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Domingo V de Pascua (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Ap 19, 5-10.
Psallendum: Sal 138, 18. 1s.
Apóstol: Hch 4, 32-5, 11.
Evangelio: Jn 15, 1-15.

            Además de la instrucción litúrgica pospascual a los neófitos, también la dimensión moral, el modo de vivir del cristiano, es presentado en toda su amplitud y dificultad. No es fácil ser cristiano de forma plena. Nuevamente, la condición bautismal es la fuente de la vida moral. En la lectura profética se nos recuerda cómo la Iglesia, esposa del Cordero, se ha embellecido, y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura, -el lino son las buenas acciones de los santos-. En el rito de la imposición de la vestidura blanca al bautizado aparece claramente la dimensión nupcial: Recibe este vestido blanco, vestidura nupcial, que debes llevar con corazón sin mancha, al presentarte al tribunal de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Nos encontramos, por tanto, ante un doble simbolismo. Por un lado, la blancura del alba –vestidura bautismal– nos habla de las buenas acciones que debe tener todo cristiano. Por el otro, de cómo, perteneciendo a la Iglesia, nosotros somos esa Esposa de Cristo. Aunque el psallendum de hoy hable de la resurrección, quizás el salmo 44, que presenta a la novia embellecida, pueda expresar mejor esa vinculación entre el alba de los neófitos –vestidura nupcial– y la belleza de las buenas obras.
            Las buenas obras son las que nos pide Jesús en el evangelio de este domingo, cuando nos exige que demos fruto. ¿Cómo? Por medio de la observancia de la nueva Ley en Cristo: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. De esta forma, el centro de la doctrina moral del cristianismo, el amor, se presenta tanto a los nuevos bautizados como a cada uno de nosotros. Pero no se trata de afectos o buenos sentimientos que, a la larga, desaparecen o no encuentran la forma de encarnarse en la realidad. Un ejemplo –quizás uno “límite”– de la radicalidad en la vivencia de este mandamiento es el episodio de los Hechos de los Apóstoles. En la idílica comunidad cristiana, hay comunión no sólo en las cosas santas –sacramentos– sino también en los bienes de la comunidad: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, porque como diría santo Tomás de Aquino, lo que había no era una posesión absoluta, sino un dominium utile. El caso de Ananías y su mujer Safira, representado elocuentemente en un altar lateral de la basílica de San Pedro en Roma, nos muestra que amar a medias nos puede conducir a la perdición. Esto es así porque se vive una mentira. Si hay aspectos de tu vida en los que no entra la comunión y el servicio a los hermanos, entonces vives una doble vida.


Año I (2017):

Profecía: Ap 19, 11-16.
Psallendum: Sal 46, 7s.
Apóstol: Hch 4, 23-31.
Evangelio: Lc 8, 41-9, 2.

            Si el domingo IV nos introduce al tema de la correcta alabanza (orto-doxa) al Dios Trino, en este se nos presenta la cuestión de la realeza de Dios. Aquí la continuidad entre primera lectura y psallendum es muy evidente. Las últimas palabras de la profecía apocalíptica nos dan el título del jinete del caballo blanco, Rey de reyes y Señor de Señores, para luego en el psallendum reconocer el carácter divino de dicho jinete: Porque Dios es el rey de toda la tierra. Aunque conozcamos su “título”, Él tiene un nombre que sólo él conoce. A él lo llaman Palabra de Dios. Se trata, por tanto, de Cristo, Palabra del Padre. La alabanza del Dios Trino del domingo anterior se reduce aquí en la alabanza a Cristo. Esto es importante para la espiritualidad hispana, pues ningún otro rito dirigirá tantas veces la oración a Cristo en vez de al Padre. La blancura de su caballo nos recuerda el alba de los neófitos, sobre todo en las tropas del cielo en caballos blancos, vestidos de lino blanco puro. Ellos, como buenos soldados de Cristo –como decían los Padres–, le siguen a donde quiera que vaya.
            En la lectura evangélica vemos el contenido de la misión de estos nuevos cristianos: como los apóstoles, ellos también proclamar el reinado de Dios y a curar a los enfermos. Sin duda, los llamados “ministros sagrados” tienen una competencia propia respecto a esto, sobre todo en lo que se refiere a la curación de los enfermos en el sacramento de la unción. Pero también los bautizados, quizás desde una interpretación tropológica, deben “curar” las enfermedades espirituales que padecen los hombres y mujeres de su tiempo. La curación debe estar unida a la proclamación del reinado de Dios, pues si no fuera así se confundiría su misión con el mero altruismo. En la escena evangélica la hemorroísa busca su curación por medio de la fe. Del mismo modo, la curación espiritual que los bautizados llevan al mundo sólo puede ser efectiva si se la acoge en la fe.
            El reinado de Dios reside, precisamente, en esa curación –en el fondo, salvación– que debe llegar a todos los hombres. Por eso los reyes de este mundo no se sienten inicialmente identificados con esta misión. Así, la lectura de los Hechos de los Apóstoles, citando el salmo segundo, asegura: Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías. En la misma línea los apóstoles piden a Dios que realice curaciones, señales y prodigios cuando invoquen a tu santo siervo Jesús. La fe, necesaria, no es suficiente. Hace falta que se traduzca en una oración confiada al Padre, por medio de su santo siervo, Jesús. Así, la oración a Cristo se complemente con la más “tradicional” oración al Padre por el Hijo.



Adolfo Ivorra