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El Icono del "Bautismo del Señor" o de la "Teofanía en el río Jordán"

La iconografía de la "Teofanía en el río Jordán" es muy temprana en el oriente cristiano, ya que el bautismo, una de las teologías más reflexionadas en el pensamiento cristiano, es la puerta a la vida en Cristo, que llega a su conclusión con el Don del Espíritu y la comunión en el Seno de la Iglesia. Es una iconografía que se ha mantenido a lo largo de los siglos enriqueciéndose con múltiples pasaje vetero-testamentarios, que van desde los primeros versículos del relato de la Creación (bautismo como nueva creación), al pasaje de Noé (bautismo como nueva alianza), a pasajes del Éxodo (bautismo como salvación de la muerte y configuración de un pueblo), y a textos por los profetas (bautismo como cumplimiento de las promesas) y los salmos. Recomendamos acudir a los textos para poder rezar con este magnífico icono, que nos abre una amplia ventana a la espiritualidad.

Representa el momento que narra el evangelio del Bautismo de Cristo por san Juan. Dios se somete a su criatura. Generalmente es una composición pictórica que se presenta dividida en dos partes, separadas por la depresión geomórfica, configurada por el río Jordán. La cuenca del río Jordán es uno de los puntos más deprimidos de Palestina, situándose en algunos puntos por debajo del nivel de mar.

En los Padres podemos encontrar cómo la vida espiritual también se enriquece con la creación. Hay que aprender a leer los signos de la naturaleza, la Palabra de Dios, la Persona de Cristo, y el corazón del hombre, para que todo nos hable del Creador, de la Trinidad. El hombre espiritual es el que sabe leer en los acontecimientos de la Creación las huellas de Dios y el lenguaje con el que Él nos habla. Por eso, poco a poco, esta fenómeno de la cuenca del río Jordán fue cargándose de significado simbólico dentro de la iconografía cristiana.

Por un lado, simboliza la profunda fractura producida entre Dios y el hombre tras el pecado. En medio de este abismo es colocado Aquél que servirá de quicio, de piedra de choque, para la salvación; manifestación de lo divino y verdadero hombre: Nuevo Adán. Si no fuera por Jesucristo esta distancia nunca se hubiera superado. Él es el que se coloca como Puente de la salvación. Era, por tanto, necesaria la intervención de un Ser capaz de recomponer la fractura y colmar este vacío; Él allana el profundo abismo; el Anillo entre la naturaleza humana y la divina.

Por otra parte, esta bajada a un punto por debajo del nivel del mar simboliza la kénosis, el abajamiento del Cristo. «Siendo Dios tomo la condición de Siervo». En su estructura esta íntimamente ligado al icono del Descenso a los Infiernos. El Buen Pastor se abaja y rescata a la oveja que cae a lo más profundo del abismo. No se conforma con seguir el plan de la Creación y de la Salvación sino que se abaja para tomar a su oveja, y la carga sobre sus hombros.

Cristo aparece sumergiéndose en las aguas. Hay tres formas de representar la inmersión de Cristo: la primera, con agua hasta la cintura; otra, hasta los hombros y, por último, aquella donde las aguas aparecen por encima de su cabeza. La más representada en el icono oriental es la tercera. Las dos primeras recuerdan los baptisterios, cuando eran introducidos los neófitos en las pilas bautismales y se las sumergía tres veces, agachándose para que el agua cubriera la cabeza del catecúmeno. A la tercera se la denomina sarcófago acuoso. «Si vivimos con Cristo, morimos con Él y si morimos con Él seremos resucitados con Él». Esta idea de sepulcro viene reforzada por el cuerpo rígido del Señor. Está íntimamente relacionada con el icono de la Natividad del Señor, donde aparece un Niño fajado, en la lápida y dentro de una gruta a modo de sepulcro. Esta caverna llena de agua representa el infierno de la muerte. Cristo ha venido para sacar al hombre de la muerte. En esta tumba está sumergido Jesús. Cristo pre-desciende a los infiernos: «Habiendo bajado a las aguas, ató al fuerte», dirá Cirilo de Jerusalén. Una de las fórmulas bautismales es la de «ahora eres sepultado en las aguas del bautismo».

