domingo 31 de octubre de 2010

El uso Papal de la Férula

El Báculo como insignia litúrgica de los Obispos y de los Abades data del siglo VII en algunas fuentes españolas, por su uso se podría decir que es anterior a esta fecha. Parece que el Báculo como símbolo de la autoridad episcopal pasó de la península ibérica a Inglaterra, la Galia y la Germania. Sin embargo, por las descripciones de la Solemne Misa Papal en los Ordines Romani no aparece su uso. También las representaciones de los Papa confirman que el Báculo episcopal no formaba parte de las insignias del Papa, ya que no se ve en ningún monumento iconográfico hecho en Roma. Por lo cual, Inocencio III (†1216) escribe en su De sacro altaris mysterio (I, 62): “Romanus Pontifex pastorali virga non utitur”.
La razón de esta costumbre reside quizás en el hecho de que el Báculo era un símbolo de investidura del Obispo electo por parte del Metropolitano o de otro Obispo (ceremonia que desde el periodo carolingio hasta la época de la lucha de las investiduras era algo propio de los reinos seculares). El Papa no recibía la investidura por parte de otro Obispo, como indicó Bernardo de Botono de Parma (†1263) en la Glossa ordinaria de las Decretales de Gregorio IX (I, 15): El Papa solo recibir el poder de Dios. Santo Tomás de Aquino hace un razonamiento ulterior, cuando comenta que “Romanus pontifex non utitur baculo … etiam in signum quod non habet coarctatam potestatem, quod curvatio baculi significat” (Super Sent., lib. 4 d. 24 q. 3 a. 3 ad 8), refiriéndose a la forma común del báculo doblado en su parte alta, como un signo del cuidado pastoral y de la jurisdicción.

Desde la Alta Edad Media, si no antes, los Papas se sirvieron de la Férula Pontificalis como insignia que indica su potestad temporal. La forma de la Férula no es muy conocida. Probablemente era un bastón que portaba en su vértice una cruz. En el Medievo al Papa, cuando tras su elección tomaba posesión de la Basílica Lateranense, le era presentada la Férula del Prior de S. Lorenzo al Laterano (es decir, del Sancta Sanctorum) como “signum regiminis et correctionis”, es decir, como símbolo de gobierno que incluye el castigo y la penitencia. La presentación de la Férula fue un acto importante, pero no tenía el mismo significado que la imposición del Palio en la Coronación del Papa. De hecho, no fue observada hasta el inicio del cinquecento.

El uso de la Férula nunca ha formado parte de la Liturgia Papal, salvo en algunas ocasiones como la apertura de la Puerta Santa y la Consagración de las Iglesias, en las cuales el Papa tomaba la Férula para golpear tres veces la puerta y para escribir el alfabeto latino y griego en el pavimento de la Iglesia. En el Tardomedievo, los Papas usaban como Férula un bastón con la triple cruz.

Después de su elección en 1963 el Papa Pablo VI encargó al escultor napolitano Lello Scorzelli un Báculo Pastoral para las Celebraciones Litúrgicas Solemnes. Este Báculo plateado tomó de la tradicional Férula la forma de cruz pero acompañado por la figura del crucificado. Pablo VI ha utilizado este Báculo por primera vez en la Clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de Diciembre de 1965. Seguidamente lo adoptó de modo análogo al Báculo del Obispo, lo usó frecuentemente pero no siempre en las celebraciones litúrgicas. Pablo VI y Juan Pablo II han usado en ciertas ocasiones también la triple cruz como enseña.

El Domingo de Ramos del año 2008 el Papa Benedicto XVI sustituyó este Báculo, también usado por Juan Pablo I y II y por él mismo, por un báculo rematado por una cruz dorada, que fue regalado al Beato Pío IX por el Círculo de San Pedro, en ocasión del cincuenta aniversario de su consagración episcopal. Este Báculo fue usado como Férula ya por el Beato Juan XXIII para varias celebraciones litúrgicas durante el Concilio Vaticano II.

