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Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Desaparecida la octava de Pentecostés, la solemnidad de la Santísima Trinidad ya no aparece en los libros litúrgicos como un apéndice de la celebración del tiempo pascual, aun cuando puede ser vista como un eco y una síntesis del misterio de la Pascua del Señor. En realidad, todo domigo lo es, pero este de la Trinidad nos permite contemplar el misterio pascual en el marco de la divina economía o acción en el mundo y en la historia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La devoción a la Trinidad en conjunto se inicia en el siglo X, aunque la tradición patrística y litúrgica jamás han ignorado este misterio. Todo lo contrario, la liturgia entera está impregnada de ese movimiento misterioso al que alude el viejo axioma patrístico: "Todo don salvífico viene del padre, por mediación del Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo; y en el Espíritu Santo por medio del Hijo, vuelve de nuevo al Padre". El ejemplo más claro son las oraciones litúrgicas, que concluyen sienpre con la fórmula "Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos".
La fiesta litúrgica de la Trinidad se difunde en la baja Edad Media a partir de la época carolíngia. Roma la introduce en el calendario litúrgico de la Iglesia latina en l331, bajo el pontificado del papa Juan XXII. Después de la reciente reforma litúrgica ya no se la debe ver como una "fiesta de ideas" o fiesta de un misterio puramente "conceptual". La Santísima Trinidad es un misterio de vida y de comunión, además de un misterio de fe y de adoración: 

"Dios, Padre todopoderoso,
que has enviado al mundo la Palabra de la verdad
y el Espíritu de la Santificación
para revelar a los hombres tu admirable misterio;
concédenos profesar la fe verdadera,
conocer la gloria de la eterna Trinidad
y adorar su unidad todopoderosa" ( Col. ). 

El admirable misterio de Dios no es solamente el ser divino, es también el designio secreto de su voluntad salvífica (cf. Col l, 26; Rom l6, 25; Ef 3, 2.7-ll). Ambos aspectos han sido revelados por Dios mediante su Hijo Jesucristo (cf. Jn l, l8) y el Espíritu Santo (cf. Jn l6, l3-l5) Una vez conocido, entiéndase también vivido, viene la rendida profesión de fe, la adoración y el culto.
Las lecturas del año A - Ex 34, 4b-6. 8-9; 2 Cor l3, ll-l3; Jn 3, l6-8- nos invitan a celebrar dos grandes realidades salvíficas. Una es el Nombre divino revelado a Moisés ( lª. lect. ) y en la misión terrena del Hijo de Dios ( evang. ). Este nombre, en cuanto expresión de la virtud salvífica de quien lo tiene, pertenece también a Jesús, siendo causa de salvación para cuantos creen en él ( evang. ). La otra gran realidad es el amor fontal del Padre ( evang. ),manifestado en la compasión hacia su pueblo ( lª. lect. ) y, sobre todo, en el envio de su Hijo al mundo ( evang. ). Este amor es siempre identificable con el Espíritu Santo, autor de la comunicación de la gracia de Jesucristo y de la caridad del Padre ( 2ª. lect. ).
En el año B, las lecturas - Dt 4, 32-34.39-40; Rom 8, l4-l7; Mt 28, l6-20- destacan la automanifestación de Dios en la historia de los hombres a través de signos y prodigios ( lª. lect. ), en la antigua alianza, y del testimonio irresistible del Espíritu del Hijo ( 2ª. lect. ) y de la misión de los apóstoles ( evang. ), en la nueva alianza. Esta autorrevelación, obra conjunta de las tres divinas personas, tiene por finalidad la posesión, por parte de la criatura humana, de la herencia prometida ( lª. y 2ª. lect). En el Antiguo Testamento esta herencia fue la tierra ( lª lect. ); ahora es la filiación divina ( 2ª. lect. ), a la que se accede mediante el bautismo ( evang.).
El año C tiene una temática similar: Prov 8, 22-31; Rom 5, l-5; Jn l6, l2-l5. La experiencia y el conocimiento que el hombre tiene de Dios le viene de la comunicación de la divina sabiduría en la creación y en la historia de Israel ( 1ª. lect. ), en la palabra y en la vida de Jesús ( 2ª. lect. y evang. ) y en la efusión-donación del Espíritu Santo ( 2ª. lect. ). La Sabiduría divina (Palabra y Espíritu), que se reveló en el Antiguo Testamento de manera imperfecta, da paso a Cristo, el Verbo encarnado, revelación del Padre y emisor del Espíritu, y al propio Espíritu de la Verdad, que actúa en el corazón de los creyentes y en toda la Iglesia.
Como puede advertirse, la liturgia de la Palabra insiste los tres años en los aspectos económico-salvíficos del misterio trinitario, en orden a la vida de la fe y al culto divino, que es no sólo liturgia, sino también la obra de los cristianos en el mundo. Pero también aparecen los aspectos llamados inmanentes del misterio: las primeras lecturas nos hablan del Dios único de Israel; los evangelios contienen las palabras de Jesús, en las que se revela al Padre, se presenta a sí mismo como Hijo igual a él y anuncia el envio del Espíritu Santo; finalmente las segundas lecturas recogen la experiencia profunda de la filiación divina adoptiva, que nos permite conocer el amor del padre, la gracia de Jesucristo -Dios y hombre- y la comunión del Espíritu Santo.
Una síntesis similar y un bellísimo eco de la Palabra proclamada lo constituye el prefacio, una de las más antiguas piezas eucológicas del misal (siglos V-VI), restituido a su uso propio en esta solemnidad. El motivo central de este hermoso prólogo de la plegaria eucarística lo constituye la respuesta de la fe y de la adoración al Dios que se ha autorrevelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La proclamación gozosa de la asamblea, por boca de su presidente, alaba y canta a la verdadera y eterna divinidad, adorando a tres personas divinas, de única naturaleza e iguales en su dignidad. Los mismos motivos, pero esta vez en relación con el fruto de la participación eucarística, aparecen en la poscomunión: 

"Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna
y en su unidad indivisible,
concédenos, Señor y Dios nuestro,
encontrar la salud del alma y del cuerpo
en el sacramento que hemos recibido".