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«El legado litúrgico de Benedicto XVI» (IX)

Segunda cuestión. Sobre las mediaciones de la Sagrada Liturgia consideramos dos realidades fundamentales: la dimensión sagrada de la Liturgia y la necesidad de la actuosa participatio,  “En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” [1]. Nos encontramos, pues, con el aspecto sagrado de la liturgia, pero para advertirlo hay que partir de su realidad interior, que es santa y sacramental. Con otras palabras, la sagrada liturgia es una realidad santa y lo santo ha de ser tratado santamente o se ha de celebrar sacramentalmente. El material es el símbolo, que insinúa, evoca, pero su significado pleno se penetra sólo a través de la fe, pues no es en sí mismo evidente en su rito exterior. Y hoy se piensa que todo es claro y que todo se entiende, cuando nada se entiende; en fin, es un detalle de la ingenuidad de quienes pensaban que celebrando en lengua vernácula se llenarían las iglesias. Por el contrario, las traducciones de los textos litúrgicos han creado nuevos problemas y a veces graves.
Un aspecto que hace resplandecer lo sagrado de la liturgia es la belleza, expresión de lo sublime, como se comprueba en la historia del arte cristiano; con todo, uno de los problemas actuales de nuestras celebraciones litúrgicas es el abandono de la belleza; con esto quiero aludir no a la sencillez del culto, sino a sus deformaciones arbitrarias y a  un empobrecimiento peligroso en las formas exteriores del culto católico. El criterio de hacer el culto comprensible a todos o de lograr una liturgia libre de la suntuosidad, no significa hacer celebraciones banales y pobres, sino favorecer la sencillez que procede de la riqueza espiritual, cultural e histórica; en nombre de la participación activa no se puede reducir la liturgia a expresión oral. Además, una Iglesia que se reduzca a hacer música corriente se hace inepta y se hace ella misma inepta. La Iglesia tiene también la obligación de ser ciudad de la gloria, lugar donde se muestren las voces más profundas de la humanidad, de modo que el cosmos glorifique al Creador y descubra así el cosmos su magnificencia, haciéndolo bello, habitable y humano [2].     
Por parte de quienes celebran la sagrada Liturgia surge también la pregunta por la actuosa participatio. “La Santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano” [3]. Pero ¿en qué consiste esta participación activa? Por desgracia esta expresión ha sido con frecuencia malentendida y reducida a su significado exterior, como si fuera preciso hacer algo en común, como si se tratase de comprometer en una acción al mayor número posible de personas.
La verdadera participación litúrgica, exigida por la naturaleza de la celebración litúrgica, es un acontecimiento interior, que se consigue per ritus et preces [4], se realiza cuando los presentes entran dentro del misterio celebrado y después se encuentran transformados por obra de la gracia divina. El derecho y el deber de quien celebra la liturgia es participar fructuosamente en ella. La liturgia es símbolo, no idea; tiempo y espacio, no cinco minutos; no somos dueños, ni protagonistas, sino servidores; espiritualidad eclesial que no se opone a espiritualidad personal. Tengamos cuidado en que el drama litúrgico no se reduzca a una parodia cultual. En fin, la verdadera acción litúrgica, por parte nuestra, es la oración hecha con devoción y, por parte de Dios, es la gracia de salvación que es preciso celebrar y recibir.
Algunos principios, como la inteligibilidad del culto litúrgico, lamentablemente se han malentendido.  Inteligibilidad no quiere decir banalidad, porque los grandes textos de la liturgia —aunque se expresen, gracias a Dios, en lengua materna— no son fácilmente inteligibles; necesitan una formación permanente del cristiano para que pueda entrar cada vez con mayor profundidad en el misterio litúrgico y así se celebre adecuadamente. “Cuando pienso día tras día en la lectura del Antiguo Testamento, y también en la lectura de las epístolas paulinas, de los evangelios, ¿quién podría decir que entiende inmediatamente sólo porque está en su propia lengua? Sólo una formación permanente del corazón y de la mente puede realmente crear inteligibilidad, y una participación activa, que es más que una actividad exterior, permite entrar a la persona, con su ser y actuar, en comunión con la Iglesia, y así experimentar finalmente la comunión con Cristo" [5].

Pedro Fernández Rodríguez, OP



[1] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, n. 7: AAS 56 (1964) 101.
[2] Cf. J. RATZINGER, Rapporto sulla fede. Edizioni Paoline. 1985, p. 132
[3] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, n.14: AAS 56 (1964) 104.
[4] CONCILIO VATICANO II, Constitutio Sacrosanctum Concilium, n. 48: AAS 56 (1964) 113.
[5] BENEDICTO XVI, Discurso al  Clero Romano en San Juan de Letrán, 14-II-2013.