Ir al contenido principal

La Fiesta de Pentecostés en la Tradición Siro-Occidental.

En el pan y en el cáliz el fuego del Espíritu Santo

Pentecostés, cincuenta días después de Pascua, es una de las fiestas más antiguas del calendario cristiano. Hablan de ella Tertuliano y Orígenes en el siglo III, y ya en el siglo IV forma parte del patrimonio teológico y litúrgico de las diversas Iglesias. Los textos del oficio siro-occidental se detienen largamente en destacar el don del Espíritu Santo, casi como una nueva creación: “Hoy el Paráclito desciende e ilumina a los discípulos en el cenáculo; hoy el Espíritu dona inteligencia a los apóstoles, ilumina a los pescadores y los reviste de la fuerza de lo alto; hoy el Espíritu dona la sabiduría a los ignorantes y a los simples, y a los pescadores el talento de los maestros”.

En la liturgia siro-occidental Pentecostés está unido estrechamente con la Ascensión: “Alabanza a Tí, Cristo Dios nuestro, sol de justicia, que cuando estabas a punto de subir al cielo, has reunido a tu mística familia en el monte de los Olivos y sobre ella has insuflado el don del Espíritu Santo diciendo: Id, enseñad a todas las naciones para que sean pescadas en las redes evangélicas”. Y las vísperas elencan las prefiguraciones del don del Espíritu: “Hoy los apóstoles han bebido la bebida divina de los dones del Espíritu Santo; hoy el cenáculo se convierte en una segunda Babel por la venida del Espíritu Santo, si bien en este lugar las lenguas de fuego no son para castigar sino para instruir; hoy los doce patriarcas se convierten en sacerdotes, profetas y reyes; día de hoy es prefigurado por las siete lámparas que están en el candelabro del altar, por las siete columnas sobre las cuales se edifica la sabiduría”.

Efrén de Nísibe, con las imágenes del fuego aplicadas al Espíritu Santo y las imágenes de las brasas ardientes al cuerpo y sangre de Cristo, afirma: “En tu pan se esconde el Espíritu que no puede ser comido y en tu vino se encuentra el fuego que no se puede beber. El Espíritu en tu pan, el fuego en tu vino: he aquí una maravilla acogida por nuestros labios; nuestro Señor ha dado a comer y a beber fuego y Espíritu. He aquí el fuego y el Espíritu en el seno que te ha engendrado. He aquí el fuego y el Espíritu en el río donde has sido bautizado. Fuego y Espíritu en nuestro bautismo. En el pan y en el cáliz, fuego y Espíritu Santo”.

La imagen del fuego y de sus efectos – calienta, fermenta, cuece, convierte en incasdescente – aplicada a la acción del Espíritu Santo se convierte en símbolo de las realidades espirituales. Hablando del Espíritu Santo como fuego, los autores siríacos y su liturgia, quieren subrayar la obra divina del Espíritu por medio de la Eucaristía: por medio de ella, convertida en incandescente por el Espíritu, los fieles son vivificados y reciben los dones de la inmortalidad. El Espíritu Santo es aquél que santifica el pan y el vino, como santifica y consagra el agua y el óleo, en el bautismo y en la crismación.

Efrén, en una homilía sobre la semana santa, dice; “Vosotros comeréis una Pascua pura e inmaculada, un pan fermentado y perfecto que el Espíritu Santo ha preparado y ha hecho cocer, un vino mezclado con fuego y con Espíritu: el cuerpo y la sangre de Dios, que fue victima por todos los hombres”. El Espíritu, entonces, es el fuego escondido que envuelve al sacerdote, revolotea sobre el altar y desciende sobre los dones en el momento de la epíclesis. La imagen del Espíritu que revolotea es presentada por los autores siríacos con un término que indica el incubar de la clueca sobre los huevos, el revoloteo del Espíritu sobre las aguas en el inicio del Génesis y el descenso del Espíritu Santo sobre María y sobre los santos dones en la Eucaristía. Los textos litúrgicos siro-occidentales subrayan también que la santificación obrada por el Espíritu se da en vista de la santificación de los fieles y del perdón de sus pecados: “A fin de que estos misterios purifiquen los corazones que lo recibirán, sean espirituales sus pensamientos y santifiquen sus almas por el Reino de los cielos y la nueva vida eterna”.

El sacerdote invoca al Espíritu Santo para que haga presente la resurrección de Cristo sobre el altar; es decir, que dé al cuerpo de Cristo, colocado en la tumba, la inmortalidad, la incorruptibilidad y lo haga convertirse, como dice en la epíclesis de la anáfora de Santiago, en “cuerpo dador de vida, cuerpo que da la salvación a nuestras almas y a nuestros cuerpos, cuerpo del Señor, Dios grande y Salvador nuestro Jesucristo”. Este proceso de configuración al fuego divino, es decir, al Espíritu Santo, es para Efrén proceso de crecimiento también en la configuración a Cristo: “Su cuerpo se mezcla con nuestros cuerpos. Su sangre se ha derramado en nuestras arterias. Su voz en nuestros oídos, en nuestros ojos su luz. Él y nosotros enteramente mezclados por su gracia”.

En el icono de Pentecostés vemos s los apóstoles reunidos como para una Liturgia: en ésta reciben el don del Espíritu Santo. La presencia de Pedro y de Pablo, y de los evangelistas Lucas y Marcos, muestra a toda la Iglesia reunida por el Espíritu Santo, y nace en una situación de profunda comunión entre los apóstoles. Y en la parte baja del icono encontramos una serie de personajes con vestidos variados (además de uno con cabeza de perro) indicando la diversidad de pueblos, razas y lenguas a las cuales viene anunciado el Evangelio de Cristo.

(Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 23 de Mayo de 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)