Habermas, o cuando un filósofo nos dice cómo hacer teología.

Jürgen Habermas (1929), representante de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, es en Europa un filósofo a tener en cuenta. No en vano el mismo Ratzinger entabló un diálogo con él hace unos cuantos años. En general, Habermas se hace transmisor de las ideas de la Ilustración y de la reducción de lo religioso al ámbito privado. Esta es una de las razones por las que lo he criticado a propósito de una simplona lista de ideas sobre cómo debe un católico escribir en internet.

Sin embargo, no hay filósofo que no nos enseñe algo. Desde una mirada típicamente ilustrada, es decir, desde una mirada que simplifica el discurso religioso a lo que debe -o debería ser-, Habermas nos enseña a hacer teología. De hecho, algunas de sus frases son más contundentes que muchos escritos magisteriales. Como por ejemplo, cuando se trata de la interdisciplinariedad tan necesaria en la teología en lengua española y a la que he aludido algunas veces. Pues bien, Habermas llama a la "ortodoxia":

"...no deja de ser interesante que, precisamente en ese clima marcado por las ciencias sociales que la joven Universidad de Fráncfort, nacida de una escuela de comercio, impuso a la teología, acabaran surgiendo e imponiéndose finalmente personalidades como Steinbüchel, Buber y Tillich, es decir, teólogos políticos en sentido lato, que podían moverse con toda soltura en los discursos típicos de las ciencias del espíritu y de las ciencias sociales. En la República Federal de Alemania, si no me equivoco, han sido más bien una serie de teólogos católicos los que han logrado entroncar con esta tradición, pues los teólogos católicos siempre mantuvieron relaciones más pacíficas con el lumen naturale. Pero cuanto más se abre la teología a los discursos de las ciencias humanas en general, tanto mayor es el riesgo que corre de perder su propio estatus en la trama de esos recíprocos intentos de absorción" (Israel o Atenas. Ensayos sobre religión, teología y racionalidad, Madrid, 2011, 103s)

Por tanto, dialogar, nutrirse, sí; perder la identidad, no. ¿Acaso puede decir alguien que no está en lo cierto? Pero esto no es algo meramente cautelar, sino que intenta ir al núcleo de lo que debería ser la teología, no solo la teología litúrgica. A reglón seguido de las palabras arriba citadas, Habermas ofrece un primer y muy resumido diagnóstico de cómo debe ser el discurso religioso -esto es, la teología-:

"El discurso religioso, que se desarrolla dentro de las comunidades de creyentes, se mueve en el contexto de una determinada tradición, caracterizada por un determinado contenido normativo y dogmáticamente elaborada; ese discurso religioso remite a una práctica ritual común y se apoya en experiencias religiosas del individuo" (Ibid)

Incluso podemos ir más allá y no asociar "discurso religioso" con "teología": nuestra pastoral eclesial se debe mover en el contexto de una determinada tradición...contenido normativo...práctica ritual común, etc. Sin embargo, hay que decir que el propio Habermas sí distingue entre "discurso religioso" y "teología", pues como buen outsider depende de nuestro actual concepto de teología, que a su vez se fundamenta en la quaestio escolástica. Por eso no duda en afirmar:

"Los discursos religiosos están hermanados con una práctica ritual que restringe de forma específica los grados de libertad de la comunicación en comparación con la práctica profana de la vida cotidiana. Si se me permite un tipo de consideración funcionalista, cabe decir que la fe, mediante su anclaje en el culto, queda protegida de toda problematización radical [...] Pues bien, el discurso teológico se distingue del discurso religioso en que el discurso teológico se disocia de la práctica ritual, pero para explicarla, para interpretar, por ejemplo, sacramentos como la eucaristía o el bautismo" (o. c., 107)

Nuestro objetivo sería, por lo tanto, hacer que "los discursos religiosos" y la teología volvieran a ser uno, como en la época patrística. Este problema siempre será de difícil solución, pues consideramos que la teología es un discurso académico y no un discurso popular. Es más, no solemos hacer un esfuerzo para que ambos se encuentren. Por otro lado -y es aquí donde quiero detenerme-, Habermas apunta a la práctica ritual como vínculo y característica no solo del discurso religioso, sino también de la teología que, aunque sea desde "fuera", tiene que hablar de esa práctica ritual.
Autenticidad y dependencia litúrgica. Estas son las dos cosas -buenas- que podemos sacar de la reflexión de Habermas sobre la teología y el pensamiento "religioso". El primer caso no es nuestro problema: los que desvinculan tanto su discurso teológico pronto son reconocidos como "filósofos de la religión" (en el mejor de los casos). Salvo esos pocos, el rancio sabor de la teología más manualística sigue habitando entre nosotros. Podemos dormir tranquilos. Pero la centralidad de la liturgia sigue siendo una materia pendiente, incluso en tratados como el de Sacramentis in Genere, donde explicar los sacramentos sin tener en cuenta la celebración litúrgica es, a estas alturas, clamoroso. Sigamos estos buenos ejemplos. Que no venga luego un filósofo "puro" a decirnos que no sabemos hacer teología.


Adolfo Ivorra