Ir al contenido principal

Personajes: Isidro Gomá y Tomás (1869-1940).

Isidro Gomá y Tomás nació el 19 de agosto de 1869 en La Riba, pueblo de la provincia de Tarragona. Es el cuarto hermano de una familia numerosa y acomodada en la sociedad industrial catalana. Su padre José Gomá Pedrol tenía una fábrica de papel. Comenzó sus estudios en el seminario de Montblanc y posteriormente en el de Tarragona, allí culminó sus estudios de filosofía y derecho canónico. Después se trasladó a Valencia donde se doctoró en Teología.
El 8 de junio de 1885 fue ordenado presbítero. Comenzó su ministerio pastoral en varias parroquias de su diócesis: coadjutor de la parroquia del Carmen de Valls y ecónomo en Montbrió del Camp.
El 30 de noviembre de 1897 fue nombrado profesor de latín del seminario de Tarragona. Desde entonces ejercerá la docencia durante 25 años en la Universidad Pontifica de Tarragona impartiendo asignaturas de Humanidades, Ciencias físicas y naturales, Oratoria y sagrada Escritura.
Desde 1899 a 1908 es rector del seminario tarraconense, en el que se distinguió por su profunda doctrina y piedad.
En 1906 gana las oposiciones de beneficiado de la catedral de Tarragona; al año siguiente es promovido a canónigo, y en 1922 a arcediano. En 1913 se le encomienda también la tarea de juez metropolitano
Del 5 al 15 de julio de 1915 se celebró el I Congreso Litúrgico en el Monasterio benedictino de Montserrat. Este Congreso puede considerarse como el acto público y oficial por el que España se incorpora al movimiento litúrgico europeo, y el resurgimiento del espíritu litúrgico en toda la nación. Tuvo una gran influencia en la renovación de la liturgia, particularmente de la música sagrada, y contribuyó a fortalecer la vida espiritual de los sacerdotes. Contó con la bendición del Papa Benedicto XV y de otras muchas autoridades eclesiásticas. Cabe destacar la presencia del Nuncio Apostólico de S.S. en España: Francisco Ragonesi, entre los más de dos mil congresistas, de los cuales trescientos eran sacerdotes.
Siguiendo los postulados del reciente movimiento litúrgico y las directrices del magisterio pontificio, el Congreso pretende acercar la liturgia a la vida de los fieles. Se promueve un ingente trabajo en torno a la música litúrgica y se fomentan la publicación de los libros litúrgicos con una clara intencionalidad pastoral.
Una de las actuaciones más eminentes de este Congreso y que más impacto causó en los presentes fue el discurso final del mencionado Nuncio apostólico, pronunciado en la última sesión del Congreso: “La Liturgia católica considerada en su aspecto pedagógico”. Poco tiempo después, el Nuncio Ragonesi pide al entonces canónigo de Tarragona, Isidro Gomá, participante también en el Congreso, un comentario a su breve discurso, con el fin de ampliar y difundir sus ideas. Fruto de este trabajo publica en Barcelona, tres años después –en 1918-, los dos volúmenes titulados “El valor educativo de la liturgia católica”, el mismo año en el que era nombrado provisor de la Diócesis. El Nuncio alaba esta obra, porque contribuye a “acrecentar la estima y el amor al culto católico”.
La obra desarrolla las idas expuestas por el Nuncio Ragonesi en su discurso. La primera parte se concibe como una reflexión teórica, que sitúa el saber litúrgico en el contexto de las ciencias humanas modernas de aquel tiempo, especialmente la pedagogía y la psicología. La liturgia, que procede de Cristo y es continuada por la Iglesia, se convierte en una verdadera escuela, que prolonga la acción educadora de Jesús. Es un instrumento de la pedagogía divina para conformar al hombre según Dios, según el ideal cristiano, que es Jesucristo, educador de la humanidad. Para ello, la liturgia cuenta con unos elementos educativos, entre los cuales destaca la Palabra de Dios, el lenguaje litúrgico, el simbolismo, el arte… pero, sobre todo, la gracia de Dios. Todo este potencial educativo de la liturgia cristiana forma los diversos aspectos que conforman el ser humano: su inteligencia, su sentimiento, su voluntad.
