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La Ascensión del Señor (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: 2Re 2, 1-15.
Psallendum: Sal 67, 19. 33s.
Apóstol: Hch 1, 1-11.
Evangelio: Lc 24, 36-53.

            La segunda lectura de este año II es la misma que el año pasado. Según el parecer de la mayoría de los exégetas, esta lectura es continuación del evangelio proclamado hoy. Desde el punto de vista de la cronología de la vida de Jesús es evidente. Esto nos invita a comprender mejor cómo se estructura la lectura litúrgica de la Sagrada Escritura. No se trata solo de pasar del Antiguo al Nuevo Testamento. Si en el Antiguo Testamento encontramos figuras –arquetipos– de la realidad de es Cristo –tal y como nos la transmiten los evangelios–, en el Nuevo Testamento y en la vida de la Iglesia nos encontramos con imágenes de esa realidad que es Cristo[1]. Por eso los escritos apostólicos no solo son explicitaciones el evangelio, sino que ellos mismos nos transmiten la idea de que el tiempo de la Iglesia no es todavía la consumación en la gloria. Hasta que no ascendamos con Cristo no comprenderemos plenamente las Escrituras.
Con respecto a la lecturas de hoy podemos ver cómo la pregunta de los apóstoles sobre la restauración del reino de Israel tuvo propiamente su respuesta mucho antes con el saludo de Cristo: paz a vosotros. Solo la paz de Cristo es capaz de reunir a los hijos dispersos. Al ascender, Cristo bendice a los que se quedaban todavía en este mundo. Por ello, la liturgia hispana sitúa la paz antes de la anáfora –solo con la paz que Él nos da podemos alcanzarle– y de paso lo hace con un gesto epiclético: «El sacerdote extiende las manos sobre el pueblo y dice: La gracia de Dios, Padre todopoderoso, la paz y el amor…»[2].
Entre Profecía y Evangelio encontramos otro aspecto importante de la liturgia mozárabe. En 2Re 2 se hace alusión al espíritu que recibe Eliseo de Elías antes de ser elevado al cielo. Bien se podría entender como una alusión al Espíritu Santo que Cristo anunciaba en el evangelio del año pasado. Pero en el evangelio de Lucas de hoy no se habla del Espíritu. Él no es el encargado de aclarar el sentido de las Escrituras, sino el mismo Cristo: les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Del igual forma, aunque en la actualidad asociemos la bendición a la acción del Espíritu Santo, en las antiguas anáforas no se le mencionaba explícitamente. El agente de la bendición solía ser el Padre –como en el canon romano– o, como es frecuente en el rito hispano, el mismo Cristo, a quien también se dirige la oración de la asamblea.
Los cristianos del antiguo rito hispano se orientaban litúrgicamente no solo hacia el trono vacío –como hemos visto en el año I– sino hacia el Sol naciente cuya luz entraba abundantemente por la ventana del ábside. Por eso el psallendum de hoy lo recuerda: ascendió sobre los cielos de los cielos hacia oriente. Desde el mismo lugar al que se fue volverá, como nos lo recuerdan los ángeles de la segunda lectura.



[1] «Cristo, en cuanto signo, produce un “arquetipo” en el AT (figura vacía, pero prometedora de la realidad) y la “imagen” en el NT (figura llena de realidad), mientras que Él es el “antitipo”, o sea la realidad en sí misma»: S. Marsili, Los signos del Misterio de Cristo. Teología litúrgica de los sacramentos, Bilbao, 1993, 47.
[2] Ordinario de la Misa, n. 26. A continuación el diácono «se dirige al pueblo y dice: Daos la paz los unos a los otros» (n. 27).



Año I (2017):

Profecía: Ap 4, 1-11.
Psallendum: Ef 4, 8; Sal 67, 19. 25.
Apóstol: Hch 1, 1-11.
Evangelio: Jn 16, 5-22.

            La lectura del libro del Apocalipsis de este domingo de la Ascensión tiene un significado que podría ir más allá de lo doctrinal y ser expresión de la práctica litúrgica del rito visigótico. Cuando hablamos de Cristo que asciende al Padre siempre nos preguntamos si nos ha dejado solos. El trono vacío en la iconografía cristiana de los primeros siglos parece hacerse eco de esa ausencia que, desde la perspectiva del capítulo cuarto del Apocalipsis, es también presencia. La iconografía del trono también alude al trono terrestre, la cátedra episcopal. Como han hecho algunos investigadores[1], la cátedra situada al fondo del ábside de las iglesias hispanas, hacia la cual se tenían que dirigir necesariamente todos en la anáfora, es una expresión de esa ausencia-presencia y, a su vez, del carácter icónico del ministerio sacerdotal[2].
            La ausencia corporal de Cristo en el evangelio es garantía de la presencia del Espíritu Santo: porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. Del mismo modo, el que preside la eucaristía es a quien se le ha encomendado ser dispensador de la gracia del Espíritu por medio de los signos sacramentales de la Iglesia. Si el tema de la primera lectura era la doxología de la humanidad redimida –Santo, santo, santo–, la literalidad del evangelio de hoy nos invita a comprender cómo el Espíritu Santo nos revela que nuestro verdadero lugar está con Cristo resucitado. Esto, que debería suponer nuestra alegría, no evita la tristeza del tiempo presente. Confiados en que nuestra tristeza se convertirá en gozo, no debemos olvidar los sufrimientos de aquellos que no viven según los bienes de allá arriba, donde está Cristo Jesús (Col 3, 1).
            Cristo asciende llevando una multitud de cautivos como Rey de reyes. El psallendum deja claro el sentido del trono de Cristo y de la misma primera lectura, que nos presenta una sala del trono y un espacio cultual. Los ancianos están vestidos con vestiduras blancas, del mismo modo que los dos hombres vestidos de blanco del Apóstol de hoy. Todos ellos representan nuestra vida futura. Unos nos invitan a entonar el canto celeste, mientras que otros a no quedarnos mirando al cielo. Conscientes de nuestra vocación celestial, toca ahora ser testigos del Resucitado hasta los confines del mundo.



[1] «Multitud de referencias documentales nos informan de diversas ceremonias que exigían un espacio entre el altar y el muro del fondo del ábside. El espacio requerido, evidentemente, variará según se trate de iglesias episcopales, principales o modestos templos parroquiales. En las iglesias catedrales, para ciertas solemnidades, el obispo se sentaba en su cátedra situada detrás del altar […] Esta ubicación del obispo sedente rodeado de sus presbíteros, todos ellos detrás del altar, recuerda frente a lo que se ha dicho por algunos investigadores, el synthronon que, como herencia de la iglesia paleocristiana, tenían las iglesias bizantinas»: I. G. Bango Torviso, La vieja liturgia hispana y la interpretación funcional del templo prerrománico, en J. I. de la Iglesia Duarte (coord.), VII Semana de Estudios Medievales, Nájera, 1997, 91.
[2] «Bajo esa imponente imagen del Señor sentado en actitud de bendecir y enseñar, la sede, situada justamente debajo, sugiere que el ministro que preside la acción litúrgica es un verdadero icono viviente del que es Primero y Último, Alfa y Omega»: J. López, “Principios y normas para la estructuración de las Iglesias”, en Phase 49 (2009) 41.



Adolfo Ivorra