Con la celebración de las I Vísperas de Adviento del 2009, el Santo Padre Benedicto XVI comenzó a usar un nuevo Báculo, regalado por el Círculo de San Pedro, similar en la forma al de Pío IX.
(Fotografías: de arriba a abajo, de izqda a dcha: Pio XI, Pio XII, Juan XIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI)
(Traducción del original italiano de la Oficina para las Celebraciones del Romano Pontífice por Salvador Aguilera López)

sábado 30 de octubre de 2010

XXVIII Domingo Cotidiano.


Profecía: Ez 28, 25s
Psallendum: Sal 85, 16. 11
Apóstol: Ef 4, 25-32
Evangelio: Lc 19, 11-28

            La Liturgia de la palabra de este domingo sigue en líneas generales la temática del anterior, pidiendo en el psallendum que el Señor enseñe sus caminos, de forma que podamos alcanzar la salvación. La profecía esta vez no pronuncia sentencia ni habla del castigo, sino que alude a la reunión de los dispersos, a cuando la casa de Israel sea reunificada de entre los pueblos. Sobresale la importancia de la seguridad: sus habitantes estarán seguros, no habrá pueblo que luche contra ellos.
            El apóstol de hoy tipifica la función que tiene la segunda lectura en la liturgia romana: dar una parénesis, un aleccionamiento moral. La prudencia en el hablar, el valor del trabajo honrado frente al robo, la verdad frente a la mentira. En la lectura de Efesios la verdad aparece como una nota propia de la Iglesia: Dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. La verdad debe resplandecer en los miembros de la Iglesia, lo mismo que el perdón. También se alude al Espíritu Santo de Dios, que informa, da vida a la Iglesia.
            En el evangelio también se nos remite a las virtudes morales. La capacidad de poner en obra los dones que Dios nos da es fundamental para recibir de Él el premio de la bienaventuranza eterna. En la parábola de las minas, Jesús muestra la dinámica propia del Reino de Dios. Se trata de un Reino en el que sus miembros tienen encomendados dones, dados por el mismísimo Rey. También es una alusión a los dones que recibieron los apóstoles, los empleados que son distintos al pueblo que aborrece a Jesús y que no quiere que sea su rey. Con esto se hace una referencia a la pasión que Cristo sufrirá, y que queda aludida en el último versículo: Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén. Será en Jerusalén donde se dará el rechazo definitivo del pueblo a su Rey. Cabría preguntarse si el empleado holgazán no representará a Judas Iscariote, al que también le fue dado un don como a los demás, pero que no lo puso a valer. Evidentemente, esta parábola puede tener un sentido literal “histórico”, y así lo manifiestan los exégetas cuando afirman que el rey pudiera ser un rey judío que tenía que ir a Roma para ser así proclamado rey de Israel. Sin embargo, la lectura alegórica de este pasaje nos da las claves para comprender mejor la relación entre don y tarea, entre gracia y voluntad. ¿Cómo no ver en los enemigos que son condenados a muerte a aquel pueblo de Israel que rechaza al Señor como Rey y es sustituido por la Iglesia?

Adolfo Ivorra
Comentarios a otros domingos del tiempo Cotidiano del rito hispano-mozárabe: 

El Santo Padre: Liturgia en Guardini.


El día 29 de Octubre concedió Audiencia el Santo Padre Benedicto XVI, en la Sala Clementina del Palacio Apóstolico Vaticano, a los participantes del Congreso promovido por la Fundación "Romano Guardini" de Berlín. En el curso del encuentro, después de saludar al Presidente de la Fundación, Ludwig von Pufendorf, el Santo Padre les dirigió unas palabras, de entre ellas traemos a colación el párrafo en el que el Romano Pontífice nos habla de la Liturgia en Guardini:

"En ese querer acompañar a la juventud, Guardini busco también un nuevo acceso a la Liturgia. El redescubrimiento de la Liturgia era para él un redescubrimiento de la unidad entre espíritu y cuerpo en la totalidad del único ser humano, ya que el acto litúrgico es siempre al mismo tiempo un acto corporal y espiritual. El 'orare' se dilata en el 'agire' corporal y comunitario, y así se revela la unidad de toda la realidad. La Liturgia es un 'agire' simbólico. El símbolo como quintaesencia de la unidad entre lo espiritual y lo material se pierde donde ambos se separan, donde el mundo se separa en modo dualístico en espíritu y cuerpo, en sujeto y objeto. Guardini estaba completamente convencido que el hombre es espíritu en cuerpo y cuerpo en espíritu y que, por tanto, la Liturgia y el símbolo lo conducen a la esencia de sí mismo, en definitiva, lo portan, a través de la adoración, a la verdad"

(Traducción del original italiano del Osservatore Romano por Salvador Aguilera López)

jueves 28 de octubre de 2010

Monaguillos, pequeños servidores de la liturgia.


