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Domingo IV de Cuaresma.

(Rito hispano-mozárabe)



cuarto Domingo de cuaresma, 
misa “en medio del día de fiesta”

 
Lectura sapiencial
Lectura del libro del Eclesiástico (Ecclo 14, 11-22).
R. Demos gracias a Dios.
11 Hijo: en cuanto te sea posible, cuida de ti mismo
y presenta dignamente tus ofrendas al Señor.
12 Recuerda que la muerte no puede tardar,
y que el decreto del abismo no te ha sido revelado.
13 Antes de morir, haz el bien a tu amigo,
según tus posibilidades, sé generoso con él.
14 No te prives de pasar un día feliz,
no dejes escapar un deseo legítimo.
15 ¿No dejarás a otro el fruto de tu trabajo
y de tus fatigas, para que se lo repartan a suertes?
16 Da y recibe, disfruta de la vida,
porque en el abismo no hay que esperar satisfacciones.
17 Todo viviente envejece como un vestido,
pues es ley eterna que hay que morir.
18 Como las hojas verdes de un árbol frondoso,
que unas caen y otras brotan,
así las generaciones de carne y sangre:
unas mueren y otras nacen.
19 Toda obra corruptible desaparece,
y su autor se va con ella.
20 Dichoso el hombre que se aplica a la sabiduría
y razona con su inteligencia.
21 Dichoso el que presta atención a sus caminos
y se fija en sus secretos;
22 sale en su busca como un cazador
y se pone al acecho en sus caminos. R. Amén.

Lectura histórica
Lectura del primer libro de Samuel (1Sam 1, 1-20).
R. Demos gracias a Dios.
1 Había un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. 2 Tenía dos mujeres: la primera se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía. 3 Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní y Pinjás.
4 Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, 5 mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. 6 Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril. 7 Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer. 8 Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez hijos?».
9 En cierta ocasión se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. 10 Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente. 11 E hizo este voto: «Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».
12 Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. 13 Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, mas su voz no se oía. Elí la creyó borracha. 14 Entonces le dijo: «¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino que llevas dentro». 15 Pero Ana tomó la palabra y respondió: «No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. 16 No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción». 17 Elí le dijo: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido». 18 Ella respondió: «Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos». Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo. 19 Se levantaron de madrugada y se prosternaron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá. Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.
20 Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: «Se lo pedí al Señor». R. Amén.

Psallendum (Sal 70, 5. 19b-20a. 21b. 10b-12a. 3c-5a)
Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud. V. Dios mío, ¿quién como tú? Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves, de nuevo me darás la vida. R. Señor, mi esperanza desde mi juventud. V. Los que acechan mi vida, celebran consejo; dicen: Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende. Dios mío, no te quedes a distancia. R. Señor, mi esperanza desde mi juventud. V. Porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa, Porque tú eres mi amparo. R. Señor, mi esperanza desde mi juventud.

Apóstol
Lectura de la carta de Santiago apóstol a las doce tribus (Sant 3, 14-18).
R. Demos gracias a Dios.
Amadísimos:
14 Si en vuestro corazón tenéis envidia amarga y rivalidad, no presumáis, mintiendo contra la verdad. 15 Esa no es la sabiduría que baja de lo alto, sino la terrena, animal y diabólica. 16 Pues donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones. 17 En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. 18 El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (Jn 7, 2-30).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus hermanos: Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo. Y es que tampoco sus hermanos creían en él. Jesús les dice: «Mi tiempo no ha llegado todavía, el vuestro está siempre dispuesto. El mundo no puede odiaros a vosotros, a mí sí me odia porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo no se ha cumplido todavía». 9 Después de decir estas cosas, permaneció en Galilea. 10 Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. 11 Los judíos le buscaban en la fiesta y decían: «¿Dónde está?», 12 y había muchos comentarios acerca de él entre las turbas. Unos decían: «Es bueno»; otros decían: «No, sino que engaña a la gente». 13 Pero nadie hablaba de él en público por miedo a los judíos.
14 A mitad de la fiesta, subió Jesús al templo y se puso a enseñar. 15 Los judíos preguntaban extrañados: «¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?». 16 Jesús entonces les contestó: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado; 17 el que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios podrá apreciar si mi doctrina viene de Dios o si hablo en mi nombre. 18 Quien habla en su propio nombre busca su propia gloria; en cambio, el que busca la gloria del que lo ha enviado, ese es veraz y en él no hay injusticia. 19 ¿Acaso no os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué queréis matarme?». 20 Respondió la gente: «Tienes un demonio, ¿quién quiere matarte?». 21 Jesús les contestó: «He hecho una obra y todos os admiráis 22 por ello. Moisés os dio la circuncisión –aunque no es de Moisés, sino de los patriarcas– y vosotros circuncidáis a un hombre en sábado. 23 Si un hombre recibe la circuncisión en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿por qué os enojáis contra mí porque he curado en sábado a un hombre enteramente? 24 No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo». 25 Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? 26 Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? 27 Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».
28 Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; 29 yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».
30 Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora. R. Amén.

