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Domingo del Triunfo de la Ortodoxia (Origen del conflicto iconoclasta y su solución).

Presentamos en nuestro Blog a un nuevo colaborador, su nombre es Daniel Rodriguez Diego y es seminarista de quinto curso en el Seminario Conciliar de Madrid, licenciado en Humanidades por la Universidad de Navarra y Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Dámaso, se encuentra finalizando sus estudios de Historia del Arte y cursa estudios en la Facultad de Literatura clásica y cristiana San Justino en Madrid, desarrollando un estudio y traducción sobre la obra de San Juan Damasceno y otros autores de la época iconoclasta.

Nos ofrecerá una serie de artículos que nos servirán para introducirnos en el mundo bizantino; en el que ahora tenéis ante vosotros tratará: "El origen del conflicto iconoclasta y su solución". Agradecemos su esfuerzo y su colaboración.

"El origen del Conflicto iconoclasta y su solución"


En el primer domingo de Cuaresma la Iglesia oriental celebra la fiesta del “Triunfo de la Ortodoxia”, conmemorando el triunfo contra aquellos que destruían las imágenes sagradas o iconoclastas. Tras más de ochenta años de disputas y divisiones en el seno de la Iglesia, el conflicto concluye en la convocación del último concilio ecuménico de las dos grandes iglesias, de oriente y occidente: el II Concilio de Nicea. Como todas las grandes fiestas vemos la canonización de un icono que la conmemora. No podemos comprender su simbología sin sondear la historia.

En el Imperio de Oriente, y durante más de cien años, emperadores y patriarcas persiguieron a aquellos que defendieron las imágenes sagradas que representaban a Cristo, a la Virgen María y a los santos, así como las escenas de diversos pasajes bíblicos o interpretaciones iconográficas que decoraban los primeros templos cristianos. En ambos bandos aparecen personas de gran talento: del lado iconoclasta encontramos figuras de la talla de León III o Constantino V, emperadores de Bizancio, herederos del legado del antiguo imperio de Roma; del otro lado, personajes de una formación teológica y cultural sin parangón: Juan Damasceno, Teodoro Estudita, Diadoco de Foticea, Teodoro Abu Qurrah o el patriarca Focio, que dejó zanjada la cuestión triunfando el culto de las imágenes sagradas. Patrimonio teológico que sirvió para fundamentar una de las partes más sustanciales de nuestro arte y cultura, de influencia en todo el Mediterráneo; sin embargo, desconocido en profundidad por la falta de la edición y reflexión profunda de estos textos. Sin acceder a los escritos patrísticos, la descripción del arte cristiano se queda en un hecho formal y la interpretación iconográfica no profundiza en la misión y existencia de las imágenes sagradas.


Lo que aquí nos ocupa es precisamente esto: intentar dar luz al arte cristiano, para que recupere su carácter simbólico (más-real) y litúrgico-teológico, en una visión de la reflexión cristiana. Teología, liturgia y oración tenían un mismo lenguaje y no eran disciplinas antagónicas o separadas. Una visión de la teología y de la cultura unida a la vida del cristiano.Para saber que es lo que ocurre en el conflicto hay que sondear la historia y reconstruir mínimamente su origen.


Nos referimos a la fuerte lucha que acaeció entre los iconoclastas y aquellos que, defendiendo la recta fe, dieron la vida y su talento humano e intelectual a favor de esta empresa. En lo teológico, detrás del conflicto iconoclasta vemos una distorsión desfigurada de la consideración de la materia y de la Encarnación del Verbo, que comentaremos en otra ocasión. Hoy nos ocupamos del aspecto histórico del conflicto.


El iconoclasmo, se define como movimiento de destrucción de las imágenes que abarca del siglo VIII al IX d. C. Oficialmente comienza en el año 730 de mano del emperador de Constantinopla. No sólo turba el seno de la iglesia constantinopolitana, sino que también la zona centro-oriental, produciendo un conflicto de carácter político y social a nivel global para el antiguo Imperio romano de Oriente, el Imperio Bizantino. Hay que contar que el conflicto llega a las inmediaciones de Roma, ya que muchas colonias y monasterios se distribuían en Italia y en la misma Roma, incluso en las colonias de Ceuta y Cádiz, prontamente destruidas por el paso musulmán.


Hay que percibir el problema desde los dos puntos de fuerza que intentan gobernar Bizancio en este momento: por una parte, la fuerza de ámbito griego (influencia de Atenas y Roma), de otra, una potencia de origen semítico-mesopotámico (influenciada desde Palestina y la emergente potencia árabe, de ámbito siriaco y el macizo armeno-anatolio).


La disputa es iniciada por el emperador León III, que ocupaba el trono desde 717 d. C., después de una grave crisis en el Imperio. El mismo que, después de haber salvado las fronteras de la invasión de los árabes, necesita dar cohesión al Imperio y reforzarlo con políticas que centralicen su jurisdicción, el lo político y lo religioso. Tras múltiples políticas satisfactorias consigue un gran poder.