Cristo muestra gran parte de su cuerpo desnudo, haciendo alusión a su condición de Nuevo Adán, que restaura la carne del hombre como lugar de la salvación y manifestación de Dios. Crist
o está desnudo porque representa al hombre que renace: es el hombre nuevo que ha vuelto a nacer de Dios. Cristo, segundo Adán, está desnudo porque no tiene pecado. El primer Adán sólo se dio cuenta de su desnudez cuando pecó. Cristo es el nuevo Adán. En realidad se le debería representar totalmente desnudo (de hecho así se bautizaba a los cristianos: completamente desnudos eran sumergidos y luego eran ungidos en todo su cuerpo con el Santo Crisma y revestidos de una única túnica blanca). Han sido muy problemáticas, en algunas épocas, las presentaciones de desnudos íntegros de Jesucristo, por ejemplo aquellas del Renacimiento, en Occidente.

Dentro de una comprensión de estas imágenes de cristos desnudos, los historiadores del arte, con un tamiz neoclásico y neopagano, han intentado inculcar que los artistas cristianos presentaban cánones de belleza clásica, sólo interesándose por el estudio corporal; saltándose el verdadero significado cristiano del cuerpo desnudo de Cristo como Hombre-Dios perfecto y Nuevo Adán. Otra cosa es que el desnudo puede constituir un aspecto problemático para la veneración de las imágenes, y se adopte el uso de una faja. Esto para la Iglesia no representa una censura de la sexualidad, ya que para ésta la representación del Niño Jesús totalmente desnudo o mostrar los pechos de María dando de mamar al Salvador, significaban, no una licencia al arte de la representación anatómica (cosa evidente por su perfección en algunos casos), sino la verdadera y completa naturaleza humana de Cristo. Cristo también salva y ordena la sexualidad de la humanidad y plenifica el amor humano, cargando el acto sexual de valor salvífico, esponsal y sacrificial: «como Cristo ama a su Iglesia».

Para representar su iniciativa y la voluntad del Padre, se esboza un movimiento:como si fuera a andar. Es Dios quien ha dado el primer paso, en la Creación, en la Salvación y en la Redención tras el pecado. Él se mueve libremente, caminando hacia san Juan, su primo. Es el segundo saludo narrado en los evangelios, tras el saludo en el vientre de Isabel ante la presencia de María encinta. En éste el gesto de la inclinación del cuerpo y la posición de las piernas en un suave movimiento hacia Juan se deja entrever como hay una voluntad redentora. «Cristo, como el primer hombre, tiene ante sí la elección porque su humanidad es perfecta. La humanidad de Cristo pasa por su libre determinación. Jesús se consagra conscientemente y libremente a su misión terrenal, se somete enteramente a la voluntad del Padre, y el Padre le responde enviando sobre él al Espíritu Santo» (P. Evdokimov). La salvación de la humanidad es obra de la santa Trinidad, Dios Uno, presente y actuante en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. El gesto de su mano derecha bendiciendo es el mismo gesto que hace en la creación y la santificación de las aguas.

Dios Padre Creador viene representado, cuando crea, con los rasgos de Jesucristo el Hijo amado y con esa mano bendiciendo. Cristo, es la única persona de la Santísima Trinidad que se ha hecho hombre, por tanto, se le puede representar a Dios con su imagen cuando crea el mundo. Con su mano derecha Cristo bendice las aguas y las prepara para hacerlas aguas del bautismo, a las que santifica con su propia inmersión, cambiándolas de significado: antes eran imagen de la muerte (el diluvio), ahora son fuente de la vida.

Hay muchas alusiones a pasajes de la Creación. En primer, la separación de las aguas y la tierra seca. Nos hace alusión que ésta es una Nueva Creación realizada por la Trinidad. El “Hagamos” de la Creación se desvela en esta Teofanía, donde se nos manifiesta un Dios Uno en comunión de Amor de las tres Personas trinitarias. Todo adquiere significado y nos hace conscientes que la Creación, no ha sucedido como un único momento, sino que está sucediendo dentro de un plan salvífico, providente.

El libro del Génesis es comprendido en este momento en su plenitud. El Espíritu de Dios, aleteando sobre las aguas, como leemos en los primeros versículos del Génesis son comprendidos en la visión de San Juan Bautista. Lo interesante de esta representación de paloma, no es que la tercera Persona de la Trinidad sea un animal (encontramos otras imágenes de la tercera Persona: la brisa, la llama de fuego), sino su aletear, su alusión al pasaje de la Creación, además de una alusión a ser una alianza como la que se hizo después del diluvio. «El Espíritu Santo planeando sobre las aguas primordiales ha suscitado la vida, al igual que planeando sobre las aguas del Jordán suscita el segundo nacimiento de la nueva criatura» (San Juan Damasceno). Nueva Creación y Nueva Alianza en Cristo.

