Ir al contenido principal

La plegaria de ordenación del obispo.


La misión del Obispo en la plegaria de ordenación episcopal

Con motivo del año sacerdotal nos proponemos en estas páginas hacer una aproximación contemplativa a las plegarias de Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos. Un recorrido mistagógico, un ejercicio de “degustación” espiritual, pues como dice el obispo Pere Tena en la Presentación del Pontifical cuando se quiere conocer la identidad sacramental de los pastores de la Iglesia hay que acudir a estos gestos y oraciones que, desde la antigüedad cristiana hasta nuestros días, han expresado con progresivo enriquecimiento la fe de la Iglesia en esta materia

Conviene recordar que el sacramento del Orden es uno de los sacramentos dirigidos a la Salvación de los demás, para ser en nombre de Cristo los pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios (LG 11). Este Sacramento se concreta en tres ministerios: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. Siendo la Iglesia toda ella un pueblo sacerdotal (cfr. 1Pe 2, 5.9), por participación en el único y definitivo sacerdocio de Cristo (cfr. Hb 9,11), algunos hermanos al recibir el ministerio ordenado se convierten en medio por el que Cristo está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor y Maestro de la Verdad (CEC 1548). Dos son los grados de participación ministerial en el Sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado.

Conviene recordar, también, que existe una íntima implicación entre la fe que profesamos y las plegarias que rezamos. Las plegarias son expresión de la fe en un doble sentido: Objetivo porque expresan lo que la Iglesia cree, aquello por lo que glorifica a su Señor y lo que espera recibir de la fuente inagotable de la Salvación. Pero también desde un punto de vista individual o subjetivo porque pueden y deben expresar lo que cada uno cree, y ser participadas en espíritu de oración de forma más consciente.

Características de una plegaria sacramental

La plegaria de ordenación del Obispo es una plegaria sacramental donde se expresa la fe en lo que atañe al ministerio episcopal y tiene como finalidad suplicar a Dios que derrame su Espíritu sobre un elegido para vincularlo a Cristo con el ministerio de obispo. Aunque es pronunciada en su totalidad por el obispo que preside la ordenación y en parte por todos los obispos presentes, no deja de ser una plegaria de toda la asamblea que participa con su asentimiento final, pero también contemplando y suplicando el actuar divino expresado en las palabras pronunciadas.

Otro aspecto fundamental que conviene considerar es el de la estructura misma de ésta y de todas las plegarias cristianas. Toda oración se organiza básicamente en dos grandes secciones: una anamnética y otra epiclética. Es decir: la alabanza y reconocimiento de las obras salvíficas de Dios, sobre todo el Misterio Pascual de Cristo, y la suplica confiada para que Dios continúe actuando su salvación entre sus fieles. Concluyendo con la intercesión de Cristo, el único Mediador.  

Por tratarse de una plegaria sacramental está intrínsecamente unida a un rito, el de la imposición de las manos de los obispos ordenantes[1]. Plegaria y rito constituyen la acción sacramental destinada a que el Espíritu confiera la gracia, la función del episcopado. Toda plegaria sacramental es simultáneamente oración de la Iglesia y actuación divina. Es una oración inmediatamente escuchada y atendida por Dios porque en ellas se manifiesta, en el Espíritu Santo, la mediación sacerdotal de Cristo que asocia a su Iglesia para presentar al Padre una necesidad que es siempre atendida.

Invocación y Anámnesis en la plegaria de ordenación episcopal

La actual plegaria de Ordenación Episcopal esta tomada de la Tradición Apostólica. Un documento del siglo III recuperado con la publicación del ritual de órdenes de Pablo VI[2]. En esta plegaria podemos distinguir la habitual estructura anamnético-epiclética. El primer bloque comienza con una invocación dirigida al Padre al que sigue una narración del actuar divino. Prosigue la petición en la que se encuentran las palabras necesarias para la validez del acto, con un complemento anamnético. Continúa con una serie de intercesiones descriptivas del ministerio episcopal, introducidas por una nueva invocación. La plegaria concluye con la conclusión cristológica. Se trata de un texto muy antiguo y a la vez de gran actualidad en el cual resuena continuamente la Sagrada Escritura, la doctrina de los Padres y la vez la eclesiología del Vaticano II.

