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16 de abril: Santa Engracia y dieciocho mártires.

(Rito hispano-mozárabe)



16 de abril
santos engracia y dieciocho mártires
(Memoria)


Santa Engracia y sus 18 compañeros parecen ser las víctimas más conocidas del terrible perseguidor Daciano en el siglo IV. Prudencio es el primero en ofrecernos un testimonio escrito del martirio de estos santos. Fue precisamente por influjo de unos versos del Peristefanon, mal interpretados, que se empezó a conocer a estos santos como los «Innumerables de Zaragoza». El texto de la Passio es del siglo VII.
La fecha del martirio no se sabe con certeza. Debió producirse en la semana tras la Pascua, entre el 25 de marzo y el 27 de abril. La Liturgia Hispana vinculó fuertemente esta fiesta al tiempo pascual; hay estudiosos que encuentran alusiones a estos santos en los himnos para el Oficio de los sábados de Pascua.


Prælegendum (Sal 9, 13; 117, 15; Ap 21, 3)
Pediré cuentas de la sangre de los justos, dice el Señor, los acogeré en mi reino, aleluya, aleluya. V. Se oyen voces de alegría y de salvación en las tiendas de los justos. R. Los acogeré en mi reino, aleluya, aleluya. V. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos. Amén. R. Los acogeré en mi reino, aleluya, aleluya.

Oratio post Gloriam
Señor Dios omnipotente, nuestro gozo, nuestra salvación, nuestra fortaleza y perfección, te rogamos nos concedas la alegría de participar en esta fiesta que tanto te complace de tu mártir Engracia y los dieciocho mártires de Zaragoza, y por ello cantar para siempre tus alabanzas, como corresponde a los justos. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que, único Dios con el Padre y el Espíritu Santo, vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Profecía
Lectura del libro de la Sabiduría (Sab 18, 1. 3s; 19, 9).
R. Demos gracias a Dios.
Hijo:
3 En lugar de esto les diste una columna de fuego,
como guía para un viaje desconocido,
y como sol inofensivo para su gloriosa marcha.
4 Bien merecían verse privados de luz y prisioneros de las tinieblas
aquellos que habían encerrado en la prisión a tus hijos,
que iban a transmitir al mundo la luz incorruptible de la ley.
9 Pacían como caballos,
y retozaban cono corderos,
alabándote a ti, Señor, su libertador. R. Amén.

Psallendum (Sal 43, 18s. 8)
No hemos violado tu alianza ni se ha vuelto atrás nuestro corazón. V. Tú nos das la victoria sobre el enemigo y derrotas a nuestros adversarios. R. No se ha vuelto atrás nuestro corazón.

Apóstol
Lectura de la carta a los Hebreos (Hb 11, 13-16).
R. Demos gracias a Dios.
Hermanos:
13 Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. 14 Es claro que los que así hablan están buscando una patria; 15 pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. 16 Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 25, 31-46).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Nuestro Señor Jesucristo hablaba con sus discípulos y les decía:
31 «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria 32 y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. 33 Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. 34 Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36 estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. 37 Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; 38 ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; 39 ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. 40 Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. 41 Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, 43 fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. 44 Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. 45 Él les replicará: “En verdad os digo: lo que hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. 46 Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna». R. Amén.

Laudes (Sal 115, 15)
Aleluya. V. Es valiosa para el Señor la muerte de sus santos. R. Aleluya.