Ayer se celebró, siguiendo el martirologio, la fiesta de uno de los patronos de los monaguillos, Sto. Domingo del Val, (27 de octubre). Es por esto que el artículo de este mes lo quiero referir a los monaguillos o ministrantes de la Liturgia. Sin duda ninguna muchos de nosotros hemos pasado por esta escuela, en ella se da el germen de vocación al ministerio ordenado. El término monaguillo viene a significar “pequeño monje” y se acuñó en ambiente monástico. En Italia por ejemplo son llamados : “chierichetti” (pequeño clérigo). En realidad son acólitos no instituidos pero que hacen funciones de los acólitos instituidos, es un ministerio laical y por lo tanto observado por las normas litúrgicas. De hecho los documentos litúrgicos hacen muchísimas menciones al servicio desarrollado por los acólitos. En el año 2.006 fue la peregrinación europea de los monaguillos a la que acudieron 42.000 de toda Europa. El Papa Benedicto XVI  en la Audiencia del 19 de agosto de ese año se dirigía a estos monaguillos recordando que setenta años atrás, en el año 1.935, él también comenzó a ser monaguillo, les decía las siguientes palabras: “ queridos monaguillos, en realidad vosotros ya sois apóstoles de Jesús. Cuando participáis en la Liturgia realizando vuestro servicio del altar, dais a todos un testimonio. Vuestra actitud de recogimiento, vuestra devoción, que brota del corazón y se expresa en los gestos, en el canto, en las respuestas: si lo hacéis como se debe, y no distraídamente, de cualquier modo, entonces vuestro testimonio llega a los hombres.”

La presencia de los monaguillos en la Liturgia viene reseñada desde antiguo y su servicio al altar y a los ministros sagrados es bien concreto. Su característica vestidura : sotana negra o roja con roquete blanco, o un simple alba identifican ineludiblemente  su presencia en la Liturgia. Cuántas anécdotas e historias cuentan con nostalgia los que han sido monaguillos. Cuántas Parroquias han hecho verdaderas escuelas de amor a la Liturgia y semillero de vocaciones entre los monaguillos. Arriba indicaba que el patrono de los monaguillos es Sto. Domingo del Val, muerto en el año 1.250 a manos de unos fanáticos judíos que lo crucificaron para emular la pasión de Cristo, le pedían que renunciara a Cristo, el no renunció, al contrario aceptó morir por Cristo, su cuerpo se encuentra sepultado en la ciudad de Zaragoza (España). Hay también otro patrono que es San Tarsicio, patrono a la vez de los niños que hacen la Primera Comunión, muerto en la persecución de Valeriano en el S. III. Cuentan que a Tarsicio  le habían encomendado  llevar la Comunión a algunos cristianos que estaban prisioneros. Mientras caminaba por la vía Apia fue abordado por unos paganos que le increpaban para ver qué llevaba consigo. Ante la negativa de Tarsicio, éste fue martirizado y una vez muerto fueron a ver qué llevaba en sus manos, no pudiendo  descubrir nada.
 
Manuel Flaker

miércoles 27 de octubre de 2010

Reflexiones litúrgico-culturales en torno a la fiesta de Todos los Santos.

El Jinete sin cabeza versus Don Juan: Reflexiones litúrgico culturales en torno a la fiesta de Todos los Santos

Por Pedro Manuel Merino Quesada, Pbro.

Sumándonos a la maravillosa explicación de nuestro compañero y amigo Luis García Gutiérrez, delegado de liturgia de la Diócesis de León y secretario de la AEPL sobre el origen de la fiesta de Todos los Santos en su blog actuosa-participatio, lanzamos otro punto de reflexión, esta vez, no tanto desde la liturgia como desde la cultura.

