domingo 24 de enero de 2010

Astronomía y culto.

Manlio Sodi (ed.), Astronomia e culto. Risposta a domande di attualità, Edizioni Messaggero Padova (Instant book), Padova, 2009, 151pp., ISBN 978-88-250-2145-5.


La relación entre el tiempo y la liturgia suele explicarse en términos ya clásicos, dentro de temas como el año litúrgico y la liturgia de las horas. Sin embargo, el fundamento primero de la relación entre el tiempo y la liturgia suele olvidarse o, por lo menos, descuidarse. Es el caso de la importancia de la astronomía para el culto.

La publicación dirigida por el profesor Manlio Sodi –presidente de la Pontificia Academia de Teología– se enmarca dentro del año internacional de la astrología celebrado en París el 15 de enero de 2009, organizado entre otras cosas para conmemorar el cuadragésimo aniversario «in cui Galileo rivolge il su cannochiale verso il cielo» (p. 12). El contexto, por lo tanto, es de diálogo interdisciplinar, en un contexto cristiano cultual.

El libro está compuesto de cinco intervenciones, que en ocasiones vuelven sobre temas tratados con anterioridad, siempre con nuevas aportaciones pero a veces repitiendo lo que dijo otro autor. En esto podemos ver un método didáctico propio de los antiguos romanos: “la repetición es la madre del conocimiento”. La primera intervención, «Il fascino e il richiamo della Pasqua fra astronomia e culto», la realiza M. Sodi, en la cual se nos invita, a ejemplo de Galileo, a escrutar también nosotros no tanto el cielo cuanto la consciencia de que las leyes del universo están dispuestas por el Creador. Ya desde esta intervención se aborda una cuestión neurálgica para la relación entre el tiempo y la liturgia: la fecha de la Pascua. De origen hebreo, esta fiesta conmemora el paso del mar por los judíos en su salida de Egipto, pero también el misterio pascual cristiano: institución de la eucaristía el jueves santo, la cruz el viernes y la resurrección el domingo. El concepto de Pascua es tan importante en el cristianismo, que no se duda en hablar de pascua dominical o incluso pascua cotidiana.

Sodi recuerda algunos datos históricos importantes. En la Iglesia antigua, correspondía a la Iglesia de Alejandría –centro astronómico de la antigüedad– el cálculo de la fecha de la Pascua, dado a conocer por el patriarca alejandrino en sus cartas festales: «documenti che ancora oggi denotano l’intreccio tra l’annuncio della data astronomica della Pasqua, e il suo significato teologico» (p. 15). Recordando que el Calendario usado en la Iglesia hasta el s. XVI fue el llamado juliano –por estar establecido por Cayo Julio César (†44 a.C.)–, Sodi presenta brevemente el cambio del Calendario y sus autores: el papa Gregorio XIII y la congregación presidida por el cardenal Guglielmo Sirleto, sin olvidar al astrónomo Luigi Giglio. El cambio de Calendario fue aceptado progresivamente, y a día de hoy existe una diferencia de trece días entre ambos calendarios. Después de esta presentación general, Sodi vuelve a la Iglesia antigua para hablar del concilio de Nicea. Esto lo hace para introducir el problema del Calendario entre los ortodoxos. No todos los católicos orientales siguen el Calendario gregoriano. La Iglesia ortodoxa de Finlandia, en cambio, sí lo sigue. En 1923 una comisión ortodoxa fue convocada en la que se confirmó el Calendario juliano para el cálculo de la Pascua. A raíz de esa decisión, algunas Iglesias orientales asumirán el nuevo cómputo, mientras que otras no, llamadas a sí mismas vecchio-calendaristi o “auténticos ortodoxos”. El Concilio Vaticano II es el último paso en el itinerario de la unificación de un Calendario. En él, en el apéndice a la Constitución Sacrosanctum Concilium tiende la mano a los ortodoxos, proponiendo incluso un domingo fijo en el año donde celebrar la Pascua. A pesar de esto, sigue sin haber un acuerdo católico-ortodoxo hasta el día de hoy.

La intervención de Sodi termina con algunos datos arquitectónicos anecdóticos y una presentación de las demás intervenciones. En general, la intervención de Sodi cumple el propósito de ser una breve introducción a casi todos los puntos importantes que se van a tratar a continuación.

