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Domingo III de Cuaresma.

(Rito hispano-mozárabe)



tercer domingo de cuaresma, 
misa del ciego de nacimiento

 
Lectura sapiencial
Lectura del libro de los Proverbios (Prov 20, 17-28).
R. Demos gracias a Dios.
Hijo:
17 El pan robado resulta sabroso,
pero la boca se llena de arena.
18 Somete tus planes al consejo de otros,
con sabia estrategia prepara la guerra.
19 El chismoso descubre secretos,
deja la compañía del charlatán.
20 El que maldice a su padre y a su madre
verá extinguirse su luz en plena noche.
21 Fortuna ganada de golpe
nunca prospera al final.
22 No digas: «Me las pagará»,
confía en el Señor y te salvará.
23 El Señor detesta dos pesas distintas,
no está bien trampear con la balanza.
24 El Señor dirige los pasos del hombre,
¿cómo puede el hombre discernir su camino?
25 ¡Qué riesgo hacer un voto a la ligera
y arrepentirte después de prometerlo!
26 Un rey sabio avienta a los malvados,
hace rodar sobre ellos el trillo.
27 Lámpara del Señor el espíritu humano:
sondea lo más íntimo de las entrañas.
28 Bondad y lealtad sostienen al rey,
la misericordia consolida su trono. R. Amén.

