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«El legado litúrgico de Benedicto XVI» (II)

La cuestión ideológica actual

Hoy día, dominados por el relativismo intelectual, es fácil plantear inadecuadamente los problemas, pues no se trata de adaptarse a la mentalidad del mundo, sino de acercarse al mundo para anunciar y celebrar la salvación de Jesucristo, tal como ha acontecido n su fundación apostólica. Con frecuencia la gente sigue la opinión de la mayoría, incluso tiene miedo a disentir de la opinión mayoritaria, porque el que se mueve no sale en la foto. Con facilidad nos rendimos ante los poderes fácticos, olvidando la propia conciencia e incluso la misma fe. En este planteamiento cultural en el que nos movemos, fuertemente subjetivista, afirmo que no hablo de una verdad que admita excepciones, ni se puede separar la doctrina de la praxis; tampoco hablo de un  ideal al que haya que tender, sino de un modo concreto de ser, de pensar y de actuar.
En el modo de pensar la liturgia hoy día se advierte una tendencia a adaptarla al mundo moderno desde el criterio del racionalismo teológico, olvidando que Dios, razón absoluta, está por encima de nuestra razón relativa. En este sentido, se dice que las celebraciones litúrgicas debieran ser breves y comprensibles; incluso ser traducidas en expresiones populares al nivel de la gente más sencilla. De hecho, la excesiva palabra impide la entrada en el misterio litúrgico, mientras el uso racional del símbolo lo favorece. Ahora bien, buenos son estos criterios mientras no se cambie la esencia de la liturgia, porque la verdadera comprensión de la liturgia no es de tipo racional, como se debe comprender un discurso o una clase de teología.  La comprensión litúrgica se realiza con el hombre completo, los sentidos, la inteligencia, la voluntad  y sobre todo la fe, porque estamos ante una realidad sobrenatura [1].
Una tendencia que influye hoy también en la celebración de la sagrada liturgia es la separación frecuente entre el dogma y la moral, bajo el principio de que lo legislado es bueno y lo prohibido es malo, olvidando que no es la ley la que hace buenas o malas a las cosas, sino la verdad, porque el legislador humano, sea civil o eclesiástico, no es quien para dictaminar qué es bueno y qué malo, sino que está obligado a proponer la verdad, porque mandar no es un acto de la voluntad, sino de la inteligencia, con otras palabras, mandar no es obligar, sino ordenar o poner orden en las cosas. Aplicando esto al campo litúrgico, quiere decir que estamos obligados moralmente a examinar si la legislación litúrgica actual respeta o no la tradición viva de la Iglesia o no; no es la ley lo que hace buena la liturgia, sino la verdad. Además, ya decía Santo Tomás de Aquino que la teología es una ciencia práctica [2]. Es absurdo, en consecuencia, decir que la doctrina no cambia, cuando cambia la práctica, por ejemplo, en la cuestión relativa a los separados vueltos a casar, hoy tan preocupante, debido a sus consecuencias en la recepción de los sacramentos.
“No me resulta claro en qué piensa el cardenal cuando escribe: “No basta considerar el problema sólo desde el punto de vista y de la perspectiva de la Iglesia como institución sacramental; necesitamos un cambio de paradigma y tenemos que considerar la situación – como hizo el Buen Samaritano (Lc 10, 29-37) – también desde la perspectiva de quien sufre y pide ayuda”. Entonces, ¿la praxis pastoral debe arrinconar la existencia del sacramento? ¿Es esto lo que el cardenal Kasper quiere que se haga? En el Evangelio, el Buen Samaritano cura al pobre viandante que ha sido asaltado para devolverle la salud. Cura sus heridas amorosamente, con la perspectiva del amor por la persona de ese infeliz. La Iglesia no puede tolerar el divorcio y el nuevo matrimonio de los divorciados precisamente porque Ella tiene que amarlos. El amor a la verdad de que el hombre es persona es el paradigma de la ayuda que se debe dar a los hombres que han sido agredidos por el mal. Repito otra vez: el amor es difícil. Y es tanto más difícil cuanto más grande es el mal que hay que sanar en el amado. Es la verdad de la persona la que define el modo de acercarse pastoralmente al hombre herido, y no a la inversa. La pérdida del sentido del pecado manifiesta la pérdida del sentido de lo sagrado y hace caer en el olvido la vida sacramental” [3].