La amable introducción de Sodi contrasta con la intervención de Pietro Giorgio Marcuzzi, «Come si misura il tempo nella Chiesa?», que se podría decir que es la más “ardua” del libro. Tras un repaso a la normativa canónica actual y del Código de 1917, Marcuzzi empieza a explicar con todo lujo de detalles la comprensión propiamente eclesial de términos como día, mes y año. En el ámbito canónico el día es de 24 horas, mientras que en el litúrgico los días festivos empiezan desde la víspera precedente. En ámbito litúrgico, el año consta de 365 ó 366 días, mientras que en el litúrgico comienza en el Adviento. No obstante, hay que aclarar que la explicación de Marcuzzi afecta sólo a los ritos occidentales. El autor no menciona que en los ritos orientales suele comenzar en septiembre, con la fiesta del natalicio de la Madre de Dios. Marcuzzi ofrece más datos históricos que Sodi: nos habla del Calendario Romano General promulgado en 1969, el establecimiento del día de la Pascua en domingo en el s. II de la mano de san Pío I y san Víctor I el Africano, etc. También recuerda que el cambio introducido por Gregorio XIII comenzó a afectar el 4 de octubre de 1582, siendo el día siguiente 15 de octubre.

Después de referirse a la presencia de varios elementos astronómicos en los libros litúrgicos romanos actuales, pasamos a la parte más ardua de su intervención: el número áureo, la epacta, la Indictio Romana, la letra dominical y la letra del martirologio. Estos apartados pueden requerir una segunda lectura para su mejor comprensión. Baste señalar que lo que popularmente se llama en España “epacta” –que asociamos con el Calendario Litúrgico Nacional editado por la Conferencia Episcopal Española–, es el término que define «l’età della Luna al 1º di gennaio» (p. 54).

Juan Casanovas trata el tema de cómo se fija la fecha de la Pascua. Este tema ha salido en varias oportunidades anteriormente. Como era de esperar, en esta intervención encontraremos más datos históricos de los que hemos encontrado. Destacan los datos bíblicos: los fenómenos celestes contemplados en Gn 1, 14-18, el Sal 103, 19 que habla de las estaciones y la Luna, el novilunio en Nm 28, 11-15 y la fecha de la Pascua: «Per la data della Pascua gli ebrei si attenevano alle prescrizioni di Mosè che si trovano nell’Esodo (12, 1-8), nel libro dei Numeri (28, 16) e nel Levitico (23, 5) dove si legge: “Il primo mese, al decimoquarto giorno, al tramonto del Sole sarà la Pasqua del Signore”» (p. 75). El autor también ahonda en los acontecimientos propios de la reforma del Calendario gregoriano y las tentativas de reforma actuales. Recuerda cómo los protestantes de Suiza y Alemania asumieron el calendario gregoriano en el s. XVIII.

El apartado «Quando ha origine il calendario gregoriano?» de B. Amata y M. Sodi nos presenta la traducción italiana del texto de la bula Inter gravissimas de Gregorio XIII. Es interesante notar que la razón litúrgica primordial –que abre prácticamente la bula– es la reforma del Breviario Romano. En el parágrafo 16 se menciona también al Martirologio Romano.

La última intervención corre a cargo de Remo Bracchi, que nos da una mayor fundamentación bíblica, además de filológica, de la pascua: «Di pasqua in pasqua, tra culto e cultura: una lezione solo del passato?». El texto incluye al comienzo una cita del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, que abre la sucesión de alusiones filológicas de gran interés. Dos acepciones fundamentales guían al autor: ‘paso’ (phase en la Vulgata) y ‘fiesta de los pastos’. Otras acepciones que nos quedan más cercanas geográficamente son aludidas: «Il basco bazko, con le varianti pazka, pasko, il composto della Bassa Navarra bazko-garisuma alla lettera “pasqua della quaresima”, che si ripresenta con i segmenti invertiti nel roncalese garesima-bazko» (p. 112). La Pascua hebrea es concebida como paso, aunque también se alude al sacrificio del cordero pascual. Aquí el autor recuerda la palabra inglesa del s. XVI, presente en nuestros días, passover. También se alude a la fiesta agrícola de los Ácimos. Se habla también de la primavera y se descarta alguna teoría sobre la relación de esta estación y las albas catecumenales. Con respecto al cordero pascual, la vinculación se realiza con Cristo resucitado, el Kyrios del Apocalipsis: «dove la grandiosa azione liturgica è dominata dalla presenza dell’agnello colpito a morte, ma ritto in piedi, mentre attende di uscire alle nozze con la sposa» (p. 127).

