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El Inicio del Año Litúrgico Siro-Occidental

Hoy la Santa Iglesia canta la gloria de su Esposo

En las liturgias de tradición siríaca, ya sea oriental u occidental, es común la celebración de los domingos llamados de la “dedicación de la Iglesia”. Para los siro-orientales son cuatro y cierran el año litúrgico. Para los siro-occidentales son dos y comienzan el ciclo anual ocho semanas antes de la Navidad, divididos en dos domingos de la Dedicación y en seis domingos de las Anunciaciones, al igual que la liturgia ambrosiana, que tiene un domingo de la Dedicación y seis domingos de Adviento.

Los dos domingos siro-occidentales llevan el nombre de “dedicación” y “renovación” de la Iglesia. Pero no se trata de la consagración material del lugar de culto, sino más bien, justo al comienzo del año litúrgico, se trata de la celebración del misterio de la Iglesia como cuerpo de Cristo, comunidad de fieles que comienza el camino de la celebración del misterio de la Iglesia como cuerpo de Cristo, comunidad de fieles que comienza el misterio de la encarnación, de la pasión, de la muerte y resurrección del Verbo de Dios.

Mientras que la tradición siro-oriental, colocando los domingos de la Dedicación como conclusión del año litúrgico, subraya la celebración de la Iglesia como comunidad de los redimidos que Cristo presenta al Padre al final de los tiempos, la tradición siro-occidental, por el contrario, colocando estos domingos como inicio del ciclo anual, ve a la Iglesia, prefigurada y anunciada ya en el Antiguo Testamento, como comunidad que camina con Cristo hacia su Pascua: la iglesia material es así símbolo de la Iglesia realidad espiritual.

Un primer aspecto es la prefiguración veterotestamentaria de la Iglesia: “A ti alabanza, Jesucristo, roca sólida e inexpugnable sobre la cual ha sido fundada la santa Iglesia. Ella es prefigurada por la roca de la cual Moisés hizo brotar admirablemente doce riachuelos para dar de beber a Israel. Ella posee los ríos místicos del Edén. No está apoyada sobre columnas de bronce o hierro, sino sobre los profetas que han revelados secretos, sobre los apóstoles predicadores de los misterios y sobre los mártires que han seguido las huellas de Cristo. Ella posee el sol de justicia y las estrellas de la mañana que son los doctores inspirados por el Espíritu Santo”.

Fundada sobre Cristo y prefigurada ya en el Antiguo Testamento, la Iglesia tiene la fe que le viene del testimonio de los santos. “Hoy Isaías se alegra en ti, Iglesia santa, él que había dicho de ti que los pueblos y los reyes vendrían para honrarte. He aquí que los pueblos de todas las naciones se reunirán y vendrán a ti. Te traen a sus hijos e hijas que se habían dispersado siguiendo a los ídolos. Y el Espíritu Santo te santificará de toda mancha y habitará en ti para que por medio de él tu sirvas a la Santísima Trinidad”.

Un segundo aspecto es la Iglesia vista como fuente y lugar de la luz y la verdad; ella transmite la verdadera fe, y es el lugar de los sacramentos: “David cantaba a esta Iglesia, a esta hija del rey, adornada no de modo figurado, como la tienda de Moisés, sino por el espléndido manto de la fe, del bautismo, de los dones del Espíritu Santo, del santo Altar y de la sangre del Cordero sin mancha, su esposo, rey de reyes, y de las estrellas que son los doctores inspirados por el Espíritu Santo. La Iglesia alaba y dice: No temo al maligno. De hecho, altos muros me circundan. Dios habita en mí y el altar santo ha sido fijado en mí y conmigo están las reliquias de los santos. Y la cruz santa que yo adoro, me protege”.

La tradición litúrgica siro-occidental subraya cómo Cristo mismo, en su fiel amor, purifica y santifica a su Iglesia de toda mancha y de toda desviación de la recta fe: “El Hijo de Dios, viendo perdida a su Iglesia, fue preso de amor hacia ella y quiso santificarla y desposarla. Vino de lo alto, le manifestó su amor y la tomó como esposa. Por ella aceptó los sufrimientos y con sus llagas la ha lavado y la ha hecho sentar a su diestra”. Purificada, amada y salvada, es la Iglesia misma la que canta a su esposo: “La Iglesia canta glorificando al Hijo de Dios: el Hijo del Rey me ha elegido y me ha ensalzado, estoy unida a él como el alma al cuerpo, y él se ha unido a mí como la luz a los ojos. Él ha aceptado la muerte por mí”.

En estos domingos encontramos ampliamente el tema esponsal aplicado también a la Encarnación del Verbo de Dios: “Oh Iglesia fiel, cuán bella y hermosa eres, desposada a tu esposo, Cristo, coloreada por la sangre de los mártires, reafirmada por probadas enseñanzas, y complacida por el celeste pan del Dios altísimo. Oh Iglesia santa, canta la gloria del esposo que en su amor te ha desposado, te ha salvado con su vivificante cruz y ha depositado en ti su cuerpo y su sangre, cáliz de salvación, perdón para los creyentes. El esposo que organiza una fiesta prepara el ternero cebado y llama a los invitados a alegrarse con él. Este esposo celeste ha preparado un banquete. Los invitados se alegran con vigilias, ayunos y oraciones. Él ha partido su cuerpo y se ha hecho comida; ha preparado con su sangre una bebida, y por esta sangre los pueblos han sido rescatados”.

(Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 30 de Octubre de 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)