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IV Domingo de Cuaresma en la Tradición Bizantina: de San Juan Clímaco.

San Juan Clímaco

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Juan Clímaco ("de la Escalera") nace probablemente en Siria en torno al año 575 y muere el 30 de marzo de 649 (?). También es conocido como Juan el Escolático o Juan Sinaita. Con una importante formación, se convirtió en novicio a los 16 años, siendo quince años discípulo del abad Martyrius en el Monte Sinaí. A la muerte de Martyrius, Clímaco se retira a vivir una vida solitaria y ascética en una gruta del monte Sinaí, en la que permanecerá cuarenta años. Fue un monje asceta, que llevo su vida anacorética con una gran caridad y exigencia, y fue un gran maestro espiritual y acudían a él muchas personas a pesar de su deseo de soledad. Al final de su vida destacó por ser el abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí (Monasterio de la Transfiguración). Su escrito más célebre es la Scala Paradisi (La escala al Paraíso) del cual derivaría su apodo (del griego klimax, escalera). Esta obra es de un gran calado ascético y místico. Poco tiempo antes de su muerte, dejó la abadía en manos de su hermano Jorge y volvió a la vida solitaria hasta su muerte. También es considerado santo por la Iglesia Católica.

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Los Domingos anteriores a la Gran y Santa Semana

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Este domingo y el próximo se conmemora a dos grandes ascetas: san Juan Clímaco y Santa María Egipciaca. Esta cuarta semana es una semana para recapacitar sobre el ayuno y la oración en Cuaresma. Esta conmemoración viene a animar la configuración con Cristo, en la lucha, mediante el esfuerzo espiritual cuaresmal. Porque el ascetismo es una realidad a practicar y no a conmemorar. No se nos invita a recordar a los santos, sino a imitarlos. Es la consideración que debemos tener en cuenta, una invitación que nos hace la Iglesia que es maestra en sus santos. Reforzar nuestro mundo interior espiritual, física e intelectualmente. Ejercitarse para la gloria, que es la vocación de todos los llamados en Cristo.

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Pero, ¿qué nos quiere decir esto? El hombre en esta vida puede vivir esta transformación esta llamado a transfigurar el corazón, que se siente habitado por el Espíritu; esta conversión de la mente, donde se inculca la sabiduría del Evangelio; y esta labor de convertir nuestro cuerpo en templo e icono del Espíritu.

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El icono: llamada a la santidad

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Si contemplamos los iconos de los santos nos viene a la memoria la siguiente cuestión: realmente, ¿son retratos en el sentido pleno de la palabra? ¿Son fotografías exactas de rostros concretos? Es evidente que no.

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Representar los rostros concretos se ha venido haciendo en Occidente, sobre todo a partir del siglo XV, donde se usaban los retratos en vida del personaje o las mascarillas mortuorias tras su muerte. Sin embargo, en Oriente, el realismo viene condicionado por tres características indispensables.

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La primera, es que el rostro del santo se parezca al rostro de Cristo. Hay que considerar que uno de los iconos más importantes de la Iglesia bizantina es el rostro de Cristo “el no pintado por mano de hombre”, que en algún artículo explicaremos. Este icono es el canon de la humanidad. “Cristo revela al hombre quien es Dios y quien es el hombre”. Los rasgos del Verbo hecho carne son incluidos en los del santo. Los bienaventurados son los que han seguido de cerca a Cristo y han comprendido el misterio de su divinidad y, sobre todo, el de su humanidad. Siendo Dios se hizo hombre, se abajó, tomando la condición de esclavo (cf. Flp 2, 6-8).

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El segundo es la mirada, que debe estar llena de luz y contemplación, porque los ojos y la boca, son los rasgos del Espíritu Santo. En el oficio de este día dedicado a San Juan Clímaco rezamos: “Santo padre Juan, es verdad que tú siempre has tenido en la boca la exaltación de Dios, meditando las palabras inspiradas de Dios, sobre todo en vista de la práctica de la virtud; oh sapientísimo, que eres tocado por la gracia que te brota convirtiéndote en bienaventurado, derribando los consejos de todos los impíos”. En los labios del santo se encuentra el “Evangelio hecho carne; en sus ojos se ve el don concedido por Dios: don de lágrimas. Reza así: “Oh glorioso padre Juan, purificando el alma de la fuente de las lagrimas”. Con estas dos características se nos habla de la vocación de todo hombre a ser imagen (los rasgos de Cristo) y semejanza (en la interioridad expresada en la mirada transfigurada y redimida, y… “de lo que está lleno el corazón habla la boca”). Por lo tanto, es volver al Paraíso, imagen de la Iglesia, que es el huerto regado por la Palabra de Dios, la oración y los sacramentos. No se nos invita en la Cuaresma a una penitencia que conduzca a la auto-redención que roza lo macabro, sino que el horizonte es la Vida en la Trinidad, el Padre que nos abraza y moldea con sus dos manos, el Hijo y el Espíritu. Para dejar espacio hay que combatir a las pasiones y al pecado de una forma activa. El ayuno, el incremento de la oración y la limosna, son armas eficaces que nos muestran el límite de nuestra capacidad, para que en nuestra debilidad actúe Dios.

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Por último, en las manos y en la forma de vestir, se representa los objetos o cosas concretas que han ayudado a la santidad, porque la consagración es algo concreto y lo único que nos lleva a la santidad es la consagración de la vida, ¡de toda la vida!, en el trabajo o la cotidianidad, en el estudio o en la caridad concreta.

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Como vemos, las imágenes de los iconos son conceptos teológicos llevados a la oración y la contemplación. Se busca el realismo, sí, pero el que hace del hombre un verdadero hijo de Dios en el Hijo. La razón, la bondad y la hermosura humanas son transidas del Don de Dios, llamando al hombre a la vocación concreta.

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Bienaventurado Juan, ruega por nosotros.

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Daniel Rodríguez Diego