Sacrificium (Ap 20, 4; 5, 6; 20, 11. 5)
Miré y vi las almas de los muertos a causa de la palabra de Dios, vestidos de blanco, ante el Cordero, y presentaron la memoria de los santos delante del Señor, aleluya, aleluya. V. Vi en medio de los ancianos un trono resplandeciente y un Cordero que parecía degollado, ante cuya presencia se desvaneció el cielo. Y oí una voz que me decía: Esta es la resurrección primera. Y los cuatro vivientes y los ancianos adoraban al Cordero. R. Y presentaron la memoria de los santos. Delante del Señor, aleluya, aleluya.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, celebrando la fiesta solemne de este día que nos trae la alegría que ya estábamos deseando, y en el que nos disponemos a rendir nuevos homenajes a los santos que aquí reposan, alegrémonos en Cristo con gozo exultante, ofreciéndole dichosos nuestros votos, a él que trae la alegría a los tristes; porque lo que en otro tiempo nos quitó neciamente la dominación visigoda, que era como una paganía bajo la fe, nos lo devolvió, bajo su divina inspiración, la fidelidad vuelta a Cristo. La cual, brotando de la raíz del acebuche, como renuevos de frondoso olivo, produce para Cristo frutos perfumados, y aunque se separó no a causa de la fe, sino por violentas disensiones, ha vuelto a asentarse en la fe, atraído por la sagrada devoción. Pues era entonces ficticia la fe de aquella nación, ahora es firme, entonces falsa, ahora verdadera, entonces corrompida, ahora pura; y quien mantuvo la herejía, con la pérdida que supone la división, ahora muestra su integración en la unidad aunque se mantenga la distinción en los nombres; porque el corruptor de la verdad había inficionado a la gente ignorante con el veneno de la disensión, pero ahora ese pueblo arde en la fe como incienso perfumado. R. Amén.
Que se digne concederlo aquél cuyo reino e imperio permanecen sin término por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
A ti, Cristo Jesús todopoderoso, te veneramos con plena entrega del alma, a ti, Señor de todos, rendimos nuestro obsequio, como leales servidores, a ti, coeterno con el Padre santo y el Santo Espíritu, mientras permanece en cada uno de vosotros una misma y sempiterna divinidad, confesando un solo Dios indiviso en la Trinidad, te alabamos, y te bendecimos, llenos de gozo. Tú, inflamando en tu fuego con multiforme misericordia, los corazones de tus mártires, los hiciste testigos de tu verdad. [Propio de ellos fue aborrecer más el sacrilegio que la cárcel, buscar los sufrimientos más que temerlos, alcanzar la muerte más que evitarla, tu amor anidó sin duda en sus almas, por lo que no temieron el daño corporal. Por eso, entre las demás magníficas ciudades que ilustra la sangre derramada de los santos, te has dignado conceder la primacía a esta pequeña ciudad, de forma que apenas la misma cabeza de todos en el sacerdocio, la ínclita Roma, pueda superar en el número de mártires a nuestra Zaragoza, pues aquella es ciertamente la cabeza con el doble triunfo de los santos Apóstoles, pero ésta, uno de los miembros, conserva en un solo túmulo, los cuerpos de diecinueve mártires victoriosos. Cuya intercesión en tu presencia, defendió muchas veces a los ciudadanos del asedio y derrotó a los enemigos, poniéndolos en fuga. No nos lleva, Señor, a narrar estas cosas la hinchazón de la jactancia, ni nos lo exige el viento de la vanidad, sino el celo de tu amor que nos obliga a proclamar tus alabanzas; porque todas estas cosas no han sido llevadas a cabo por nosotros, nos las ha concedido tu misericordia. Aquí, en efecto, merecen ser oídos los que ruegan con oración de súplica, aquí se otorga el gozo a los atribulados, la seguridad a los angustiados, la medicina a los enfermos, salud completa a los orates furiosos; complaciéndote en otorgar las peticiones de los mártires, impartes con tu poder remedios a los oprimidos. ] Recuerda, pues, sus méritos para que no recuerdes nuestros errores; ellos nos traigan, por tu largueza, lo tuyo, después de presentarte lo nuestro, y así, por su intervención, tu gracia nos haga sobrepasar la naturaleza humana, para que nuestra alma, con el cuerpo,
te sirva sin mengua, y el adversario se avergüence de ser vencido siempre por tus siervos. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Señor, esta devoción de tu pueblo, que desea verse protegido en la tierra
por el patrocinio de los mártires zaragozanos, te pide sumisamente que estos nombres de oferentes que acabamos de recitar cumpliendo nuestro ministerio, tú, que eres rico en misericordia, te dignes escribirlos en el libro sellado con siete sellos, para que tu inmensa majestad, de bondad infinita, conceda aquí a los presentes dones múltiples, y en la eternidad los otorgue centuplicados, atendiendo con amplia y piadosa benevolencia a las almas de los que descansan. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Dios todopoderoso, tu paz que supera todo sentido, custodie incólumes nuestros cuerpos y almas, para que en presencia de tu tremenda majestad, cuando vengas para juzgar a todos, no haya en nosotros nada malo ni disonante, que pueda alterar tu rostro en el juicio; sino que, disfrutando por la ayuda de los santos aquí presentes, del felicísimo descanso de la paz, merezcamos unirnos a tus elegidos y a las virtudes celestiales, en la Jerusalén de los cielos. R. Amén.
Porque tú eres nuestra paz verdadera, caridad indivisible; tú, que vives contigo mismo y reinas con tu Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es en verdad equitativo, Señor, que te rindamos gracias incesantes y, sabiendo que tu grandeza es infinita, digno y justísimo en sumo grado inmolarse magníficas ofrendas laudatorias, hasta donde tú mismo nos lo hagas posible. Que para eso has prevenido para los pueblos, en cada lugar, la ayuda de los mártires, para que cada comunidad cristiana quedara protegida con especial defensa. [Y también en esta nuestra Zaragoza concediste para su custodia estos dieciocho mártires enterrados en un solo sepulcro, aparte de aquel rebaño innumerable de inmolados que, según la tradición, sacrificó la furiosa locura. ¿Quién podrá explicar, Señor, los desastres de aquel tiempo y los actos funerarios, cuando tantos ciudadanos de uno y otro sexo, por ser cristianos fueron obligados a salir de la ciudad, para ser entregados a un tropel de crueles sicarios, que con espadas y puñales van sembrando el campo de cadáveres? Así la simplicidad de los corderos sucumbió a la rapacidad de los lobos, y toda aquella sacrificada multitud de santos llenaron con sus cuerpos un anchísimo campo, esparcidos como vellones de lana trasquilada. Entre tantas magníficas masas de sentenciados, las profundas cárceles retenían a estos dieciocho varones, cargados de cadenas, surcados sus cuerpos por los azotes y lacerados por las incisiones de los verdugos, pero no los aterró la rabia de las fieras, no los vencieron los tormentos sufridos, ni siquiera en el último momento la muerte hizo temblar a ninguno de ellos; la misma confianza tuvieron todos cuando los apresaron, la misma confesión cuando les interrogaron, la misma constancia ante las amenazas, la misma firmeza ante los tormentos, la misma tenacidad cuando los condenaron, la misma victoria después del martirio. Sigue después aquella hermosísima compañera de los santos, la virgen Engracia, que con ser del sexo débil, tuvo arrestos para acudir al combate de los varones; ningún tormento fue suficiente para arrastrarla a la apostasía.   Se cansaron los verdugos, fallaron los suplicios, cuando el perseguidor se avergüenza de que los tormentos no puedan acabar con los viriles arrestos de una mujer, después de cortarle el pezón de un pecho, simula perdonar a la que ya no podía vencer. Ofreció su alma al cielo y entregó su cuerpo al sepulcro, dejándonos como Elías la señal de su manto, que muestra a nuestros ojos un indicio de su santidad y de su victoria. Así la sagrada envoltura del alma, separada en el sarcófago, que no en el lugar, diferente en el sexo, que no en el ánimo, es sepultada bajo los techos del mismo templo, para que tuvieran igual sepultura los que tuvieron igual palma de victoria. ] Este glorioso número de dieciocho mártires, con la gloriosa virgen, alcanzan los campos floridos del paraíso, gozosos de haber comprado grandes cosas a bajo precio, de haber cambiado la alegría por la tristeza, de haber recibido el descanso a cambio del tormento, de haber ganado la vida en lugar de la muerte, la gloria a cambio del sufrimiento, la victoria en lugar de la condena. Ahora, por fin, nosotros tenemos los huesos, tú los méritos, nosotros los retribuimos con ofrendas, tú con premios, nosotros les ofrecemos reverencia, tú, corona. A quien con toda razón, todos los ángeles y arcángeles no cesan de alabar cada día, diciendo:

Post Sanctus
Santo y bendito es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, a quien pertenecen estos diecinueve guerreros de la milicia celestial, a los que vistió de púrpura la sagrada sangre, y que llevando sus triunfos hasta los astros, alcanzaron las mansiones celestes: Suceso, con próspero suceso, Matutino, brillando como el lucero matutino de la resurrección, Publio, arrebatando el trofeo al enemigo del pueblo, Félix, felicísimo en sus méritos, Frontonio, llevando en su frente el signo de Cristo, Fausto, con la alegría de la fe, Optato, alcanzando la victoria a la que optaba, Urbano, sublime en la urbe celestial, Januario, que traspasa las puertas de la vida eterna, Marcial, que combatió marcialmente, Casiano, perfumado de mística casia, Lupercio, que arrebata su presa al lobo rapaz, Apodemio, ejerciendo su derecho de vuelta a la patria, Evodio, en el evo de la dicha perenne, Ceciliano, que no conoce la ceguera, Primitivo, el primero entre los atletas celestiales, Julio, rechazando a la familia Julia, Quintiliano, jugando en la más alta cima de la oratoria.  Después de éstos, por gracia de Dios, Engracia, asociada a los dieciocho en el vigor varonil, se hace con ellos partícipe de los cielos. Todos, recibidos ya en las mansiones celestiales, y anotados en el sagrado pupitre, siguen al Cordero por doquier, envueltos en níveas clámides. Por eso te pedimos, Dios omnipotente, que, por su intervención, santifiques estas ofrendas con la bendición del Espíritu Santo, y libres de los lazos del pecado a todo el pueblo que así te lo suplica.
Por Cristo, Señor y Redentor eterno.