Los ángeles con las manos cubiertas en señal de adoración, son las naturalezas angélicas que se postran ante la Sabiduría de Dios encarnada en Cristo, su Dueño y Se
ñor. Cuando son tres ángeles son figura de la Santísima Trinidad, como se representa la aparición a Abraham en Mambré. Cristo se separa de estas figuras angélicas y se encamina voluntariamente hacia Juan que representa al hombre, la humanidad. Se insiste en el amor de Dios a los hombres. Los ángeles están expectantes y descubren en este momento su vocación: son servidores de Dios y servidores del hombre, porque están mirando la plenitud de la Creación: la Encarnación del Verbo. Esto fue lo que suscitó el pecado de uno de los ángeles: no servirán a un Dios que se ha querido hacer hombre. Siendo seres perfectos su corazón se pervierte y caen. El quicio de la salvación no es sólo el alma, lo espiritual, sino el alma junto con la carne. Aquí se desvela esta forma de creación del hombre hecho a Imagen y Semejanza de Dios. La vocación del hombre es la de adquirir la imagen y llegar a la semejanza del Resucitado.

Otra de las figuras más destacadas es la de San Juan Bautista, que se le representa alzando su mano izquierda al cielo, así como su mirada. Juan no se siente digno de bautizar a Señor, no comprende el porqué de que la lámpara ilumine a Aquél que es la Luz. Juan va vestido de pieles y es figura del hombre viejo, de Adán, al que Cristo ha venido a rescatar. El hombre revestido de pecado, es despojado y regenerado: su lugar es tomado por el Hombre nuevo.

Cuando va vestido con túnica y manto de tela, Juan Bautista es “el amigo del Esposo”, su alegría es inmensa y goza oyendo la voz del Esposo que viene a desposarse con su Iglesia y a través de ella con la Humanidad entera. Esta representación reproduce el encuentro excepcional entre Dios y la humanidad. Místicamente, en san Juan Bautista, todos los hombres se reconocen hijos en el Hijo y testigos. En Juan, todos los hombres dicen sí al Encuentro.

Juan es el último de los profetas, el que manifiesta lo que ha visto. Da testimonio de Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios, como el que ha de venir. Ha leído en la Carne de Cristo todas las Escrituras cumplidas. No es digno, pero es testigo; y reconoce, obedece y bautiza con agua lo que el Padre está ungiendo en el Espíritu.

Juan, como los ángeles se inclinan sobre Jesucristo en señal de sumisión y adoración, al mismo tiempo lo señala como el Cordero de Dios. Del mismo modo que reconoce los pasajes del Génesis, San Juan está pensando en el cumplimiento de Isaías y sabe que esta salvación se debe hacer por medio de la entrega.

Avanzando en nuestro estudio, encontramos en la parte inferior izquierda un arbolillo. En algunos casos sobre el tronco del arbolillo esta puesta una azada o una hacha. En primer lugar, si aparece el hacha, este símbolo hace mención a la advertencia del Bautista: «Ya está el hacha puesta en la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3,10).

Algunas veces no se representa el hacha, haciendo mención a que con Cristo brota la nueva vida, o que Cristo es el vástago de Jesé. «Y brotará un retoño del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago. Sobre él reposará el Espíritu del Señor. En aquel día, el renuevo de la raíz de Jesé se alzará como estandarte para los pueblos. En aquel día de nuevo la mano del Señor redimirá al resto del pueblo» (Is 1- 2).

Otros estudiosos atribuyen la presencia de este árbol al Árbol de la Vida: Cristo nuevo Adán y su árbol es la cruz. Tal como narra el Génesis, Dios plantó un jardín en Edén. Incluso algún autor ha querido ver en su doble tronco la doble naturaleza del Hijo.

Sin embargo, nos ha extrañado que ningún autor occidental haga mención al pasaje de Eliseo recogido en el capitulo 6 del Segundo libro de los Reyes: los sirios dijeron a Eliseo que aquel lugar era demasiado estrecho para habitar y piden que les deje ir al Jordán para cortar cada uno un tronco y así poder construir una casa. De modo que, en aquel lugar estrecho, en Cristo, Éste se manifiesta a todos los pueblos y aquello que buscaban para vivir más cómodos, se convierte en un lugar donde todo hombre puede buscar la salvación. Uno de ellos pide que Eliseo vaya con ellos y les promete que irá. Allí se produce el milagro, el signo profético. Uno de ellos pierde el hacha metálica (que era prestada), y Eliseo lanza un tronco que hace flotar el hierro. Con la Cruz, la carne hundida en el pecado alcanza la salvación, el madero porta el metal, lo muestra y lo rescata.

