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«Leer el Concilio desde la Tradición o leer la Tradición desde el Concilio» (III)

2.      Una cuestión previa: los verdaderos contenidos del Concilio Vaticano II

Sabemos que la intención del Concilio Vaticano II, en palabras de Juan XXIII, fue proponer la doctrina permanente de la Iglesia en un lenguaje nuevo, distinguiendo explícitamente entre el dogma propiamente dicho, misterios que hay que aceptar humildemente, y las explicaciones teológicas, que son diversas, pues la razón formal de la fe (la autoridad de Dios) es distinta de la razón formal de la teología (la autoridad de la razón iluminada por la fe)[1]. Por eso, el concilio fue calificado en diversas ocasiones de concilio pastoral, pues se pretendía que la Iglesia se hiciera presente en toda su realidad divina y humana en el tiempo contemporáneo. También fue intención del concilio la reforma de la Iglesia en el sentido de proponer con más pureza  e integridad, si fuera posible, la doctrina constante de la Iglesia, en orden a que los ya estaban dentro fueran más fieles, una vez librados de las adherencias negativas del tiempo y del espacio, y los que estaban lejos advirtieran mejor la credibilidad de la Iglesia.

Los textos del Concilio Vaticano II tienen la autoridad de la doctrina católica, propia del magisterio ordinario de un concilio pastoral. “El magisterio de la Iglesia , aunque no ha querido pronunciarse con sentencia dogmática  extraordinaria, ha prodigado su enseñanza autorizada  acerca de una cantidad de cuestiones  que hoy comprometen la conciencia y la actividad del hombre”[2]. He aquí algunos criterios de lectura creyente de los documentos del Concilio Vaticano II: principio de la totalidad, es decir, los textos han de ser considerados como un conjunto; unión entre doctrina y pastoral, pues estamos ante el magisterio episcopal diferente del magisterio teológico; armonía entre letra y espíritu, pues el espíritu del concilio nunca podrá finalizar en contra de la su letra; tradición y reforma, es decir, ofrecer la misma fe en los nuevos contextos históricos; fidelidad y aggiornamento, en orden a poder ofrecer al hombre de hoy la fe de siempre en un lenguaje actualizado.

En este sentido, leemos las cuatro constituciones conciliares: la Lumen Gentium con su propuesta de una Iglesia comunión; la Dei Verbum, con su doctrina sobre la primacía de la revelación divina; la Sacrosancum Concilium, donde se nos invita a participar activamente sobre todo en la liturgia eucarística, fons et culmen de la Iglesia; y la Gaudium et Spes, donde la Iglesia se abre a la evangelización del mundo mediante el diálogo. En fin, entiendo que el concilio deseaba preocuparse más de la forma de presentarse la Iglesia al mundo, que de la sustancia de la Iglesia, que es siempre la misma. Pero los hechos, según algunos, sobrepasaron las intenciones. En consecuencia, no basta afirmar que los textos del Concilio Vaticano II están de acuerdo con la tradición, hay que probarlo.

Además, si hoy se plantea la cuestión hermenéutica del concilio ¿no será porque se ha pasado de lo claro a lo confuso? Algunos afirman que el sentido de concilio pastoral se ha realizado dando la primacía a la praxis, de manera que los textos son fruto de compromisos y se pueden interpretar en conformidad con la tradición  o en contra. No se olvide que en el concilio en muchos casos hubo que encontrar fórmulas de consenso, y por eso los textos conciliares albergan un amplio potencial conflictivo, mientras que en otros concilios se habían excluido los argumentos sobre los cuales los teólogos no estaban de acuerdo. Recordemos que en orden a conseguir una aprobación casi unánime de algunos documentos conciliares se añadieron o cambiaron algunas frases en ellos, de tal modo que en algunos documentos se hallan como dos almas diversas.

