Liturgia y Teología: del dilema a la síntesis.

Llevo varios días de lectura continua del libro del profesor Alfonso Berlanga. Si hay una palabra que lo pudiera definir sería "estimulante". Pero en grado sumo. Si el otro libro de teología litúrgica era semi-divulgativo, este nos mete de lleno en la cuestión. Un efecto indirecto de su lectura ha sido el comprender mejor las diferentes escuelas litúrgicas que hay en la actualidad. Además de la forma "anselmiana", que asocio con la "exégesis" de textos como modo preferente de expresión, Berlanga nos da las claves para comprender la "escuela padoviana" que estaría vinculada no tanto con la pastoral a secas cuanto con disciplinas auxiliares. El efecto indirecto, que solo se logra contemplar al terminar de leer el libro, es descubrir la tercera orientación o escuela: la teología litúrgica. No, no es una contradicción. Creo que se trata de una manera de afrontar el estudio de la liturgia desde los presupuestos de la teología sistemática sin que por ello sea una versión mejorada de la teoría teológica de Vagaggini. Creo que es la orientación de los diferentes másteres o bienios de teología litúrgica que se tienen por tales. La virtud de esta escuela u orientación -de la que soy hijo- es que favorece a un mayor diálogo con el resto de teólogos de otras especialidades. El vicio es que esta escuela u orientación está muy condicionada por una teología académica muy deudora del método escolástico (quaestio) pero también del monástico (meditatio). Alejada, por tanto, del pensamiento y enfoque patrístico.
Los presupuestos teológicos de Berlanga se van desvelando. Solo en el capítulo final se confirma el "prejuicio" sistemático/dogmático o, si se prefiere, la orientación "clásica" de la teología medieval-moderna: el estudio va a parte del objeto. No obstante, el libro en sí es sumamente importante. Supone la afirmación de una disciplina -la teología litúrgica- y sus intuiciones compartidas. Vamos a verlo.
El autor comienza tocando a los iniciadores "teológicos" del Movimiento Litúrgico: Lambert Beauduin, que expresa el background fundamental de la teología litúrgica y sus principios más fundamentales, y Romano Guardini. No sé si por un error metódico, lo cierto es que Odo Casel ocupa buena parte del apartado de Guardini. Después pasa a ver manuales y documentos magisteriales en lo que yo denominaría un "paso obligado". En el capítulo 2 entramos de lleno en el estudio de los autores que se engloban dentro del "modelo teológico sistemático". Cipriano Vagaggini, autor ya clásico en este tipo de estudios, representa el paso de un momento de desinterés por el aspecto histórico de la liturgia y el paso a preocupaciones más pastorales, ascéticas y teológicas. En general, el benedictino comprende la teología litúrgica como una liturgia teológica. Hay que agradecerle también el esclarecimiento sobre el fin principal de la liturgia: su aspecto cultual y de santificación sobre el didáctico. Vagaggini sigue considerando la liturgia como lugar teológico. Poco más se descubre que no sepamos.
Otro autor es Kilmartin, que expresa una perspectiva antropológica. Berlanga considera que su propuesta es una "teología sistemática de la liturgia, entendida como una teología de la Trinidad económica desde abajo" (pág. 97). Paul de Clerck prefiere la expresión "teología de la liturgia" y tiene una parte teórica (ciencia litúrgica) y otra práctica (arte de la celebración), En general, las propuestas de estos capítulos las podemos considerar más "clásicas".
En el capítulo 3 se tratan los teólogos enmarcados dentro del "modelo teológico celebrativo". Se comienza con Schmemann, Andronikof, Kavanagh, Fagerberg e Irwin. Con sus diferencias, creo que el denominador común de todos ellos es la formulación de la diferencia entre una theologia prima (liturgia) y secunda (teología). En Irwin incluso tenemos un tercer momento: la dimensión espiritual. Me limito a resaltar esta característica fundamental para comprender mejor la "aversión" que tiene Berlanga a la propuesta de Marsili: la simplificación de los dos momentos en uno solo. Creo que abordar a Marsili sin una revisión previa de los principios de su maestro Odo Casel no permite comprender del todo su teología. Pero el problema que tiene Berlanga con Marsili no tiene que ver ni con su teología de la presencia de la acción divina bajo la forma ritual, ni con la necesidad de la teología bíblica, sino la comprensión patrística de la liturgia que aflora en Marsili. Para él la teología, como en los Padres, es un hablar sobre Dios y con Dios. De ahí que no le sea difícil comprender la misma celebración como teológica: es teología en acción. Creo que para comprender mejor esta idea tan sugerente de Marsili hay que acompañarla de una adecuada teoría de la percepción y comprender la manera en que los Padres hablaban de los ritos y su comprensión. Marsili, en este punto, no tuvo seguidores: Berlanga se encarga de mostrarnos que ni Catella, ni Flores ni Sodi siguen este modelo de un único momento sino que asumen el binomio citado más arriba. Por otro lado, creo que el problema no es el esquema: otros aspectos de la teología de Marsili, como sus reflexiones sobre la gracia sacramental hubiesen ayudado a comprender mejor los alcances de esta "identificación" entre liturgia y teología litúrgica.
