Ir al contenido principal

El Icono de la Ascensión del Señor.

La Ascensión del Señor, una de las grandes fiestas del Señor en la Iglesia oriental, tiene su referente en el evangelio según San Lucas y Libro de Hechos de los Apóstoles; ambos libros forman un díptico redactado por el mismo autor: la historia de Jesús entre sus discípulos y el anuncio del mensaje de Jesús, es decir, los primeros años de la Iglesia. Por lo tanto, la celebración de la Ascensión se convierte en el gozne de dos tiempos, ambos igual de presente e importante en medio de la Iglesia.

En la parte superior del ícono se encuentra Jesucristo ya resucitado y glorificado, ascendiendo a los cielos; su representación encabeza la mitad superior, aquí podemos observar que los iconos no sólo tienen un nivel horizontal sino también vertical. Las imágenes que están en la parte superior se reservan para la parte celeste y tienen mayor relevancia y rango; por eso, en algunos casos, pueden aparecer más pequeñas que las imágenes inferiores, que expresan el nivel de lo terrestre. La mandorla circular que envuelve a Cristo expresa la perfección divina, la gloria de Cristo, su esplendor. Lo circular siempre se ha relacionado con lo celeste y lo cuadrado con lo terrestre.

Alrededor de la gloria de Dios se encuentran a cada lado tres ángeles que son los seres más cercanos a la presencia de Dios en su trono (Is 6,2 y Ap 5, 11). Los ángeles en algunas ocasiones expresan asombro; se llamó a este momento “el estupor de los ángeles”, ya que en este momento se dan cuenta que el mismo Dios hecho Hombre, en su carne, se sienta a la derecha de Dios y esto fue lo que escandalizó a los ángeles caídos: tener que servir a los hombres en la carne, el plan establecido por Dios Trinidad, del Dios Amor.

Dos ángeles miran y señalan al Salvador en el movimiento de elevación, mientras los otros cuatro proclaman y pregonan con sus trompetas a los cuatro puntos cardinales de la tierra. Del mismo modo que los ángeles fueron los testigos del nacimiento en Belén (Lc 2,8-16), de la Encarnación (kénosis) y ahora son testigos de la Ascensión de Cristo a los cielos después de haber cumplido su misión (análepsis). Sería muy hermoso ver en el evangelio de Lucas cómo los ángeles han sido los testigos de los diversos anuncios.

Jesús se sienta como en un trono, signo de su divinidad; con su mano derecha bendice a los apóstoles y a todos los que contemplamos el ícono. De este modo se destaca la función sacerdotal de Cristo, que ahora intercede por nosotros y se hace presente en la liturgia de la Iglesia, que como todos sabemos tiene dos planos, el celeste y el terrestre. Es el mismo Cristo sacerdote el que ora y nos bendice en los sacramentos.

Algunos iconos incluyen en la parte superior un sol, indicándonos el Oriente; es el lugar por donde se fue y por donde volverá. La Iglesia ha conservado en su tradición litúrgica la oración a oriente, como parte de las tradiciones que nos dejaron los apóstoles (uno de los nombres del Señor es el de Oriens, “Sol que nace de lo alto”). Así lo expresa san Juan Damasceno y lo remarca como algo irrenunciable; esto dejaba ver que la celebración litúrgica de la Iglesia ya participa de esta presencia, a la vez que espera la segunda venida del Salvador, su carácter escatológico.

Volviendo a la bendición de Cristo y su función sacerdotal, nos manifiesta que es una afirmación de la promesa del Padre: la venida del Espíritu. La Ascensión es la antesala de Pentecostés, el envío del Espíritu Santo (Hch 1,8). Cristo, en el momento de su Ascensión envía a los apóstoles a predicar el Evangelio por el mundo entero; a predicar el misterio de salvación que les ha sido revelado y que, con la llegada del Espíritu Santo, se afianzará en su Iglesia.

En su mano izquierda porta solemnemente un libro: signo de que Él es el Verbo y signo del cumplimiento de todo lo anunciado por los profetas. Del mismo modo, es el legado a sus apóstoles, a la Iglesia; por medio de la Palabra se hace presente el Señor; sólo podrán leer su Palabra con la llegada del Espíritu que Él mismo enviará del Padre; a su vez es el mismo libro del trono del libro del Apocalipsis. Él mismo vendrá de los cielos para llevar a toda la creación a su plenitud y juzgar; para consumar su obra de salvación.

Siguiendo el texto de san Lucas, el iconógrafo representa la escena cerca del Monte de los Olivos, por ello representa el monte y los olivos. Una vez más es el campo, el monte, la montaña, el lugar apropiado para la manifestación de Dios.

La Virgen preside, representando a la Iglesia; es el modelo de la respuesta de la vocación dada por Dios. En una posición orante intercede ante los que veneran esta imagen. Cristo y la Virgen conforman la línea vertical, formando una cruz con la división de los dos ámbitos, el cielo y la tierra, es la Cruz cósmica de la que tanto hablaron los Padres. Esta cruz es más evidente de lo que parece y nos deja ver que sin ella no podemos comprender los misterios de la creación y de Dios. Del mismo modo que María estuvo presente al pie de la Cruz, ahora intercede y congrega a todos los apóstoles, para que esperen todos unidos la segunda venida del Salvador. Nos muestra el deseo de la unidad entre los apóstoles y el riesgo de que a lo largo de la historia se dispersen. La espera, la liturgia y la oración, junto con María, es el lugar perfecto para la unidad, para la comunión, para el ecumenismo.

Los apóstoles aparecen en dos grupos simétricamente en torno a María, la Madre del Señor. Todos contemplan atónitos a la parte superior del icono y ven a Cristo que se aleja, a la vez que parecen que ya esperan su vuelta. Esto lo expresa los dos grupos de apóstoles: uno, el de la derecha, elevan los brazos al cielo, representando la fuerza evangelizadora de la Iglesia; y, el otro, los de la izquierda, que mantienen una actitud más calmada y contemplativa. Contemplación y acción como las dos fuerzas que hacen a la Iglesia crecer.

Los dos ángeles a cada lado de María afirman la partida de Jesús y su vuelta, revelando así el dinamismo del cristiano que debe vivir el “ya” pero “todavía no”, sabiendo que está en el mundo sin ser del mundo.

Daniel Rodríguez Diego