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Sábado antes de Pentecostés (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Is 61, 1-5.
Psallendum: Sal 103, 4. 30s.
Apóstol: 1Cor 12, 1-13.
Evangelio: Jn 14, 23-31.

            Con el término ‘espíritu’ se designa una serie de realidades invisibles. El espíritu del hombre, el Espíritu Santo, los ángeles. Con san Buenaventura encontraremos una asociación de todos estos conceptos en una única naturaleza, casi como un preludio de la univocidad del ser que hará famosos a varios teólogos franciscanos. Pero el canto del psallendum, con su alusión a los ángeles –llamados espíritus mensajeros y también serafines– nos permite comprender mejor las diferencias. Estos espíritus y el Espíritu son enviados, pero solo este último puede habitar en nosotros. En Isaías está sobre el que evangeliza, el que anuncia la buena nueva de salvación. Gracias a Él puede cambiar su ceniza en corona…su traje de luto en perfume de fiesta, es decir, el que hace penitencia recibir la gracia divina.
            No solo el Espíritu de Dios se diferencia del espíritu de los hombres, sino que también los hace distintos. En su primera carta a los Corintios, san Pablo no solo recuerda que la confesión de fe en Jesucristo depende de la acción del Espíritu Santo sino que es Él mismo quien da forma a la comunidad cristiana. El texto que hemos leído no nos habla de la importancia de cada uno de esos dones espirituales presentes en la Iglesia –lo hará 1Cor 12, 28– sino que nos habla de la universalidad en Cristo: en la Iglesia las distinciones del mundo –judíos o griegos, esclavos o libres– quedan inoperantes. La fraternidad es la nueva realidad entre aquellos que confiesan a Jesús como Señor. Gracias a que el Espíritu habita en nosotros podemos apropiarnos de la Revelación de Jesucristo. Más que el alma, el Espíritu Santo se convierte en memoria de la Iglesia, ya sea como principio hermenéutico de la Escritura o como agente del memorial litúrgico.


Año I (2017):

Profecía: Nm 11, 16s. 24-29.
Psallendum: Sal 78, 9; 73, 2. 19.
Apóstol: Hch 19, 1-6.
Evangelio: Jn 3, 1-15.

            El Espíritu sopla donde quiere, pero lo hace según un plan, el plan divino. Los setenta ancianos del libro de los Números reciben el espíritu que poseía Moisés para poder profetizar, estén en la tienda del encuentro o en el campamento. Lo mismo pasa en el libro de los Hechos gracias a la imposición de las manos de san Pablo: desciende el Espíritu Santo y los neófitos comienzan a profetizar. Sin embargo, hay notables diferencias entre ambas lecturas. En la profecía, Moisés debe ceder parte del espíritu que poseía para dárselo a los ancianos. En el caso de san Pablo, él es solo un instrumento del inagotable poder del Espíritu Santo. La respuesta litúrgica y con tu espíritu, común a todas liturgias, recibe en los Padres de la Iglesia una explicación que comparte el sentido de la primera lectura: el espíritu recibido el día de la ordenación. Pero a diferencia de Moisés, el sacerdote o diácono no ve mermado su “espíritu” sino que dan aquello que no es suyo. Otra diferencia importante es el hecho de que la reunión en asamblea tiene un papel fundamental en Números pero en Hechos es el mismo Espíritu. El bautismo de conversión de Juan Bautista se muestra insuficiente, cuestión que en este día penitencial podemos interpretar diciendo que la contrición no tiene sentido si no es preludio del don del Espíritu Santo en nosotros.
            La conformación del Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento es preludio de la nueva realidad en Cristo, del mismo modo que el bautismo de Juan lo es del sacramento del agua y del Espíritu. Para ver a Dios debemos recibirlo, tal y como le dice Jesús a Nicodemo. El fin último del hombre es Dios, por lo que el evangelio de Juan nos habla de la presencia incoada de la Trinidad en los que han renacido. El que ha nacido del Espíritu, como el viento, no se sabe de dónde viene ni a dónde va… pero sin duda procede de Dios y a Él ha de volver. Para ello debe fijar sus ojos en la cruz de Cristo, del mismo modo que los israelitas en la serpiente de bronce que Moisés elevó en el desierto. La relación Moisés-Cristo que recorre las lecturas nos descubre cómo el Espíritu Santo revela progresivamente el designio divino y aumenta sus dones hasta llegar al tiempo de la Iglesia.


Adolfo Ivorra