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San Gregorio VII.

SAN GREGORIO VII
(1020-1085)

            Este gran papa benedictino aparece en la historia como un luchador infatigable por la libertad de la Iglesia y por la implantación de los altos ideales humanos y cristianos en todo el pueblo de Dios, a pesar de la terrible oposición a su persona.
Primeros años y formación
            Hildebrando de Soana (también llamado Hildebrando Aldobrandeschi, porque probablemente descendía de una rama de esta potente familia)  nació hacia el año 1020 en Sovana, un pequeño pueblo de la Toscana italiana, perteneciente al condado de Siena. Su padre Bonizione y su mujer Betta eran cabreros y el niño Hildebrando les ayudaba en esta tarea.
Aunque sus contemporáneos le describen de cuerpo menudo, moreno y rostro cetrino, destacó por su inteligencia prodigiosa, temperamento enérgico y férrea voluntad.
Su tío materno Lorenzo d’Amalfi era abad del monasterio benedictino de Santa María en el Monte Aventino de Roma, y allí se lleva a su sobrino desde muy pequeño como oblato. Allí conoció a su maestro Juan Graciano que admira el talento del joven y del que llega a decir: Nunca ha visto una inteligencia igual. Crece, por tanto, en el ámbito de la Iglesia romana; por eso conocía muy bien el ambiente eclesial de su época.
Tras emitir sus votos en la mencionada abadía benedictina  llega a ser abad de San Pablo de Roma, reformando el monasterio de tal forma que atrae la admiración del papa León IX quien le elige como legado suyo en viaje a Francia para luchar contra la simonía (venta de las dignidades eclesiásticas) y el nicolaismo (el desorden moral del clero).
La influencia de Cluny
            En sus viajes por la Galia comprueba la situación lamentable de la Iglesia:  la ignorancia y relajación moral del clero y del pueblo, la sumisión de los obispos y abades a los poderes civiles, la elección de los cargos eclesiásticos por parte de los príncipes sin tener en cuenta a los fieles y la simonía de las autoridades eclesiásticas. Hildebrando examina todo y al llegar a Cluny se siente atraído por la corriente reformadora de la gran abadía de Borgoña, centrada en la observancia regular y en la exclusión del dominio secular sobre los monasterios. Proyecta con sus hermanos benedictinos devolver a la Iglesia la plena libertad frente a las autoridades políticas y restaurar la moral de costumbres entre todos los fieles cristianos. La reforma cluniacense fue el acicate para la futura reforma eclesial.
Consejero de Papas.
            En 1045, su antiguo maestro Juan Graciano es elegido papa con el nombre de Gregorio VI. En aquel momento Hildebrando contaba 25 años y es llamado por el nuevo papa al palacio de Letrán para ser su secretario. Recibe las órdenes menores de manos del Papa y se convierte en su capellán. Después del Sínodo de Sutri (1046), en el que obligan a renunciar al pontificado a Gregorio VI, acusado de simonía en su elección, le acompaña hasta Colonia, donde es recibido con grandes honores por el emperador Enrique III de Alemania. Al fallecer el papa Gregorio VI (1047) Hildebrando ingresa como monje en el monasterio de Cluny, donde refuerza las ideas reformistas que regirán el resto de su vida.
En 1049, la elección del nuevo papa recae en Bruno, obispo de Toul, nombrado por el emperador de Alemania Enrique III. Hildebrando reprocha la elección sacrílega del nuevo papa León IX, pero éste estaba dispuesto a renunciar si el pueblo romano no aprobaba su elección. Sin embargo, la gran acogida de los romanos al nuevo papa garantiza la aceptación de León IX, quien pide a Hildebrando que sea su consejero.  El papa le ordena subdiácono y le nombra prior del monasterio de San Pedro, tesorero de la Iglesia, provisor de la Abadía de San Pablo Extramuros (h. 1050) y pro-canciller de la Santa Romana Iglesia. Fue legado papal en Francia en dos ocasiones (1054 y 1056) y en Alemania (1057).
En el año 1057 acompañó al Cardenal Anselmo da Baggio a Milán para investigar la situación creada por la predicación del diácono Arialdo contra la corrupción del clero y contra el Arzobispo Guido da Velato, designado por el emperador Enrique III. Allí pudo comprobar también la corrupción y simonía originadas por la sumisión de la Iglesia al poder imperial.