La invocación inicial reza: Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo, expresión tomada literalmente de 2Co 1,3. Según es costumbre en la Iglesia y norma de redacción en la Iglesia Romana las plegarias tienen como destinatario al Padre, siguiendo el ejemplo de Cristo (cfr. Mt 26,42) y el encargo mismo del Señor, Vosotros orad así: Padre nuestro (cfr. Mt 6,9). La innovación revela desde el principio lo sustantivo del misterio de Dios: Dios es Padre. Es Padre en sentido propio. Es Padre de Jesucristo, su Unigénito. Y Jesucristo aparece desde el principio en su doble vinculación al Padre y a nosotros, Hijo de Dios y Señor nuestro, nuestro Señor Jesucristo. La invocación va acompañada de una descripción, con dos proposiciones de relativo tomadas también de la Sagrada Escritura, que habitas en el cielo y te fijas en los humildes (Sal 112, 5-6); que lo conoces todo antes de que exista (cfr. Dn 13,42). Dos afirmaciones dependientes de la invocación que muestran como el actuar divino se “filtra”, viene dado a través de la filiación y señorío de Cristo. Dicho con palabras del Apóstol: Dios os ha concedido su gracia mediante Cristo Jesús, en quien habéis sido enriquecidos sobremanera (1Co 4b-5a).

La referencia a la humildad al comienzo de la redacción, te fijas en los humildes, indica dos aspectos decisivos: En primer lugar describe la actitud suplicante de la Iglesia frente a Dios, humillaos bajo la mano poderosa de Dios… Confiadle todas vuestras preocupaciones (1Pe 6b-7a). Y en segundo lugar manifiesta un aspecto fundamental en la vocación, elección y concesión de los ministerios, sobre todo en lo que respecta al ministerio supremo en la Iglesia: el episcopado, donde debe resplandecer la primera bienaventuranza, bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,3, cfr. Ef 4,1-2)

Sigue la sección anamnética propiamente dicha en las que se expone el plan de Dios sobre su Iglesia: Tú estableciste normas en tu Iglesia con tu palabra bienhechora. Desde el principio tú predestinaste un linaje justo de Abrahán; nombraste príncipes y sacerdotes y no dejaste sin ministros tu santuario. Desde el principio del mundo te agrada ser glorificado por tus elegidos.

Las referencias veterotestamentarias tienen un valor tipológico. Esto es: anticipatorio de la función episcopal y apostólica de Cristo (cfr. 1Pe 2,25; Hb 3,1). Y por extensión de los que le representen en la Iglesia. Permite a su vez apreciar la unidad y continuidad entre las distintas etapas de la Historia de la Salvación que se refleja en la celebración de los santos misterios, como es el caso. La primera proposición habla de las normas establecidas en la Iglesia por la palabra bienhechora de Dios. Esta Palabra bienhechora es ante todo el mismo Cristo, Verbo de Dios (cfr. Jn 1,1). En segundo lugar: su enseñanza (cfr. Lc 4,22). Y en tercer lugar: la palabra de sus Apóstoles, vinculada a Cristo y en Cristo al Padre (cfr. Lc 10,16). Por ello las palabras de la Iglesia son también palabra de gracia (cfr. Hch 14,3; 20,32)[3].

La segunda afirmación hace referencia a una continuidad salvífica que arranca en la Alianza sellada con Abrahán. La salvación de Dios gesta un pueblo que contará con dirigentes y sacerdotes nombrados por el mismo Dios, y con un santuario, signo de la presencia divina entre los suyos, al que proveerá de ministros que lo atiendan. De nuevo estamos ante importantes referencias tipológicas, el Santuario de Israel, no es sino una imagen del verdadero Templo que es Jesucristo (cfr. Jn 10,20). Y por “expansión” la Iglesia: Vosotros como piedras vivas vais construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo (1Pe 2,5, cfr. 1Co 3,16). Este santuario, que será de nuevo mencionado en la epíclesis, cimentado sobre los Apóstoles (cfr. Ef 2,20; 4,11), está permanentemente atendido porque los Apóstoles han confiado su función a otros. Como dice 2Tim 1,6: Te aconsejo que reavives el don de Dios, que te fue conferido cuando te impuse las manos. La última afirmación resume la vocación a la que son llamados todos los hombres: la de participar de la alabanza divina. Vocación que expresa la plena comunión filial en Cristo, Yo te alabo Padre  (Mt, 11,25), a la que estamos convocados y en la que participamos, sobre todo, en la liturgia. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 5,19-20). Su expresión suprema será la celebración de la Misa, que “eucaristiza” la vida  de todos los fieles. Siendo el obispo como el icono de la existencia filial y de la alabanza de Cristo, con su vida y sobre todo cuando preside las acciones litúrgicas[4].


