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Domingo IV de Pascua (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Ap 10, 1-11.
Psallendum: Sal 97, 2s.
Apóstol: Hch 8, 14-25.
Evangelio: Jn 13, 33-14, 13.

            El evangelio y el apóstol de este año explicitan las alusiones trinitarias del anterior. De hecho, la lectura del Apocalipsis del domingo del año I es más apropiada para hoy. Los signados en el nombre de Dios y del Cordero lo son porque según las palabras de Cristo quien me ha visto a mí, ha visto al Padre... yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En efecto, la salvación arcana realizada por el Padre no es distinta de la realizada por el Hijo. Esta cuestión fue defendida ampliamente por los Padres de la Iglesia contra aquellos que querían establecer diferencias entre el Padre y el Hijo. Las obras del Hijo devuelven el sentido a la creación. Si en la lectura profética del año I veíamos cómo sólo los elegidos podían entonar el cántico de alabanza definitivo, hoy vemos el por qué: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. Por el cumplimiento de este mandamiento han sido elegidos y habilitados para conocer y ejecutar el cántico nuevo. Es Cristo quien nos enseña el cántico celeste, pues Él es el camino, y la verdad, y la vida. Pero aprender el cántico es una tarea exigente. Los apóstoles se desaniman al saber que no serán fieles en la pasión. Por eso el Señor les dice: No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. La confesión de Jesucristo como Dios es la clave para comprender el cántico nuevo de los elegidos. ¿Cómo conocer el cántico definitivo para alabar a Dios si no sabemos que además de ser Uno es Trino? La eucología hispana es, en este punto, prolija. La dimensión pneumatológica la encontramos en el apóstol. Pedro y Juan van a Samaría, donde oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús.
            En la lectura apocalíptica se nos presenta la acogida de la palabra de Dios, que al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor. Sin duda la palabra es atrayente, pero también exige de nosotros unas actitudes concretas que en ocasiones no serán de nuestro agrado. Quizás lo más complicado sea la actitud misionera que exige esa palabra, que en la lectura profética se hace patente: Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes. La palabra interpela a las conciencias. De ahí que sea incómoda, lo mismo que el que la proclama.


Año I (2017):

Profecía: Ap 14, 17.
Psallendum: Sal 65, 1. 2. 8.
Apóstol: Hch 4, 13-22.
Evangelio: Jn 4, 45-54.

            En este domingo se nos invita a creer en el poder de Jesús y a glorificarle de forma renovada. La actitud propia que debemos asumir hoy es la del pueblo en los Hechos de los Apóstoles: el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido, ya que el nombre curado por el milagro tenía más de cuarenta años. La curación por la mano de Pedro y la curación de Jesús en el evangelio de Juan se exponen como ejemplos de lo que cantábamos en el psallendum: cantad himnos a su gloria. Las mirabilia Dei son el fundamento de la alabanza. En el evangelio los signos se repiten en un mismo lugar: Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Pero debemos glorificar a Dios por quien es, no por sólo por los beneficios que nos da. En el mismo lugar donde Jesús había hecho otro signo encontramos que todavía la fe era escasa: Como no veáis signos y prodigios, no creéis.
            En la profecía de hoy la perspectiva es distinta: los arpistas estaban cantando un cántico nuevo. Y nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados en la tierra. Los que tuvieron fe en Dios en la tierra son los que saben alabarle de forma correcta. Los demás no pueden “aprender” el cántico de alabanza. De este modo, la liturgia celeste sigue a la fe terrestre y a las obras que manifiestan esa fe. En la lectura del Apocalipsis nos sale al encuentro el Cordero, que está de pie –signo de la resurrección–, cuyo nombre y el del Padre están grabados en la frente de los elegidos. Este puede ser hoy para nosotros otra alusión bautismal, como observábamos el domingo de la Octava (Año II). Falta la alusión al Espíritu Santo, pero ésta la podemos ver en los signos de Jesús, en la curación del hijo del funcionario. Allí se manifiesta la unción de Jesús y cómo Él estaba lleno del Espíritu.


Adolfo Ivorra