En estos últimos decenios hemos contemplado inertes y estupefactos el cambio de un paradigma[1] cultural en torno a la fiesta del 1 de noviembre, la del día de Todos los Santos. El término Halloween proviene del vocablo del  inglés antiguo "All hallow's eve", que significa "Víspera de todos los santos", refiriéndose a la noche del 31 de octubre. Sin embargo, ciertas costumbres anglosajonas le han robado su sentido religioso estricto para celebrar, en su lugar, la noche del terror, de las brujas y de los fantasmas. Halloween marca un triste retorno al antiguo paganismo, tendencia que, bajo la hegemonía económica y cultural angloamericana, se ha propagado también entre las comunidades y naciones hispanas.

La fiesta cristiana de Todos los Santos ancla su identidad en el dogma de la Comunión de los santos (de las cosas santas) expresado en el Credo. Mediante el recuerdo de la acción de gracias en la Eucaristía, por la santidad de los mejores hijos de la Iglesia y mediante la celebración memorial del Sacrificio de Cristo, ofrecido en sufragio por el eterno descanso de los difuntos, los que formamos la Iglesia militante, peregrina, nos relacionamos con la asamblea celeste, triunfante, y también con la iglesia purgante. El día de Todos los Santos (y su prolongación en el día de Fieles difuntos) no era un día tétrico de culto a la muerte, sino más bien, un día en el que la realidad de la muerte humana se iluminaba con el Misterio Pascual de Cristo, celebrado en la liturgia de la Iglesia. La liturgia (lex orandi) en el día de Todos los santos es expresión de la fe (lex credendi), que al comunicar la gracia santificadora del Espíritu en la celebración se convierte para el fiel, no solo en don, sino también en tarea (lex agendi).  Dicho de otro modo, Todos los Santos urgía al fiel, que en un futuro será fiel difunto, a vivir en la ley del amor, la caridad y la solidaridad, porque al final de la vida, vendrá el juicio, para el cual debemos estar preparados en esta vida presente por el ejercicio de la santidad (Bienaventuranzas).

Todo este universo se expresaba a través de un prototipo cultural[2]: El paradigma de “Don Juan Tenorio”, que alcanzó su máxima expresión en la obra de José Zorrilla. El mito de Don Juan Tenorio, procede de una leyenda sevillana recogida, por primera vez, en la obra de teatro de autoría discutida, atribuida tradicionalmente a Tirso de Molina titulada “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” que se difundió ampliamente en la literatura occidental, inspirando a Molière, Lorenzo da Ponte (autor del libreto de Don Giovanni de Mozart), Azorín, Marañón, lord Byron, Pushkin, y a otros muchos autores. El relato proclama el reino de la justicia divina (“no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”) pero también la misericordia y la posibilidad del arrepentimiento y el perdón antes de comparecer ante el tribunal de Dios (“¡Qué largo me lo fiáis!”). El Tenorio portaba, entonces, una exhortación moral para su público: La pasión humana, demasiado humana, del Tenorio podría llevarnos a la eterna muerte si en nuestras vidas no existiera la caridad y la misericordia divina. A niveles teológicos la obra podría ser una respuesta a las creencias sobre la predestinación salvífica, sostenidas por Juan Calvino, según las cuales la salvación y la entrada al reino de los cielos ya han sido determinadas por Dios desde el momento del nacimiento.

