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La Fiesta de la Natividad de la Madre de Dios en la Tradición Bizantina.

Hoy ha sido engendrada la Puerta que mira a Oriente

El año litúrgico en la Tradición Bizantina comienza el 1 de septiembre, cuando también comenzaba antiguamente el año civil en Oriente; y la primera de las grandes fiestas es la Natividad de la Madre de Dios, así como la última es la de su Dormición. De origen jerosolimitana, la fiesta - que dura hasta el 12 de Septiembre - está vinculada a la dedicación de una iglesia en el lugar donde se cree que estuvo la casa de Joaquín y Ana, padres de María; es introducida en Constantinopla en el siglo VI y en Roma a finales del siglo VII.

El 7, una prefiesta anuncia el gozo que la Natividad de María porta al mundo, porque la Virgen se convierte en la puerta por la que entra el Señor. La celebración tiene un trasfondo de personajes y temas tomados del Protoevangelio de Santiago, con la narración de la historia de Joaquín y Ana - ambos ancianos, estéril ella - que acogen con estupor y con asombro la bendición de Dios en el nacimiento de su hija.

El oficio con la palabra "hoy" subraya la actualidad salvífica del misterio que subraya la actualidad salvífica del misterio que celebra la liturgia, que no evoca hechos pasados, producidos una vez y únicamente recordados, sino que los hace presentes de modo vivo y real en la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Las Vísperas ofrecen tres lecturas del Antiguo Testamento: la escala vista en sueños por Jacob (Gen 28, 10-17); la puerta cerrada a través de la cual pasará solamente el Señor (Ez 43-44); la Sabiduría que se construye una casa (Prov 9, 1-11).

El texto de la profecía de Ezequiel ilumina diversos troparios que lo cantan en clave cristológica: "El libro del Verbo de la vida sale del seno materno; la puerta que mira a Oriente ha sido engendrada y aguarda la entrada del sumo sacerdote"; "única puerta del unigénito Hijo de Dios, que atravesándola la ha preservado cerrada"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal"; "el profeta ha llamado a la Santa Virgen puerta intransitable, custodiada por nuestro único Dios: por Ella ha pasado el Señor, por Ella pasa el Altísimo y la deja sellada".

También se muestran las figuras de madre e hija, Ana y María: la estéril engendra a Aquella que engendra al autor de la vida "porque de estéril raiz ha hecho germinar para nosotros, como planta portadora de vida, a su Madre"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal. Hoy comienza la gracia a dar sus frutos, manifestando al mundo la Madre de Dios, por la cual las cosas terrestres se unen a las celestes, para la salvación de nuestras almas".

Los textos himnográficos subrayan el paralelismo entre aquella que era estéril y aquella que engendra la vida: por medio de una mujer estéril el Señor hace nacer a la Virgen. Uno de los troparios del Matutino, además, a partir del libro de los Números (17, 23, con la vara florecida de Aarón), introduce el tema del árbol de la cruz en la vida de la Iglesia: "Una vara es tomada como figura del misterio ya que, con su florecimiento, ella designa al sacerdote: y para la Iglesia, un tiempo estéril, ha florecido ahora el árbol de la cruz como fuerza y apoyo".

Los textos destacan la centralidad de María en el misterio de la salvación obrado por Cristo: "La reina, inmaculada esposa del Padre"; "el instrumento virginal, el tálamo real en el cual ha sido llevado a cumplimiento el extraordinario misterio de la infalible unión de las naturalezas que se unen en Cristo". Además, a partir de la lectura de Isaías (6, 6), María es invocada como "incensario de oro del divino carbón ardiente" que "colma de fragancia mi corazón". En las tradiciones litúrgicas orientales los santos misterios del Cuerpo y Sangre de Cristo son llamados "ascuas divinas", carbones ardientes que purifican los labios y el corazón del hombre.

El icono de la fiesta retoma, con muchas semejanzas, el de nacimiento del Bautista y el de Cristo. En la parte central Ana está acostada sobre el lecho, tras haber parido a María, en la misma posición que Isabel y María. La vejez de Isabel, la esterilidad de Ana, la virginidad de María, mujeres símbolos de la Iglesia convertida en fecunda por medio del bautismo. Y en estos tres iconos el neonato es lavado en una palangana, con una simbología claramente bautismal. La celebración de la Natividad de la Madre de Dios porta así el gozo a todas las Iglesias, porque de Ella nacerá Aquél que, por medio de la Cruz y de la Resurrección, es la vida y la salvación de los hombres.

(Publicado por Manuel Nin en l'Osservatore Romano el 7-8 de Septiembre de 2009; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)