Lectura histórica
Lectura del libro de los Números (Nm 22, 2-23, 10).
R. Demos gracias a Dios.
2 Vio Balac, hijo de Sipor, todo lo que había hecho Israel con los amorreos 3 y se estremeció Moab ante aquel pueblo tan numeroso. Moab tembló ante los hijos de Israel. 4 Y dijo Balac a los ancianos de Madián: «Ya veréis cómo esa multitud lo devasta todo a nuestro alrededor, como devasta el buey la hierba del campo». Balac, hijo de Sipor, era por entonces rey de Moab. 5 Envió mensajeros a buscar a Balaán, hijo de Beor, a Petor, que está junto al Río, en tierra de los amavitas, para decirle: «Un pueblo que ha salido de Egipto cubre la superficie de la tierra y se ha establecido frente a mí. 6 Ven, por favor, y maldíceme a ese pueblo, pues es más fuerte que yo, a ver si puedo derrotarlo y lo arrojo de la región. Pues sé que a quien tú bendices queda bendito y a quien maldices, maldito». 7 Fueron los ancianos de Moab y los ancianos de Madián, con la paga del vaticinio en sus manos, y llegaron donde estaba Balaán y le transmitieron las palabras de Balac. 8 Él les contestó: «Pasad aquí la noche y os responderé según lo que me diga el Señor». Los jefes de Moab se quedaron en casa de Balaán. 9 Vino Dios adonde estaba Balaán y le dijo: «¿Qué hombres son esos que están en tu casa?». 10 Balaán le respondió a Dios: «Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, me ha enviado a decir: 11 “Un pueblo que ha salido de Egipto cubre la superficie de la tierra. Ven y maldícemelo, a ver si puedo vencerlo y expulsarlo”». 12 Pero Dios dijo a Balaán: «No vayas con ellos, ni maldigas a ese pueblo, porque es bendito».
13 Se levantó Balaán de madrugada y dijo a los jefes de Balac: «Volved a vuestra tierra, porque el Señor no me deja ir con vosotros». 14 Se levantaron, pues, los jefes de Moab, volvieron donde estaba Balac y le dijeron: «Balaán se ha negado a venir con nosotros».
15 Balac envió otra vez jefes en mayor número y más ilustres que los anteriores. 16 Fueron adonde estaba Balaán y le dijeron: «Esto dice Balac, hijo de Sipor: “Por favor, no te niegues a venir hacia mí, 17 que te recompensaré con grandes honores y haré todo lo que me digas. Ven, por favor, y maldíceme a ese pueblo”».
18 Respondió Balaán a los siervos de Balac: «Aunque me diera Balac su palacio lleno de plata y oro, no podría quebrantar la orden del Señor, mi Dios, en nada, ni en poco ni en mucho. 19 Quedaos aquí también vosotros esta noche y averiguaré lo que me dice el Señor esta vez».
20 Entró Dios donde estaba Balaán por la noche y le dijo: «¿No han venido esos hombres a llamarte? Levántate y vete con ellos. Pero has de hacer lo que yo te diga».
21 Se levantó Balaán de madrugada, aparejó su burra y se fue con los jefes de Moab.
22 Cuando iba, se encendió la ira de Dios y el ángel del Señor se plantó en el camino cerrándole el paso. Él iba montado en la burra y sus dos muchachos lo acompañaban. 23 La burra vio al ángel del Señor plantado en el camino, la espada desenvainada en la mano, y se apartó del camino y se fue a campo traviesa. Balaán pegó a la burra para que volviera al camino. 24 El ángel del Señor se puso en un sendero entre las viñas, con una pared a un lado y otra al otro. 25 Al ver la burra al ángel del Señor, se arrimó a la pared y le pilló a Balaán la pierna contra la pared. Él le pegó a la burra otra vez. 26 Volvió el ángel del Señor a adelantarse y se puso en un paso estrecho, que no dejaba espacio para apartarse ni a la derecha ni a la izquierda. 27 Vio la burra al ángel del Señor y se tumbó, con Balaán encima. Balaán se enfureció y apaleó a la burra. 28 Entonces el Señor abrió la boca de la burra, que dijo a Balaán: «¿Qué te he hecho yo para que me apalees con esta ya tres veces?». 29 Respondió Balaán a la burra: «Porque te estás burlando de mí. Ojalá tuviera una espada en la mano; ahora mismo te mataba». 30 Respondió la burra a Balaán: «¿No soy yo tu burra, y no me has montado desde siempre hasta el día de hoy? ¿Es que suelo portarme así contigo?». Respondió él: «No».
31 Entonces el Señor abrió los ojos de Balaán y vio al ángel del Señor, plantado en el camino, la espada desenvainada en la mano; y se inclinó y se postró rostro en tierra. 32 El ángel del Señor le dijo: «¿Por qué has apaleado a tu burra con esta ya tres veces? He sido yo el que he salido a cerrarte el paso, porque para mí es este un camino torcido. 33 La burra me ha visto y se ha apartado de mí tres veces. Gracias a que se ha desviado, porque si no, ya te habría matado y a ella la habría dejado con vida».
34 Dijo entonces Balaán al ángel del Señor: «He pecado, pues no sabía que tú estabas en mi camino. Pero ahora mismo, si te parece mal mi viaje, me vuelvo». 35 Respondió el ángel del Señor a Balaán: «Vete con esos hombres, pero dirás únicamente lo que yo te diga».
Balaán marchó con los jefes de Balac.
36 Se enteró Balac de que llegaba Balaán y salió a su encuentro hacia Ar Moab, en la frontera del río Arnón, en los límites de su territorio. 37 Y dijo Balac a Balaán: «¿No te mandé llamar? ¿Por qué no quisiste venir? ¿Es que no puedo recompensarte?». 38 Respondió Balaán a Balac: «Mira, ahora ya he venido. Pero ¿qué podré decir? La palabra que ponga Dios en mi boca, esa es la que diré».
39 Marchó Balaán con Balac y llegaron a Quiriat Jusot. 40 Allí Balac sacrificó vacas y ovejas, y les mandó porciones a Balaán y a los jefes que lo acompañaban. 41 A la mañana, tomó Balac a Balaán y lo hizo subir a Bamot Baal, desde donde se divisaba una punta del campamento.
23, 1 Dijo Balaán a Balac: «Constrúyeme aquí siete altares y prepárame siete novillos y siete carneros».
2 Balac hizo lo que le había dicho Balaán, y ofreció en holocausto un novillo y un carnero en cada altar. 3 Dijo entonces Balaán a Balac: «Quédate junto a tus holocaustos, mientras yo voy a ver si el Señor me sale al encuentro. Yo te comunicaré lo que él me manifieste». Y se fue a un monte pelado.
4 Salió Dios al encuentro de Balaán, y este le dijo: «Siete altares he preparado, y he ofrecido en holocausto un novillo y un carnero sobre cada altar». 5 El Señor puso una palabra en la boca de Balaán y le dijo: «Vuelve donde está Balac y dile esto». 6 Volvió donde estaba él y lo encontró todavía de pie junto a su holocausto, con todos los jefes de Moab. 7 Él recitó sus versos diciendo:
«De Siria me hace venir Balac,
el rey de Moab de los montes de oriente:
Ven, maldíceme a Jacob;
ven, augura males a Israel.
8 ¿Cómo maldeciré, si no maldice Dios?
¿Cómo auguraré males, si no los augura el Señor?
9 De la cumbre de las peñas lo diviso,
de lo alto de las colinas lo contemplo:
es un pueblo que vive aparte;
no se cuenta entre las naciones.
10 ¿Quién podrá contar el polvo de Jacob,
quién calcular la polvareda de Israel?
Muera mi alma con la muerte de los justos,
sea mi paradero como el de ellos». R. Amén.