En torno al 1 de noviembre han aparecido en estos últimos decenios nuevas prácticas y costumbres, que han desplazado el universo simbólico cristiano, dando paso a otras significaciones, difusamente religiosas, en relación con el final de la vida del ser humano y con su destino en el “más allá”. Fantasmas, aparecidos y almas, y no Santos, son los que ahora nos hablan de nuestro fin, y por supuesto, estos fantasmas, paganos y sin bautizar, (no como Don Gonzalo, padre de doña Inés, alma cristiana del purgatorio), no representan la esperanza de la eterna paz (visión beatifica para el cristiano), ni aluden a la ideas de juicio divino, ni a la creencia cristiana en la resurrección de los cuerpos. En esta nueva concepción (nuevo paradigma) solo las brujas y brujos, videntes y médiums, fantasmas y monstruos son los que pueden ponerse en contacto con los pobladores de tan tétrico reino. Y estas ideas[3] también han encontrado su expresión cultural en otro prototipo: “El Jinete sin cabeza”, por supuesto, mucho menos guapo que Don Juan.
El Jinete sin cabezaes un personaje mítico, que encontrará su forma más evolucionada en la historia de Washington Irving La leyenda de Sleepy Hollow publicada en 1820.  La Leyenda del Jinete sin cabeza aparece en folklore alemán, compilado por Hermanos Grimm, donde el macabro llanero busca a criminales no llevados ante la justicia a quienes el castigo de su crimen mandaría decapitar. Lo describen como “hombre sin cabeza en una capa gris larga que monta en un caballo también gris”. La leyenda se ha extendido en diferentes lugares y de diferentes formas así en el Estado de Tejas, el jinete sin cabeza es un criminal que fue decapitado, que vaga por las llanuras Tejanas a grupa de un caballo gris.
Este fantasma, como nuestro Don Juan, también ha tenido repercusión en el séptimo arte:
·         El Sin Cabeza (1922) es una película muda inspirada en el relato, dirigida por Edward Vebturini.
·         Walt Disney Pictures filmó en 1949 La Leyenda de Sleepy Hollow y El Señor Sapo.
·         Tim Burton rodó en 1999 Sleepy Hollow, mostrando una nueva versión del relato.
·         Recientemente, en octubre de 2007, el canal temático internacional, dedicado mayoritariamente a la emisión de series y películas ciencia ficción, que, también dedica espacios a los géneros de fantasía, horror y fenómenos paranormales, llamado Sci Fi, retrasmitió una película titulada El Jinete sin Cabeza dirigida por Anthony C. Ferrante, en la que se afirma que la historia de Washington Irving es una versión suavizada de lo que ocurrió en realidad.
·         En cuanto a la difusión entre el público más joven destaco la versión que hace del jinete en el MMORPG (juego de Rol en línea) en el Mundo de Warcraft que lo relaciona como monstruo de Halloween.
Este fantasma holandés, afincado en Nueva York, que aparece para tomar la cabeza de los vivos está ocupando el lugar de nuestro Don Juan. Y frente a la exhortación moral del tenorio, el jinete sin cabeza no conlleva moral alguna tal como pregonó Nietzsche para la era poscristiana. La historia del jinete sin cabeza, es más bien una ocasión para narrar crímenes y carnicerías propias de la violencia animal de los seres humanos, y, sin llegar a ser tan tremendos, para hacer el gamberro manchando y rompiendo alguna lápida de un desvigiliado campo santo.

Parece que el paradigma cultural ha cambiado y una nueva visión del mundo quiere ordenar nuestro pensamiento y nuestros actos de antiguos cristianos. En esta nueva visión, los grupos de adoradores del demonio, proponen que la fiesta de Halloween sea para los fieles de Satán el centro y culmen del año, ocupando la significación de la Vigilia Pascual cristiana. Estas ideas puesto que se hacen mediante ritos y símbolos pueden tener más alcance del que creemos en muchos hermanos nuestros…

Esto que hemos expuesto, discutible por otro lado, es un motivo que nos urge para vivir y recuperar la fiesta cristiana en la línea que nos expone nuestro el liturgista Luís García Gutierrez.


[1] Sobre el concepto paradigma de Thomas S Kuhn, The structure of Scientific Revolutions. Chicago 1970. Trad Española La estructura de las revoluciones científicas. Madrid (Fondo de cultura Económica)1987 aplicado a la liturgia G. Martínez  Cult and Culture: The Structure of the Evolution of Worship: Worship 5 (1990) 406-433.
[2] Se podría añadir al axioma Lex Orandi, Lex Credendi, Lex Agendi, el complemento Lex Inculturandi, en cuanto la Liturgia, por su naturaleza es expresión de cultura, que no se puede reducir simplemente al dogma o la moral pero que también es expresión de ellos.
[3] Por otro lado, no tan nuevas pues, perduraban en los pueblos paganos convertidos al cristianismo que fueron refrescadas, a lo largo de la edad media, por la sucesivas olas migratorias de pueblos bárbaros, los cuales esta vez no provenían de más allá del Danuvio, como los evangelizados por Ufilas,  sino de las penínsulas Escandinavas, a las que no había penetrado el anuncio del Evangelio.