La Pascua es también un tiempo de alegría, expresado por el autor como ausencia de luto y la vuelta al consumo de carne. Se habla de los huevos de pascua, algunos colorados, llamados por los rumanos como panes benditos de Pascua (alusión a las eulogias que se dan todo el año), y el sentido “liberador” de la Pascua frente a las penitencias cuaresmales. La octava es denominada en varias lenguas como pequeña pascua o pascuilla. La frase dominica in palmis qua cantatur: Occurrunt turbae cum floribus et palmis que se encuentra en el Ordus Romanus fundamenta la expresión «pascua florida» y justifica el nombre dado al estado americano Florida. Otras expresiones negativas populares son tocadas, como dar mala pasqua, etc. Se echa en falta, no obstante, el desarrollo filológico patrístico, puesto que en algunos Padres se concibe pascua como sinónimo de pasión.

En líneas generales, este instant book aborda temas que no se encuentran en los manuales de liturgia sobre el año litúrgico. El defecto de estos manuales es que comprenden la cuestión de la fecha de la Pascua como algo puramente religioso, sin mostrar el trasfondo astronómico en toda su amplitud, cosa que en este libro dirigido por Manlio Sodio se viene a cubrir. Esperemos que esta publicación inspire nuevos estudios y manuales sobre el año litúrgico que se detengan en pequeños detalles, que trasciendan el plano meramente teológico y se enriquezcan con alusiones filológicas, astronómicas, etc.

Adolfo Ivorra

sábado 23 de enero de 2010

Liturgia y el terremoto de Haití.


Por Pedro Manuel Merino Quesada. Pbro.

Durante esta semana hemos quedado todos conmocionados con las noticias provenientes del temblor de tierra en Haití. Y ante esta tragedia humana, que es el resultado de la fatalidad de la naturaleza, combinada con una situación de marginación, injusticia y pobreza, instalada en el pueblo de Haití, la solidaridad humana y la caridad ha sido la respuesta de todo el mundo.

En estos últimos tiempos, la crisis económica internacional ha puesto de manifiesto otra crisis más profunda: La crisis de los valores, la decadencia de un sistema que, como han pronunciado los últimos papas, se basa en unas estructuras de pecado, que no tienen en cuenta la sacralidad de la vida humana y la dignidad de la persona. Y esta crisis de valores se manifiesta en que la dificultad económica nos ha hecho a todos más tacaños. No así a la comunidad cristiana, que desde siempre, como lo manifiesta la historia de la Iglesia, es generosa, inclusive todavía más cuando los tiempos son más precarios. La respuesta solidaria de tantas personas, creyentes en Cristo o no creyentes, reaviva la esperanza en que el corazón humano es capaz de superar cualquier crisis espiritual, con tal que, como dice San Pablo, se deje penetrar y sea sensible a los valores y rompa el cascarón pétreo del egoísmo, el individualismo y la falta de horizontes transcendentes.

Por eso, la solidaridad, necesaria para todos, no solo es suficiente para el creyente, y más aún para el creyente cristiano. Para el hombre de fe, le es necesario también impetrar de Dios, su bondad y amor, su misericordia, que mueve los corazones hacia la justicia y también a la santidad. Es necesario para el creyente implorar esta misericordia de Dios, pues, aunque no se explique la fatalidad de la naturaleza, a pesar de ello, sigue confiando, contra todo lo aparente, en la bondad de Dios, el único que merece nuestra bendición y alabanza, el único que nos puede salvar de la muerte y el único que nos da la seguridad de no ser unos meros juguetes ante la fatalidad de una ciega y azarosa ventura, devolviéndonos nuestra dignidad humana. Al mismo tiempo, nos es necesario implorar de su bondad divina la justicia y la caridad para que se superen las injusticias sociales y económicas, que hunden a tantos pueblos en el hambre y los entrega a la merced de la cruel e insensible fuerza física (inerte) de la naturaleza.

LA LITURGIA (con mayúsculas) es la oración en la que Cristo, el Señor Resucitado, ora, en el santuario celeste, prolongando su sacrificio de la cruz, realizado de una vez para siempre, contiene esta súplica humana a la que nos hemos referido, pues Cristo ha compartido con el hombre su sufrimiento y lo ha asumido en el suplicio de la Cruz. No es del todo erróneo afirmar que la oración de Cristo en el santuario celeste impreca la paz, la caridad y la misericordia de Dios nuestro Padre también por las víctimas de terremoto en Haití. Y puesto que la liturgia (con minúscula) los ritos y preces que hacemos como iglesia durante este destierro, son la presencia, en el velo de los signos, de esa otra LITURGIA (con mayúsculas), es normal que las comunidades cristianas oren en las asambleas de fe por las victimas del terremoto y por el crecimiento de la solidaridad en nuestro mundo para con los que han sufrido tal catástrofe.

