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Domingo de San Gregorio Palamás (2º Domingo de Cuaresma de la Tradición Bizantina)

En el segundo domingo de Cuaresma se hace memoria de San Gregorio Palamás, arzobispo de Tesalónica, canonizado por la Iglesia Ortodoxa en 1368. Habrá que esperar hasta el siglo XVI para proclamar esta fiesta en el segundo domingo de Cuaresma, “de san Gregorio Palamás”, denominado como “segundo triunfo de la Ortodoxia”.

Defensor de la Ortodoxia

Gregorio Palamás nació en 1296 y muere en el año 1358. Se muestra como uno de los más grandes teólogos de la tradición bizantina. Sus escritos serán muy leídos en vida del santo y a lo largo del siglo XIV influirán en gran medida, junto a un proceso de gran desarrollo cultural. Éste será un periodo decisivo para la teología de la Iglesia oriental. Su actividad consistió en defender “la recta fe” frente a la tendencia del racionalismo de algunos monjes de influencia occidental, especialmente del monje italiano Barlaam.

La posición de Barlaam es afirmar que a Dios sólo se le puede conocer por medio de la razón, pero san Gregorio intentará explicar como es la relación entre la razón y el corazón, como se conoce a Dios desde la totalidad del hombre. Afirma que no sólo es necesario el estudio y la comprensión de las ideas acerca de Dios, sino que es imprescindible la santidad de vida y la purificación del ser humano por medio de la ascesis. Las diversas teologías fueron presentadas en un concilio llamado “hesicasta”, celebrado en Constantinopla, en el 1341 (luego prolongado en el 1347 y el 1351). Fue un periodo de crisis externa, de luchas internas y de una gran vivacidad intelectual. Sólo se puede comprender remontándonos al final del siglo XIII, cuando empeoraron las contiendas sobre las procesiones del Espíritu Santo y esto generará un nuevo ambiente teológico, que prepara la teología de la deificación del hombre.

Estas discusiones fueron las que estimularon definir como sucede el proceso de deificación; cómo era la intervención del Espíritu Santo y cómo sucede la iluminación del hombre dentro del proceso de santidad. Pero el hesicasmo no representa en el cristianismo una doctrina nueva, ni un fenómeno inédito, sino que es la experiencia de la Iglesia desde los primeros siglos, así como una piedad auténtica y verdaderamente difundida entre los cristianos. Esta doctrina se asienta en los Padres y funda su doctrina en los escritos de San Gregorio Palamás. Esta renovación tiene sus consecuencias en el mundo doctrinal y en el arte sacro. La renovación cultural estaba ligada a la una rica decoración del lenguaje teológico plagado de imágenes simbólicas.

Los hesicastas no presentaban grandes novedades en su doctrina, renovaban una realidad presente desde los orígenes de la Iglesia sobre “la quietud espiritual”. Esta “divina paz” estaba unida a la oración ininterrumpida, aquella que dice: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. A esta oración los monjes no asignaban ninguna función mágica, sino que, practicándola, evitaban la dispersión de la mente en las realidades de este mundo. Sin distracciones, se ponían en la actitud más adecuada para servir a Dios y dejarse transformar, abriendo la mente y el corazón al Espíritu Santo. Muchos pueden relacionar esta actitud con la pasividad, pero es todo lo contrario, ya que el contemplativo seguía esta oración continua en el trabajo y en la comunidad, una súplica a Dios para que le muestre la verdadera esencia de las cosas, el trabajo y las personas. El monje participa de las energías increadas.

San Gregorio Palamás describe así el tipo de monjes santos: «Ellos han abandonado la alegría de los bienes materiales, la gloria humana, y los placeres de cuerpo y han preferido la vida evangélica, alcanzando la edad madura según Cristo».

Elemento de su enseñanza

Como hemos visto, san Gregorio Palamás recapitula su sabiduría de toda la tradición patrística. Distingue la inalcanzable sustancia divina de sus Energías, que sí son alcanzables. Esta división no era nueva, sino que la encuentra en las enseñanzas de San Basilio en Grande, en san Juan Crisóstomo y en Máximo el Confesor, entre otros. Contrariamente al Dios de los filósofos, un Dios inaccesible, no próximo y castigador de los hombres, san Gregorio Palamás enseña al Dios de los santos, pleno de amor por el hombre y que comunica sus increadas energías. Escribe: «si no existe esta distinción entre la imparticipable Sustancia divina y sus participadas Energías, se interrumpiría todo contacto y comunicación con Él».

La gracia de Dios no es Su esencia, pero sí, sus energías. Esencias y energías son ambas increadas, divinas. De la esencia divina no participan las criaturas. El hombre es criatura. La distinción entre esencia y energías no implica una división en Dios, ya que Dios está presente en su esencia incomunicable y también en las energías. Cuando la Gracia de Dios se manifiesta en nosotros y está en nosotros, participamos de su Vida en el Espíritu Santo. Por lo tanto, lo que santifica al hombre viene de Dios y no sólo de un ejercicio humano de perfección, aunque esto sea necesario.

Obviamente en la vida presente esta capacidad de conocer de Dios es muy limitada, comparada con lo que viviremos en la vida eterna. «Este conocimiento limitado es idéntico con el justo empeño personal y con el grado de perfección de todos». La vía del conocimiento de Dios o su visión era vista por nuestro santo como un continuo ejercicio y empeño de purificación por la inclinación que el hombre tiene al pecado, pero que sucede a lo largo de una perseverante vida en el proceso de santidad.

Como hemos vistos más arriba, san Gregorio Palamás no acepta un dualismo entre alma y cuerpo, admitido por Barlaam, que lo recoge de la filosofía griega. En esta actitud del monje italiano hay un abierto desprecio del cuerpo y de la materia. San Gregorio afirmará la unidad del hombre en todas sus dimensiones humanas, ya que el Verbo de Dios quiso hacerse hombre. No quiere identificar el alma con lo racional y lo eterno, ni el cuerpo con lo caduco y despreciable. Sigue subrayando el acontecimiento de la Creación, donde sucede la vida del hombre y la vida espiritual, así como la acción del Espíritu Santo y los sacramentos de la Iglesia y la fe de la resurrección de los muertos. Cuando comulgamos, comulgamos los Sagrados Dones, cuando somos ungidos, lo somos con Santo Crisma y cuando practicamos la caridad, curamos heridas y acogemos al hermano. Así como Cristo, tras su resurrección, se apareció a sus discípulos con un cuerpo transfigurado.

Este proceso sería imposible sin entrar en un proceso de purificación, virtud y liberación de las pasiones. La ascesis debe expresar siempre este proceso de santificación de cuerpo y alma, no sólo de uno de esos aspectos, y armonizarlos en una unidad vital ante Dios. El hombre se va adecuando a este proceso de santificación progresiva, en la que se transforma.


Daniel Rodríguez Diego