Entre el año 726 y 730 se realizan empresas explícitamente contra las imágenes sagradas. El primer testimonio que encontramos del conflicto es el acaecido en el año 726; en la gran puerta de bronce del Palacio Imperial de Constantinopla se representaba una magnífica imagen de Cristo y de la Madre de Dios, ésta será destruida. Es la puerta principal del palacio de la capital más importante y superpoblada del Mediterráneo, lo que hace de este acto un hecho de gran relevancia. El icono era atribuido al mismo emperador Constantino, fundador de la ciudad a la que da nombre. El pueblo se alza y no tarda en tomar reprimendas contra el cabecilla de la operación, matándolo, a lo que responde el mismo emperador León III con fuertes represalias y la sustitución de la imagen destruida por una Cruz, carente de figura de humana de Cristo. La imagen va acompañada de la siguiente inscripción: «El emperador no puede admitir una representación de Cristo sin voz, sin respiración, y por su parte la Escritura se opone a la representación de Cristo por su (única) naturaleza humana; por eso León y el “nuevo” Constantino dispone en la puerta del palacio el signo tres veces dichoso de la Cruz, gloria de los fieles» (El texto lo encontramos en la obra: Grabar, A. La iconoclastia bizantina, Madrid 1998, pp. 150-152).
En el 730 se firma el edicto que imponía la destrucción y el alejamiento de las imágenes religiosas, teniéndolo que asumir por la fuerza todos los obispos. Esto mostraba su intención de poder, interviniendo en los asuntos internos de la Iglesia, y su doble derecho regio y sacerdotal como emperador (esto llega a afirmar en una carta al Papa Gregorio II: "Yo soy Sacerdote y Rey": potestad sobre el poder temporal y espiritual de la Iglesia). Antes de comunicar su decisión al resto de sedes patriarcales, somete a todos sus súbditos a la voluntad proclamada por el Silention (Reunión de dignatarios y eclesiásticos).


Intenta conseguir la adhesión del mismo Papa en Roma, primero Gregorio II, después de Gregorio III. Conservamos un intercambio de cartas entre el Emperador y el Obispo de Roma. Este último, trató de disuadir al emperador León, pero es demasiado tarde porque, poco después, llega a Roma la promulgación del edicto del 730. Gregorio III convoca un sínodo romano, en el que participan noventa y tres obispos, condenando la acción y el documento de León III. Cuando las noticias llegaron a Oriente la decisión romana hizo separar más aún la comunión entre ambas partes, del Oriente y el Occidente cristianos. Otra parte del imperio de Oriente pasaba inadvertida a este conflicto, ya que se encontraba bajo el dominio musulmán y el poder del emperador no era efectivo. Los cristianos de Egipto, de Palestina, de la Siria de observancia calcedonense (o sea aquellos que no están separados por las precedentes cuestiones cristológicas), no aceptaron la condena del culto a las imágenes, y de sus filas surgirá el sirio Juan de Damasco.

Pero esta oposición que surge fuera de la influencia de Bizancio, no parece que determine la actitud adoptada por el emperador León III y Constantino V. Ya antes del edicto del 730 el distrito europeo de las Cícladas y de la Élade (Grecia) se revela contra el escrito del Emperador y defienden las imágenes cristianas. La rebelión fue tranquila y León III optó por una contención pasiva de las disputas. De la zona del patriarca Germano y sus territorios, hasta donde llegaba la influencia de León III, no sabemos que hubiera influencia de esta contienda.


El hijo de León, Constantino V (ostenta el poder en la Constantinopla del año 741 hasta su muerte el 775) fue un hábil general y un enérgico gobernante, continuando la política religiosa de su padre. Como este, tras litigar las contiendas militares en el noroeste y en el noreste de la Tracia y la contienda por el trono de Constantinopla, dándoselo al patriarca Anastasio, Constantino V se hace con el trono de su padre, tomando fuertes reprimendas contra aquellos que intentaron usurpárselo.


Como a su padre, que había esperado un cierto tiempo para imponer su política iconoclasta, éste toma la misma actitud de espera, pero el ambiente se lo preparan algunos eclesiásticos. Para poder erradicar de raíz las imágenes del culto de las iglesias se decide convocar un concilio. Sabemos que se preparó intensamente por medio de una amplia propaganda en el pueblo y de intimidación del clero, mientras una intervención activa del emperador con al menos trece discursos escritos. El concilio se celebra el 754 y se concluye con la condena de las imágenes, aunque parte de los obispos aquí reunidos rehusaron firmar aquello que se promulgaba, ya que manifestaban algunos puntos doctrinales que rompían la fe, como son la devoción a la Virgen María, a los santos y a las reliquias y algunas afirmaciones que no respondían a la fe cristológica del depósito de la recta fe (detrás de las disputas iconoclastas hay muchas cuestiones sobre la naturaleza humana de Cristo). Aunque el concilio fuese autodefinido “ecuménico”, faltaron representantes del resto de sedes patriarcales, a saber: de Roma, de Alejandría, de Jerusalén y de Antioquía. Por otro lado, los tres patriarcas orientales no invitados tuvieron un contra-sínodo en Jerusalén en el 767, así como otro convocado en Roma en el 769 presidido por el Papa Esteban II.