En el año 1059, Hildebrando fue un instrumento decisivo en la elección del papa Nicolás II; por eso, a los dos meses de su pontificado le crea cardenal diácono de Santa María in Dominica en el consistorio del 6 de marzo de 1059 y le nombra Archidiácono de la Santa Iglesia Romana. En abril del mismo año reforma el modo de la elección papal por el decreto In Nomine Domini.
Durante el pontificado de Alejandro II (1061-73), Hildebrando continuó siendo un personaje muy influyente en la Curia romana y representante de la corriente reformista de la Iglesia.
La reforma gregoriana
            Al morir el papa Alejandro II en 1073, preside como arcediano los funerales del papa. Durante los funerales, la multitud grita ¡Hildebrando papa! Él trata de disuadir a la concurrencia, pero es elegido por aclamación popular el 22 de abril de 1073 en la iglesia de San Pedro in Vincoli, y posteriormente corroborada por los cardenales. Adopta el nombre de Gregorio VII en recuerdo a San Gregorio Magno, primer papa benedictino, pero, sobre todo, por su maestro Gregorio VI. A pesar de que suponía una transgresión de la legalidad establecida por el decreto de su predecesor, que exigía la sola intervención del colegio cardenalito, fue consagrado obispo el 29 de junio de 1073.
Desde el primer momento de su pontificado desarrolla una actividad sorprendente para llevar a cabo el deseo de reforma madurado desde hacia muchos años y deseado por muchos de sus predecesores. En primer lugar, escribe a muchos de sus amigos pidiéndoles oración por la Iglesia y para lograr su reforma. Buscó elevar el nivel moral del clero y de todo el pueblo de Dios, defender la independencia del Papado frente a las monarquías europeas y reforzar la supremacía de la autoridad romana sobre las demás iglesias occidentales.
Para ello, convoca los concilios de Letrán o sínodos romanos, que se convierten en decisivos para la reforma intraeclesial, en especial los “sínodos cuaresmales” celebrados desde el año 1074 al inicio de cada cuaresma. El papa manda legados para hacer cumplir los decretos sinodales en toda la cristiandad. Por ejemplo, el Concilio del año 1074 proclamó el celibato de los eclesiásticos y los concilios de los años 1078-1079 consiguen la reconciliación de Berengario con la retractación de su error (negación de la presencia real de la eucaristía).
Con espíritu de fortaleza propició la reforma del clero, gracias a la centralización de legados papales a quienes confió la reforma de la Iglesia. Con energía se opuso a las corrupciones de los eclesiásticos, inhabilitando los cargos eclesiásticos obtenidos con simonía, prohibiendo las celebraciones litúrgicas a los ministros concubinos y reduciendo a dignidades honoríficas a los prelados que se emancipaban en sentido nacionalista.
Preocupado por la necesidad de vida espiritual en todo el pueblo de Dios, respalda con San Pedro Damiani los movimientos de eremitas que se retiran a la soledad de Vallumbroso con San Juan Gualberto y al valle de Camáldula con san Romualdo.
En el campo canónico, patrocinó las colecciones canónicas del derecho eclesiástico emprendidas por san Pedro Damián, Anselmo de Lucca y Deusdedit.
Su procupación por toda la cristiandad le llevó a favorecer la conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador (1066); buscar el fin del cisma de Oriente (1054), y preparar una cruzada para apoderarse de Jerusalén, que estaba en manos de los turcos (1070).
Sin embargo, una de las obras más meritorias de la reforma gregoriana fue el afianzamiento de la autoridad pontifica frente a los poderes temporales. Tras la muerte del emperador Enrique III (1056) surgió un movimiento que quiere liberar al papado de su sometimiento al imperio. El mundo cristiano comenzaba a reivindicar la libertad de la Iglesia frente al poder político. En 1075, Gregorio VII publica el Dictatus Papae, una colección de veintisiete axiomas donde el papa manifiesta la superioridad del Romano Pontífice sobre los poderes temporales, especialmente con el emperador del Sacro Imperio. Afirma que sólo el Papa puede nombrar y deponer a los obispos como cabeza de la Iglesia; y corresponde al papa también la designación de los reyes, por tener éstos un poder delegado de Dios.
Gregorio VII sabe que como Romano Pontífice se debe a todas las Iglesias del mundo, por eso asume su misión de vigilar, corregir, animar. Aunque era una persona humilde, que huía de la pompa y vivía con suma austeridad, buscaba la pureza de la fe y de las costumbres en la Iglesia, liberándola del mundo señorial, y devolviendo al pueblo el respeto y el amor por la jerarquía.
