Ecclesia universa o introversa?

El libro de Andrea Grillo y Pietro de Marco pretende ser la exposición de dos puntos de vista contrarios acerca del motu proprio Summorum Pontificum, por medio del cual se establecieron normas específicas para la celebración litúrgica con los libros litúrgicos anteriores a la reforma del Vaticano II. La exposición de los autores es desigual, en el sentido de que Grillo se ciñe más al subtítulo del libro -esto es, a la crítica del documento papal-, mientras que De Marco hace una crítica al Movimiento Litúrgico y a aspectos rituales del misal actual, etc. Hay que advertir que la foto del papa Francisco en la cubierta del libro es "publicidad engañosa": no encontramos en este libro ninguna declaración del actual pontífice ni tampoco alguna alusión a su persona.
La exposición de Grillo gira en torno a los conceptos de realidad "real" y realidad "virtual", haciendo hincapié en el sentido del concepto de lex orandi ("a solo" y en diálogo con una intervención del card. Angelo Scola). También dedica tiempo a la cuestión jurídica: ¿el misal de 1962 estuvo abrogado? La cuestión de la lex orandi tiene que ver con el redescubrimiento de la dimensión ritual en la liturgia: Grillo se pregunta si la lex orandi se refiere a un ordo concreto o a una dimensión esencial, invisible y/o conceptual. En mi opinión creo que debatir sobre esta cuestión dentro de los estrechos muros de un documento disciplinario es poco fecundo. Más importante sería la introducción de un léxico nuevo: el "modo". Sin embargo, Grillo se limita a constatar su presencia, introduciendo uno de sus pensamientos clave sobre la cuestión del motu proprio: el "modo/uso" moderno es una respuesta a la crisis del antiguo (cf. p. 25). Entre otras afirmaciones dignas de mención, Grillo es sensible a la historia del concepto de "participación activa" y no comete el reduccionismo de algunos que piensan que dicho concepto nace con la reforma litúrgica. De ahí que Grillo conciba la misma reforma como la necesidad de cambiar el rito "tridentino" para garantizar la participación activa (no para crearla).
Las ideas más importantes que Grillo desarrolla en este libro y que están presentes en otros escritos suyos son la primacía del Movimiento litúrgico -del que la reforma litúrgica del Vaticano II es un "momento"- y el hecho de que la coexistencia de ambos "modos" puede ser interpretada por algunos como que la reforma litúrgica no era necesaria. La primera idea es muy sugerente, especialmente -y paradójicamente- en este año en que conmemoramos el aniversario de la Sacrosanctum Concilium. Lo del carácter necesario de la reforma litúrgica es otro punto incuestionable. Dentro del genio propio del autor, siempre son bienvenidas algunas expresiones críticas ciertamente hilarantes. Es el caso de su crítica a la Universae Ecclesiae, donde advierte acerca de la consideración eclesiológica del "grupo válido" que, según él, tiene la precisión de una "ecclesiologia da supermercato o da multisala cinematografica".
La intervención de Pietro de Marco es amplia y gira a temas ya consabidos y recurrentes en aquellos que son contrarios a la reforma litúrgica. El Movimiento Litúrgico, la teología caseliana, la dimensión comunitaria, etc., son objeto de críticas variadas. Sería muy largo matizar o criticar sus apreciaciones acerca de un período histórico tan largo. Creo que el "método" de valorar el misal de 1962 ("modo extraordinario" según la jerga del documento) criticando el pasado reciente es el mismo que han tenido no pocos liturgistas en las décadas posteriores del Concilio explicando el actual misal simplemente contraponiéndolo con el antiguo. La crítica De Marco se extiende también al actual misal, incluso descendiendo a las moniciones previas al acto penitencial.
