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En torno a la Adoración Eucarística (I)

La última de las cuestiones que se abordan en Documentorum explanatio, de la Congregación del Culto Divino [1], se refiere a un aspecto muy concreto sobre la adoración eucarística fuera de la Misa: la forma de usar el paño de hombros cuando se realiza la exposición del Santísimo con la píxide o copón. Una vez más debemos recordar que cuando se escribe esta aclaración, en el año 1969, todavía no se han publicado otros documentos y libros litúrgicos que esclarecen estos puntos, como sucederá, para el caso que nos ocupa, con el Ritual de la sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, promulgado el 21 de junio de 1973.

            Desde aquí afrontaremos, también, la cuestión más general del culto a la Eucaristía fuera de la Misa. 

            El tema y la respuesta dada

            La cuestión, como ya señalábamos, se limita a plantear “si el sacerdote debe cubrir con el velo humeral (también llamado paño de hombros) la píxide cuando con ella imparte la bendición”. La respuesta dice que según la antigua costumbre, como signo de respeto, el sacerdote toma el copón o la custodia con las manos cubiertas por el paño de hombros. Este motivo no es válido para cubrir el copón, que preferiblemente se debe mostrar a los fieles mientras se imparte la bendición, como se hace cuando la bendición se da con la custodia. Por lo tanto, parece más conforme con la realidad de lo que se hace si también el copón, en la bendición eucarística, se toma con el paño de hombros pero no se cubre.

            No se trata de una respuesta categórica, sino de una opción razonada que modifica la costumbre y normativa anterior [2]. Varios decretos de la Sagrada Congregación de Ritos señalaban que el sacerdote tomaba el copón con su mano izquierda envuelta con el humeral y lo recubría totalmente con la extremidad derecha del mismo [3].

            Una cuestión previa: la presencia real

            En la base del respeto hacia la Eucaristía y del mismo culto a ella, fuera de la Misa, está la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Detengámonos un momento en esta importante verdad.

            El Catecismo de la Iglesia Católica, aborda este tema y recuerda lo que ya enseñaba el concilio de Trento: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación» (n.1376).

            La presencia de Jesucristo en la Eucaristía es verdadera, real y sustancial: esta presencia se expresa en las mismas palabras que el Señor utilizó en la Última Cena y en cómo la Iglesia ha interpretado siempre estas palabras, que implican la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La presencia real es consecuencia de esta conversión misteriosa que la Iglesia llama «transubstanciación».

            Además, esta presencia de Cristo en la Eucaristía no termina al finalizar el sacrificio de la Misa, sino que permanece mientras perduran las especies sacramentales de pan y de vino. Por eso podemos decir que la presencia eucarística del Señor desborda los límites de la celebración: mientras en los demás sacramentos Cristo está presente por medio de su acción, y su presencia dura mientras se realiza la acción sacramental, permaneciendo después la gracia con sus efectos; en cambio por la Eucaristía se hace presente Jesucristo mismo, con todo su ser, y permanece mientras lo hace el mismo sacramento confeccionado, digámoslo así, en la celebración. Esto se expresa también diciendo que mientras en todos los demás sacramentos se nos da la gracia de Cristo, en la Eucaristía se nos da el mismo autor de la gracia: Jesucristo.

            En la Eucaristía no sólo actúa Cristo, sino que está verdaderamente entre nosotros. De aquí se sigue la práctica de la reserva eucarística: conservar en un lugar especial, el sagrario o tabernáculo, la Eucaristía (normalmente bajo la especie de pan). La primera finalidad de conservar la Eucaristía era y sigue siendo llevarla a los enfermos; de ahí se pasó a la adoración del Señor presente, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santísimo sacramento» (n.1379).

            Repetidas veces se ha indicado que el encuentro con Cristo presente en la Eucaristía, fuera de la celebración de la Misa, proviene de la misma celebración y conduce a ella, puesto que el sacrificio eucarístico es fuente y culmen de la vida cristiana y del culto de la Iglesia. Esta adoración silenciosa y este encuentro orante con el Señor llevan a la identificación con él, haciendo nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.
Mons. Juan Manuel Sierra López

[1] «Documentorum explanatio», Notitiae 5 (1969) 323-327. Esto aparece en la página 327.
[2] Cf. G. Martínez de Antoñana, Manual de Liturgia Sagrada, Ed. Coculsa, Madrid 101957, p.730-731.
[3] Cf. Ibid., especialmente nota n.5.