La segunda parte trata del hecho litúrgico en sí, es decir, de los elementos característicos de una celebración litúrgica. Ofrece un amplio y organizado estudio histórico de la simbología litúrgica, de los elementos naturales, los gestos y actitudes, las personas que celebran y sus ornamentos, los libros litúrgicos y los ciclos de fiestas. Posteriormente analiza las diversas celebraciones de los sacramentos, particularmente la misa; los sacramentales, el Oficio divino y el canto litúrgico. Es una parte muy práctica para descubrir la riqueza de los diversos elementos de la liturgia católica; y finaliza señalando la importancia dogmática, ética y espiritual de estos elementos, hasta el punto de definir a la liturgia como escuela de enseñanza dogmática, maestra de la moral cristiana y forma oficial de la piedad cristiana.
En la tercera y última parte, trata de la decadencia y restauración de la Liturgia. En primer lugar, constata la crisis del sentido litúrgico de su tiempo y analiza los obstáculos que se oponen a la acción educadora de la liturgia. Entre las causas externas descubre el indiferentismo religioso, la ignorancia, el laicismo, la superstición; y entre las causas internas menciona también los libros de piedad ajenos a la liturgia, la rutina ritual, el dramatismo antilitúrgico, etc. No se queda en lo negativo, sino que finaliza el libro proponiendo algunas “normas para la restauración litúrgica”. Sobre todo, señala la formación del clero, como posteriormente recogerá también el Concilio Ecuménico Vaticano II, y la actuación en la parroquia, en las catedrales, en las iglesias particulares, indicando algunas propuestas prácticas para iniciar la actuación. Culmina el libro con un capítulo dedicado a la fecunda labor realizada en Europa a favor de la renovación litúrgica.
La difusión de esta obra fue una notable aportación al movimiento de renovación litúrgica en España porque divulga los grandes principios del movimiento litúrgico europeo en España e influye grandemente en la formación litúrgica del clero español hasta los años 50. A través de este libro se divulga un gran cúmulo de saberes de autores extranjeros, cuyos libros tardarían mucho tiempo en ser traducidos al español.
Por entonces, el canónigo Gomá era ya un reconocido eclesiástico de vasta cultura. El dominio de la oratoria sagrada le consagró como uno de los conferenciantes más elocuentes de su tiempo, dentro y fuera de España. Muchas de sus conferencias fueron recopiladas y publicadas en numerosas obras, donde refleja su interés por la cultura religiosa y profana. Su fama de orador le requiere en los más significativos foros nacionales e internacionales de aquel momento. Valgan como ejemplo, su participación en el III Congreso Eucarístico de Toledo, en 1920; y en el Congreso Eucarístico de Ámsterdam, en 1924, representando a España.
En el saber teológico se distinguió particularmente en el campo bíblico y litúrgico. Es evidente la influencia de autores franceses, fieles a la doctrina eclesial, como, por ejemplo, Pierre Batiffol, director del Instituto Católico de París. Fue también uno de los diez teólogos designados por la Santa Sede (tres españoles, tres belgas y cuatro italianos) para exponer en una ponencia los argumentos a favor de la “mediación universal” de María Santísima. Sus escritos bíblicos procuran difundir ampliamente en España la lectura del Nuevo Testamento, particularmente los evangelios concordados. Obras representativas de este espíritu son: “Tradición y crítica en exégesis”, “El Evangelio explicado”, “La Biblia y la predicación”, “El nuevo Salterio del Breviario Romano”. Entre las obras de carácter teológico destacamos: “Jesucristo Redentor”, “La Eucaristía y la vida cristiana”, “La Eucaristía y el carácter”.
En el ámbito del saber humanista y literario se percibe la influencia de los clásicos maestros españoles de espiritualidad, de significativos pensadores como Menéndez Pelayo y Ramiro de Maeztu, de autores franceses contemporáneos suyos, etc. Fue miembro numerario de la Real Academia de la Lengua Española, de la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas; y canciller presidente del Consejo de la Orden de Isabel la Católica.
No es extraño, por tanto, que su nombre fuera propuesto entre los posibles episcopables de su época. Sus biógrafos aseguran que fue elegido obispo de Lérida, pero lo impidió la oposición de su arzobispo, el cardenal Vidal y Barraquer.
