Ir al contenido principal

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (IX)


c) Estar de rodillas y postrados. Después del último concilio se han escuchado voces afirmando que el arrodillarse y postrarse durante la liturgia es algo ya pasado de moda, pues Cristo nos ha devuelto la libertad. También Aristóteles decía que arrodillarse era un comportamiento propio de bárbaros<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. Sin embargo, la humillación de Cristo en cruz ha abierto los ojos a los cristianos sobre la conveniencia de contemplar tal misterio de rodillas. En concreto, el estar de rodillas es una herencia bíblica. En el Nuevo Testamento aparece 59 veces la palabra proskynein y de ellas 24 en el Apocalipsis, que es el modelo celeste de la celebración litúrgica  terrena. Y son tres las posturas al respecto, relacionadas, a saber, la postración, el caer a los pies y el arrodillarse. Comencemos por la postración, de la que presentamos dos textos: Josué, antes de la campaña de Jericó, al ver al jefe del ejército del Señor de pie frente a él, “cayó rostro en tierra, adorándolo” (Jos 5, 15). Josué adora a Cristo, el que había de venir, y había de caer rostro en tierra y así rezar en el huerto de los olivos (Mt 26, 39). Lucas, el teólogo de la oración arrodillada, dice que Jesús rezaba al Padre de rodillas, diciendo “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 41-42). En la conformación de nuestra voluntad con la de Dios está el misterio interior de la redención.

En la actual liturgia de la Iglesia la postración se da en dos ocasiones: en el Viernes Santo y en las Ordenaciones sagradas. El Viernes Santo, al celebrar la muerte redentora de Cristo, cae uno en tierra viendo la propia miseria en la que nos ha dejado el pecado y, al mismo tiempo, advirtiendo la inmensa grandeza del Dios hecho hombre que nos ha devuelto la vida. Durante la Ordenación sacerdotal se postra también uno ante el Señor, pues advirtiendo la propia incapacidad para el ministerio, es invitado a confiar en la intercesión de Dios y de los santos por la Iglesia invocados. En segundo lugar, hay que mencionar la postura de arrojarse a los pies de Jesús, como hace el leproso que suplica a Jesús: “Si quieres, puedes curarme” (Mc 1, 40).  Finalmente, está el gesto de la adoración, el arrodillarse, reconociendo en Jesús a Dios, como cuando los discípulos, después de haber apaciguado Jesús el lago de Tiberiades, de rodillas, dicen: “En verdad, tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33), o cuando el ciego de nacimiento, una vez curado y sabedor de que Jesús era el Hijo del Hombre, dijo: “Creo, Señor, y se postró ante Él” (Jn 9, 35), o en la conversación de Jesús con la Samaritana, donde nueve veces se habla de la auténtica adoración a Dios, en espíritu y en verdad (Jn 4, 19-24).

En los dos casos, cuando los discípulos se postran ante Jesús o el ciego de nacimiento curado se postra ante Jesús, en el acto exterior se manifiesta la realidad interior de la adoración a Jesús, Hijo de Dios; de este modo aprendemos a dar un sentido pleno al gesto de arrodillarse, que se da cuando también el corazón y la mente reconocen a Dios en el mismo Jesucristo. Pero este gesto nos enseña también la importancia del hecho de arrodillarse ante Dios, pues lo que se profesa con el corazón ha de decirse con las palabras y mostrarse con los gestos. Las rodillas, símbolo de la fuerza humana, se doblan ante Dios, reconociendo que sin Él nada somos, nada podemos, como Salomón, en la consagración del Templo (2 Cro 6, 13), o Esdras durante la ofrenda de la tarde, después del exilio (Esdr 9, 5).  “Ante Él se postrarán los que duermen en la tierra, ante Él se inclinarán los que bajan al polvo” (Sal 21, 30).