Con esta cuestión no sólo nos preocupamos de la interpretación del Concilio Vaticano II, sino también de su recepción, pues sabemos que su recepción será fácil en la medida que se descubra la continuidad de sus enseñanzas con respecto a la tradición; sin embargo, nos enfrentamos ante algunas afirmaciones que dan que pensar. “El concilio representó una revolución, o al menos fue interpretado así por quien no era católico, por su apertura al mundo; como periodista lo interpreté también yo así”[3]. El Concilio Vaticano II fue “el 1789 de la Iglesia” (Leo Jozef Suenens (1904-1996)[4]. “La Iglesia hizo pacíficamente su revolución de octubre”[5]. El Concilio fue un “contra sílabo”[6] y otros han hablado del final de la era de la Encíclica Pascendi; de hecho su centenario (8-IX-2007) pasó sin pena ni gloria. También nos sorprende todavía el discurso de Pablo VI el 7 de diciembre de 1965 caracterizado por su humanismo. “También nosotros y más que nadie somos promotores del hombre”[7]. De todos modos, aquí no nos planteamos la cuestión de la Iglesia signo de contradicción para el mundo, sino si (utrum) la Iglesia ha permanecido semper fidelis a la tradición.

            Con todo, aunque no fue intención del Concilio Vaticano II cambiar la tradición viva de la Iglesia, ni tampoco lo podía hacer, es necesario reconocer la verdad del cambio revolucionario acontecido en la Iglesia católica después del concilio. Los hechos fueron así y yo los viví con los de mi generación. Es verdad, que no estamos ya en la letra del concilio, sino en su recepción y, en consecuencia, nos situamos en el posconcilio. Nadie puede negar las transformaciones en el funcionamiento de las diócesis, de las parroquias, y las nuevas constituciones de las órdenes y congregaciones religiosas. El viento era cambiarlo todo y la palabra mágica era “aggiornamento”. La revista Concilium se encargó de animar el cambio; después surgió Communio con algunos arrepentidos. Hasta las lecturas espirituales después del concilio eran distintas de las lecturas anteriores al concilio. Después, todo fue diferente.

Es verdad que la Iglesia es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla permaneciendo siempre el mismo. Pero el problema que nos planteamos ahora no es el sujeto Iglesia, sino el objeto fe, preguntándonos si la viva tradición de la Iglesia es la misma antes y después del Concilio Vaticano II. Es preciso terminar de una vez para siempre con el antes y el después del concilio, hablando de iglesia conciliar y de iglesia pre conciliar, como si fueran dos Iglesias diferentes, pero ¿es ello posible viendo en las comunidades cristianas dos almas que respiran aire diferente? La reforma en continuidad o dentro de la tradición es una frase bella, pero ¿es cierta? Está bien librar a la Iglesia de las ramas caducas, pero en la poda ¿no cayeron también algunas ramas vivas? En fin, el concordismo a ultranza no sirve, pues si el concilio se desgajó de la tradición cae por sí mismo, pues la regla de fe no es el Vaticano II, ni el magisterio actual, sino la tradición viva de la Iglesia. 
           
Padre Pedro Fernández, op




[1] Cf. SAN AGUSTÍN, De utilitate credendi, 9 : PL 42, 83;  MELCHOR CANO, De locis theologicis (1563), 12, 2 : Belda 2006, p. 686; El Magisterio de la Iglesia. Ed. E. Denzinger. Barcelona  1963, p. 1789, p. 415.
[2] PABLO VI, Discurso en la sesión pública de clausura del Concilio Vaticano II (7-XII-1965), n. 12: AAS 58 (1966) 57.
[3] BENNY LAY, Quelli che fecero il concilio. Interviste e testimonianze. A cura di Filippo Rizzi. EDB. Bolonia 2012, p. 99.
[4] Se recuerda la respuesta del cardenal Louis Billot (1846-1931) a Pío XI, cuando en 1923 le habló de la posibilidad de un concilio: “los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, ya se están preparando, como ciertas señales muestran, a producir la revolución en la Iglesia, un nuevo 1789”.
[5] Y. CONGAR, Le concile au jour le jour. Deuxième session. Du Cerf, París 1977.
[6] Cf. J. RATZINGER, Principes  de la théologie catholique. Esquisse et matériaux. Téqui. París 1985, p. 427.
[7] PABLO VI, Discurso en la sesión pública de clausura del Concilio Vaticano II (7-XII-1965), n. 12: AAS 58 (1966) 96.