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"Del Ars Celebrandi a la Actuosa Participatio": educación litúrgica en la escuela de Benedicto XVI (y VI)

REFLEXIÓN FINAL: IGLESIA, MUNDO Y SAGRADA LITURGIA

Se necesitan espíritus avisados, capaces de buscar y encontrar la verdad sobre cómo la Iglesia debe hacerse presente en el mundo, que es gracia, sacramento, promesa de salvación para todos. ¿Cómo realizarlo? El Concilio Vaticano II ha dado tres respuestas: crear estructuras de comunión, empeñarse en el diálogo y recordar la meta escatológica.

La Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia ofrece algunas estructuras de comunión, que responden a la comunión como realidad fundamental de la Iglesia. Pero la Iglesia no debe mirarse a sí misma; la Iglesia es para la salvación del mundo y, además, las estructuras de la Iglesia no preceden a la vida de la Iglesia, sino que la siguen. Es verdad, que se precisa una nueva relación entre seglar y clérigo en la Iglesia, pero cada uno en su sitio y con su misión (cc. 208. 212, 1-3). Es verdad, que hay pocos sacerdotes y cada comunidad cristiana tiene derecho a la eucaristía dominical, pero sabiendo que el sacerdote no se sustituye con un laico hay que tener valor para reconocer que cuando una diócesis no tiene los sacerdotes suficientes algo funciona mal en esa diócesis. Pero venimos a lo de siempre, después del Concilio Vaticano II ha faltado discernimiento para ver la verdadera raíz de los problemas y poder proponer en consecuencia la solución verdadera.
    
Es cierto también que Dios es diálogo, palabra, para el hombre, y en este sentido hay que leer la Constitución Dei Verbum, y los Decretos conciliares Unitatis redintegratio y Dignitatis humanae sobre los diálogos ecuménico e interreligioso [50]. Pero cuando entramos en el campo del diálogo no podemos olvidar estas dos verdades evidentes: primera, el diálogo es un medio, no la meta [51] y, además, el medio del diálogo no está en contra del medio misión, y la única meta ayer, hoy y siempre, es la vuelta del hijo pródigo a la casa del Padre; el hombre que se había alejado de Dios por el pecado, debe volver a casa y la casa paterna es sólo una.

La verdadera Iglesia de Cristo, que ha permanecido fiel a sí misma desde el principio, es la Iglesia una, santa, católica y apostólica, encarnada en el mundo, y el mundo al final será vencido. Ésta es nuestra fe, esperanza y caridad. Por eso, el verdadero creyente vive de la fe y es siempre capaz de vencer el pesimismo. Hay que vivir y pensar la fe en la historia en la que vivimos y hacemos, contemplando siempre con fe la meta escatológica.

Hay que desarrollar la doctrina conciliar. “Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta deliberadamente una forma genérica” [52]. Nos corresponde, en consecuencia, distinguir entre lo absoluto y lo relativo, entre lo natural y lo sobrenatural, entre el proyecto divino y la libertad humana, entre el pecado y la gracia. El pecado cambia el proyecto original, al cual nos ha devuelto Cristo. No hay dualismo, sino combate entre Iglesia y mundo. Tenemos que salir de los cuarteles de invierno, donde nos refugiamos por falta de santidad, que origina miedo, pero tampoco podemos salir al campo de batalla pensando que todo el mundo es bueno y que con el diálogo todo se arregla. Tampoco luchamos contra nuestros enemigos, pues ellos son víctimas del verdadero enemigo, que es el diablo. Pero ¿dónde están los cristianos, levadura, sal y luz del mundo?
 
En concreto, las tres estrategias conciliares, antes mencionadas, es decir, estructuras de comunión, diálogo y meta escatológica, en su manera de llevarse a la práctica en el posconcilio, han fracasado en su aplicación posconciliar, no porque sean falsas, sino porque no se ha sabido interpretarlas adecuadamente y las consecuencias son evidentes en los seminarios, casas religiosas y comunidades cristianas. ¿En qué nos hemos equivocado?  Estas estrategias han olvidado a veces una realidad básica, que es la virtud de la fe, que nos ofrece otra cuestión fundamental previa, que es la debilidad moral del hombre que le lleva al pecado, que explica porqué el evangelio comienza anunciando e invitando a hacer penitencia. Con fundamento, la Constitución litúrgica afirma claramente que para poder celebrar la Liturgia es preciso una comunidad evangelizada y convertida. En este contexto, se manifiesta la acción litúrgica, cuando se hace celebración, como la realidad eclesial que hace más densa la presencia de la gracia eclesial en este mundo.
 
Pdre. Pedro Fernandez, OP
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[50] Cf. BENEDICTO XVI, Encyclica Caritas in veritate, n. 4: AAS 101 (2009) 643.
[51] Cf. CONCILIO VATICANO II, Decretum Dignitatis humanae, 3: AAS 58 (1966) 931.
[52] CONCILIO VATICANO II, Constitutio pastoralis Gaudium et Spes, n. 91: AAS 58 (1966) 1113.

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(Este artículo del Pdre. Pedro Fernández: "Del Ars Celebrandi a la Actuosa Participatio: educación litúrgica en la escuela de Benedicto XVI" fue publicado en la Revista "LyE"" en XI-XII de 2010 y I de 2011)