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No todos los libros litúrgicos tienen el mismo valor.

En junio los obispos de Nueva Zelanda han dicho no a las tablets, ipad y demás recursos electrónicos que permiten que el texto litúrgico esté disponible para su uso en la liturgia. De esto se ha hecho eco el blog de Matías Augé, donde nos presenta una respuesta del jesuita Antonio Spadaro en Vatican Insider. La noticia no ha salido en español. La cuestión de la "intrusión" de las nuevas tecnologías tiene un "natural" rechazo en el carácter conservador del culto, sea de la religión que sea. También está el hecho de que se puede perder cierto control sobre los textos litúrgicos: nihil obstat. No hay que olvidar la cuestión económica: son pocos los secretariados de liturgia a nivel mundial los que se han introducido en la cuestión de los textos electrónicos y han entrado en su mercado. Sólo me viene a la memoria una aplicación del oficio divino en inglés, evidentemente de pago, con el texto de una conferencia episcopal anglosajona.
Al margen de estas cuestiones que tarde o temprano sucumbirán al paso del tiempo, hay que decir que no es lo mismo un misal que un evangeliario. Si algo se puede profetizar en esta cuestión, es que no sabemos cómo serán los libros litúrgicos "subsidio" dentro de cincuenta años, pero sí sabemos cómo será el evangeliario: exactamente como ahora, un libro impreso. La interacción  entre el que preside y un libro litúrgico como es la liturgia de las horas, un misal o un ritual de los sacramentos es de ser una ayuda ante los límites de la memoria humana. Nadie puede recordar todas y cada una de las oraciones de cada día. Algunos recuerdan de memoria las completas del domingo o incluso varias plegarias eucarísticas, pero no los textos movibles. Los libros litúrgicos, además de recordar que la lex orandi eclesial no debe ser inventada, son subsidios para seres humanos limitados por su propia naturaleza. De cara a la celebración, un cáliz es importante, un misal no.
En cambio, el evangeliario es un libro litúrgico -se hace uso de él en la celebración de la misa- diferente. Se interactúa con él: hay que signarlo al comenzar su lectura y besarlo al finalizar. También se le inciensa y es llevado en procesión. Además, el obispo puede bendecir al pueblo con él. No es Apple u otra compañía la que nos bendice, ni los otros textos y recursos contenidos en el disco duro de ese aparato, sino la palabra de Dios contenida en él. Por estas razones, el hecho de que se tiene que interactuar con él y que sólo debería contener los evangelios, hacen que una tablet, ipad, etc. no sean realmente adecuados para ser evangeliarios. Y quien dice evangeliarios dice leccionarios en iglesias "normales" o pequeñas. Las pantalas táctiles no comprenden que se signe el texto que contienen; no están hechas para que se las bese. El evangeliario es un signo litúrgico, no sólo una ayuda para la memoria.
La pastoral sacramental (sacramentos y sacramentales) se verá beneficiada, lo querramos o no, por estos artilugios que lentamente se están introduciendo en nuestra vida. Los misales impresos se verán dentro de unas décadas en catedrales, alguna que otra iglesia pobre y en las bibliotecas de algún que otro sacerdote. Sin embargo, la institución cultural que es el libro permanecerá en el libro de los evangelios. Aquellos que ven en la liturgia un ámbito donde se conservan cosas de culturas pasadas podrán dormir tranquilos. Primero fue el sustituir la cera de abejas por otro tipo de ceras, llegando a la líquida. Todavía encuentran resistencia incensarios sin carbón, eléctricos. Las tabletas electrónicas son otra mejora cultural que ya se ha instalado en la vida privada de muchos clérigos que tienen que rezar la liturgia de las horas. En este sentido, estas ligeras y cómodas tabletas ya nos indican que los libros litúrgicos son cada vez menos prácticos. El amor por lo textual en la liturgia ha hecho que se multipliquen los textos, los formularios, las adaptaciones secundarias, las moniciones, etc. Antes no eran tan importantes, hasta el punto de estar tan juntos y en dos columnas que era difícil su lectura. Pero antes se podía ser más práctico. Cuando todos los misales eran en latín, las casas editoriales ofrecían misales -y breviarios, rituales...- de diferentes tamaños e ilustraciones. Al pasar a lenguas vernáculas esa creatividad se perdió, pasando a una única edición de una única forma, etc. Incluso en países de una misma lengua se observan libros litúrgicos con textos diferentes pero una encuadernación, tamaño y disposición de texto casi idénticos.
La actual edición latina del Missale Romanum es tan grande que algún conocido ceremoniero de Roma ha dicho en broma que se ha hecho así "para que nadie pueda celebrar con él". La practicidad del libro litúrgico está muriendo a la par que surgen cosas como los libros electrónicos como respuesta. Las misas en ermitas, en campamentos, el hecho de no poder llevar dos tomos de liturgia de las horas cuando se está de viaje y toca el cambio, etc., son las ocasiones pastorales y existenciales que están favoreciendo grandemenete la instalación de las nuevas tecnologías en la liturgia. Del mismo modo que el misal plenario surgió por razones prácticas -no por la misa "privada" como se ha dicho de forma más ideológica que histórica-, el "ipad" litúrgico viene en ayuda de nuestra falta de practicidad y creatividad.