Aquí es donde la liturgia de la iglesia sorprende, porque no consiste en inventar formulas (es decir oraciones) sino que estas ya están contenidas en los libros litúrgicos. Estas oraciones se llaman en latín del actual misal (tercera edición) “pro variis necessitatibus vel ad diversa”. La secular sabiduría de la fe, manifestada en la tradición oracional de la Iglesia (no olvidemos lo de lex orandi, lex vivendi), ha cristalizado en una serie de textos oracionales, que recogen las diversas situaciones por las que pueden pasar, tanto la comunidad de la iglesia, como la comunidad humana. El formulario 34 está titulado: Tempore Terreamotus, y contiene la siguiente oración colecta:

Deus, que fundásti terram super stabilitátem suam, parce mentuéntibus, propitiáre supplícibus, ut treméntis terrae periculis pénitus amotis, clementiam tuam iugiter sentiámus, et tua protectióne secúri, tibi serviamus grantánter. Per Dóminum

“para que sintamos tu clemencia y seguros bajo tu protección te sirvamos” y no se puede servir a Dios sin servir al hermano, enfermo, pobre o que ha sufrido el terror del terremoto.

Esta oración no ha sido un invento de la liturgia actual sino que tiene su fuente en la oración secreta del misal anterior al de Pablo VI. En este misal, el formulario 15 de las orationes diversas no solo contiene la oración colecta sino todo un formulario entero: Oratio, Secreta, Postcommunio. Reproducimos la oración secreta puesto que es fuente de nuestra actual oración:

Deus, qui fundásti terram super stabilitátem suam, súscipe oblatiónes et preces pópuli tui: ac treméntis terrae perículis pénitus amótis, divínae tuae iracúndiae terrores in humánae salútis remedia convérte; ut qui de terra sunt et in terram reverténtur, gáudieant se fíeri sancta conversatióne caelestes. Per Dóminum

Ante la precariedad reconocemos que somos tierra y que volveremos a la tierra pero, tierra objeto de la bendición divina y llamada al coloquio celeste, por eso, sabemos que Dios es el único capaz de convertir nuestros más profundos terrores en remedios de salvación.

Ambos misales testimonian unánimes y concordes la misma confianza y esperanza en Dios. Los miedos de los seres humanos son los mismos en cualquier época y también es la misma, la confianza en Dios. La liturgia no es una coyuntura de este tiempo presente sino una respuesta a los profundos interrogantes del corazón humano. Tan solo se puede presentar una pequeña dificultad desde nuestro mundo moderno a estos formulas. Estas oraciones parecen estar puesta en boca de aquellos que ha sufrido en su carne mortal las consecuencias del terremoto, es decir, son locales, no tienen en cuenta el mundo globalizado[1], sensible a tantas catástrofes naturales. Se echa de menos que contuvieran, al menos la del misal actual, una N, en rojita, para poner el nombre del pueblo que ha sufrido la catástrofe: ut treméntis terrae periculis pénitus amotis, (in N). Es verdad que no podemos introducirla por nuestra cuenta en la liturgia, si la hacemos como oración colecta, pero si lo podemos hacer si la utilizamos como conclusión de la oración universal o de los fieles. Reproduzco la traducción de la segunda edición de nuestro misal en castellano para las diócesis de España y Perú:

Oh Dios, que asentaste la tierra sobre sus cimientos,

apiádate de nuestros temores

y atiende nuestras súplicas.

para que apaciguado el temblor de la tierra

en Haití (en N) o bien el tsunami en

sintamos siempre tu amparo

y, seguros con tú protección,

te sirvamos llenos de alegría

Por Jesucristo nuestro Señor.

