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Domingo VI de Pascua (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Ap 8, 2-5; 20, 11; 12, 1-9; 21, 1s. 11a. 13; 22, 3b. 4a.
Psallendum: Sal 28, 11. 4-5a.
Apóstol: Hch 9, 32-42.
Evangelio: Jn 16, 19-33.

            Cristo, después de su resurrección, ha sido exaltado y colocado a la derecha de Dios. ¿Nos ha dejado solos? No, porque su intercesión constante por la Iglesia es signo de su ininterrumpida presencia a nuestro lado. Dentro de la experiencia que los catecúmenos tienen en este tiempo pascual, podemos resaltar la confianza en la oración. En el evangelio de hoy esa confianza brota de los labios de Jesús, que nos asegura que si algo pedimos al Padre en su nombre, Él nos lo dará. Aquí se presenta de forma solemne la mediación cristológica de la oración, revelada en ese momento por Cristo: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Esta mediación, puesta de manifiesto en todas las liturgias (per Christum Dominum nostrum), testifica la fe de la Iglesia en la exaltación de Jesucristo a la diestra del Padre: del Padre salió y al Padre vuelve. Pero esta vuelta al Padre no significa que volviera a ser el mismo sin más, porque nos olvidaríamos del misterio de la resurrección: «su tránsito a una forma de existencia que ha dejado la muerte tras de sí de una vez para siempre (Rm 6,10), y por consiguiente ha traspasado de una vez para siempre los límites de este eón para pasar a Dios»[1]. Y esto es así porque Él ha vencido al mundo y porque desde su glorificación es, como dice el canto Laudes, el sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
            Esta nueva condición de Cristo como aquel que tiene dominio sobre la muerte y tiene las llaves de la muerte y del Hades (cf. Ap 1,17s), hace que no podamos confundirlo con Pedro, que «revive» a una niña. Los apóstoles continúan mostrando la cercanía del Reino con las curaciones y exorcismos. Sin embargo, aunque puedan realizar estos signos e incluso revivir a muertos, no lo pueden hacer por sí mismos, sino por el poder de la oración cristológica: Pedro mando salir fuera a todos. Se arrodilló, se puso a rezar y dirigiéndose a la muerta dijo: Tabita, levántate. Y un poco antes: Pedro le dijo: Eneas, Jesucristo te da la salud: levántate y haz la cama. Se levantó inmediatamente.
            La lectura del apocalipsis de hoy contrasta con el psallendum: El Señor bendice a su pueblo con la paz. El Dragón es el príncipe de la violencia. Pero ya desde las bienaventuranzas sabemos que los hijos de Dios son los pacíficos. En este ambiente de paz se comprende mejor la oración eclesial: el incienso de la liturgia cristiana tiene en la profecía de hoy su fundamento: Y por manos del ángel subió a la presencia de Dios el humo de los perfumes, junto con las oraciones de los santos. De esta manera, en la oración descubrimos la comunión de los santos, la vinculación indisoluble entre la Iglesia celeste –bajo la imagen de la Jerusalén celeste– y la Iglesia peregrinante.



[1] H. U. von Balthasar, Teología de los tres días. El Misterio Pascual, Madrid, 2000, 167.


Año I (2017):

Profecía: Ap 22, 1-5.
Psallendum: Sal 65, 1. 2. 8.
Apóstol: Hch 5, 12-32.
Evangelio: Mc 2, 13-22.

            Si la lectura de los Hechos del año II del domingo pasado –en donde se nos narra el triste final de Ananías y su mujer Safira– nos puede parecer difícil de asumir, en el evangelio de Marcos de este domingo se nos da la clave de comprensión: el mandamiento del amor conlleva, antes que nada, el dejarlo todo para seguir a Cristo. Es el caso de la vocación de Mateo. Pero también en esta llamada se nos muestra que la radicalidad en el seguimiento de Cristo no es un camino ascético o meramente estoico. Al contrario, la llamada surge de la misericordia divina. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Es la obstinación en el pecado, después de haber sido llamados, lo que nos conduce a la perdición definitiva.
            La lectura profética del libro del Apocalipsis nos revela también que el que ha sido llamado por Dios tiene una señal que lo distingue: llevarán su nombre en la frente. Aunque en esta vida no se distingue, en la otra será patente. ¿Cuál es ese nombre? La que resume la entrega de Jesús, que se realiza en la crismación del bautizado: La señal de vida eterna que entregó Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, su Hijo, a los que creen en la salvación. Estas palabras que encontramos en la Vigilia pascual hispana, nos indican que el que se siente llamado por Dios ha tenido antes fe en Él. Y en el centro de esa fe está la confesión en la resurrección del Señor: La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados, nos dicen Pedro y los demás apóstoles. Aunque la perdición es posible, el mensaje cristiano se fundamenta en la misericordia de Dios que nos llama a su Reino, además de su incesante solicitud por su Iglesia, que se traduce en el perdón de los pecados: el sacramento de la reconciliación.
            Sintiéndose redimida, la comunidad cristiana no duda en proclamar el evangelio de la salvación al mundo: Id al templo y explicadle allí al pueblo íntegramente este modo de vida. El mandato del ángel al colegio apostólico da fruto: habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza. Con esta proclamación del kerigma se sientan las bases del Reino de los Cielos en plenitud. De hecho, no es difícil ver la alusión a los doce apóstoles en la primera lectura, cuando se habla del río de agua viva: a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida; da doce cosechas, una cada mes del año, y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Los apóstoles son los primeros portadores del perdón de los pecados y de esa «medicina de inmortalidad» que san Ignacio de Antioquía refería a la comunión eucarística. Desde ellos, pasando por sus sucesores los obispos hasta los demás dispensadores de los misterios de Dios, el mundo alcanza la salvación.

Adolfo Ivorra