Epíclesis e intercesiones en la plegaria de ordenación episcopal

Entramos en la sección epiclética, en el fragmento establecido como vinculante para la administración del Orden episcopal, que reza así; INFUNDE AHORA SOBRE ESTE TU ELEGIDO LA FUERZA QUE DE TI PROCEDE: EL ESPÍRITU DE GOBIERNO QUE DISTE A TU HIJO JESUCRISTO, Y EL A SU VEZ COMUNICÓ A LOS SANTOS APÓSTOLES, QUIENES ESTABLECIERON LA IGLESIA COMO SANTUARIO TUYO EN CADA LUGAR, PARA GLORIA Y ALABANZA INCESANTE DE TU NOMBRE.

La suplica pide que Dios infunda, vierta la energía, la fuerza que procede de Él. Y que inmediatamente se precisa: Espíritu de gobierno. La terminología manifiesta una pneumatología aún primitiva. El verbo infunde-effunde-epicee alude a una acción consecratoria consistente en derramar aceite (cfr. Ex 29,7). En este caso se pide que Dios derrame una fuerza, una energía, virtutem-dinamin que le pertenece. Que inmediatamente se designa como Espíritu de gobierno-Spiritum principalem-hgemonikou Pneumatos. La descripción anamnética que sigue resume en pocas palabras la economía de este Espíritu. Presenta la acción del Espíritu Santo en Cristo y en los Apóstoles y en la Iglesia. El uso del verbo infunde, que evoca el derramamiento del aceite, es altamente expresivo porque menciona una acción que viene de fuera, que envuelve, penetra y permanece en una realidad. El Espíritu invade la humanidad de Cristo desde el momento de su concepción (cfr. Lc 1,35) y manifiesta su condición mesiánica en el Jordán (cfr. Mt 3,16). Es derramado sobre los Apóstoles transformándolos (cfr. Hch 2,4; Jn 20,22-23) y sobre la Iglesia entera, haciendo de ella un Santuario permanentemente habitado por ese mismo Espíritu (cfr. 1Co 3,16). El calificativo griego hgemonikou, que traducimos como de gobierno, aparece el Salmo 50,4 donde se suplica a Dios: fortaléceme con Espíritu soberano. Se trata de un calificativo más que oportuno, pues, aún siendo todo lenguaje incapaz de expresar la totalidad de la verdad, sirve para precisar lo que podríamos llamar función “capital” del ministerio episcopal en la Iglesia, por su vinculación con la Cabeza, Cristo, para pastorearla en su nombre y construirla por la predicación de la Palabra, la administración de los santos misterios, el impulso de la comunión y la promoción de la caridad. La posesión de este Espíritu de gobierno hace realidad lo que leemos en la carta a los Efesios: (Dios) capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el Cuerpo de Cristo (Ef 4,12)[5].

Del conjunto de los datos, someramente expuestos, se desprende que se pide a Dios la comunicación personal del Espíritu Santo, presente en la humanidad de Cristo, transmitido por él a los Apóstoles y transmitiéndose en forma de “sucesión apostólica” desde entonces hasta nuestros días[6]. Es dado como Espíritu soberano, de gobierno, para que se realice en la Iglesia la función episcopal, la función “capital”. Con una doble finalidad. Primero: El establecimiento de la Iglesia como santuario, signo, medio, espacio, ámbito de la presencia de Dios hasta los confines del mundo. Segundo: Como consecuencia los hombres que se conviertan a Cristo entren a formar parte de su comunión personal y con espíritu filial y fraterno den gloria y alaben el nombre de Dios. Siendo así que se pueda decir que la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal o instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el genero humano (LG 1).

Siguen las intercesiones en las que se enumeran las principales funciones del Obispo: Padre santo, tú que conoces los corazones, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey y ejercite ante ti el Sumo Sacerdocio sirviéndote sin tacha día y noche; que atraiga tu favor sobre tu pueblo y ofrezca los dones de tu santa Iglesia; que por la fuerza de tu Espíritu que recibe como sumo sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar los pecados; que distribuya los ministerios y oficios según tu voluntad, y desate todo vínculo conforme al poder que diste a los Apóstoles; que por la mansedumbre y la pureza de corazón, te sea grata su vida como sacrificio de suave olor, por medio de tu Hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el Espíritu, en la Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos.

