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Los Sacramentos de la Iniciación Cristiana en Oriente.



La vida en Cristo


El célebre tratado La vida en Cristo del teólogo bizantino Nicolás Cabasilas está estructurado a partir de la mistagogia sobre los sacramentos de la iniciación cristiana, más la consagración del altar. En la tradición litúrgica de las Iglesias orientales los sacramentos de la iniciación cristiana designan el bautismo, la crismación y la eucaristía, administrados juntos y por medio de los cuales el ser humano – apenas nacido o en edad adulta – es configurado plenamente a Cristo e insertado en la vida de gracia de la Iglesia.

Bautismo y crismación son conferidos una sola vez porque constituyen el ser y el hacer cristiano; la eucaristía, dada una primera vez como coronación de los otros dos – y a su vez, su fuente – es repetida como sacramento de vida para cada cristiano y para la Iglesia. Según la tradición, los tres sacramentos son conferidos en una misma celebración, en el siguiente orden: bautismo, que da el ser cristiano; confirmación, que da la gracia para el hacer cristiano; y eucaristía, inserción plena en la nueva alianza por medio de la gracia. Los tres sacramentos están tan relacionados entre sí que no sería posible hacer una catequesis de uno sin tratar los otros dos.

En los diversos rituales del bautismo son conservadas íntegramente las diversas partes de la celebración de los sacramentos de la iniciación: el bautismo mismo, el don del Espíritu Santo y la comunión con los Santos misterios del cuerpo y sangre de Cristo, prerrogativa de los hijos de Dios. Los tres sacramentos manifiestan y llevan a cabo un único evento de salvación. Por medio de ellos el hombre, lavado y liberado del pecado, renace como hijo de Dios, es configurado a Cristo y es colmado del Espíritu Santo.

El bautismo incorpora al cristiano a la muerte y a la resurrección de Cristo, y a través de esta unión vital el hombre es movido por la gracia de Dios a configurarse a él y a vivir en modo pleno la vida que viene de él. El culmen de este camino es la participación en la eucaristía, los Santos Dones, a través de los cuales el hombre es misteriosamente asimilado a Cristo mismo. Entre el bautismo y la eucaristía el cristiano recibe la crismación, la unción del Espíritu Santo.

En Oriente estos sacramentos son vistos y acogidos como don de la gracia divina; el catecúmeno recibiéndolos es, a su vez, recibido y acogido por Cristo en su vida divina. En el bautismo, el fiel, por la triple inmersión en el agua santificada y por la invocación de la santísima Trinidad, es regenerado y hecho nueva criatura en Cristo, miembro de su cuerpo, que es la comunidad cristiana, la Iglesia. Con una total inmersión triple, que simboliza la muerte y la sepultura total del bautizado en Cristo: en el agua es sepultado el hombre viejo para hacer salir el nuevo.

El bautismo como puerta a la vida sacramental – la vida en Cristo – es subrayado por el hecho mismo de la conjución, en estrecha unidad, entre bautismo, crismación y eucaristía. Cirilo de Alejandría en el comentario al evangelio de Juan afirma que los catecúmenos no participan en la mesa eucarística porque el Espíritu Santo no habita todavía en ellos, aunque ya han confesado la divinidad de Cristo; tras haber recibido el Espíritu Santo, ellos podrán tocar al Señor. La crismación, unción tras el bautismo con el myron consagrado, significa la fuerza del Espíritu Santo sobre el nuevo bautizado: don del Espíritu y coraza para el combate de la vida cristiana, sacramento vinculado al bautismo y que en el fiel completa y confirma los dones del Espíritu Santo.

Renacido en Cristo, confirmado por la fuerza del Espíritu Santo, acogido en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, el nuevo bautizado se acerca - o es llevado, si apenas ha nacido - a la mesa de la vida para la comunión en los Santos dones del cuerpo y la sangre de Cristo, de los cuales la Iglesia es dispensadora en la celebración de la Divina Liturgia. Hoy, en continuidad con la gran tradición, la iniciación cristiana en la Iglesias orientales se lleva a cabo a través de la unidad indisoluble de los tres sacramentos: bautismo, crismación y eucaristía, independientemente de la edad del catecúmeno, ya sea neonato o adulto.

En el caso del bautismo de los adultos, esta iniciación cristiana se recibe tras una catequesis, preparación que supone un conocimiento de los misterios de la fe cristiana y una disposición a la conversión, mientras que para los niños recién nacidos o los que todavía no tienen uso de razón, estas exigencias recaen sobre sus padres, sobre sus padrinos y sobre la Iglesia misma, plenamente comprometida en el camino de los nuevos fieles, alimentados, por medio de la comunión eucarística, en su vida en Cristo. Así, sumergiendo a los neonatos en la vida en Cristo, ungiéndolos con el sello del Espíritu Santo, admitiéndolos al instante a la mesa de los Santos dones, es la misma Iglesia la que se involucra en el camino cristiano de los neofitos.

(Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 27 de Agosto de 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)