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La plegaria de ordenación de presbíteros (II).

La Plegaria de Ordenación de los Presbíteros
 
Dr. Narciso-Jesús Lorenzo Leal, pbro.


La Invocación y primera anamnesis

  La invocación comienza con un asístenos. Este adesto inicial es un término con una gran fuerza expresiva capaz de ilustrar lo extraordinario de lo que va a acontecer, de probar la grandeza del ministerio episcopal y, a la vez, la pequeñez del individuo encargado de administrar los bienes salvíficos en la casa de Dios[1]. Solo con el auxilio divino el Obispo puede conducir a otros hermanos al oficio de los presbíteros.

  Lo que va a ser suplicado será atendido porque Dios es Todopoderoso, con un poder que es liberalidad permanente, extensible sobre toda la creación desde su origen, promoviendo su progreso y perfección, por ti progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Esta primera anamnesis hace referencia al orden de la creación, pero de alguna forma, también, está anticipando su recapitulación final.

  Este poder providencial se vuelca sobre todo con el hombre al que ha conferido una dignidad sustancialmente diversa. Citando DH 10 Dios es llamado: autor de la dignidad humana. Dios ha dotado a los hombres de la dignidad de la imagen de su Hijo, al haber sido revestidos de Cristo por el Bautismo (cfr. Ga 3,27), y como consecuencia hechos participes de la vida divina (cfr. 2Pe 1,4). Esta es, pues, la razón última de la dignidad humana. Podemos concluir que cuando hablamos de anamnesis en cualquier texto eucológico los hechos expuestos no son mero recordatorio de algo pasado, sino el testimonio dirigido a la fe del continuo actuar divino, de ahí la doble alusión en este texto al progreso contínuo de las criaturas y a la consolidación de todas cosas.

Segunda anamnesis

  Citando casi literalmente LG 28 enseguida hace una declaración del designio salvífico de Dios en orden a hacer de su pueblo un pueblo sacerdotal (cfr. LG 10; PO12) por medio de los diversos órdenes, diversis ordinibus. Se señala, por un lado, la vocación sacerdotal de todo el pueblo de Dios y, por otro, el medio necesario para alcanzarlo: los tres ordenes, entre los que está el orden presbiteral. No se trata de ministerios o carismas sino de tres colectivos ministeriales de designio divino y de carácter sacramental[2].

  Esta segunda anamnesis resume el designio salvífico de Dios en lo que respecta al ministerio ordenado en la Iglesia. En ellos se manifiesta la triple actuación divina. 1. Son queridos por Dios -tú dispones. 2. Habilitados por el Espíritu Santo, -con la fuerza del Espíritu Santo. 3. Para ser ministros de Cristo -en diversos órdenes a los ministros de tu Hijo.

  La institución del ministerio ordenado responde, por un lado, a la necesidad natural de  todo colectivo humano y, a la vez, es propósito divino que viene preparado desde antiguo en el pueblo de Dios a través de las figuras “tipo” de Moisés y Aarón y sus colaboradores -les elegiste colaboradores, subordinados en orden y dignidad- los setenta ancianos o los hijos de Aarón[3]. Se da, pues, una continuidad y una novedad en los oficios ministeriales. El pueblo de Dios necesita de guías y sacerdotes para realizar su vocación de pueblo sacerdotal, pero todo destinado, según el plan divino, a una forma de relación con Dios que llegará a ser absolutamente singular. En el viejo sacerdocio se subrayaba la distancia entre el pueblo sacerdotal, los sacerdotes oficiantes y Dios. Con la entrada de Cristo en la historia de Israel y en la entera historia humana la atención se pone en la cercanía. Una cercanía tal que el sacerdote pertenece a Dios y pertenece a los hombres a la vez. La Carta a los Hebreos subraya esta proximidad en la humanidad de Jesús con gran claridad: Tal es el Sumo Sacerdote que nos hacía falta, santo, inocente, inmaculado… Él no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios cada día por sus propios pecados, antes de ofrecerlos por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre ofreciéndose a si mismo (7,26-27). De ahí que esta sección anamnética termine diciendo que los viejos sacrificios de los sacerdotes antiguos son sombra de los bienes futuros.


