Ir al contenido principal

La Semana Santa en la Tradición Siro-Occidental.

Los serafines tiemblan viendo al Hijo que lava los pies a los hermanos

*

En los libros siro-occidentales el Domingo de Ramos lleva el título de Domingo del Hosanna, caracterizado por el gozo ya que celebra la realeza del Señor. Los textos se sirven también del género literario del diálogo: "Sion dice: ¿Por qué viene? Yo no lo he llamado. El profeta dice: Es tu Rey y viene a reinar. Sión dice: Yo no quiero que Él reine sobre mí. El profeta responde: Él reinará sobra la Iglesia y te abandonará. Sión dice: Yo no le abriré mis puertas y Él no entrará. El profeta responde: La Iglesia le abrirá las suyas y lo recibirá. Sión dice: Si Él entra dentro de mis muros lo crucificaré. El profeta responde: Pero su cruz vive y ésta te destruirá".

*

El Lunes santo tiene lugar la celebración de las Lámparas. La iglesia es despojada del gozo de las palma y al fondo del altar es puesto un gran tapiz negro con una cruz blanca y los símbolos de la Pasión alrededor de ésta: la palangana para el lavatorio de las manos de Pilatos, el flagelo, la corona de espinas, el gallo de la negación, los clavos, el martillo, la esponja, la escalera y la luna llena. La liturgia celebra el Evangelio de las diez vírgenes y en la segunda vigilia del matutino se hace la procesión de las lámparas; los fieles portan cirios en sus manos, mientras los textos subrayan la espera del Esposo: "Cuán bella es esta noche en la cual tiene lugar el encuentro con nuestro Salvador; cuán gloriosa, deseada y bella; en ella se reúnen los jóvenes y los ancianos, portando lámparas y cantando himnos; el bautismo está pronto como una esposa gloriosa y da la vida a aquellos que se sumergen y renacen de su puro seno".

*

La procesión sale de la iglesia y el sacerdote, arrodillado ante la puerta cerrada, recita la plegaria introducida en todas las horas del oficio siro-occidental, pero que en esta noche del Lunes santo toma toda su fuerza dramática: "A tu puerta, Señor, yo llamo, y pido de tu tesoro la misericordia. Yo soy un pecador y con el paso de los años he abandonado tu camino. Otórgame el confesar mis pecados y yo los evitaré y viviré por tu gracia. ¿A las puertas de quién, Señor misericordioso, iremos a llamar, sino a la tuya? ¿A quién tendremos como intercesor ante nuestras faltas si tu misericordia no intercediese por nosotros? Que el canto de nuestra oración sea una llave que abra la puerta del cielo, y que los arcángeles digan; Cuán dulce debe ser el canto de los de la tierra ya que el Señor escucha sus súplicas súbitamente".

*

El Jueves Santo porta el título de Jueves de los Misterios. En la Eucaristía los textos destacan la simbología del cordero pascual: "He aquí que en Egipto fue degollado el cordero pascual, y en Sión fue degollado el verdadero cordero. El Cordero de Dios ha liberado con su sangre, de las tinieblas, a las naciones, como libró a Israel de Egipto. Muchos corderos fueron degollados; solamente por uno de ellos Egipto fue vencido. Nuestro Señor comió la Pascua con sus discípulos. Con el pan partido el ázimo llegó a su fin. El pan de aquel que da la vida, vivifica el mundo. La Iglesia nos da un pan vivo, en vez del ázimo que dió a Egipto. María nos dio un pan vivo, en vez del pan corrupto que nos dio Eva".

*

El lavatorio de los pies es hecho por el obispo a doce sacerdotes ancianos; el rito, contemporáneo a la lectura del Evangelio, tiene un aspecto dramático y los textos subrayan el contraste: "Tú que te has ceñido con una cordón y has lavado los pies a los discípulos, ten piedad de nosotros, oh Dios. Tú que eres el grande y que por amor te has abajado y has derramado el agua en una jarra. Tú que por naturaleza eres Señor y has lavado los pies a tus discípulos. Tú, al cual sirven los coros de fuego y que lavas los pies a los hombres hechos del polvo".

*

La lectura del Evangelio es iniciada por el obispo que después pasa el leccionario a un sacerdote o un diácono que canta con una voz dramática y lenta el texto, mientras el obispo lleva a cabo aquello que describe el Evangelio. El obispo vierte el agua en la jarra y la bendice con una plegaria que nos recuerda a la consagración del agua el día de la Epifanía, que celebra el bautismo: "Dios creador de todo lo que existe, de los seres visibles e invisibles, y eres glorificado por los arcángeles, junto a tu Padre y tu Santo Espíritu en lo alto del cielo; Tú has venido a buscar la oveja perdida y, habiéndola encontrado, la has portado en tus santos hombros y, con gran gozo, la has hecho entrar en la casa de tu Padre, ahora, Señor, bendícenos con tu gracia, purifícanos por medio de este agua que nos lava de la suciedad de los pecados".

*

El lavatorio se concluye con diversas oraciones: "Gabriel permanece estupefacto, Miguel tembló y estaba desconcertado, el estupor se abate sobre ellos viendo al "Ser" de fuego inclinarse y lavar los pies a los discípulos". San Efrén canta este misterio del amor y la condescendencia de Dios hacia los hombres: "Los serafines temblaban viendo al Hijo que, ciñéndose a la cintura un lienzo, lavaba en la palangana los pies, la inmundicia del ladrón que lo había entregado. Nuestro Señor purificó el cuerpo de los hermanos en la palangana que es símbolo de la concordia. En el seno de las aguas Cristo nos ha formado nuevamente".

*

(Publicado por Manuel Nin en L'Osservatore Romano el día 1 de Abril de 2010; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)