Las intercesiones vienen introducidas por otra invocación: Padre santo, acompañada de una breve descripción: tú que conoces los corazones, lo que permite aliviar la redacción y recitación del texto. De este modo no se pierde de vista el destinatario de la oración, marcando así, más intensamente, la naturaleza deprecativa del discurso. La innovación está tomada casi literalmente del relato de la elección de Matías (cfr. Hch 1,24) evidenciando la continuidad, incluso la cercanía en el tiempo, entre la Ordenación del obispo y la elección del Apóstol.

La primera petición reza así: concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey. Dios ha elegido a alguien en particular, presente en estos momentos, sobre el que se está orando, concede a este siervo tuyo, a quien elegiste. Se trata de alguien que se presenta como siervo y que ha sido elegido. El Siervo elegido por antonomasia es Cristo, Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco (Is 42,1). Y Cristo, el Elegido, es quien llama y elige. Llamó a los que quiso (cfr. Jn 15,16). Llamó a los Apóstoles (cfr. Mc 3,13) y llama al episcopado. El término episkopen lo encontramos precisamente en la elección de Matías para designar la tarea que habrá de desempeñar (Hch 1,21; cfr. 1Tim 3,1). Dios hace una elección universal en Cristo (cfr. Ef 1,4), pero a la vez realiza elecciones específicas, y siempre para el servicio. El siervo de Dios es el siervo de los hermanos. Sobre todo en aquellos que continúan la misión apostólica: Jesús, se sentó llamo a los doce y les dijo: -El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9,35). El servicio, la función concreta que el obispo debe desempeñar es que sea un buen pastor (de tu santa grey). Pero es Dios el verdadero pastor. Su cuidado pastoral llega a plenitud en Jesucristo. Hasta el extremo de ser un pastor que no sólo conoce y cuida de sus ovejas, sino que busca a las descarriadas y llega a dar la vida por ellas. También Jesús, si dejar de ser el Pastor, confía su rebaño a Pedro y los demás discípulos. Los episkopos prolongarán esta misión de apacentar la Iglesia de Dios en nombre de Cristo (cfr. Hch 20,28; 1Pe 5,2).

En segundo lugar se señala la función de sumo sacerdote, ejercite ante ti el sumo sacerdocio. Se trata de una función y de un título ampliamente desarrollado. Como sumo sacerdote servirá a Dios en todo momento de modo irreprensible. Intercederá por el pueblo. Ofrecerá la oblación eucarística. Perdonará los pecados y reintegrará en la comunión. Y distribuirá los ministerios y los oficios. Sumo sacerdote es un título que necesariamente remite a Cristo. Él es único, definitivo y supremo Sacerdote de la Nueva Alianza. Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos (cfr. Hb 9,11), porque ha entregado su vida en expiación por los pecados de la humanidad (cfr. Hb 9,14.28) e intercede eternamente por todos (cfr. Hb 7,25). El obispo es sumo sacerdote en cuanto es signo sacramental del Sumo Sacerdote. En los obispos… Jesucristo, nuestro Señor, Pontífice supremo está presente en medio de los creyentes (LG 21). Aunque el texto de la plegaria aparentemente no parece relacionar el sumo sacerdocio de los obispos con Cristo, sin embargo, tanto la alusión al Espíritu Santo, concede por la fuerza del Espíritu que recibe como sumo sacerdote y en la conclusión doxológica el por medio de tu Hijo Jesucristo, vinculan, remiten los oficios de sumo sacerdote del obispo a Jesucristo. Como consecuencia la función de sumo sacerdote engloba toda la existencia del obispo, por eso se dirá: sirviéndote sin tacha día y noche. Con su vida y sobre todo con su oración participa y expresa la intercesión eterna de Cristo (cfr. Hb 9,24).