Años más tarde, cuando las relaciones entre la dictadura del general Primo de Rivera y el clero catalán no eran precisamente las mejores, fue preconizado obispo de Tarazona el 20 de junio de 1927. Curiosamente fue ordenado el 2 de octubre del mismo año, por el cardenal Vidal y Barraquer en la catedral de Tarragona.
Pastoréo la diócesis de Tarazona, siendo administrador apostólico de la diócesis de Tudela; incluso continuando la administración apostólica de las dos sedes hasta el mes de agosto de 1935. Como joven obispo prosiguió su estela de participaciones en diversos congresos nacionales e internacionales, entre otros el XXX Congreso Eucarístico Internacional de Cartago, en mayo de 1930.
Con apenas seis años de experiencia episcopal, fue nombrado arzobispo de Toledo, en cuya sede hizo su entrada oficial el 12 de julio de 1933, vacante por la expulsión y dimisión del cardenal Segura. En octubre de este mismo año convocó la IV Asamblea Nacional de la Juventud de Acción Católica.
En octubre de 1934 acude al Congreso Eucarística de Buenos Aires; y el día 12 del mismo mes pronuncia en el Teatro Colón de Buenos Aires el memorable discurso titulado “Apología de la Hispanidad”, en presencia del legado pontificio Cardenal Pacelli. En 1935 organiza para su diócesis toletana la semana Pro Seminario.
En el Consistorio de 19 de diciembre de 1935 Pío XI es creado cardenal por el papa Pío XI, asignándole el título de San Pedro in Montorio.
Sus años como pastor de la diócesis primada están caracterizados por una óptima labor pastoral en tiempos difíciles, iluminados sabiamente por sus cartas pastorales, que abordaban los temas polémicos de su tiempo.
La guerra civil le sorprendió en Tarazona donde había acudido para consagrar a su obispo auxiliar Mons. Gregorio Modrego. De allí se trasladó a Pamplona donde permaneció todo el tiempo que duró la contienda. Fue un momento difícil, en el que se distinguió por su intensa actuación, por su condición de primado de España y representante oficioso de la Santa Sede ante el gobierno del general Franco desde 1936 a octubre de 1937, año en el que llega como nuncio Mons. Ildebrando Antoniutti.
El 1 de julio de 1937, el episcopado español, encabezado por el cardenal Gomá dirigió una carta colectiva a los obispos del mundo, denominada “Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España”, traducida al francés, inglés e italiano. En este mismo mes de julio, pronunció el discurso de la Ofrenda de España al Apóstol Santiago en Compostela, ceremonia suprimida por la República en 1931 y restaurada ese año.
En 1938 acude, por segunda vez durante la guerra, a Roma para asistir a la canonización del español san Salvador de Horta; y desde allí va a Hungría para participar en el XXXIV Congreso Eucarístico Internacional de Budapest (25-29 mayo), en el que fueron muy aplaudidas sus intervenciones.
El 8 de julio de 1939 publicó una carta pastoral titulada “Lecciones de la guerra y deberes de la Paz”, prohibida por orden gubernamental, en la que apelaba al derecho de unión de los católicos en la defensa de sus intereses frente a las concepciones desviadas del Estado. Terminada la guerra fue el encargado de reorganizar la Acción Católica.
A pesar de su deteriorada salud, a principios de 1940 es elegido miembro de número de la Real Academia de la Lengua Española. Su salud empeora. El 22 de marzo, Viernes Santo, escribe una exhortación pastoral despidiéndose de sus diocesanos. Para evitar los calores del verano, se le traslada a Pamplona en busca de un clima menos caluroso. Al ser consciente de su acelerado agotamiento, pide ser trasladado para morir en Toledo, donde fallece el 22 de agosto de 1940, a última hora de la noche. Tras la celebración de los solemnes funerales, fue enterrado en la capilla de la Virgen del Sagrario de la catedral toledana. A pesar de los controvertidos acontecimientos por los que tuvo que pasar a lo largo de su vida, fue denominado en su tiempo como “el gran Cardenal de España” y fue, sin duda alguna, una figura egregia del movimiento litúrgico español. 

Aurelio García Macías

Publicado en Pastoral Litúrgica 308 (2009) 73-78.