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Domingo III de Pascua (hispano-mozárabe)

Año II (2016):

Profecía: Ap 21, 9-23.
Psallendum: Sal 3, 6s.
Apóstol: Hch 9, 1-22.
Evangelio: Mt 14, 22-32; 8, 26.

            Los cantos de este domingo (psallendum y laudes) se alejan de la literalidad bíblica para aludir a la resurrección de Cristo. El milagro de caminar sobre las aguas debe ser contemplado por nosotros desde la resurrección de Cristo. Él, con su cuerpo lleno del Espíritu, va más allá de las leyes físicas porque es Señor del Universo. Esta capacidad suscita asombro pero no se logra dar el paso de la fe: Pedro al final se hunde en las aguas. En el fondo, los apóstoles se encontraban “ciegos” para poder ver con claridad a Jesús como recapitulador del cosmos. De ahí que el Apóstol de hoy nos presente la conversión-vocación de san Pablo. Camino a Damasco, Saulo queda ciego ante la aparición de Cristo resucitado. Como tema propio de este tiempo sale también a relucir la importancia del bautismo. Así Ananías va a Pablo de parte de Dios: me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó y lo bautizaron. Conversión y bautismo aparecen nuevamente unidos. Pero la conversión al Dios verdadero implica también la obediencia a una llamada que Dios hace y que conlleva proclamar que Cristo ha resucitado.
            Si el domingo del año I se nos hablaba del Santuario de Dios, aquí no existe: Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. Esto quiere decir que las palabras del año pasado en este domingo III se refieren a Dios mismo: formar parte del Santuario y no salir de él significa unirse a Dios y no dejar de pertenecerle. Sin embargo, no todo es abstracto, pues se nos habla de una ciudad, la Nueva Jerusalén: me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Esta ciudad está fundamentada sobre los apóstoles, y bien podemos identificarla con la Iglesia, ya que los que se salvan forman parte de ella.


Año I (2017):

Profecía: Ap 3, 7-13.
Psallendum: Sal 46, 7s.
Apóstol: Hch 4, 5-12.
Evangelio: Jn 5, 1-18.

            Con el tercer domingo de Pascua comienza una segunda etapa en el tiempo Pascual que dura hasta la Ascensión. En el domingo VI se apodera un clima de despedida que culmina el jueves de Ascensión. La Octava es un tiempo mistagógico de especial importancia y en ella ya se ha empezado a reflexionar sobre la resurrección de Cristo como “objeto” de la fe cristiana. Ahora se trata de contemplar a Cristo como lleno del Espíritu Santo, que obra portentos porque es el Ungido de Dios. En este domingo encontramos un misterio de la vida de Cristo, la curación en sábado de un paralítico, que, sin embargo, debemos contemplar desde la experiencia pospascual.
            La profecía nos presenta las palabras a la iglesia de Filadelfia, que aparece como una comunidad que guarda los mandatos del Señor. A ella serán entregados los que persiguen a la Iglesia de Dios. Llama la atención la frase Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios. Si la Iglesia es Cuerpo de Cristo, sus miembros, sus Iglesias locales, están llamados a formar parte de ese Cuerpo de forma definitiva: no saldrá fuera ya más. A los que forman parte del Santuario de Dios se les grabará su nombre y el de la nueva Jerusalén.
            Los futuros miembros del Santuario son como Pedro y sus compañeros, que dan testimonio de la piedra angular que los jefes de Israel habían despreciado. El contenido del kerigma es Cristo Resucitado, que por sus propios medios surge de los infiernos. Por su nombre nos salvamos: Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos, nos dice el apóstol de hoy. El nombre de Jesús es ese nombre que será grabado en las columnas del Santuario definitivo.
            El milagro de Betesda nos muestra la misericordia de Dios, pero a veces incluso esa misericordia no alcanza a todos. El paralítico bien puede ejemplificar a aquel que no puede acercarse a Dios por su propia condición pecadora. Sin embargo, Dios tiende la mano en Jesucristo. La salvación alcanza a los que la buscan, incluso cuando menos se espera (un sábado). Aquí nuevamente vemos cómo la misión angélica –el ángel del Señor que bajaba a la piscina de Betesda– y la acción de Dios en Jesucristo no se encuentran enfrentadas. Ya no se trata de la “confusión” entre Dios y los ángeles que encontramos en algunos pasajes del Antiguo Testamento. También encontramos aquí la igualdad entre Cristo y el Padre: Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo, incluso un sábado. El día de descanso no se puede absolutizar, pues Dios nunca cesa de actuar en el mundo.


Adolfo Ivorra