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Homilía de la Sepultura del Divino Cuerpo del Señor (y XVIII)


Introducción

Después de una exhaustiva lectura del sermón del siglo VI atribuido a Pseudo-Epifanio de Salamina, nos hallamos con el momento cumbre. Después de una prospectiva muy atenta y detallada, podemos describir cómo este precioso sermón consta de tres grandes bloques narrativos donde se incluyen ricos monólogos de densidad dogmática y a la vez piadosa. Además consta de diálogos intensos –hasta el punto que diríase que todo el Sermón es un «cofre» que recoge el diálogo que ahora leeremos entre Cristo y Adán–. Finalmente el elemento descriptivo con fuertes tonos militares no pasa desapercibido. Tal y como comentábamos anteriormente, en un momento de grave crisis política, económica y eclesial en la que la Iglesia Metropolitana de Constanza (Chipre) se encontró, brota esta joya del sermonario católico, en este caso de tono y modos orientales. Valga la paciencia de que este sea el más largo de todos, pero lo bueno se hace esperar y siempre suscita un «esfuerzo» por parte nuestra: el bien y el crecimiento en las virtudes van siempre unidos.
Conclusión del Sermón atribuido a San Epifanio sobre el Grande y Santo Sábado
(secciones XV-XVI)

Estas tales cosas estaba diciendo Adán a todos los [que estaban] condenados con él, que entró el Señor a ellos, teniendo el arma victoriosa de la Cruz. Al verle Adán, el primer moldeado, le golpeó el pecho el espanto, gritó a todos los que con él desde antiguo yacían, y dijo:
«Mi Señor esté con vosotros.»
Y Cristo respondiendo, dice a Adán:
«Y con tu espíritu.»
Y tomándole la mano lo levanta, diciendo:
«Levántate, tú que duermes, resucita de entre los muertos, y te iluminará Cristo (Ef 5,14). Yo [soy] tu Dios, el que a causa de ti [se ha] hecho hijo tuyo, a causa de ti y de los tuyos. Ahora digo y con autoridad ordeno a todos los que estáis encadenados: “Levantaos.” Y a quienes estáis en la oscuridad: “Sed iluminados.” Y a quienes yacen: “Resucitad.” A ti te mando: “Levántate, tú que duermes.” Porque para esto no te he hecho, [esto es, no te hecho] para que estés aprisionado en el hades. Levántate de entre los muertos, porque yo soy la vida de los mortales. Levántate, plasmación mía, resucita, forma mía que ha sido hecho según mi imagen. Levántate, vámonos de aquí, porque tú estás en mí y yo en ti (cf. Jn 14,31; 17,21), una e inseparable persona tenemos [ambos].
Por medio de ti, [yo,] tu Dios me he hecho hijo tuyo.
Por medio de ti, [yo,] el Dueño he tomado tu forma de siervo (cf Flp 2,7).
Por medio de ti he venido, [yo] que [habito] por encima de lo más alto de los cielos a la tierra y bajo la tierra (cf. Ef 4,10).
Por medio de ti me he hecho hombre como un hombre sin ayuda libre entre los muertos (cf. LXX Ps 87,5).
Por medio de ti el que había salido del Jardín ha sido entregado en un jardín a los judíos, y en un jardín ha sido crucificado (cf. Jn 18,1-3; 19,41).
Mira los escupitajos de mi rostro, que por causa de ti me recibí para purificarte en vistas al aliento primordial (cf. Gn 2,7).
Mira las bofetadas de mis mejillas, que recibí para rectificar tu forma desviada en vistas a tu imagen original (cf. Is 50,6; Gn 1,26-28).
Mira los azotes de mi espalda, que recibí para dispersar la carga de tus pecados que cargaste sobre tu espalda.
Mira mis manos bien enclavadas en el leño, por tu causa que mal extendiste la mano en el árbol.
Mira mis pies clavados y perforados en la cruz.
Al sexto día, en que tuvo lugar la sentencia [condenatoria], y en el sexto día también hice tu remodelación y la apertura del jardín.
Gusté por ti hiel para curarte el hambre de aquella dulce placer amargo. Gusté por ti vinagre para destruir el cáliz agrio y antinatural de la muerte.
Recibí la esponja para borrar la protocolo del pecado (cf. Col 2,14).
Recibí la caña para escribir la libertad al género humano.
Dormí en la cruz y con una lanza fue atravesado mi costado: por ti, que [una vez] dormiste en el paraíso y salió de tu costado Eva.
Mi costado ha curado el dolor de tu costado; mi sueño te ha sacado del sueño del hades; mi lanza se mantuvo erguida frente a la espada vuelta en tu contra (cf. Gn 3,24).
Por lo demás, levántate, vámonos de aquí. Te ha sacado de la tierra del paraíso, establécete pero no en el paraíso, sino en el trono celestial. Te he prohibido el árbol, modelo de la vida, pero mira que yo mismo me he unido a ti, [yo,] que soy la Vida. he mandado a los querubines a modo de siervos que te protejan, y hago que los querubines, conforme al modo digno de Dios te adoren (cf. Pss 8,3; 81,6; Jn 10,34). Escondido de Dios como un desnudo [fuiste], pero ahora se ha escondido en ti un Dios escondido. Vestiste una piel de vergüenza (cf. Gn 3,21), pero ahora, siendo Dios, [Él] ha vestido como vestido tu propia piel carnal. Por esto, levantaos, vámonos de aquí, de la corrupción a la incorruptibilidad; de la muerte a la vida.
Levantaos, vámonos de aquí, de la oscuridad a la Luz eterna. Levantaos, vámonos de aquí, del dolor a la alegría. Levantaos, vámonos de aquí, de la servidumbre a la libertad; de la cárcel a la Jerusalén de arriba (cf. Gal 4,26); de los grilletes a Dios; de la retención a la delicia del paraíso; de la tierra al cielo.

Por esto en efecto he muerto y he resucitado: para ser Señor de muertos y vivos (cf. Rm 14,9). Por esto, levantaos, vámonos, porque el Padre celestial ha buscado a la oveja perdida, las [otras] noventa y nueve [que son] los ángeles esperan a su consiervo Adán, cuando resucite; cuando se levante y sea sobreensalzado hasta Dios.

El Trono de los querubines está bien preparado; los que suben al cielo, raudos y preparados; el tálamo nupcial está dispuesto; los vestidos preparados, las estancias y moradas eternas [están] preparadas; los tesoros de los buenos están abiertos, y el reino de los cielos está preparado (cf. Lc 24,51; Mt 25,34):

Aquello que ojo no vio ni oído oyó y que no ha subido al corazón del hombre, [es decir,] los bienes esperan al hombre.»

Estas y tales cosas estaba diciendo el Señor, y se levantó con Él Adán, que era uno en Él, y se levantó con Él Eva, y muchos cuerpos de los santos que yacieron desde antiguo resucitaron, proclamando la resurrección del Señor al tercer día.

Radiantemente acojamos los creyentes y veamos y abracemos la [Resurrección], haciendo un coro con los ángeles, festejando con los arcángeles, y glorificando a la par a Cristo que resucita de la corrupción. A Él la gloria y el poder con el Padre sin principio y el todo Santo y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Marcos Aceituno Donoso