Precisando aún más esta elevada misión el texto sigue suplicando: que atraiga tu favor sobre tu pueblo y ofrezca los dones de tu santa Iglesia. Sólo en Cristo Dios se encuentra complacido (cfr. Mt 3,17). Atraer, pues, el favor de Dios, sólo es posible en la medida en que Cristo asocia a su Iglesia a su función sacerdotal, significándose sacramentalmente en los sacerdotes, sobre todo en el obispo cuando celebra la Liturgia. De ahí que Sacrosanctum Concilium 7 diga: se considera la Liturgia el ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo. Llegados a este punto cabe preguntarse  ¿a que se referirá la oración con el ofrecer los dones de la Santa Iglesia? Sucede que se va dando como una progresiva concreción del ejercicio del sumo sacerdocio, porque este ofrecer no es otra cosa que la oblación eucarística. La acción sacerdotal por excelencia. Que este ofrecer refiere la Eucaristía es claro porque la terminología griega usada es manifiestamente sacrificial prosferein ta dwra[7]. Sobre la centralidad de esta función eucarística dice Pastores Gregis 37: En el centro del “munus sanctificandi” del Obispo está la Eucaristía, que él mismo ofrece o encarga ofrecer, y en la que se manifiesta especialmente su función de «ecónomo» o ministro de la gracia del supremo sacerdocio.

Continúa la oración con las siguientes súplicas: que por la fuerza de tu Espíritu que recibe como sumo sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar los pecados. Próximo a esta idea se pide un poco más adelante: desate todo vínculo conforme al poder que diste a los Apóstoles. La función de la reconciliación, del perdón de los pecados engloba desde la disciplina penitencial ordinaria hasta la reintegración en la Iglesia de aquellos que han roto la comunión; de ahí la alusión a desate todo vínculo. El fundamento bíblico es claro. Por un lado remite a la efusión del Espíritu en la mañana de Pascua para que los Apóstoles puedan perdonar los pecados (cfr. Jn 20,23) y por otro a la extensión del poder de atar y desatar dado a Pedro,  pero también a los Doce (cfr. Mt 18,18)[8]. En último término estas funciones manifiestan la responsabilidad apostólica y episcopal de servir de todos los modos posibles a la Redención obrada por Cristo, cuya manifestación suprema se da también en el Sacrificio de la Eucaristía, que en la actual forma del relato sobre el cáliz reza: Tomad y bebed todos de él porque este es el cáliz de mi Sangre… que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Estamos llamados a vivir-beber del Costado del Redentor y es el obispo el primero en ofrecer y hacer distribuir ese Cáliz de Salvación.

La quinta súplica, teniendo siempre en el horizonte la presencia del Espíritu de gobierno, pide: que distribuya los ministerios y oficios según tu voluntad. El texto original, tanto griego como latino, no distinguen entre ministerios y oficios, sólo dice: klhrous-munera[9]. Un término que alude en primer lugar al triple munus de Cristo por todos participado, pero cada uno a su modo y que se concreta en el ministerio ordenado y en los demás servicios eclesiales dentro y fuera de la Liturgia. De todos ellos el obispo es primer responsable. La atención y servicio de la Iglesia conlleva el ejercicio del ministerio episcopal junto con su presbiterio, promoviendo, animando y sosteniendo los restantes ministerios y servicios para la edificación del pueblo de Dios. Así lo testifica el sexto escrutinio de la Ordenación: Con amor de padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos, ¿quieres cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?

La última petición evidencia que el episcopado, como todo ministerio eclesial, no es “una tarea a tiempo parcial”, sino “una forma de vida” y “una manera de ser”. Algo “que se nota” que por la mansedumbre y la pureza de corazón, te sea grata su vida como sacrificio de suave olor. La vida del Obispo ha de ser una íntima vinculación a Cristo. Posible precisamente por el Espíritu de gobierno recibido. Porque el gobierno episcopal es el primer servicio-ministerio en la Iglesia, que supone la identificación con Cristo, manso y humilde de corazón a quien todos, en particular los obispos, habrán de imitar (cfr. Mt 11,29 y 5,5.8). Como enseña la Primera carta de Pedro: Apacentad el rebaño que Dios os ha encomendado… de buen grado… no como déspotas… sino como modelos del rebaño (1Pe 5,2-3; cfr. 1Tim 2,25). De este modo el obispo se va asociando progresivamente a la ofrenda existencial de Cristo (cfr. Ef 5,2). Ofrenda de suave olor que atrae a Dios y atrae a los hombres como delicioso perfume (cfr. 2 Co 2,15-16).