Ahora nos fijamos en las representaciones que vemos en el río Jordán. El cuerpo de Cristo está sumergido en el río, y en la parte inferior derecha vemos a una figura humana coronada montada sobre las espaldas de un monstruo, hace referencia al río Jordán que al verle se echó atrás (Sal 113, 3). Los himnos de la fiesta hacen continuas menciones a este salmo: «Por qué paras tus aguas, oh Jordán? ¿Por qué vuelves atrás tu corriente y no dejas que siga su curso natural? No puedo soportar el fuego (contesta el Jordán) que me devora. Me retraigo y tiemblo ante esta extrema condescendencia, puesto que no suelo lavar a quien es puro, no he aprendido a limpiar a quien es libre de pecado, sino a purificar los vasos sucios. El Cristo, que es bautizado en mi, me enseña a quemar las espinas del pecado» (Himno de la Gran Hora VI, tono V).

En las aguas del río aparecen otros animales para recordar que Cristo es el que camina sobre el áspid y el basilisco y pisa leones y dragones (Sal. 90), del mismo modo que lo hace en el icono de la
resurrección, pisando la muerte y el infierno. También aparecen muchos pececillos. En el primer cristianismo a los cristianos se les denominaba en algunos escritos como los pececillos de Dios. En una iglesia de Laodicea vemos todo el pavimento de las naves repletas de animales marinos y lo mezclan con Jonás y la pesca milagrosa de los apóstoles. La Iglesia es esto: animales de toda clase, unos pequeños, otros grandes; de diversa especie (¿recuerda a algún pasaje del Nuevo Testamento?). Es una llamada a la Iglesia como un gran río que brota el Nuevo Templo: la Carne de Cristo, restituido en tres días por el poder el Espíritu, en el Amor del Padre (también merece la pena buscar en las imágenes escriturísticas de esta imagen).

En último lugar, comentamos la naturaleza que conforma la escena. Es una naturaleza muy árida, como la que se nos presenta en casi todos los iconos. Apenas encontramos vegetación. Es un electo de contraste. Mientras que el hombre sin Dios no puede desprenderse del pecado su vida es árida y penosa. Pero contrasta con la vida que fluye en el río, que es la vida que trae Cristo, la vida del Bautismo.

El paisaje rocoso representa cuatro cumbres, que parecen llenar la parte alta del icono y recuerdan las del Descenso a los Infiernos. Son cuatro montañas distinguibles sólo en la parte alta. Parten como de un mismo bloque, porque las cuatro son una misma cosa. Representan a los cuatro Evangelistas. Tres de estas cumbres se yerguen hacia el cielo, mientras la cuarta es curva y parece doblarse hacia Cristo. La montaña con la cima curvada simboliza el Evangelio de san Juan: «quien viendo que en los Evangelios de los demás están narradas más bien las cosas que se referían a la parte humana de Cristo, por impulso divino, a petición de sus discípulos, último de todos, escribió un evangelio espiritual» (Clemente de Alejandría), cuya principal preocupación es demostrar el origen divino de Cristo: el misterio de la divinidad en la Encarnación. Esta montaña curvada está proyectada en su cúspide hacia Dios y en su base sujeta a Juan el Bautista que con el gesto de su mano reconduce la mirada a Cristo. Juan evangelista era discípulo de Juan el Bautista y éste presenta a Cristo como el Cordero de Dios; a partir de ahí, Juan Evangelista se hace discípulo de Jesús.

Hoy es un buen día para celebrar nuestro bautismo, verdadero “Dies Natalis”, día de nuestra renovación y creación plena:

«nos, pisciculi, secumdum ἰχθῦν nostrum Iesum Christum, in aqua nascimur nec aliter quam permanendo salvi sumus»

[nosotros, pececillos, que tomamos nuestro nombre del que es el ἰχθῦς, Jesús el Cristo, nacemos en el agua y sólo permaneciendo en esta somos salvados] (Tertuliano, "De Baptismo" I, 3)

Daniel Rodríguez Diego