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Domingo V de Cuaresma.

(Rito hispano-mozárabe)



quinto domingo de cuaresma, 
misa de lázaro



Lectura sapiencial
Lectura del libro del Eclesiástico (Ecclo 47, 22-24; 48, 18-20; 47, 25).
R. Demos gracias a Dios.
Hijo:
22 El Señor jamás retiró su misericordia,
no dejó que sus palabras se perdieran,
ni que se borrase la descendencia de su elegido,
ni que desapareciese el linaje del que fue su amado.
Por eso dio a Jacob un resto,
y a David un retoño nacido de él.
23 Descansó Salomón con sus padres
y dejó en el trono a uno de su linaje,
lo más loco del pueblo, falto de inteligencia:
Roboán, que pervirtió al pueblo con su consejo.
24 También Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel
e indicó a Efraín el camino del pecado.
Desde entonces el pueblo cometió tantos pecados
que fueron expulsados de su tierra.
48, 19 Temblaron entonces corazones y manos,
y sufrieron dolores de mujeres en parto.
20 Invocaron al Señor misericordioso,
tendiendo sus manos hacia él.
Y el Santo, desde el cielo, los escuchó al instante
47, 25 Hicieron toda clase de maldades,
hasta que el castigo cayó sobre ellos. R. Amén.

Lectura histórica
Lectura del primer libro de Samuel (1Sam 26, 1-24).
R. Demos gracias a Dios.
En aquellos días:
1 Los zifeos fueron a ver a Saúl a Guibeá y le dijeron: «David está escondido en el collado de Jaquilá, en frente de la estepa». 2 Entonces Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David allí. 3 Saúl acampó en el collado Jaquilá, frente a la estepa, junto al camino. Cuando David, que permanecía en el desierto, vio que Saúl venía en su busca,4 envió espías y supo que había llegado a un lugar determinado.
5 David fue al lugar donde había acampado Saúl y vio dónde estaban acostados Saúl y el jefe de su ejército, Abner, hijo de Ner. Saúl estaba acostado en el cercado y el ejército estaba acampado a su alrededor. 6 David tomó entonces la palabra y preguntó a Ajimélec, el hitita, y a Abisai, hijo de Seruyá, hermano de Joab: «¿Quién quiere bajar conmigo al campamento donde se encuentra Saúl?». Abisai respondió: «Yo bajaré contigo». 7 David y Abisai llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él. 8 Abisai dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir». 9 David respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha quedado impune?». 10 Y prosiguió: «Vive el Señor, que él le herirá, ya se acerque su día y muera, ya baje a la guerra y perezca. 11 El Señor me libre de extender la mano contra su ungido. Ahora, coge la lanza de su cabecera y el jarro de agua y vámonos». 12 David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo.
13 David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos. 14 Y gritó a la tropa y a Abner, hijo de Ner: «¿No respondes, Abner?». Abner preguntó: «¿Quién eres tú, que gritas al rey?». 15 David le contestó: «¿No eres un gran hombre? ¿Quién como tú en Israel? ¿Por qué, pues, no has protegido al rey, tu señor, cuando uno del pueblo entró para matarlo? 16 No está bien lo que has hecho. Vive el Señor, que merecéis la muerte, por no haber protegido al ungido del Señor. Ahora, busca la lanza del rey y el jarro de agua que tenía a la cabecera». 17 Saúl reconoció la voz de David y dijo: «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?». David respondió: «Es mi voz, oh rey, mi señor». 18 Y prosiguió: «¿Por qué mi señor persigue a su siervo? ¿Qué he hecho? ¿Qué hay de malo en mí? 19 Escuche el rey, mi señor, las palabras de su siervo: si el Señor te mueve contra mí, sea aplacado con una ofrenda, pero si son los hombres, malditos sean ante el Señor los que me han excluido hoy de participar en la heredad del Señor, diciéndome: “Ve a servir a otros dioses”». 20 Que no caiga mi sangre en tierra, lejos de la presencia del Señor. Pues el rey de Israel ha salido a luchar buscando una pulga, como el que persigue la perdiz por los montes».
21 Saúl respondió: «He obrado mal. Vuelve, David, hijo mío. No volveré a hacerte mal, por haber respetado hoy mi vida. He sido un insensato y me he equivocado por completo». 22 David respondió: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores. 23 Y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor. 24 Como tu vida ha sido preciosa hoy a mis ojos, tan preciosa sea la mía a los ojos del Señor, y me libre de toda adversidad». R. Amén.

Psallendum (Sal 37, 22. 8. 18. 20b-21)
No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos. V. Tengo mis espaldas ardiendo, no hay parte ilesa en mi carne. R. No te quedes lejos. V. Porque yo estoy a punto de caer y mi pena no se aparta de mí. R. No te quedes lejos. V. Son muchos los que me aborrecen sin razón, los que me pagan males por bienes, los que me atacan cuando procuro el bien. R. No te quedes lejos.