Laudes (Sal 70, 23s)
Te aclamarán mis labios, Señor, mi alma que tú redimiste. V. Y mi lengua todo el día recitará tu auxilio. R. Mi alma que tú redimiste. V. Porque quedaron derrotados y afrentados los que buscaban mi daño. R. Mi alma que tú redimiste.

Sacrificium (Sal 50, 11. 3-6a. 12)
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa, Dios mío. V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R. Dios mío. V. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado, contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. Crea en mí, Dios, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. R. Dios mío.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, aguardando la dichosa esperanza de la pasión y resurrección del Hijo de Dios, y la manifestación de la gloria del bendito Salvador, nuestro Señor Jesucristo, robusteced vuestros ánimos y no os espantéis de la tarea que os queda por hacer a los que deseáis con empeño llegar a la celebración de la Pascua del Señor. En la mitad del santo tiempo de Cuaresma, acometed confiados el esfuerzo que os espera, quienes habéis llevado a buen término el peso de la abstinencia ya trascurrida. Jesús, que por nosotros se ha hecho débil, dará a los cansados la fortaleza. El mismo que os concedió iniciar lo ya realizado, os dará poder completar lo que está por venir. Ayudará a los hijos el que nos hace desear la gracia de su pasión. R. Amén.
Con la ayuda de la misericordia de nuestro Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Dios, creador y restaurador de la vida humana, renueva en nosotros nuestras fuerzas desgastadas, que no podemos reparar por nosotros mismos. Concede que quienes, por tu gracia, hemos llegado a la mitad de la cuaresma, podamos llegar con redoblado fervor al día del gozo pascual. Dios bueno, haz que, en la práctica del ayuno, seamos alimentados con el pan de lágrimas, para que, despojados del hombre viejo, podamos llegar renovados a la santa Pascua. Suscita en nosotros el deseo de contemplarte, para que, reinandoen nuestros corazones, no temamos las dificultades presentes y busquemos ardientemente el premio de la dichosa esperanza. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los Santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Señor Jesús, en la mitad de estos días de saludable abstinencia, te ofrecemos el sacrificio de nuestra redención. Te pedimos que la oblación de esta ofrenda agradable obtenga para los vivientes aumento de gracias espirituales y para los difuntos el descanso eterno. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Señor Jesucristo, fue en verdad admirable tu enseñanza en el templo a mitad de la fiesta; concédenos meditar asiduamente tu doctrina y encomendar especialmente a nuestra memoria cuanto nos conduzca al amor fraterno, sin sombra alguna de enemistad, y cuanto estimule en nosotros un ardiente deseo de tu caridad. R. Amén.
Porque tú eres nuestra paz verdadera, caridad indivisible; tú, que vives contigo mismo y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es justo y necesario darte siempre gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. Él, a la mitad de la fiesta, subió al templo para enseñar; las multitudes quedaban admiradas de su doctrina, aun sin conocer la fuerza de su divinidad oculta. Les maravillaba como hablaba aquél que no había estudiado, ya que veían al hombre pero ignoraban a Dios. Todos quedaban pasmados, y sin embargo no se convertían. Las palabras del Señor producían maravilla en todos, pero no en todos suscitaban sus gestos la plenitud de la fe. Porque lo ignoraron, fueron a su vez ignorados; pues, a pesar de verlo, no conocieron al Dios hecho hombre, y, obcecados por la malicia de su ignorancia, permanecieron en sus tinieblas. Nosotros, en cambio, aunque no hemos visto con los ojos corporales a tu Hijo encarnado, nuestro Señor Jesucristo, en verdad sabemos, creemos y confesamos que, contigo y con el Espíritu Santo, es un solo Dios en la Trinidad; que asumió nuestra carne mortal y la elevó hasta el cielo, como prenda de nuestra salvación eterna. Te pedimos, Dios santo y misericordioso, que esta confesión nos conduzca a la gloria; que esta fe nos libre de la muerte eterna; que esta esperanza consuele a los que lloran en las dificultades presentes y les obtenga para siempre los goces eternos. Cuando, al finalizar el curso de esta vida, lleguemos a obtener el premio de la vocación cristiana y veamos en la gloria de Dios a Aquel que es la prenda de nuestra condición humana, haz que nuestros cuerpos sean glorificados por Cristo, con la misma gloria divina en que veremos al que es la cabeza de los que han sido salvados; nosotros que somos miembros de Jesucristo, nuestra cabeza, por los dones recibidos de su gracia, elevemos a nuestro Señor el himno de nuestra redención, proclamando y diciendo:

Post Sanctus
Santo y bendito es en verdad tu Hijo Unigénito, nuestro Señor, que, por su pasión y su cruz, aligera el peso de nuestros pecados y pone término a nuestras culpas por la oblación de su único sacrificio; así, fortalecidos por esta esperanza, pidamos de buena fe lo que no es nocivo a la salvación y ofrezcamos lo que sabemos que le agrada. Pongamos en él nuestra esperanza confiando en su misericordia. El que, con los dones de su amor, nos ha hecho llegar a la mitad de la cuaresma, nos permita participar ahora sin culpa del cáliz de su pasión y nos haga llegar a la solemnidad de la Pascua, purificados de nuestros pecados.
Él es el Señor, el Redentor eterno.

Post Pridie
Jesús, Hijo de Dios, que eres nuestro defensor, nacido del Padre antes del tiempo, e Hijo de la Virgen en el tiempo: acepta este sacrificio que te ofrecemos en la mitad de este tiempo de Cuaresma. Por ti sean santificadas estas ofrendas; por ti queden perdonados nuestros delitos; por ti obtengan todos la deseada felicidad de las eternas promesas. R. Amén.

Cantus ad Confractionem (Sal 32, 22; 33, 16)
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. V. Tus ojos, Señor, miran a los justos, tus oídos escuchan sus gritos. R. Como lo esperamos de ti.

Ad Orationem Dominicam
Cristo, tú eres el creador y el redentor de todas las criaturas; por la fuerza de tu poder repara nuestros ánimos cansados; y ya que, guiados por ti, hemos superado estos pasados días de abstinencia, ayúdanos para que podamos cumplir con diligencia lo que aún queda de nuestro servicio cuaresmal. Por esto mereces la alabanza debida, por el bien que has iniciado, y para ti son las muestras de honor y agradecimiento por cuanto haces en el medio o al final de este tiempo. En la mitad de los ejercicios cuaresmales, te pedimos que aceptes esta oración que hacemos siguiendo tus preceptos, y concédenos, por la misma, no dejarnos abatir por las dificultades presentes y poder ser reconfortados por la alegría que esperamos:

Benedictio
Cristo, Hijo de Dios, que, en la mitad de la fiesta, suscitó admiración por su enseñanza en el templo, os purifique de todas las consecuencias del pecado. R. Amén. En la mitad del ejercicio cuaresmal Él os permita obtener lo que pedís; para que podáis llegar a la santa Pascua con el fruto de vuestras buenas obras. R. Amén. El que os ayudó a pasar la primera parte de la Cuaresma os continúe asistiendo, para que llevéis a término lo que os queda de esta práctica cuaresmal. R. Amén.
Por la misericordia del mismo Cristo, Dios nuestro, que, con el Padre y el Espíritu Santo, es un solo Dios y vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Cantus ad Accedentes (Jn 6, 55-56; 4, 34b; 5, 24; 5, 25-27. 30a; 6, 32a-33; 7, 17; 4, 24)
Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Y el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. Mi alimento es cumplir la voluntad del que me envió para que complete su obra. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. En verdad os digo que el que oye mi palabra y cree en el que me envió, tendrá la vida eterna y no verá el juicio, sino que pasará de la muerte a la vida. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. En verdad os digo que viene la hora y ya está aquí, cuando los muertos escucharán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. Como el Padre tiene vida en sí mismo, así concedió al Hijo tener vida en sí mismo, y le dio poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. No puedo yo hacer algo por mí mismo, sino que según oigo juzgo, y mi sentencia es justa. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. En verdad, en verdad os digo: no os dio Moisés el pan vivo del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. Señor, danos siempre de ese pan. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. Si alguno quiere cumplir mi voluntad, tendrá que ver si mi doctrina es de Dios o si hablo por mí mismo. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. V. Dios es espíritu, y es necesario que lo que le adoran lo han en espíritu y verdad. R. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Completuria
Colma, Señor, de alegría nuestros corazones, tú que te has dignado darnos la Eucaristía de tu sagrado cuerpo; haz que merezcamos también saciarnos de felicidad con tus dones espirituales, los que ahora somos reconfortados por la recepción de estos alimentos. R. Amén.
Por la benevolencia de tu misericordia, Dios nuestro, que vives y lo señoreas todo, por los siglos de los siglos. R. Amén.