Tercera anámnesis

  La tercera anámnesis desarrolla la economía del sacerdocio de Cristo, fundamento de toda forma de sacerdocio o ministerio. Parece que los títulos que se dan a Cristo de Apóstol y Pontífice, tomados de Hb 3,1 evocan las figuras de Moisés y de Aarón. Cristo es Profeta-Pastor y Sacerdote, funciones “insinuadas” y de alguna forma anticipadas en los mencionados personajes.

  El texto presenta la esencia del oficio sacerdotal de Cristo. Es decir la ofrenda de su existencia, con lo que en Jesucristo se da el ser sacerdote y oblación a un tiempo. La alusión al Espíritu Santo es muy interesante pues amplía la comprensión del sacrificio de Cristo más allá del Calvario, pues su entrada en la historia es el inicio del ejercicio de su sacerdocio ofreciendo su entera existencia al Padre. Su concepción virginal es fruto del Espíritu (cfr. Lc 1,35). Su ministerio público se inicia en el Jordán bajo la acción del Espíritu (cfr.Lc 3,22) y su entrega en la cruz acontece también bajo la acción del Espíritu (cfr. Hb 9,14). Y será este mismo Espíritu el invocado para que esa misión se prolongue en la historia de un modo visible y eficaz mientras dura el tiempo hasta que el Señor vuelva, como dice la Escritura, hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (1Co 15,26).

  En este fragmento anamnético podemos apreciar un paralelismo entre lo antiguo y lo nuevo. Entre la liturgia sacrificial veterotestamentaria y la liturgia de la Iglesia. La liturgia veterotestamentaria anunciaba con el sacrificio del cordero, desde Abrahán hasta los sacrificios del templo, el sacrificio del Cordero de Dios. Jesucristo es sacrificado en la cruz, según la cronología joánica en el momento en que en el templo eran degollaban los corderos para la pascua. Aquella liturgia, que no era del todo un acto externo, de alguna forma reclamaba la participación existencial en ese sacrificio como se puede deducir de la obediencia “literal” de Abrahán al mandato de sacrificar a su hijo Isaac (cfr. Gn 22, 1-18). Tampoco la liturgia de la Iglesia es un culto externo porque es siempre la actualización del Sacrificio del Cordero de Dios (cfr. 1Co 11,23-26) y porque requiere de nosotros la actitud de ofrecernos al Padre como “hostia viva” (cfr. Rm 12,1-2). Para hacer partícipes de este sacrificio a toda la humanidad, que es la esencia misma de la filialidad de Cristo, según lo exige la naturaleza humana como recordará el Concilio de Trento, Dios ha previsto los ministros necesarios que “personifiquen” al Apóstol y Pontífice[4].

  Podemos hablar como si estuviéramos contemplando un díptico. La primera parte, ya mencionada, referida al sacrificio existencial de Cristo y la segunda a la misión de los Apóstoles, a los Apóstoles… los hizo partícipes de su misión y de sus colaboradores, a ellos a su vez les diste colaboradores. La anmánesis menciona el modo de la participación de los Apóstoles en la misión de Cristo, habiendo consagrado a los Apóstoles con la verdad. Se trata de una afirmación compleja que remite a Jn 17, 18-19. Un texto en el cual la misión, el anuncio y la ofrenda se suceden y se implican. La Verdad es el entero Misterio de Cristo, la Buena Noticia de la Salvación que se realiza en la entrega y ofrenda existencial de Cristo[5].