Pedro Manuel Merino Quesada, Pbro.

domingo 24 de octubre de 2010

La Anáfora de Santiago, hermano del Señor.

"Enmudezca toda carne humana "

El 23 de Octubre, en la Tradición Bizantina, se celebra la memoria de Santiago, hermano del Señor, primer Obispo de Jerusalén. En el Pontificio Colegio Griego de Roma, el Domingo más cercano a esta fecha se celebra, desde hace algunos decenios, la Divina Liturgia con una anáfora que la Tradición Bizantina ha dejado caer prácticamente en desuso y que, por el contrario, se usa frecuentemente en la Tradición Siro-Occidental, junto a la Anáfora de los Doce Apóstoles.

La Anáfora de Santiago se encuentra en diversas versiones lingüísticas pero especialmente en griego y siríaco, que a su vez sería la traducción de un texto griego más simple y arcaico que el actual. En ambos casos la atribución a Santiago, hermano del Señor, es unánime. También encontramos otras versiones: georgiana, armenia y etiópica, esto demuestra la importancia que este texto tuvo, al menos durante el primer milenio.

Está claro que se trata de una Liturgia que proviene de Jerusalén, ya que hay numerosas menciones a personajes veterotestamentarios (Abel, Noé, Abraham, Zacarías), a los Santos Lugares, a la Jerusalén celeste; con la entrada al Sancta Sanctorum, la procesión del pequeño ingreso con el Evangeliario y la Cruz, las diversas oraciones (inspiradas en el salmo 140) de bendición del incienso.
En el caso de la datación hay diversas hipótesis que la colocan entre finales del siglo III hasta el siglo VI-VII. Seguramente fue elaborado en diferentes etapas, pero ya estaba casi completo a finales del IV.

La Anáfora de Santiago es teológicamente muy diversa de la de San Juan Crisóstomo o San Basilio, y se trata claramente de una Liturgia de tipo antioqueno. En la praxis constantinopolitana la anáfora no está en uso, ahora solamente se celebra el 23 de Octubre en Jerusalén, en las islas de Zante y Chipre, y en Roma, en la Iglesisa de San Atanasio, un Domingo cercano a este día.

La estructura de la celebración es un poco diversa de la habitual en la tradición bizantina y prevé, al menos para la Liturgia de los Catecúmenos, que sea celebrada en el Bema, es decir, en el espacio que hay en el centro de la nave de la Iglesia (en las iglesias siríacas es un espacio cerrado por una cancela) donde se coloca un ambón para el Evangeliario y una mesa pequeña para la Cruz; en torno al Evangeliario y la Cruz se disponen el Sacerdote con el Diácono y los Sacerdotes Concelebrantes, y allí se desarrolla la Liturgia de la Palabra. La Liturgia Eucarística, a continuación, será celebrada en el Santuario.
En la estructura merece la pena destacar algunos elementos: ante todo, el Inicio de la Liturgia, sin las tres antífonas de la Liturgia de san Juan Crisóstomo, hecho que contiene esta Liturgia junto a la tradición siríaca y que indica una notable arcaicidad.
En las diversas letanías hechas por el Diácono vuelto hacia el pueblo, en la última petición (Haciendo memoria de la Todasanta, Inmaculada) se añade siempre: Juan Bautista, los Profetas, Apóstoles, Mártires, y en una de ellas también a Moisés, Aarón, Elías, Eliseo, Samuel, David, Daniel. Las Lecturas se hacen en el Bema, el lugar central donde es proclamada la Palabra y donde es comentada.