Nuevamente los textos litúrgicos oficiales recogen nuestros sentimientos particulares y los convierten no en oración personal sino en la piedad de la Iglesia. Por eso, durante el tiempo ordinario, o mejor dicho, en el tiempo durante el año (“per annum”) las misas pro diversa son propicias para celebrarse en los días feriales, enriqueciendo la piedad eucológica del pueblo de Dios. Y tal vez, podamos soñar un día en que la Congregación Romana de liturgia nos obsequie con otros formularios necesarios para la piedad actual, Textos oficiales que, recojan los signos de los tiempos que eran mencionados por la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, y que tomen base en el tesoro eucológico de la Iglesia. Estamos necesitados de formulas y formularios oficiales que se unan a las ya existentes (por ejemplo al formulario 43 “Por la familia” o al 21 “por el progreso de los pueblos”) en que se pida por el cuidado de la obra de la creación (ecología); por la vida humana del no nacido; por los ancianos (comparar con el formulario 32 por los enfermos); por los que buscan trabajo (comparar oración altera de formulario 25 “por la santificación del trabajo humano”); en situación de crisis económica (comparar el formulario 21 por el progreso de los pueblos y el formulario 35 y 36 para pedir la lluvia y para pedir el buen tiempo); por las mujeres que están en peligro de abortar; por la dignidad de la mujer; por la educación; por la parroquia; por los movimientos laicales…




Oración de los fieles:

Invoquemos ahora a Dios Padre, que bendice a su Iglesia intercediendo por la salvación de todos los hombres

1. Por la Iglesia; para que atienda solícita a las necesidades de los pobres. Roguemos al Señor.

2. Por las vocaciones sacerdotales; para que nunca le falten al pueblo de Dios pastores que muestren a Dios a quien lo busca. Roguemos al Señor

3. Por los gobiernos de las naciones para que busquen el bien común y trabajen concordes en el respeto de la creación y de la ecología. Roguemos al Señor.

4. Por el pueblo de Haití que sufre la furia de la naturaleza, para que encuentre la ayuda internacional necesaria Roguemos al Señor.

5. Por los socorristas y todos los que buscan a las víctimas del terremoto, para que puedan encontrar y rescatar al mayor número. Roguemos al Señor.

6. Por los heridos para que recobren la salud y por los difuntos para que el Señor les de el descanso eterno. Roguemos al Señor.

7. Por nosotros, invitados a la mesa del Señor; para que sepamos ofrecer a todos el vino del consuelo y la alegría. Roguemos al Señor.




[1] Ver la oración colecta del formulario 23: “En tiempo de guerra o desorden”: “Dios fuerte y misericordioso que rechazas las guerras y humillas a los hombres soberbios, date prisa en apartar de nosotros la destrucción y las lágrimas, con entera verdad. Se podría añadir una posibilidad: apartar de N (pueblo o nación)

domingo 17 de enero de 2010

Las campanas, la voz de Dios.

La campana forma parte del ajuar litúrgico al servicio divino en la Iglesia. Popularmente siempre se ha identificado la campana con la Iglesia. Ya desde el S. V. hay referencias del uso de las campanas en Francia. Pero antes que la Iglesia las asumiera y les diera un estilo propio hay datos que reseñan su uso desde mucho antes. En la Grecia clásica los discípulos de Pitágoras decían: “que el bronce resuena con todo el espíritu divino”. En el año 513 el monje Cesáreo promulgó una regla en Arles, donde se hacía una referencia al toque de las campanas. Hay muchos estilos y formas que pueden tener las campanas : de perfil esquilonado tipo colmena o de perfil romano. Por su tamaño si es pequeña se le llama “tintinnabulum” o de gran tamaño llamada “signum” que es el término latino habitual para designar las campanas. El “symandrum” es una plancha de madera de gran tamaño que se golpeaba con un martillo y que todavía se usa en los monasterios orientales. En la antigüedad el rito de bendición de la campana era complejo y evocaba el sacramento del bautismo, de hecho la gente decía “el bautismo de la campana”. El rito tenía los siguientes momentos: exorcismo del metal, lavatorio, imposición del nombre, padrinos, unciones, incienso, canto, etc. De manera que dicha bendición daba a la campana la sacralidad para que fuera la “Vox Dei En el rito hispano-mozárabe la bendición de la campana tenía dos partes: la primera parte consistía en el exorcismo durante la fundición del metal alejando a los espíritus del mal para que su fundición fuea perfecta y duradera. La segunda parte era la bendición propiamente dicha. Veamos aquí algunos apartados de una bendición medieval hallada en el Monasterio de Silos. Dice así: “Señor Dios Todopoderoso, que mandaste a tu servidor Moisés que hiciera trompetas cuyo sonido claro y suave llamara al pueblo, peregrino hacia las tierras prometidas, para que las gentes acudieran a celebrar las fiestas, para que comenzasen a caminar, así como para destruir a sus enemigos, figurando con ello una Iglesia nueva y universal…” “ Que sus toques nos sirvan para no olvidar tus mandatos …” “Que el sonido de estas campanas, oh Señor, aleje a los que nos quieren hacer daño; que sirvan de consuelo a los enfermos y a los tristes…” . La oración es elocuente para expresar el papel que las campanas tenían en la liturgia, su sacramentalidad y sacralidad eran evidentes. La antigua oración de exorcismo decía igualmente: “exorcismos ad congregandum signum Basilicae”… “espíritu malvado desaparece y huye rapidamente de este metal, para que con la ayuda de Dios sea sonoro y fuerte…”.
En 1.594 la congregación de ritos declaró que el uso de las campanas no podía ser profana aunque dispensó para causas de pública utilidad. No pueden tocarse para reunir a la gente en asambleas de índole política o fiestas laicas. El pontifical romano actual en los numerales 1.150-1.153 y 1.155-1158 nos da la liturgia actual de la bendición de las campanas. Me llama la atención el Evangelio indicado para este momento: Mc.16,14-16. 20: “id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación”. Esto hace alusión a que las campanas evocan la voz de los heraldos del evangelio que llevan la buena noticia a toda la creación.
Según la dimensión o la mezcla del bronce con algún otro metal cada campana da con su sonido una nota musical, hay campanas en do, en re, en mi, etc. Hay todo un código de toques según la liturgia o las circunstancias del momento. En la tradición era el ostiario el encargado de tocar. En algunos lugares se prohibía a las mujeres tocar las campanas por aquello que decía San Pablo: “mulieres in ecclesia taceant”. Es obvio que esta costumbre fue abolida por razones evidentes