La conclusión de la plegaria es teológica y espiritualmente muy rica. Por medio de tu Hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el Espíritu, en la Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. No se trata de un mero recurso redaccional. En ella se resume toda la fuerza de la plegaria cristiana. Si nuestra oración es escuchada es porque es la oración de Cristo, el Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros ante el Padre, que asocia a su Esposa la Iglesia y que actualiza su presencia por medio del ministro ordenado (cfr. Jn 14,23). En esta doxología se resume la entera economía de la salvación. Todo lo suplicado se hace por medio del Hijo. Con una finalidad: la alabanza y la glorificación de Dios por parte de la Iglesia y en la Iglesia, la comunidad de discípulos, el santuario de Dios en medio del mundo. Lo único que la criatura puede tributar al Creador es la alabanza y la adoración que para los cristianos va y viene de la liturgia a la vida, convirtiendo la entera existencia en culto de obediencia filial en Cristo, Con esto recibe gloria mi Padre en que deis fruto abundante (Jn 15,8a).
La referencia final al Espíritu relata y confiesa la comunión interpersonal y la común deidad de las Tres Personas, destinatarias de la alabanza y glorificación de la Iglesia.

Conclusión

Como consecuencia el ministerio episcopal se presenta a los fieles como sacramento personal de Cristo, que amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla a Dios (Ef 5,25-26a), mediante el ejercicio en el Espíritu de las diversas tareas episcopales y en el “soporte” y “escaparate” de la santidad de personal de cada obispo. Hemos pues de venerar y amar a los obispos, porque están llamados a ser después de Dios como padres y madres (cfr. Didascalia Apostolorum, II, 33, 1).  

Narciso-Jesús Lorenzo, presbítero, doctor en Teología Sacramentaria por la Facultad de Teología de San Anselmo en Roma. Es delegado Diocesano de Liturgia de Zamora, Canónigo de la Catedral de la citada diócesis, y adscrito a la Parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes de la misma ciudad.


[1] Será Pío XII en 1947 en la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis donde sanciona definitivamente que son la imposición de las manos y la plegaria consecratoria los ritos esenciales para conferir el Orden. Doctrina confirmada por Pablo VI en Pontificalis Romani recognitio.
[2] El texto más primitivo de Ordenación está en la Tradición Apostólica de Hipólito (de nuevo recuperada). Luego se usarán otras plegarias recogidas en los sacramentarios romanos, Veronense y Gelasiano Antiguo (cfr. Ve 947, 951, 954; GeV 770). El último texto empleado será el publicado en el Pontifical Romano de Clemente VIII en 1596. La reforma del Ritual de Ordenes, que recibe el nombre de Pontifical, vino promulgado por Pablo VI con la Constitución Apostólica del 18 de junio de 1968 Pontificalis Romani recognitio. Hasta el momento ha conocido una II Edición Típica en 1990.
[3] Una expresión similar la encontramos en un texto posterior, las Constituciones Apostólicas, en el que se hace referencia explícita al Espíritu Santo y se señala con absoluta claridad la continuidad entre Cristo, los Apóstoles y los Obispos: esta normas las tenemos por la venida de tu Cristo en la carne, bajo el testimonio del Paráclito, por tus apóstoles y por tus obispos, que por tu gracia nos presiden (VIII, 5,3).
[4] Dice Juan Pablo II en Pastores Gregis: Por tanto, todo Obispo ha de ser ejemplar en el arte del presidir, consciente de “tractare mysteria”. Debe tener también una vida teologal profunda que inspire su comportamiento en cada contacto con el Pueblo santo de Dios. Debe ser capaz de transmitir el sentido sobrenatural de las palabras, oraciones y ritos, de modo que implique a todos en la participación en los santos misterios.
[5] Los Obispos rigen las Iglesias particulares confiadas a ellos como vicarios y legados de Cristo, «con sus proyectos, con sus consejos y con sus ejemplos» Pastores Gregis 43.
[6] En las Constituciones Apostólicas VIII, 46,15 se dicen: Después de la Ascensión, fieles a su mandato hemos ofrecido el sacrificio puro y sin mancha, hemos ordenado obispos, presbíteros y diáconos. El primer escrutinio de la Ordenación resume muy bien la doctrina sacramental de la Sucesión: ¿Quieres consagrarte, hasta la muerte, al ministerio episcopal, que hemos heredado de los Apóstoles, y que por la imposición de nuestras manos te va a ser confiado con la gracia del Espíritu Santo?
[7] Cfr. Primera Carta de Clemente XLIV, 4
[8] En las Constituciones Apostólicas se lee: Reconoce, obispo, tu dignidad: así como has recibido en herencia el poder de atar, has recibido el poder de desatar (II, 18,3). Sirva como referencia indirecta a la necesaria comunión episcopal con el Sucesor de Pedro.
[9] Del término griego procede nuestro actual “clero”.