El himno “Enmudezca toda carne humana” se canta en lugar del Himno Querúbico de la Anáfora de San Juan Crisóstomo; este mismo himno se canta el Sábado Santo en la Liturgia de San Basilio. Por último, el intercambio de la paz después del Credo, que en la Liturgia de San Juan Crisóstomo se mantiene sólo entre el clero. La Anáfora de Santiago se encuadrada, como otras Anáforas cristianas, entre dos grandes movimientos de alabanza a Dios al inicio: “Verdaderamente es cosa buena y justa, conveniente y deber, alabar, celebrar, adorar, glorificar y rendirte gracias a Tí, creador de las cosas visibles e invisibles”; y al final la conclusión del Sacerdote: “Por la gracia, la misericordia y el amor hacia los hombres de tu Hijo, con el cual seas bendito y glorificado juntamente con tu bondadoso y vivificante Espíritu”. Es decir, el movimiento que va de la obra de la creación de Dios a su obra de santificación, obrada por Cristo a través del Espíritu; de la creación a la redención, a la santificación.

En la Anáfora de Santiago no hay, como en otras Anáforas, la enumeración de toda una serie de atributos apofáticos de Dios (invisible, incomprensible, inconmensurable) pero en la introducción encontramos una de tres títulos: “Creador de todas las cosas, tesoro de los bienes, fuente de vida e inmortalidad”, y un poco más adelante los llamados a esta alabanza: los cielos, el sol, la luna, la tierra, el mar, la Jerusalén celeste, la Iglesia de los primogénitos, los justos, los profetas, los mártires, los apóstoles, los querubines, los serafines. En otras palabras, es toda la Creación y toda la Iglesia, las que son llamadas a la alabanza de Dios.

Antes de la Narración de la Institución de la Eucaristía y de la Epíclesis, la Anáfora de Santiago narra la Historia de la Salvación; destacamos una serie de verbos que la marcan: “has tenido compasión, has creado al hombre; él cayó, pero no lo has despreciado, no lo has abandonado, sino corregido, llamado, guiado”.
Y al final de la Narración se proclama el misterio central de la fe cristiana: “Finalmente has enviado al mundo a tu propio Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, para que Él con su venida renovase y resucitase tu imagen”. La venida de Cristo renueva la imagen de Dios en el hombre; en esta frase se encuentra la doctrina sobre la salvación de los Padres de la Iglesia, de Ignacio de Antioquía a Ireneo, de Orígenes a Atanasio y Ambrosio. Es importante subrayar esta centralidad del destino del hombre en la providencia de Dios, en la línea del mismo Cirilo de Jerusalén en sus Catequesis: “Todas las criaturas son bellas, pero sólo hay una a imagen de Dios y ésta es el hombre. El sol fue creado por una orden; el hombre, sin embargo, fue creado por las manos de Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.

La Anáfora de Santiago evidencia un aspecto importante: la imagen de Dios maltratada por el hombre es renovada, es decir, recreada, por Cristo. Esta nueva creación llega en su Encarnación y en la Anáfora dice que Cristo “descendió, se encarnó y vivió, ha dispuesto todo”. En la Epíclesis, el don del Espíritu es invocado para que descienda sobre los fieles y sobre los dones presentados: “Manda sobre nosotros y sobre estos dones que te presentamos tu Espíritu Santísimo”. El texto es una formulación trinitaria que parece conocer ya la fórmula de Concilio de Constantinopla del año 381: “Señor y vivificante, consustancial, comparte tu eternidad”.

Además, más adelante, la Anáfora menciona algunos pasajes de la Escritura de descenso del Espíritu Santo, relacionados con el ambiente jerosolimitano: “descendió en forma de Paloma en el Jordán, sobre los santos Apóstoles en la cámara alta de la santa y gloriosa Sión”.
Además la Epíclesis pide como fruto de la santificación del Espíritu que los dones lleguen a ser Cuerpo y Sangre de Cristo y que la Iglesia sea santificada y permanezca estable sobre la roca de la fe. La acción del Espíritu, en esta Anáfora, está estrechamente unida a su acción a lo largo de toda la historia de la salvación; él “ha hablado en la Ley, en los Profetas y en la Nueva Alianza”. Siendo el texto de origen jerosolimitano, es importante subrayar el enlace entre el mismo Espíritu que habla en la antigua y nueva Alianza: aquel Espíritu que habla en la Ley, en los profetas, en la nueva Alianza, desciende sobre Cristo, sobre los Apóstoles, sobre los Santos Dones presentados (podríamos añadir todos los demás sacramentos: agua bautismal, santo crisma).