A este error de método se suma otro no menos importante: considerar que la teología y la espiritualidad inmediatamente previas al misal de 1962 formaban un todo teológico con la ritualidad de este misal. La apología de la plegaria individual que hace De Marco en su afán de contradecir el "comunitarismo" propio del Movimiento Litúrgico se fundamenta en la espiritualidad propia del s. XIX, que tiene exponentes egregios que no cita pero que no son difíciles de rastrear. El individualismo espiritual no solo tiene una fundamentación en estos autores, sino que obedece también a movimientos sociales y filosóficos. Aunque sea de pasada, la mención a Festugiére implica su conocimiento de la disputa sobre la espiritualidad litúrgica como espiritualidad propia de la Iglesia. Poner la oración litúrgica (vocal) como el modo menos importante entre los "modos" de oración es, además de anacrónico, abrir la puerta al subjetivismo tan propio de nuestra época. Habría que recordar autores como san Buenaventura, que rechazaban un esquema ascensional de los modos de oración, etc. El aprecio a la neoescolástica se sitúa también dentro de esas contraposiciones del autor. Por querer rechazar la teología de los misterios se propone como "mejor" teología una que, en sus formas bajo medievales, fundamentó la reforma litúrgica de Lutero: al ser lo único importante la materia y la forma del sacramento, todo lo demás es mudable. Por otro lado, su crítica acerca de que los reformadores del misal no eran "teólogos" es incorrecta: al contrario, eran buenos neotomistas que salvaron la sustancia de la narratio institutionis y en el resto de cuestiones se limitaron a restaurar lo que se creía era lo más antiguo o genuinamente romano. Las críticas a otros teólogos posteriores a la reforma litúrgica no puede establecer relaciones -ni directas ni indirectas- con la misma. La cita a Rahner, por ejemplo, no tiene sentido: poca sensibilidad litúrgica tiene su teología en comparación con otros teólogos contemporáneos a él. Como ya va siendo habitual en aquellos que critican la reforma litúrgica del Vaticano II, tampoco las reformas anteriores tienen una valoración positiva (Pío XII, san Pío X).
Otras críticas teológicas son más acertadas. La cuestión del sentido de la expresión "la eucaristía hace la Iglesia", etc. tiene un fondo adecuado. Lo mismo cabe decir sobre la cuestión pastoral en los textos de SC (p. 96). La cuestión de la paz intraeclesial es, en mi opinión, haciendo uso del léxico de Grillo, una "realidad virtual" más que una "realidad real". Creo que, sin obviar las excepciones que sin duda las hay, al "modo extraordinario" se le ve en muchas partes de la misma manera que al rito mozárabe: con una gran dosis de esnobismo y poco o nulo sentido de pertenencia. Esta es quizás la idea a la que Grillo alude pero que no termina de desarrollar. La valoración de la liturgia romana según el misal de 1962 querida por Benedicto XVI es un bondadoso gesto que no debe ser desvirtuado. En la "realidad real" no se observa ningún dualismo. En este sentido, creo que no es correcta la apreciación de Grillo sobre la dificultad en la coexistencia de dos misales de ediciones distintas. Históricamente siempre se ha dado esta coexistencia durante cierto tiempo. Incluso se puede ver a día de hoy un ejemplo similar en los misales posteriores al Vaticano II: todavía se pueden encontrar traducciones en uso del misal de 1970, con el Credo en plural, el Padrenuestro "antiguo", las plegarias eucarísticas con una traducción muy distinta -y de paso solo las cuatro primeras-, etc.
Otro aspecto que nos ha enseñado la acogida del documento y la reflexión de estos autores -aunque ellos no vayan en esa dirección- es la necesidad de no hablar ni de misal "tridentino", ni de "Pío V", ni de "Pablo VI", etc., pues ni estos papas ni los concilios tuvieron el encargo de confeccionar los misales de 1570, 1962, 1970, etc. La alusión a las fechas, además de ser mejor desde un punto de vista académico, es mejor para eludir vinculaciones históricas más ideológicas que reales.
La lectura de este libro, además de ser desigual en la manera que tiene cada autor de enfocar los problemas, nos remite a un problema añadido a la "cuestión litúrgica" de Summorum Pontificum: es el hecho de que la discusión se aleja de los seguros muros de la liturgia y se convierte en la defensa ideológica del Ancien Régime y del mundo contemporáneo, con sus luces y sus sombras, cuestión que excede las intenciones del documento pontificio y que más bien nos remite a la crisis de identidad del cristianismo occidental contemporáneo, crisis que parte sin duda de los cambios políticos, sociales y filosóficos del s. XIX y que sigue condicionando la teología y eclesiología contemporáneas. En cualquier caso, conviene recordar que Benedicto XVI habló de una "hermenéutica de la reforma", no de la "continuidad", por lo que la reforma litúrgica -y eclesial en general- no puede ponerse en cuestión, y la armonía -más que "continuidad"- que debe haber en la historia de la Iglesia no puede comprenderse como si el tiempo no hubiese pasado. No estamos en los años sesenta, aunque algunos -de un extremo y otro- piensen lo contrario. La pluralidad litúrgica no puede edificarse en contraposición a otro rito/modo.

Adolfo Ivorra