El Nuevo Testamento se refiere en diversas ocasiones al orar de los apóstoles (cf. Hech 9, 40; 20, 36) y de la comunidad cristiana de rodillas (cf. Hech 21, 5). San Esteban, de rodillas, suplica a Dios no impute el pecado de quienes le apedreaban, en referencia a la oración de Cristo (cf. Hch 7, 60). Pero el texto más importante sobre la plegaria cristiana de rodillas es el gran himno cristológico prepaulino de Fil 2, 9-11: “Por eso, Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”. En estas palabras se escuchan las palabras proféticas: “Ante mí se doblará toda rodilla” (Is 45, 23). El gesto humilde con el que reconocemos la divinidad de Jesús, crucificado y resucitado, implica a todo el cosmos postrado ante Jesús.

Una observación última: la expresión con la que San Lucas habla de la oración arrodillada es desconocida en el griego clásico. Se trata de una expresión propiamente cristiana. Puede ser verdad, que la plegaria arrodillada se esté volviendo en nuestro tiempo un hecho extraño incluso en algunos templos cristianos, donde han retirado los reclinatorios, pero es cierto que en la medida que uno se acerca a la verdadera fe católica e intenta vivirla y manifestarla necesita arrodillarse, pues una fe católica que no supiera arrodillarse padecería una enfermedad grave. Por eso, si una comunidad católica hubiera olvidado este gesto, debiera aprenderlo de nuevo para entrar en comunión con la plegaria de los apóstoles y de los mártires y para estar en comunión con el cosmos ante el Creador y Redentor. La incapacidad de arrodillarse forma parte del non serviam diabólico.  

d) Estar de pie o estar sentados. En cuanto a estas dos posturas podemos ser breves, pues hoy día no se discuten y su significado es fácil de advertir. El rezar estando de pie era normal en el Antiguo Testamento, como se encuentra en Ana, la madre de Samuel. “Yo soy aquella mujer que estaba de pie aquí, ante ti, rezando al Señor” (1 Sam 1, 26). En tiempos de Jesús el rezar de pie era la norma. “A quienes les gusta orar de pie” (Mt 6, 5). San Esteban ve a Jesús en presencia del Padre, de pie, que era la postura del vencedor. Entre los cristianos el rezar de pie era propio de la plegaria pascual, como prescribió el Concilio de Nicea, canon 20, y en las catacumbas de Roma se representa al alma salvada en oración bajo una figura femenina de pie, simbolizando las bodas eternas, de modo que la oración de rodillas es signo de la vida temporal.

La liturgia conoce también la postura de estar sentados durante las lecturas, la predicación y la meditación de los salmos, por ejemplo. Una cuestión abierta es si estar sentados es la postura adecuada durante el ofertorio, teniendo en cuenta que la última reforma ha cambiado esta parte de la Misa en presentación de ofrendas, con la intención de privarla de todo significado sagrado, pues se trataría sólo de una acción práctica; de todos modos, es una cuestión que hay que estudiar comparativamente en los contextos ritual y teológico, pues la solución dada en la última reforma litúrgica no es clara<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->.  En general, se afirma que, aunque hoy se advierte a veces una mezcla extraña de comportamientos, las posturas rituales cristianas nos ayudan siempre a tener “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Heb 12, 2). En la meditación oriental las cosas son distintas, pues cuando el cristiano entra en su interioridad es para buscar a Dios y aún cuando sea posible un enriquecimiento mutuo con el oriente, la diferencia fundamental es el concepto personal o impersonal de Dios; por eso las posturas insustituibles durante la plegaria cristiana son el estar de rodillas o de pie; en concreto, la postura de loto no es ritualmente aceptable.


Padre Pedro Fernández, op
<!--[if !supportFootnotes]-->

<!--[endif]-->
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> Cf. ARISTÓTELES, Retórica, 1361 a 36.
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]--> Cf. J. RATZINGER, Lo spirito della liturgia. Una introduzione: Opera Omnia, vol. XI. Editrice Vaticana 2010, p. 201; S. TOMÁS DE AQUINO, In IV Sent. dist. 8, q. 2, a. 4c, expositio textus; Summa theologiae, III, 83, 4.