A Triacca le dedica un gran espacio y queda claro desde entonces que para Berlanga el salesiano expresa la mejor comprensión de la teología litúrgica, mientras que Marsili todo lo contrario. Esta decantación por Triacca ya se criticó en otra recensión del original italiano del libro del autor. Señalaría que a veces se acentúa la filiación de Triacca en teólogos que han asumido tanto su teología como la de Marsili. Es el caso de Sodi pero sobre todo de Julián López, que a mi parecer asume ampliamente la teología de Casel-Marsili mucho más que las intuiciones de Triacca.
En el capítulo 4 nos encontramos en un terreno menos conocido para el liturgista formado en la línea anselmiana: las aportaciones del Instituto di Liturgia Pastorale de Padova. El teólogo estrella de esta aproximación es Andrea Grillo. La crítica de Berlanga a Grillo no es tan tajante como con Marsili, quizás porque también Grillo es partícipe del "ideario" de lo que llamo la "teología litúrgica" como escuela: Grillo tiende a iluminar la conexión entre el acto ritual de culto y el acto de revelación-fe. Para Grillo la teología litúrgica gira en torno al rito, abriendo así el camino a la perspectiva antropológica, con la que tendrá un "enfrentamiento" con Matías Augé sobre los alcances de la misma. Aunque Grillo tiene alguna crítica a Marsili, lo cierto es que se aleja ampliamente del pensamiento de Triacca, lo que provoca la respuesta de Berlanga a las objeciones de Grillo. Él no cree que su trabajo deba ser considerado "antropológico" sino un acercamiento al tema ritual afrontado como "fenómeno" (pág. 251). En una línea parecida está Bonaccorso, que recurre a la semiótica y otras ciencias humanas.
En el capítulo 5 el autor expresa sus reservas sobre la visión de Marsili por autosuficiente y no estar necesitada de otras disciplinas teológicas. Aquí se ve con claridad la intención de Berlanga por tender puentes entre la teología litúrgica y el resto de la teología. En mi opinión, la propuesta de Marsili no implica necesariamente el excluir un diálogo ni de entrar en una "inmanencia experiencial" (pág. 279). Son interesantes las propuestas metodológicas del autor sobre el método lineal, pero, a la vez, se aprecia una mentalidad más anselmiana al comprender la labor del teólogo de la liturgia como un exégeta de textos. Por otro lado, en el "subconsciente colectivo" de la inmensa mayoría de los liturgistas está el hecho de que es necesario enfrentarse a los textos para ser un liturgista "de verdad".
He omitido las particularidades de la mayoría de los teólogos que ha tratado el autor para centrarme en la cuestión metodológica y los problemas fundamentales. Además de su rechazo por Marsili y devoción por Triacca, la crítica que pudiera hacer a este ensayo es que recoge propiamente dos liturgistas españoles -López y Flores- y uno de pasada -Augé-. Pedro Fernández tiene desde 1992 un intento de solución en una teología simbólica de la liturgia y otras propuestas, que aparecen en su Introducción a la ciencia litúrgica y que hubiese sido bueno incluirlas. Fuera del ámbito español, la ausencia de Jean Corbon me parece clamorosa: Berlanga conoce su obra pero no la tiene en cuenta. Es especialmente útil como contrapartida a la visión de Padova. Tal y como lo señalaba Angelo Cardita, Corbon representa una teología litúrgica que en buena medida prescinde del rito.
Hechas estas salvedades, el libro lo considero imprescindible para conocer el status quaestionis de la teología litúrgica, además de ser una buena manera de conocer autores menos leídos o conocidos, especialmente los de Padova. Un estudio de este tipo debió haber aparecido hace años y ya se echaba en falta. Su presencia testimonia que la teología litúrgica no solo se ha establecido con éxito en el s. XX, sino que también apuesta por una revisión crítica de sus presupuestos y un mayor diálogo con el resto de las disciplinas teológicas.

Adolfo Ivorra