La Epíclesis

  En la epíclesis podemos distinguir dos súplicas. La primera, introducida conforme a la retórica eucológica por un te pedimos nos concedas, señala que toda acción de la Iglesia, que toda administración sacramental, es siempre un acto de soberanía divina. Frente a la potencia divina contrasta la debilidad de lo humano, la debilidad del obispo que tiene necesidad y suplica colaboradores para desempeñar el ministerio apostólico – nos concedas… estos colaboradores que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico. Esta debilidad, además de constatar que el sacerdocio apostólico es siempre un oficio que desborda las fuerzas del que lo ha recibido, es sobre todo un oficio de naturaleza colegial y corporativa, a la vez diferenciada y jerárquica. La necesidad expresa la naturaleza corporativa y jerárquica del ministerio pastoral. Toda la Iglesia ha recibido la misión apostólica, pero en ella algunos, la reciben como una vocación específica, la vocación presbiteral, y son habilitados para ella mediante consagración sacramental que será ejercida en comunión, en colaboración y en subordinación jerárquica. Esta primera epíclesis pide y afirma que los presbíteros son los colaboradores necesarios para el ejercicio del sacerdocio apostólico (cfr.PO 7)[6].

  El nunc etiam, también ahora, que introduce la epíclesis ha introducido un matiz interesante que hace que sea algo más que una expresión temporal. Nunc etiam es una expresión anamnética que “atrae”, como trae siempre la liturgia, los misterios de la salvación al presente, haciéndolos hodie.  También ahora, como prolongación de aquel tiempo, Cristo sigue haciendo participes de su misión.

  La segunda epíclesis parece pedir tres cosas consecutivas, 1. Confieras… la dignidad del presbiterado. 2. Renueva… el Espíritu de santidad. 3. Reciba el segundo grado del ministerio sacerdotal. Se trata de un fragmento con una redacción peculiar que ha permanecido idéntica desde el texto del Veronense hasta nuestros días. En el centro, en la segunda petición aparece el Espíritu, aparentemente como una petición autónoma y la primera y la tercera petición parecen sinónimas. Sin embargo, las tres peticiones, están teológicamente conectadas. Es decir, Dios por medio del Espíritu Santo, ya presente en el candidato, en una forma nueva de intervención, conferirá el segundo grado del ministerio sacerdotal, que es la dignidad del presbiterado. Y ¿qué es este segundo grado del ministerio sacerdotal? Se trata de la traducción aprobada del texto latino que reza: secundi meriti munus. Una compleja y debatida expresión que no puede ser comprendida como una forma secundaria de sacerdocio o como si se tratase de un sacerdocio “de segunda”. Comprendido el presbiterado en relación y dependencia del ministerio episcopal, ministerio pleno y originario, este secundi refiere a los que secundan, a los que siguen. Es decir el ordo, el colectivo de colaboradores, que participando del sacerdocio de Cristo, tienen la función de secundar la solicitud pastoral del Obispo por toda la Iglesia. Existe una esencial relación entre el Obispo y los presbíteros. El Obispo ejerce su ministerio de cabeza con sus presbíteros y los presbíteros lo realizan en comunión y secundando en obediencia siempre su misión. De este modo Obispo y presbíteros ejercen en la Iglesia particular el sacerdocio apostólico.[7] Las acciones sacerdotales por ser siempre las de Cristo, sean del Obispo o sean de los presbíteros, no son ni de primer, ni de segundo grado, porque solo existe un sacerdocio, el de Cristo, actualizado sacramentalmente en  el ministerio del Obispo o de los presbíteros[8].

  La conclusión de la epíclesis señala una finalidad existencial, sean con su conducta ejemplo de vida, el servicio de los presbíteros no se limita al ejercicio de unas tareas, ni siquiera se limita al culto, sino que se extiende a la ofrenda en Cristo de la propia vida, que permita decir con el apóstol Pablo: No soy yo, es Cristo que vive en mí (Ga 2,20).

Primera intercesión

  Desarrollan y explicitan, no solo lo que es el ministerio presbiteral, sino lo que la Iglesia espera y necesita de ellos. Los textos litúrgicos primero son deprecativos y luego didácticos. El sint introductorio prolonga la mentalidad de la epíclesis: la permanente súplica para que Dios sostenga en todo momento las tareas que deben desempeñar. Para que nunca la enormidad de la misión y la debilidad del sujeto sean insuperables y en todo momento se haga realidad el te basta mi gracia (2Co 12,9).