Por tanto, es preciso preguntarse por la verdad de la liturgia; hay que ir a la raíz de la liturgia, y la verdad y la raíz de la liturgia es el Verbo encarnado, Jesucristo. Como confesor sé muy bien que mi oficio no es sólo aplicar la ley general al caso particular; esto es casuística, donde o la moral o la persona quedan necesariamente malparados; mi misión es principalmente situarme ante el drama de un hombre que ha elegido el error en contra de la verdad; que ha elegido el mal en contra del bien y, arrepentido, pide ayuda a Cristo para curar las heridas producidas por el pecado. Se trata de sanar las personas, no de destruirlas con normas morales; tampoco se trata de cambiar la moral para engañar a las personas. La misericordia que no se atreve a decir la verdad es manipulación. “No seáis, pues, tan benévolos con los malos que les deis aprobación, ni tan negligentes que no los corrijáis, ni tan soberbios que vuestra corrección sea un insulto” [4]. “La justicia sin la misericordia es crueldad, pero la misericordia sin la justicia es el principio de todo desorden” [5]. Como decía el P. Felice Capello, famoso confesor en la Iglesia romana de Sant´Ignazio, cuando se entra en el confesonario no basta con seguir la doctrina de los teólogos, es preciso seguir sobre todo el ejemplo de los santos. 
En fin, si no nos situamos en los altiora principia, en la verdad de la liturgia,  caemos en la casuística de la que jamás se sale bien parados, sobre todo cuando nos movemos entre ideologías, una calle sin salida, pues, como hemos dicho, o se salva la moral o se salva la persona. Hay que anunciar el evangelio y celebrar el culto, buscando obedecer a Dios antes que a los hombres; pero por agradar a Dios no necesariamente hay que desagradar a los hombres; siempre hay lugar y tiempo para la captatio benevolentiae. Preguntémonos si conocemos la verdad de la Liturgia y así la celebramos o si buscamos complacer a los hombres. Con otras palabras, no es cuestión sólo de praxis, sino sobre todo de doctrina, no es cuestión de gestos, sino de ideas, que son las que mueven el mundo, y en contra de una mala pastoral no hay más remedio que proponer una buena teología. Es más peligroso pensar como piensa el mundo, que vivir como vive el mundo. Esto no es disciplina, es libertad, pues la verdad nos hace libres. 
Cuando hablamos de valores no negociables en el campo de la liturgia, nos estamos refiriendo a los principios absolutos, porque radicados en la naturaleza de la sagrada liturgia, no podemos olvidarlos sin desnaturalizarla; estamos, pues, tocando la tradición que Dios ha confiado a su Iglesia y ésta vive de ella y está llamada a transmitirla en la historia. Sin estos principios, la celebración litúrgica se convierte en una forma de relativismo, de caos, de dictadura o de anarquía; y de todo esto pudiéramos ofrecer ejemplos actuales y no pocos. Y entre estos principios hay algunos que tienen un carácter fundante, pues son como los cimientos de todo el edificio. Y en esta perspectiva, es un deber nuestro no sólo reconocer la verdad, sino ensalzar a las personas que gracias a su fe y a su virtud están sacrificando su vida en defensa de la verdad de la santa liturgia en los tiempos de confusión que nos corresponde vivir hoy día.  

Pedro Fernández Rodríguez, OP




[1] Cf. J. RATZINGER, Il sale della terra. San Paolo. Cinisello Balsamo 1997, p. 199.
[2] Cf. S. TOMÁS, Summa theologiae, I, 1, 4c.
[3] S. GRYGIEL, “La Chiesa che fa sociologia”. Il Foglio, 11 di marzo, 2014.
[4] S. AGUSTÍN, Sermón 88, 18, 20: PL 38, 550.
[5] S. TOMÁS DE AQUINO, Comentario al Evangelio de  San Lucas, cap. 5, lec. 2.