Post Pridie
Estas son, Señor, las auténticas ofrendas del nuevo Testamento, por las que, reconciliando contigo al género humano, se han borrado los crímenes de todo el mundo. Este doble don obtenido de ti, que te ofreció Melquisedec, aquel sacerdote tipo, como a Señor del cielo, como un pronóstico de lo que nosotros debíamos ofrecerte en la realidad. Santifique, te ruego, estos sacrificios que te ofrecemos, el Espíritu Santo, que procede de ti y del Padre, y los haga plenamente conformes con tu cuerpo y sangre, para que estos tres elementos, cuerpo, sangre y agua, por los que somos lavados, apacentados y sanados, expulsen al momento las enfermedades de quienes los reciban y nos apliquen la salud que nunca se acaba. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Escucha, Señor, las voces y súplicas de tu pueblo, no por el mérito de los que te piden, sino a causa de los santos aquí presentes, cuando a ti, según tus enseñanzas, clamamos todos desde la tierra:

Benedictio
Cristo, el Señor, por cuyo amor la mártir Engracia, asociada al número de los dieciocho santos, aceptó una lucha varonil, haga que superéis, por sus méritos, los deleites de la carne y de la sangre. R. Amén. Y el que no la separó de los demás ni en el alma ni en el cuerpo, nunca consienta que os separéis de él, ni siquiera con un solo acto, ni que seáis confundidos en el juicio, viéndoos apartados de él. R. Amén. Por ello, agregados después de esta vida, al numeroso grupo de los predichos mártires, no merezcáis, por ninguna causa, ser castigados por Cristo en el juicio, sino que resucitéis con ellos para ser coronados en la gloria. R. Amén.
Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Completuria
Gracias te damos, Señor, una vez saciados con tus dones, mientras imploramos suplicantes tu misericordia, por la intercesión de tu mártir Engracia y de los dieciocho mártires de Zaragoza, para que tu gracia nos libre poderosamente de todo mal, y nos permita gozarnos siempre en tus alabanzas. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas, por los siglos de los siglos. R. Amén.