  La primera súplica pone en relación el hecho de que los presbíteros son colaboradores del orden episcopal con la misión de predicar. La predicación es la primera tarea que se atribuye al Obispo[9] y también a los presbíteros (cfr. PO 4). El servicio al Evangelio es pues la primera manifestación del vínculo entre el obispo y sus presbíteros. En fin, obispo y presbíteros son en la Iglesia particular la re-presentación personal-sacramental de aquel que es Apóstol del Padre y Sacerdote de Dios. Pero esta predicación, para ser eficaz, deberá ser sostenida y guiada por la gracia del Espíritu Santo, con la gracia del Espíritu Santo la palabra del Evangelio fructifique. La predicación tiene como destino el corazón de cada hombre, para que por la fe y la conversión se vuelva a Dios (cfr. Rm 10, 8-10). Y debe extenderse hasta los confines de la tierra y de la historia cumpliéndose así el encargo misionero y evangelizador del Señor Jesucristo (cfr. Mt 28,19-20).

  Convendría hacer una pequeña observación sobre el calificativo dado a los presbíteros honrados, probi. Quizás habría sido más acertado traducirlo por leales o virtuosos, porque la lealtad es cualidad del colaborador y la virtud pone en relación el proceder, el hábito de actuación con la gracia. Fuere como fuere, ambos aspectos están implicados.

Segunda intercesión

  De nuevo se señala la colaboración, la corresponsabilidad, la tarea de secundar el oficio episcopal, en definitiva el poder ejercer entre todos, el obispo con sus presbíteros el sacerdocio apostólico, sean, junto con nosotros, fieles dispensadores de tus Misterios. El obispo ejerce su función con la colaboración de los presbíteros y los presbíteros no harán nada sin el obispo. No entenderán y ejercerán su ministerio sin comprenderse unidos al obispo[10].

  Mediante la forma verbal sint se pide, aunque no se mencione, el auxilio divino para poder realizar la función de administrar los Misterios de Dios (cfr. 1Co 4,1). En concreto, la Iniciación Cristiana, llamada lavacrum regenerationis, y sobre todo la Eucaristía, altari tuo reficiatur. La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia. El verbo reficio, tan frecuente en los textos litúrgicos, habla del servicio cotidiano de alimentar a los fieles con el Pan de vida, dadles vosotros de comer (Mt 14,16). En esta “administración” ocupan un lugar preponderante la tarea de la reconciliación sacramental y la atención a los enfermos, subleventur infirmi.

Tercera intercesión

  La misión de los presbíteros unidos al Obispo, como la misión del Señor, está destinada a extender la salvación a todos los hombres. Ésta se ejercita implorando la misericordia divina, mediante la intercesión de la oración, el valor propiciatorio del sacrificio del altar y la participación en la Pasión redentora del Salvador, en comunión con nosotros, Señor, imploren tu misericordia. El ejercicio del ministerio sacerdotal del Obispo y de los presbíteros tiene unos destinatarios específicos: la Iglesia particular y las comunidades que la integran. Pero su solicitud también se extiende a toda la Iglesia y a la entera humanidad, por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero. El ejercicio del sacerdocio apostólico de obispos y presbíteros hace posible, pues, que el Pueblo de Dios, en cada uno de sus miembros, se presente ante el mundo como un pueblo de reyes, una asamblea santa y un pueblo sacerdotal, extendiendo de este modo el Reino de Dios, que crece hasta que un día alcance su plenitud con todos los hombres y mujeres que han creído en Cristo y congregados en él formen el único pueblo de Dios.