La Epíclesis tiene también una clara dimensión eclesiológica, que se verá subrayada de nuevo en la gran plegaria de intercesión al final de la Anáfora, la cual tiene todavía acentos claramente jerosolimitanos: “para sostener a tu Iglesia católica y apostólica que has establecido sobre la roca de la fe. Te ofrecemos este sacrificio por tu santa y gloriosa Jerusalén, madre de todas las Iglesias. Acuérdate de esta tu santa ciudad. Acuérdate de todos los cristianos que han ido o se encuentran en los lugares santos de Cristo”. Los frutos del descendimiento del Espíritu son, por tanto, la santificación de los dones y, por medio de ellos, la santificación de la Iglesia.

La comunión con el Cuerpo de Cristo y su sangre porta a la comunidad, a la Iglesia, a la plenitud de la fuerza del Espíritu. Este Espíritu invocado sobre la comunidad le viene dado a través de la comunión de los Santos Dones; el Espíritu construye el cuerpo eclesial de Cristo por medio de la santificación, de la divinización de aquellos que comulgan. Ya san Efrén tiene un bellísimo texto en esta misma línea: “En tu pan se esconde el Espíritu que no puede ser consumido; en tu vino está el fuego que no se puede beber. El Espíritu en tu pan, el fuego en tu vino; he aquí una maravilla acogida por nuestros labios. El serafín no podía acercar las brasas a sus dedos, sino que se las acercó a la boca de Isaías; ni los dedos lo han tomado ni los labios lo han comido; pero el Señor nos ha concedido hacer ambas cosas. El fuego desciende con ira para destruir a los pecadores, pero el fuego de la gracia desciende sobre el pan y permanece intacto. En lugar del fuego que destruye al hombre, hemos comido el fuego en el pan y hemos sido vivificados”.

Durante la letanía antes del Padre nuestro, el Sacerdote, en silencio, hace una oración en la cual pide la purificación de las almas y de los cuerpos y hace un elenco de vicios que deben ser purificados, que recuerda muchísimo a aquellos que se encuentran en los textos de origen monástico (reglas, cartas y amonestaciones): “aleja de nosotros la envidia, la arrogancia, la hipocresía, la mentira, la astucia, los deseos mundanos, la vanagloria, la ira, el recuerdo de las ofensas”.

La Liturgia de Santiago refleja, entonces, tres aspectos importantes: la centralidad de la alabanza a Dios por parte de toda la creación y de toda la Iglesia; la restauración (recreación) de la imagen de Dios en el hombre por medio de la obra de Cristo; la acción santificadora del Espíritu en la historia de la salvación, sobre los dones, sobre los creyentes.

Celebrar la Liturgia de Santiago, al menos una vez al año, ¿es simplemente hacer arqueología litúrgica?. O, ¿quizás es revindicar el patrimonio litúrgico jerosolimitano frente al influjo a nivel litúrgico que Constantinopla tuvo sobre los otros patriarcados? No, no es solamente celebrar la Anáfora de Santiago, como todas las demás Anáforas cristianas, es celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor; pero sobretodo, celebrar con una Anáfora que pone de manifiesto aspectos teológicos, eclesiológicos, litúrgicos y también arquitectónicos, un poco diversos de aquellos a los cuales estamos habituados en la tradición bizantina, y sobretodo es celebrar con una anáfora que hace presente la comunión con la Iglesia de Jerusalén, madre de todas las Iglesias cristianas.

Caminando de potencia en potencia y celebrando la Divina Liturgia en tu templo, te rogamos, llegar a ser dignos del perfecto amor de los hombres (así dice la oración de despedida de la Anáfora de Santiago). Endereza nuestro sendero, fortalecidos con tu temor. Ten piedad de todos y hazlos dignos de tu Reino celeste por Cristo Jesús Señor nuestro”.

(Autor: Padre Manuel Nin, OSB, Rector del Pontificio Colegio Griego de Roma; texto original italiano traducido por Salvador Aguilera López tomado de la página web http://collegiogreco.blogspot.com/ y publicado en el Osservatore Romano el 23 de Octubre de 2009; además con permiso del autor)