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Pentecostés (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Joel 2, 21-3, 2.
Psallendum: Sal 50, 14. 12.
Apóstol: Hch 2, 1-21.
Evangelio: Jn 15, 26s; 16, 12-15; 17, 1-3. 11. 21s. 24-26.

            La lectura apostólica de este domingo es la misma que en en año I. En ella se hace alusión a una profecía de Joel, que leemos este año. Si el Espíritu Santo derrama sus dones específicos y singulares en el colegio apostólico, la gracia es común a los hijos de la Iglesia. Ellos, como los israelitas antaño, profetizarán todos por igual. Resuenan así las palabras de san Pablo: ¡ay de nosotros si no evangelizamos! (cf. 1Cor 9, 16). Si hay dones del Espíritu que en varones concretos significan la presencia de Cristo cabeza en su Iglesia, los dones recibidos en el bautismo y la confirmación nos hacen ser testigos del Resucitado. Si el mundo puede inducir al temor, Joel anuncia el gozo y la alegría de la presencia del Señor en medio de su pueblo. Esa alegría se produce no por una falsa seguridad, sino por la acción del mismo Espíritu Santo. Así lo recogen los himnos del Breviario Gótico para este día[1]. Ante la acusación de ebriedad que tiene que desmentir san Pedro, el mismo Breviario recoge un himno que habla de la “sobria ebriedad” del Espíritu[2]. Él proporciona seguridad, confianza en el cristiano, de forma que pueda predicar a Cristo con audacia. Por eso el psallendum alude al Espíritu principal, lo mismo que el canto laudes del domingo del año I. De hecho, ambos cantos se intercambian entre los dos años, haciendo que la asamblea responda a la profecía y al evangelio de forma sapiencial.
            El evangelio de este año está conformado por un conjunto de versículos que nos vienen a transmitir la importancia del Espíritu para conocer la verdad plena, esa que procede del Padre justo y santo. Pero no todo se limita al conocimiento, sino que se conjuga con la contemplación de la gloria. Ésta, que en la Sagrada Escritura se identifica con Dios mismo, es también manifestación de su poder. La verdad y la gloria no son ideas, son realidades que debemos descubrir en el mundo actual y en el mundo futuro. La gloria divina precede la creación del mundo y subsiste a él.
            Además de la gloria, Jesucristo habla del poder que tiene de dar vida eterna a aquellos que el Padre le ha confiado. Con esto se da la necesaria orientación escatológica a la acción del Espíritu Santo, pero también nos recuerda una costumbre monástica visigoda: la de rezar por todos los difuntos el lunes después de Pentecostés[3].



[1] El himno de las primeras vísperas hace alusión a la profecía de Joel, invitando al final al júbilo por la revelación del misterio escondido de Dios. El himno matutino exulta de gozo al glosar la lectura de los Hechos que hemos escuchado: cf. PL 86, 690; 693s.
[2] El himno es Splendor Paternae gloriae, atribuido a san Ambrosio de Milán.
[3] «Al día siguiente de Pentecostés ha de ofrecerse una misa al Señor por las almas de los difuntos, a fin de que, más purificados y participantes de la vida bienaventurada, reciban sus propios cuerpos en el día de la resurrección»: Isidoro, Regula monachorum, 25.

Año I (2017):

Profecía: Ap 22, 6-17.
Psallendum: Sal 103, 30s.
Apóstol: Hch 2, 1-21.
Evangelio: Jn 14, 15-27.

            Como decíamos en el sábado predecente (año II), hay una diferencia fundamental entre los espíritus al servicio divino y el Espíritu. De ahí que hoy vuelva este tema a propósito de la primera lectura: Juan se postra ante el ángel que inspira a los profetas, pero éste le advierte que es compañero, no dios. La relación entre el Espíritu Santo y los ángeles ha quedado sin desarrollar en la teología cristiana. En esta lectura, especialmente con el versículo final –el Espíritu y la Esposa dicen “ven”–, se expresa la asistencia conjunta de los espíritus y del Espíritu. Los ángeles asisten a los profetas, mientras que el Espíritu Santo mueve a los bautizados –la Esposa, es decir, la Iglesia– a suplicar la venida gloria de Cristo al final de la historia. Los cristianos no solo se han purificado por el primer sacramento, sino que también han obtenido la ciudadanía celeste. Por eso pueden entrar por las puertas de la ciudad santa, la nueva Jerusalén.
            En el evangelio Jesucristo nos dice que poseemos el Espíritu: vive en nosotros y le conocemos. Por esta inhabitación podemos invocar al Padre y al Hijo, pero también al mismo Espíritu Santo. En las oraciones de la misa de hoy vemos cómo la oración del celebrante principal no se dirige solo al Padre –alia, illatio, completuria– y al Hijo –post nomina, ad pacem–, sino muy especialmente a la tercera persona de la Trinidad –oratio post gloriam, post pridie, ad orationem Dominicam, benedictio–. Ese Espíritu habita en la comunidad cristiana, pues es ella su principal destinataria. Las palabras de Judas Iscariote, que bien podrían ser las de muchos que no comprenden la singularidad de la Iglesia como realidad salvífica, apuntan a una universalidad carente de sentido. Jesucristo se muestra a los que los aman. Puesto que nadie puede amar lo que no conoce, solo por medio del Espíritu Santo que actúa en los sacramentos de la Iglesia conocemos a Cristo y ahondamos en su conocimiento. No solo es memoria de la Iglesia, sino que el Espíritu es el camino a Cristo, el único mediador, el principio y el fin. De ahí que hayamos suplicado en el psallendum que el Padre envíe su Espíritu.
            La segunda lectura es la misma para los dos años. Nos narra el acontecimiento de Pentecostés, tema propio de este día. El milagro de Pentecostés no es una lengua ininteligible, sino que cada uno de los que recibieron el Espíritu Santo fueron capaces de hablar una lengua humana específica. No se trata de espectáculo o de locura transitoria, sino de la acción del Espíritu que posibilita lo profetizado en Joel: todos serán capaces de profetizar. Cada uno los escuchaba en su propia lengua, deshaciéndose la división de las lenguas de los hombres acontecida en Babel. El Espíritu se convierte así es signo de comunión y unidad. Ésta no es sinónimo de mera uniformidad. Por ello el rito hispano hace uso en el ordo missae de palabras griegas[1], pues griego y latín eran las dos lenguas habladas mayoritariamente por los cristianos de la Iglesia antigua[2].



[1] Así en el canto antes de los dípticos: Hagios, Hagios, Hagios, Domine Deus, Rex aeterne, tibi laudes et gratias; al final del canto del sanctus: Hagios, Hagios, Hagios, Kyrie o Theos; en una explicitación del credo: natum, non factum, Omousion Patri, hoc est eiusdem cum Patre substantiae.
[2] Por desgracia, la vinculación con el Oriente cristiano fue vista bajo sospecha en el período postridentino: cf. F. M. Arocena, El prefacio de Alexander Lesley al misal mozárabe de Cisneros. Introducción, texto, traducción y notas, Roma, 2014, 253-256 (nn. 182-187).


Adolfo Ivorra