Unificación litúrgica
            En esta época el papado busca la unidad de la Iglesia por medio de la doctrina, la reglamentación eclesiástica y la liturgia. Uno de los grandes proyectos de los papas reformistas fue la generalización en toda la cristiandad del rito romano con el fin de unificar la liturgia romano-latina en toda la cristiandad.
Gregorio VII se sirve de la liturgia para su amplio intento de renovación eclesial. Promueve la vuelta a la liturgia romana clásica, intentando depurar las innovaciones introducidas en el periodo franco-germánico. El propone el ordo romano clásico como garantía de verdad y signo de comunión con la Iglesia madre de Roma; por eso, en el año 1080, manda suprimir la liturgia hispano-mozárabe en España. Todas las iglesias occidentales son obligadas a adoptar la liturgia romana.
A través de la reforma litúrgica quiso afirmar también la autoridad del papa. Con el fin de prestigiar el papado manda incluir en el calendario romano a la mayor parte de los papas mártires anteriores a Constantino. Decreta que las fiestas de los papas sean celebradas en todas las Iglesias, y que en las ordenaciones episcopales se añada el juramento de fidelidad al papa.
La unificación litúrgica favorece no sólo la difusión del canto gregoriano, que llega a su máxima expresión, sino también el nacimiento y desarrollo de las diversas escuelas polifónicas del Ars antiqua.
Surge en este contexto el “primer sistema iconográfico cristiano”, como han denominado algunos autores al arte románico, seguido posteriormente por el gótico. Es el arte común a toda Europa, con un lenguaje de símbolos y escenas doctrinales, que se convertirá en auténtico catecismo visual para los fieles.
Sufrimiento y muerte
            La protesta por la reforma fue general. Hubo sublevaciones violentas por todas partes, que provocaron tristeza inevitable en el reformador. Hildebrando añora la vida asceta del monje, pero ha de asumir la dura tarea de Papa.
El adversario más peligroso fue Enrique IV, emperador de Alemania, hombre violento y sin escrúpulos. El emperador no obedeció los decretos del papa y continuó instituyendo y deponiendo obispos a su gusto. Injurió públicamente al Pontífice y era apoyado por un grupo de obispos cortesanos, que rechazan la autoridad papal.
Durante la celebración de la Navidad del año 1075, el emperador manda a un piquete de soldados que prendan al Papa en la basílica de Santa María la Mayor y en medio de vejaciones le conducen hasta el castillo de Sant’Angelo donde le aprisionan. Los romanos acudieron armados y logran liberar al papa prisionero. El Papa los perdona en ese mismo instante y regresa a la basílica para proseguir la celebración interrumpida.
El emperador reunió en Worms (1076)un concilio de obispos que deponen al papa y nombran un antipapa. Al conocer la noticia, Gregorio VII dicta la excomunión y pide a sus súbditos que no le deban obediencia.
Enrique IV, consciente que peligra su trono, atraviesa los Alpes en pleno invierno para hacer las paces con el papa refugiado en el castillo de Canosa. Llega el 25 de enero de 1077 con los pies descalzos y una túnica en medio de la nieve. Después de varios días. El papa le recibe y levanta la excomunión.
Sin embargo, en el año 1080, el emperador ofendido por esa hazaña pone sitio a Roma e instala en la ciudad leonina al antipapa Clemente XIII, quien le corona a él y a su esposa como emperadores. El papa le excomulga por segunda vez.
Gregorio vuelve a Roma y se refugia en el castillo de Sant’Angelo. Tiene que ser liberado por el duque Roberto Guiscardo, quien le conduce hasta Salerno. Y allí, triste y gastado por las fatigas, mientras se enfrentan en Roma las tropas de Enrique IV y Roberto de Guiscardo, muere el 25 de mayo de 1085. Sus últimas palabras fueron: He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro (Delexi iustitiam et odivi iniquitatem, propterea morior in exilio).
Fue sepultado en la catedral de Salerno. El papa Gregorio XIII le beatificó en 1584 y Benedicto XIII lo canonizó en 1728. Su fiesta se celebra el 25 de mayo en el Calendario Romano.
Aunque murió reconociendo su fracaso humano, no murió su obra. El éxito de la reforma gregoriana permitió que, a partir de él, sus sucesores tuvieran mayor libertad e independencia frente a los poderes políticos y el ambiente de la Iglesia gozara de mayor salud evangélica.


Aurelio García Macías