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Domingo VII de Pascua (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Ap 4, 2-4. 10s.
Psallendum: Sal 46, 2. 6.
Apóstol: Ef 4, 7-10.
Evangelio: Mc 16, 15-20.

La Profecía de hoy retoma parte de la proclamada el día de la Ascensión en el año I. En este caso, la atención se centra en el carácter doxológico de la vida futura, siendo ese el tema con el que el psallendum responde a esta lectura. La alabanza a Dios por ser el creador es uno de los temas de las illationes de la plegaria eucarística hispano-mozárabe. El otro tema recurrente es la redención traída por Cristo. En este sentido, Profecía y Apóstol son como una illatio, donde la primera representa la acción de gracias al Creador y el segundo la gracia recibida del Redentor. Para ello se escoge un texto de Efesios que habla del descenso de Cristo a los infiernos y su ascensión, llevando consigo una serie de cautivos: los justos que desde Adán esperaban la venida del Mesías. Quedaron justificados precisamente por su fe y esperanza en la venida de Cristo, no solo al mundo terreno sino también al inframundo en el que se encontraban. Desde esta visión de la salvación de la humanidad anterior a Cristo comprendemos mejor la sentencia del evangelio: El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. En este sentido, la realidad salvífica de los muertos antes de Cristo no es muy distinta de la nuestra, pues la fe es necesaria para la salvación.
La fe como tema pascual entra en consonancia con lo específico de este tiempo: ser una gran catequesis mistagógica a los ya bautizados. Pero también nos invita a aproximarnos al Espíritu, pues la fe es un don de Dios. Por eso no nos debe extrañar que sea un tema recurrente en la Pascua, especialmente en las lecturas de los dos años de este domingo.
El evangelio de Marcos nos recuerda el sentido de los milagros en los tiempos apostólicos. Es lo que la teología clásica denominaba praeambula fidei: los milagros –y la profecía– pueden ayudar a la fe, pero no lo causan. En este caso, los milagros y demás señales eran la forma en que el Kyrios glorioso confirmaba con su poder la predicación apostólica. En la línea de la Carta a los Hebreos, se nos presenta aquí a un Cristo providente, que no abandona a su Iglesia sino que continúa asistiéndola con su poder. ¿Cómo no ver aquí la relación entre Cristo resucitados y los sacramentos? También ellos son signos, no de los apóstoles sino de sus sucesores y colaboradores. Ellos obran el mayor de los milagros: desde el perdón de los pecados hasta los dones del Espíritu. Bajo el velo de los signos la autoridad y fuerza de Cristo sigue presente en su Iglesia.


Año I (2017):

Profecía: Ap 7, 9-12.
Psallendum: Sal 54, 6s.
Apóstol: Hch 14, 7-17.
Evangelio: Mc 9, 14-29.

            Dentro de la relación que suele haber entre primera lectura y evangelio la selección de hoy parece recorrer un camino distinto: el evangelio de Marcos nos presenta un exorcismo mientras que la profecía vuelve sobre la doxología eterna. Pero visto desde el contexto del tiempo pascual hispano-mozárabe todo adquiere su sentido propio, pues el evangelio «termina con la advertencia sobre la plegaria y el ayuno para vencer al diablo, pericopa que puede entenderse muy bien como anuncio de las letanías llamadas “apostólicas” que tendrán lugar la semana siguiente [días penitenciales antes de Pentecostés]»[1]. Para formar parte del coetus celeste debemos tener fe en nuestro caminar terreno, pero también ella nos da la fuerza necesaria para vencer al mal. Además, la fe da autoridad a quien la proclama, no solo en la lucha contra el diablo sino sobre todo a la hora de dar testimonio en un ambiente hostil (cf. Hch 7). El ayuno y la oración se agregan en el texto evangélico –según la opinión de los exégetas– para justificar el fracaso del exorcismo apostólico.
            La fe da autoridad pero también da conocimiento acerca de Dios. No solo permite desenmascarar a los espíritus contrarios a Dios que pretenden recibir culto de los hombres[2], sino también reconocer la facilidad que tiene el ser humano de caer en la tentación. Por eso la segunda lectura nos habla de cómo los habitantes de Listra confunden a Pablo y Bernabé con Hermes y Zeus, pues no comprendían que sus milagros no eran obra suya sino del único Dios. El error pretérito de adorar espíritus iba a empeorar con la deificación de dos singulares cristianos, por lo que a la confusión inicial debe imponerse la predicación acerca del Dios creador. El canto laudes alude al poder del Padre que eleva a Cristo a su diestra. En este sentido deberíamos recordar la frase de Santiago: «todo don perfecto viene de lo alto, del Padre de los astros» (Sant 1, 16). Al acercarnos a Pentecostés, la consideración acerca de Dios como único y creador nos abre también a la contemplación de su providencia y gobierno divinos. A pesar de las infidelidades y rebeldías, el plan del Señor subsiste por siempre (cf. Sal 32, 11). Por medio de la fe comprendemos mejor a Dios y su creación.



[1] J. Gibert, Festum Resurrectionis. Estudio de las Lecturas bíblicas y de los Cantos de la Liturgia de la Palabra de la Misa Hispánica durante la Cincuentena Pascual, 1975-2015 (pro-manuscrito), 135.
[2] Es común en la predicación de los Padres de la Iglesia hablar de los dioses paganos como demonios que hicieron creer a los hombres que eran divinidades.



Adolfo Ivorra