Ir al contenido principal

Homilía sobre la Sepultura del Divino Cuerpo del Señor (IX)

Introducción
 
Este párrafo está marcado por dos tiempos. El primero es la continuación del texto anterior, cuando dejamos con la palabra en la boca a José de Arimatea pidiendo con humildad el cuerpo de Jesús. Y vimos cómo dicha humildad era sacramentum de la humildad con la que el Dios encarnado obró el Opus redemptivum.
 
El segundo tiempo está marcado con muchísimas preguntas retóricas que nos van desglosando el mismo misterio desde otro ángulo: el evangélico. Pseudo-Epifanio va conectando todos los pasos del entierro judío que el piadoso y cristiano José de Arimatea procura a Jesús con los momentos más gloriosos de su ministerio público, haciendo notar cómo la gloria de Jesucristo no radicaba en la exterioridad o materialidad de los milagros, sino en su doble naturaleza, en virtud de la cual pudo resucitar y completar el milagro de la santificación de todos los fieles. Las preguntas retóricas en la traducción las hemos aligerado para evitar un tono demasiado árido para nuestra lengua moderna. Literalmente empiezan todas así: «Acaso también no has…?»
 
Prosigue el Sermón atribuido a San Epifanio de Chipre sobre el Grande y Santo Sábado (sección  VI)
 
Habiendo dicho esto José a Pilato, concedió el darle el todo-santo Cuerpo de Jesús (cf. Mt 27,58). Y llegándose al lugar del Gólgota, bajó al Dios en la carne del leño, y le pone sobre el suelo a Dios desnudo en la carne, si bien ya no estará más desnudo.
Y se ve colocado ahí abajo al que atrae a todos desde arriba (cf. Jn 12,32),
y se vuelve rápidamente exánime [el que es] la Vida y hálito,
y se le ve sin apariencia al que creó todas las apariencias,
y se pone volcado al [que es] la Resurrección de todos,
y muere Dios en la carne, él que resucita a los muerto,
y calla la tierra el Trueno del Verbo de Dios en la carne,
y es llevado en manos el que contiene [cual en] un manojo (cf Is 40,12).
 
¿Acaso [no sabes,] en verdad no sabes a quién tomaste, José, [tú que] has hecho la petición y procediste [a ello]? ¿Acaso, al llegarte a la cruz y deponiendo a Jesús, no sabes a quién cargabas? Si entonces supiste a quien sostenías, [es que] ya eres rico. ¿Cómo, pues, completas la sepultura del divino Cuerpo de Jesús tan terrible (cf. Ps 75,8)? Digno de alabanza es tu deseo, pero es muchísimo más digno de alabanza su situación. ¿Acaso en verdad no te estremeces al llevar entre tus manos a Aquel ante el cual se estremecen los querubines?
 
¡Con qué temor, pues, descubres el lienzo de aquella divina Carne!
¡Cómo compusiste tu mirada y te estremeciste, al mirar la naturaleza despojada de la naturaleza carnal de Dios, [el cual es] más que toda naturaleza!
 
Dime, José:
¿Entierras hacia el Este cual difunto al Oriente de los Orientes, [que es] Jesús?
¿Cierras con tus dedos al modo como se hace con los difuntos los ojos de Jesús, él que abrió con su dedo inmaculado el ojo del ciego?
¿Cierras la boca del que abrió la boca al mudo?
¿Estrechas las manos del que extendió la mano seca?
¿También ligaste los pies al modo como se hace con los difuntos del que dio el movimiento a los pies inmóviles?
¿Dejas sobre un lecho al que ordenó al paralítico: «Toma tu camilla y anda» (cf. Jn 5,8)?
¿Vacías tu ungüento sobre el Ungüento divino que a sí mismo se anonadó y santificó [así] al mundo?
¿Osas secar aquel costado, que todavía derrama sangre, del divino Cuerpo de Jesús, el cual siendo Dios curó a la hemorroísa?
¿Con agua lavas el cuerpo de Dios que todo lo lava y que concede la purificación?
¿Qué lámparas enciendes para la Luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf Jn 1,9)?
¿Qué cantos fúnebres entonas para el que en silencio es alabado de todo ejército celestial?
¿Lloras también como [se hace por] un muerto que ha llorado y resucitado a un muerto, [que era] Lázaro?
¿Lamentos entonas también para el dador de la alegría de todos y que deshizo la tristeza de Eva?
Marcos Aceituno Donoso