Manuel Flaker

lunes 11 de enero de 2010

El exorcismo a los ídolos en año nuevo.


Esta curiosa liturgia que comentaré a continuación nunca mejor que ahora tiene una pasmosa actualidad, sobre todo cuando constatamos que en último día del año y el primero del nuevo año se han incrementado una serie de ritos profanos y de paganismo, en definitiva, que amerita recordar cómo la iglesia en época antigua combatía dichos ritos con un oficio para prohibir los ídolos. Esto se realizaba junto con las celebraciones del Año Nuevo: la octava de la Navidad, la circuncisión del Señor, el Natale de Santa María. Pero entre todas estas celebraciones, la más antigua es el oficio “ ad prohibendum ab idoli” asignado para el Año Nuevo. Entre los paganos era costumbre celebrar este día las fiestas saturnales en honor al dios Jano bifronte, que es la divinidad que ha dado nombre al mes de enero, “Ianuarius”, esta divinidad tenía dos caras, una que miraba al Año Viejo y otra que miraba al Año Nuevo. Dichos festejos tenían toda clase de excesos, conviene apuntar que durante los primeros siglos vivió el cristianismo bajo la presión de toda la ritualidad romano-pagana e incluso muchos años después del Edicto de Milán . Los padres de la iglesia exhortaron en sus homilías para que los fieles no se vieran influenciados por las prácticas paganas de las calendas de enero. Tertuliano y San Agustín llaman la atención sobre el asunto, igualmente los concilios invitando al ayuno y a la oración. El Concilio II de Tours –año 567- habla de las Letanías Penitenciales recitadas durante los tres primeros días de enero “ad calcandam gentilium consuetudinem”. El Concilio IV de Toledo, año 633, indica un ayuno como el de la Cuaresma y prohíbe cantar el aleluya. Los sacramentarios (libros que contienen las oraciones de la Misa) tenían una Misa llamada “ad prohibendum ab idolis” . Dichas oraciones tienen un carácter penitencial y de prohibición de las orgías que se realizaban en esos días. En el ritual mozárabe (Liturgia hispana) se encuentra la Misa“De initio anni” donde se refiere el rigor del ayuno de estos tres primeros días del año. La solemnidad de Santa María Madre de Dios, parece que se introdujo en relación a esta problemática , ya que ella ha inaugurado un tiempo de gracia. Aunque el origen más remoto de dicha solemnidad estaría en la dedicación de la iglesia de Santa María la Antigua, erigida en el S. IV donde surgía el templo de la “Vesta Marte” envuelto en una famosa leyenda que afirmaba que un dragón devoraba a una de las Vestales el primer día del año. Se dedicó a Santa María pues ella ha pisado la cabeza del dragón y ha traído al Salvador que ha hecho caer todos los ídolos.


Manuel Flaker