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Formación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (III)

El segundo paso previo en la formación litúrgica es saber que la sagrada Liturgia es obra de Dios y se celebra para la gloria de Dios, de tal modo que lo que se hace es para agradar a Dios. Es decir, la sagrada Liturgia, realidad trascendente, está orientada a Dios. Esto exige perentoriamente que cada uno ocupe el puesto debido en la celebración, armonizando en ella la obra de Dios y la obra del hombre. Difícil equilibrio, pues sabemos que aunque la Liturgia es principalmente obra de Dios, también es obra del hombre; si es para la gloria de Dios, también es para la salvación del hombre; si en ella hay que agradar a Dios, también hay que merecer la benevolencia de la asamblea; en definitiva, la Liturgia no es cuestión de formas, sino del misterio que lleva dentro. En este sentido, hablar del sacerdote como presidente de la asamblea es reductivo, pues el sacerdote es ante todo ministro, instrumento y siervo de Cristo.

Saber que la Liturgia es obra de Dios y secundariamente obra del hombre, exige una labor lenta de educación a la interioridad, que permite realizar con verdad los gestos litúrgicos, como el estar en pie, arrodillados, sentados o hacer el signo de la cruz o darse golpes de pecho, cuya mediación antropológica es necesaria para mostrar el espíritu en el cuerpo. “En vez de presentar siempre nuevos proyectos de estructuras litúrgicas, la liturgia debería volver  a su fin originario de servir a la educación litúrgica, es decir, ayudar a desarrollar la capacidad de apropiación interior de la liturgia comunitaria de la Iglesia. Sólo así se puede evitar esa abundancia de explicaciones que destruye la liturgia y que al final no explican nada (…) Por ello es particularmente urgente en esta situación la educación a la interioridad, el acercamiento al núcleo esencial; en ello nos va la sobrevivencia de la liturgia en cuanto tal”[1].

El tercer paso previo en la formación litúrgica es identificar su campo teológico. El mérito de C. Vagaggini[2] es haber señalado la esencia de la liturgia teológica, insertándola en la dogmática, en cuanto portadora de argumentos y estilo; su límite no haber desarrollado las características propias de la ciencia litúrgica que pueden hacer progresar la dogmática, fundamentando su autonomía en el conjunto. Por su parte, S. Marsili[3], presuponiendo que la liturgia es la theología prima y que la dogmática es la theología secunda, afirma acertadamente que el objeto de la teología es el misterio pascual y que este acontecimiento es una realidad sacramentalmente revelada, que se realiza al proclamar la Palabra de Dios y al celebrar el misterio; es, pues, una realidad salvadora concreta, no  una teoría abstracta. Pero el límite de Marsili es que la liturgia termina fagocitando la dogmática, mientras tendría que dedicarse a interpretar teológicamente la celebración ritual de la gracia. Además, Marsili, para no quedar atrapado en la antropología, reduce la ritualidad a la sacramentalidad de la revelación, pensando salvaguardar así lo específico cristiano, mientras olvida que en el rito –significante antropológico- nos jugamos la verdad de la liturgia, pues el rito –significado teológico- actualiza el misterio al ser continuación de la humanidad de Cristo.    

El principio de la revelatio-traditio nos obliga a custodiar el depósito recibido y a entregar fielmente la fe recibida, que se realiza sobre todo mediante la celebración litúrgica. No estamos hablando de una vuelta atrás, sino de mirar adelante, custodiando y trasmitiendo lo que hemos recibido, en un sano equilibrio entre cambio y tradición, mediante una evolución orgánica, pues la sagrada Liturgia es una realidad viva. “Tal profundización (en la experiencia de la renovación litúrgica) será posible sólo a través de un mayor conocimiento del misterio en plena fidelidad a la sagrada Tradición e incrementando la vida litúrgica en nuestras comunidades”[4].

Por tanto, hay que estar atentos a celebrar en el nivel de la fe, animada por la caridad, evitando celebrar en los niveles de la sensibilidad y del activismo, cuyo resultado es la liturgia espectáculo o entretenimiento, en la que se oculta la obra de Dios y queda sólo el hombre como idólatra protagonista. En consecuencia, tenemos dos opciones o volver a colocar la Cruz en el altar, que da sentido a todo lo que celebramos, o seguir aplaudiendo ante el muerto, injustamente asesinado, porque algo habrá que hacer, cuando se ha dejado de mirar a Dios. “La verdadera educación litúrgica no puede consistir en el  aprendizaje o en el ejercicio de actividades exteriores, sino en la iniciación en la acción esencial, que constituye la liturgia, en la iniciación, a saber, en la acción transformante de Dios, que a través del acontecimiento litúrgico quiere transformarnos a nosotros mismos y al mundo En este sentido, la educación litúrgica de sacerdotes y seglares es hoy deficitaria en una medida bastante triste. Hay mucho que hacer todavía”[5].  

En la liturgia romana actual hay deficiencias o carencias en el nivel de contenidos, sea textual o ritual, y sobre todo en el nivel de la praxis, es decir, nos encontramos antes dos problemas: el valor ritual del nuevo rito y el mal uso del rito reformado. Los juicios críticos de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, tanto en el orden ritual como en el orden de la práctica, son abundantes[6]. “La reforma litúrgica en su concreta realización se ha alejado siempre más de su origen. El resultado no ha sido una reanimación, si no una devastación (…) Lo que tenemos después del Concilio es otra cosa: en el puesto de una liturgia fruto de un desarrollo continuo, tenemos una liturgia fabricada. Se ha abandonado el proceso viviente de crecimiento y futuro para entrar en una fabricación (…) Gamber, con la vigilancia de un auténtico profeta y con el coraje de un auténtico testigo, se ha opuesto a esta falsificación y nos ha enseñado sin cansancio la viva plenitud de una liturgia auténtica, gracias a su conocimiento increíblemente rico de las fuentes”[7]. Por eso, a continuación vamos a reflexionar tanto sobre algunas cuestiones doctrinales, como también sobre otras cuestiones prácticas en torno a la liturgia actual.


[1] J. RATZINGER- BENEDETTO XVI, Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia. Cantagalli. Sena 2009, pp. 90. 92.
[2] Cf. “Cipriano Vagaggini. L´intelligenza della liturgia”. Rivista Liturgica 96 (2009) 323-471.
[3] Cf. “Salvatore Marsilio sb. Attualiatà dinuna mistagogia”. Rivista Liturgica 95 (2008) 373-565.
[4] BENEDICTO XVI, Discurso a la Plenaria de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos y el Culto Divino  (13-III-2009): AAS 101 (2009) 292-293.
[5] J. RATZINGER, Introduzione allo spirito della liturgia. San Paolo. Cinisello Balsamo 2001, p. 171. 
[6] Cf. M. MOSEBACH, Eresia dell´informe. La liturgia romana ed il suo nemico. Cantagalli. Sena 2009.
[7] J. RATZINGER- BENEDETTO XVI, Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia. Cantagalli. Sena 2009, pp. 191. 193.

Padre Pedro Fernández, OP