dudas, muchos de esos temas reflejan la experiencia que ha tenido en la Congregación para el Clero. Creo que las ideas expuestas no dejarán indiferente a nadie. Se logra apreciar una gran continuidad entre las recomendaciones litúrgicas del autor y el pensamiento del papa Benedicto XVI sobre estas cuestiones. Las clarificaciones aducidas fortalecerán cualquier vivencia sacerdotal y serán incluso una buena hoja de ruta para un mejor ejercicio del ministerio.

Adolfo Ivorra

viernes, 9 de diciembre de 2011

Liturgia y vida de F. M. Arocena.


F. M. Arocena, Liturgia y vida. Lo cotidiano como lugar del culto espiritual, Ediciones Palabra, Madrid, 2011, 154pp.

Félix María Arocena es profesor de liturgia en la Universidad de Navarra y en la Universidad Eclesiástica «San Dámaso» de Madrid. Autor de numerosos artículos y libros acerca de liturgia, nos ofrece en este ensayo una reflexión sobre la continuidad entre liturgia y vida, tema muy apreciado en los últimos años entre los estudiosos de la liturgia.
El libro se divide en ocho capítulos y un epílogo que en cierto modo resume las intuiciones teológicas que encontramos en el libro. En la presentación del libro ya encontramos una idea sugerente: «No se comienza a ser cristiano por una gran idea, sino por el encuentro con un Acontecimiento que da un nuevo horizonte a la vida» (p. 9). También encontramos una tendencia a la hora de abordar los temas que no son específicamente litúrgicos. El autor llama la atención sobre el hecho de que los manuales de liturgia a penas toquen temas de moral, y viceversa.
En el primer capítulo se habla de algunos aspectos históricos importantes. Se recoge la defensa de los primeros cristianos acerca del carácter espiritual del culto cristiano, la evolución del altar y la espiritualización del concepto de sacrificio. También se alude a términos propios de la teología litúrgica como celebración, participación y misterio. Desde aquí se esboza la idea central del libro: la vida de los bautizados en Cristo es una liturgia (cf. p. 29). Con esto se va más allá de lo que dice en el Catecismo de la Iglesia Católica sobre la vida de los cristianos, cuestión de la que el autor es consciente (cf. p. 120).
El culto espiritual en Cristo y en los cristianos ocupa el segundo capítulo. Aquí el autor hace una exégesis espiritual de varios textos de la Escritura, para afirmar que Cristo suprime el culto carnal/material. Estas afirmaciones pueden ser leídas en detrimento de la sacramentalidad propia de la liturgia, por lo que el autor intenta enfocar su crítica a la «victimación material de animales» del Antiguo Testamento (p. 36). En nuestra opinión, esta clarificación no es del todo satisfactoria y en varias partes del libro la espiritualización del culto y la mira espiritualizada de la liturgia que ofrece el autor puede ser interpretada de modo contrario a la mente del mismo autor.
El capítulo tercero conjuga el recién expuesto concepto de «sacrificio espiritual» con el sacrificio eucarístico. En general, el culto espiritual del cristiano adquiere sentido en su unión con la eucaristía. A propósito de esta relación, el autor toca temas propios de la disciplina litúrgica como el significado que ella misma ofrece de los ritos, la liturgia comparada, el offerimus de la plegaria eucarística, la incensación. En este capítulo se ofrece, dentro de la visión espiritual del culto, un elemento «físico», institucional: los cristianos no se ofrecen a sí mismos como víctimas espirituales, sino que precisan de la mediación del misterio sacerdotal.
El más allá de la celebración se trata en el capítulo cuarto, donde nos habla de la importancia de la despedida de la misa, que «no es una forma gentil del sacerdote para indicar a los fieles que ya se pueden retirar, sino una invitación [...] para que traduzcan en sus vidas la misión a la que han sido llamados» (p. 65). En el siguiente capítulo se dan testimonios litúrgicos y patrísticos. El capítulo sexto vuelve en torno al rechazo del culto «físico» del Antiguo Testamento.
Los dos últimos capítulos son, a nuestro parecer, una «liturgización» de la vida moral. La existencia cristiana se comprende desde categorías cultuales. De especial mención son las relaciones esponsales, donde los cónyuges se comprenden como «sacerdotes de su propia matrimonio» (p. 106). Otro aspecto sugerente es la enfermedad, donde esta situación ofrece al cristiano una nueva forma de comprender el valor salvífico de la pasión de Cristo, además de configurar al enfermo con Cristo paciente (cf. p. 116).
En el epílogo se vuelven a presentar los temas expuestos a lo largo del libro, pero también da lugar a intuiciones fecundas. Por ejemplo, una alusión a la causalidad sacramental, en la que se cita a santo Tomás y se afirma que el modo de causar la gracia de los sacramentos es significando (cf. p. 122).
El libro Liturgia y vida de este conocido profesor de liturgia nos ofrece, por tanto, una serie de ideas sugerentes acerca de la continuidad entre liturgia y vida. En algunas ocasiones los datos históricos se presentan de forma tan resumida que pueden dar lugar a malentendidos. Lo mismo cabe decir de algunas simplificaciones teológicas respecto al culto en el Antiguo Testamento. Todo esto debe comprenderse según la intención que mueve al autor, inspirado grandemente en la teología del único redactor no obispo del Catecismo de la Iglesia Católica, Jean Corbon: la liturgia no se puede  limitar a sus celebraciones, pues las trasciende. Este ensayo vuelve a mostrar la vitalidad de la teología litúrgica en España, que últimamente se estaba quedando en el género del manual.

Adolfo Ivorra