Conclusión

  Resumiendo, podemos decir que estamos ante un rica composición eucológica que sirve para conferir el Orden presbiteral, pero también para realizar un ejercicio sapiencial de lectura creyente y contemplativo orante, admirando el actuar divino que provee a la Iglesia del necesario ministerio presbiteral, conociendo mejor este servicio sacerdotal, rezando con lo expresado en el texto y rogando, en este Año Sacerdotal, por la santificación, vitalidad y entrega de los sacerdotes y por el incremento de las vocaciones presbiterales.                                                     


[1] En palabras del Apóstol Pablo: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros (2 Cor 4,7).
[2] La conciencia sacerdotal del pueblo de Dios no ha sido siempre suficientemente percibida, como tampoco la identidad, diferencia y necesaria relación entre el oficio sacerdotal de los ministros y la función sacerdotal de todo el pueblo de Dios. Un momento de inflexión de esta ambigüedad lo constituyó en 1947 la encíclica de Pío XII Mediator Dei. Decisiva será la Constitución Lumen Gentium, en particular el n. 10, que aborda la relación entre el llamado sacerdocio común de todo el pueblo de Dios y el sacerdocio ministerial. Resumiendo, de forma muy clara lo distingue Salvador Pie en el ya citado artículo cuando dice: el sacerdocio común es ofrenda personal, mientras que el ministerio pastoral es manifestación tangible de la mediación sacerdotal de Cristo, p. 84.
[3] Los textos bíblicos a los que remiten son: La distribución del espíritu de Moisés en Nm 11, 24ss. La elección y consagración de los hijos de Aarón en Ex 28,1-4; 29,-9.44.
[4] DZ 1740: El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria mía.
[5] El texto dice: Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan enteramente a ti, por medio de la verdad. De aquí se deduce con absoluta claridad que la Revelación tiene por centro la Ofrenda filial y solidaria de Cristo al Padre; que la misión de la consagración de los Apóstoles en la Verdad es hacerlos partícipes del entero Misterio de Cristo que es Evangelio y Cordero de Dios; que la misión conlleva el anuncio del Evangelio y la ofrenda de sí en Cristo; que la evangelización y la liturgia son coextensivos y que la Palabra y el Sacrificio son dos realidades inseparables del culto cristiano.
[6] Es obvio que el Obispo por si mismo puede ejercer del sacerdocio apostólico, pero en cuanto su función es ser cabeza de una Iglesia particular este sacerdocio es eficaz en la atención y crecimiento de la Iglesia, misión que sólo puede desempeñar con la colaboración de aquellos también asociados al sacerdocio de Cristo y situados en un orden de colaboradores. Siendo los Apóstoles en algún sentido irremplazables, ni siquiera en tiempo de Jesús acapararon la misión apostólica. Aquellos elegidos para desempeñar su función capital en la Iglesia tendrán desde el principio colaboradores, cuya identidad se perfilará muy pronto. Estos colaboradores son los presbíteros y también los diáconos.
[7] Dice el obispo Pere Tena: “secundi meritti munus” no tiene un origen administrativo o jurídico, sino estrictamente sacramental, que fundamenta precisamente la comunión de los presbíteros con el Obispo, y entre sí, en una auténtica fraternidad sacramental. En “Prex Ordinationis de los presbíteros en la II edición típica”, en Notitiae 26 (1990), p. 129. Más información sobre esta expresión en B. Botte, “Secundi Meriti Munus”, en Questions Liturgiques 21 (1936), pp. 84-88.
[8] No existe un sacerdocio de primera, el de los Obispos, y un sacerdocio de segunda, el de los presbíteros, existe un único sacerdocio el de Cristo. La diferencia entre el Obispo y los presbíteros reside la función sacramental de cada uno. Pero las acciones sacerdotales en si mismas, por ser las de Cristo, ejercidas por uno o por otros no pueden ser calificadas de de primera o de segunda.
[9] La primera función del oficio episcopal recogida en el escrutinio que precede a la ordenación dice: ¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?
[10] Que nadie haga ninguna cosa que sea importante con respecto a la iglesia sin el obispo. Considerar como válida sólo aquella eucaristía que es celebrada por el obispo, o por uno que él designe, San Ignacio de Antioquía, Carta a los de Esmirna 8,1-2.