Apóstol
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1Jn 5, 16-20).
R. Demos gracias a Dios.
Amadísimos:
16 Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida –los que cometan pecados que no son de muerte, pues hay un pecado que es de muerte, por el cual no digo que pida–. 17 Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.
18 Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios lo guarda, y el Maligno no llega a tocarle. 19 Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno. 20 Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (Jn 11, 1-52).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, al que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». 11 Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». 12 Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». 13 Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. 14 Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a él». 16 Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». 17 Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18 Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19 y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
20 Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21 Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22 Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24 Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26 y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27 Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
28 Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». 29 Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: 30 porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. 31 Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». 33 Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció 34 y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
35 Jesús se echó a llorar. 36 Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». 37 Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». 38 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. 39 Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». 40 Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». 41 Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42 yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». 43 Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». 44 El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
45 Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. 46 Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. 47 Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. 48 Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». 49 Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; 50 no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». 51 Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; 52 y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. R. Amén.

Año I
Laudes (Sal 139, 2-5a)
Líbrame, Señor del malvado, guárdame del hombre violento. V. Que planean maldades en su corazón y todo el día provocan contiendas. R. Guárdame del hombre violento. V. Afilan sus lenguas como serpientes, con veneno de áspides en los labios. R. Guárdame del hombre violento. V. Defiéndeme, Señor, de la mano perversa, guárdame de los hombres violentos. R. Guárdame del hombre violento.

Año II
Laudes (Sal 108, 30; 34, 18; 108, 31)
Daré gracias al Señor a boca llena, y en medio de la muchedumbre lo alabaré. V. Te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré entre la multitud del pueblo. R. En medio de la muchedumbre lo alabaré. V. Porque él se pone a la derecha del pobre, para salvar su vida de los que lo condenan. R. En medio de la muchedumbre lo alabaré.

Sacrificium (Lv 23, 4-6. 40. 3)
Estos son los días que debéis guardar a su tiempo: el día catorce por la tarde de la Pascua del Señor, y el día décimo quinto celebraréis la solemnidad a vuestro Dios altísimo. V. Dijo Moisés a los israelitas: «A los ocho días, coged ramos de palmera y alegraos en la presencia del Señor, según la ley que os prescribió». R. Celebraréis la solemnidad a vuestro Dios altísimo. V. Esto dice el Señor: «Celebraréis el día del sábado, se considerará santo, y al caer la tarde ofreceréis holocaustos, porque ese día el Señor os será propicio para todo». R. Celebraréis la solemnidad a vuestro Dios altísimo.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, hemos escuchado la palabra de Dios en las lecturas. Dejemos que penetre en nuestro interior, pues algo encontraremos en ella que, aunque sea en figura, se refiera a nosotros. Lázaro, que el santo Evangelio nos ha presentado resucitado de entre los muertos por el Señor, somos todos nosotros, sucios del cieno de los deleites y de las miserias. Mientras vamos cargados con nuestros propios pecados, intentando imponer a los demás las cargas que no queremos soportar nosotros, nos saltamos y despreciamos lo mismo la ley antigua que el Evangelio, y por propia voluntad caemos muertos de cuatro días en la sepultura del pecado, ya que puede decirse que estamos sepultados de cuatro días en la muerte, vencidos por una cuádruple transgresión de las leyes divinas. ¿Qué remedio nos queda, queridos hermanos, sino el confiarnos a aquél que devolvió la alegría a María y Marta con la resurrección de su hermano? Que él nos saque de la condenación de la sepultura, y con su voz, como a Lázaro, nos llame a dónde él está. R. Amén.
Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Acoge, Señor, las preces de los que te suplican, y convierte en gozo el llanto de los que sollozan. Somos nosotros, Señor, que con Marta nos dirigimos a ti para pedirte que no nos falte nunca tu divina presencia, y no tengamos que soportar el peso de la condena. Suelta ya nuestros pies de las ligaduras del pecado y que nuestras manos te rindan el sacrificio de alabanza, y nuestra boca, al cantarte, no quede tapada con el sudario de la adversidad. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los Santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Cristo Jesús, que eres resurrección y vida de los muertos, ayúdanos a todos con tu misericordia, y como en tus ocultos designios volviste a la vida a Lázaro, muerto de cuatro días, así también con tu acostumbrada misericordia otorga a los vivos la mejora de costumbres después de su caída, y a los difuntos los gozos que no acaban de la mansión eterna. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Fuerza y refugio de la esperanza, Salvador nuestro Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que cuando vas a resucitar a Lázaro sollozas, viertes lágrimas y te emocionas, concédenos que para evitar las trampas del maligno engañador solloce en nosotros el espíritu de tu dulzura. Lloremos en nuestro interior para alcanzar de ti el resultamos que deseamos. No nos dejes reposar, para que te alcancemos. Y de tal manera quedemos unidos en la compunción y en la paz que por la misma paz, que eres Tú, te veamos en la gloria, alcancemos los premios tantas veces prometidos y alabemos con Lázaro tu Majestad. R. Amén.
Por ti, que eres la paz verdadera y la caridad perpetua, Dios nuestro, que reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es digno y justo que te demos gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor. Él instruyó a sus discípulos para que anduvieran de día, y con cierto misterio les advirtió que el día tiene doce horas. Según eso, cuando nuestro día, Jesucristo, nació en el mundo al aceptar la humanidad, comenzaron las horas y los días a acomodarse mejor al que es su Señor y nuestro, y las horas recibieron su luz de la luz increada del Hijo. Por eso, buen Jesús, buscamos acceso al Padre por ti que eres la luz y el lucero de la mañana. No permitas que le ofendamos sino haz que en el reino de tu Padre encontremos los pastos de la vida eterna que nos tienes prometidos, para que, cuando nos abras a todos la puerta para poder llegar a ti, veamos tu rostro en el gozo que no se acaba, y entonemos para ti, con todo el ejército de los ángeles, el cántico de nuestra redención, alzando nuestras voces para decir:

Post Sanctus
Santo, bendito y glorioso es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, cuya gracia nos libró del peso de ley y nos hizo hijos adoptivos. Él, acercándose a Lázaro para resucitarlo, gritó: quitad la piedra, para apartar de él la opresión del castigo, cuando ya le había corrompido el horrendo poder del sepulcro. Quitadle, dice Jesús, el peso de la ley, que le aplasta en la muerte, para que le llegue la gracia de mi voz. Pues es gracia de Dios cuando oímos su voz, para alcanzar con Lázaro a Jesús con paso firme.
Cristo, Señor y Redentor eterno.

Post Pridie
Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios Padre, que al ir a resucitar a Lázaro diste gracias a tu Padre, elevando los ojos al cielo: concede a tus siervos que con aquel mismo sollozo con que a él lo levantaste para la vida, te dignes santificar estas ofrendas que te dedicamos. Para que, al recibir en nuestro interior la gracia de tu cuerpo y de tu sangre, tengamos parte contigo en el reino eterno. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Buen Jesús, creador amable y admirable, acepta el sacrificio de tus siervos. Tú que concediste a Lázaro que saliera del sepulcro al oír tu voz, concédenos que al oírte con nuestro oído interior, nos levantemos por tu gracia de la hondura de nuestro propio pecado. Así, el sonido de la piadosa oración con que nos enseñaste a orar al Padre desde esta tierra y ahora pronunciamos en tu presencia con toda fidelidad, nos haga experimentar la alegría de sentir cómo nos otorgas lo que por tu indicación hemos pedido:

Benedictio
Cristo Jesús, Hijo de Dios, que devolvió a Lázaro muerto la vida que antes tenía, os ilumine con la santidad de una vida nueva. R. Amén. El que le mandó andar una vez libre de las ataduras de pies y manos, os haga andar siempre por sendas de justicia sin que nada sujete vuestros pies. R. Amén. El que con milagro de tal entidad manifestó su gloria a las naciones, os lleve a vosotros a los gozos que no se acaban. R. Amén.
Por la dignación de tu misericordia, Dios nuestro, que vives y lo señoreas todo por los siglos de los siglos. R. Amén.

Cantus ad Accedentes (Jn 6, 59a; 4, 14; 6, 57. 63; 7, 18; 6, 39; 3, 21. 35-36a; 6, 35b. 37-38)
En verdad os digo: yo soy el pan de vida, que baja del cielo, el que come de él no morirá para siempre; y el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que se formará en él una nueva fuente de agua que salta a la vida eterna. V. Como me envió el Padre que vive, y yo vivo por mi Padre, quien me come vivirá por mí. R. Habrá en él una fuente de agua que mana para la vida eterna. V. El Espíritu es el que vivifica, la carne no aprovecha a nadie. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. R. Para la vida eterna. V. El que habla de sí mismo busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que le envió, éste es veraz y no hay injusticia en él. V. Esta es ciertamente la voluntad del Padre que me ha enviado, que no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. R. Para la vida eterna. V. El que obra en verdad, se acerca a la luz para que se manifiesten sus obras, porque están hechas en presencia de Dios. V. El Padre ama al Hijo y todo lo puso en su mano. El que cree en el Hijo tiene la vida eterna. V. Yo soy el pan de vida, el que se acerca a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá nunca sed. R. Sino que tendrá en sí una fuente de agua que mana para la vida eterna. V. Todo lo que me dará mi Padre, vendrá a mí y a aquel que venga a mí no le echaré fuera, porque bajé del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. R. Para la vida eterna.

Completuria
Colma, Señor, de alegría nuestros corazones, ya que te has dignado darnos la Eucaristía de tu sagrado cuerpo; de forma que así como somos reconfortados por la recepción de los alimentos, merezcamos también saciarnos de felicidad con tus dones espirituales. R. Amén.
Por la dignación de tu misericordia, Dios nuestro, que vives y lo señoreas todo por los siglos de los siglos. R. Amén.