Hasta donde podía llegar su autoridad, Constantino V actuó con una rígida política represiva contra aquellos que se negaban a obedecer las órdenes imperiales. Fueron años muy duros para aquellos que defendieron las imágenes y muchos fueron atormentados por diversas condenas, cárcel y martirio, dando testimonio con la propia vida. Sobre todo, la persecución se dio entre los monasterios que estaban en la jurisdicción de Constantinopla, y la lucha adquirió un matiz anti-monacal, siendo muy pocos los monasterios de tendencia iconoclasta.


Durante el breve reinado del hijo de Constantino V, León IV, la acción iconoclasta se suaviza, y el culto a las imágenes es restablecido durante el breve gobierno de la viuda del emperador, regente hasta la mayoría de edad de su hijo. Aquí aparece un primer intento de convocar un concilio ecuménico en Constantinopla, pero es abortado por la irrupción de las fuerzas armadas. Aunque la emperatriz no renuncia a realizar el concilio y, finalmente, consigue reunirlo en torno a la ciudad de Nicea. De modo que se produce un segundo concilio en esta ciudad, con representantes de la sede de Roma y de las sedes patriarcales orientales, que condenaron las conclusiones del “pseudo-sínodo” del 754, afirmando la necesidad de las imágenes religiosas cristianas, fundamentando con solemnidad las distinciones pertinentes al culto de “latria” que se le debe sólo a Dios y el culto “relativo” con el que dirige el cristiano a las imágenes, a la Cruz, a las reliquias de los santos y del mismo Cristo, así como hacia otros objetos llamados sagrados, y reafirmó el valor de la oración dirigida a la intercesión de Santa María Virgen y a los santos.


Los decenios que siguen no son felices para el Imperio Bizantino, a causa de las continuas luchas y conflictos externos. Muchos reclamaban las políticas de León III y Constantino V en materia de imágenes. León V, el armenio, Miguel II e su hijo Teófilo (estamos refiriéndonos al periodo de tiempo que va del 813 al 842 d. C.). En esta ocasión el emperador de apoya en una asamblea religiosa reunida como “Concilio de Santa Sofía” en el 815 d. C. Aunque en esta ocasión el patriarca de Constantinopla Nicéforo es depuesto por un eclesiástico. Quien lidera en lo teológico el segundo iconoclasmo, su nombre es Juan, el Gramático. Sin embargo, los defensores de la ortodoxia de la fe ya no les sorprenden de nuevas, y están preparados.
Depuestos los patriarcas Nicéforo y Teodoro, abad este último del Monasterio de Studion, vemos que el último de estos emperadores es Teófilo, que fue educado por Juan el Gramático. Teófilo nombra a su maestro Juan patriarca de Constantinopla y, juntos, hacen revivir una persecución activa como la que realizó Constantino V.


Con la muerte de Teófilo, la ortodoxia de la fe fue devuelta a una mujer. Su viuda regente Teodora, que es de origen ateniense, restableció el culto a las imágenes. Juan el Gramático es depuesto por otro, Metodio, que junto a la emperatriz reestablecen el culto a las imágenes que fue anunciado públicamente en el 843. El conflicto concluye como se inició, pero ciento diecisiete años más tarde: colocando el icono de Cristo y otro de la Virgen "Hodigitria", encabezando la procesión que hace público el triunfo de las imágenes sagradas. El 11 de marzo del 843 la regente Teodora, junto al patriarca Metodio y el eunuco Teotoquistos encabezan la procesión que traslada el icono de la Theotokos de la iglesia de Blachernas hasta la basílica de Santa Sofía para celebrar la Divina Liturgia. Décadas después se instituye el primer domingo de Cuaresma la fiesta del Triunfo de la Ortodoxia dentro del calendario litúrgico bizantino (Cf. Cortés Arrese, M. Bizancio. El triunfo de las imágenes. Biblioteca Nueva 2010, pp. 47-50).

El acontecimiento tuvo el incomparable marco del templo más emblemático de Constantinopla. Después de una vigilia nocturna en la iglesia de Santa María de Blachernas, se organizó una procesión a la basílica de Santa Sofía donde se celebraron con gran solemnidad los santos oficios en memoria de las sagradas imágenes. Al año siguiente, en el primer domingo de cuaresma, aniversario del restablecimiento de las imágenes, fue instituida, para todo el Oriente cristiano, la gran fiesta del Triunfo de la Ortodoxia. Fiesta de gran solemnidad que la Iglesia bizantina continúa celebrando cada año el primer domingo de Cuaresma.
Para confirmar esta tradición, bajo el reinado conjunto de Miguel III y Basilio I se decoró el ábside de la basílica de Santa Sofía con la imagen de la Virgen con el Niño y los cuatro grandes patriarcas que testimoniaban la lucha contra los iconoclastas: Germán, Tarasio, Nicéforo y Metodio, todo un símbolo de la ortodoxia y del triunfo definitivo del culto iconográfico.
El icono que presentamos para esta fiesta es precisamente este momento del traslado del icono de la Madre de Dios hasta la basílica de Santa Sofía.
Daniel Rodríguez Diego