Psallendum (Sal 35, 8a. 11s)
Qué inapreciable es tu misericordia, Señor, Dios mío. V. Prolonga tu misericordia con los que te reconocen, tu justicia con los rectos de corazón. R. Dios mío. V. Que no me pise el pie del soberbio, que no me eche fuera la mano del malvado. R. Dios mío.

Apóstol
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1Jn 1, 5-9).
R. Demos gracias a Dios.
Amadísimos:
5 Este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. 6 Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. 7 Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado. 8 Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. 9 Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (Jn 9, 1-38).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Nuestro Señor Jesucristo, cuando salía del templo, 1 vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». 10 Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?». 11 Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». 12 Le preguntaron: «¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé».
13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. 14 Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. 15 También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». 16 Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: 17 «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».
18 Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres 19 y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». 20 Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; 21 y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». 22 Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. 23 Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
24 Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». 25 Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». 26 Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». 27 Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». 28 Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». 30 Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. 31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. 32 Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; 33 si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». 34 Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.
35 Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». 36 Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». 37 Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». 38 Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. R. Amén.

Laudes (Sal 104, 1a. 4)
Alabad al Señor, invocad su nombre. V. Buscad al Señor y él os confortará, buscad siempre su rostro. R. Invocad su nombre.

Sacrificium (Sal 50, 19-21a)
Un espíritu atribulado es un sacrificio en la presencia de Dios, un corazón quebrantado y humillado él no lo desprecia. V. Señor, por tu bondad favorece a Sión, para que las murallas de Jerusalén puedan ser reconstruidas. R. Un corazón quebrantado y humillado Dios no lo desprecia. V. Aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos. R. Un corazón quebrantado y humillado Dios no lo desprecia.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, levantemos nuestros corazones para ponderar los divinos misterios. Para que la lectura del santo Evangelio, que hoy habéis escuchado atentamente, produzca también en nosotros frutos de eternidad. Y como la habéis escuchado con fe plena, manteniendo vuestra atención, podáis encontrar en ella algún significado mistérico. Pues todo lo que hizo nuestro Señor Jesucristo, cosas estupendas y maravillosas, fueron obras y signos: porque el operar se manifiesta en la fuerza, el signo en su significado. Si ponderamos el significado de lo ocurrido, este ciego es figura de todo el género humano. Esta lamentable ceguera la encontramos transmitida desde el primer hombre, del que no sólo traemos el origen, sino también una carga de malicia. Así pues, si por causa suya hemos perdido la luz, y no podemos reparar eso por nosotros mismos, aquí tenemos a Jesús pronto a sanarnos: él espera el corazón contrito y humillado, él promete a los que lloran el remedio del consuelo eterno. Expongámosle nuestros deseos, purifiquemos el corazón, dejemos salir nuestros suspiros. Ofrezcamos a Dios una víctima pura, lavemos sus pies con nuestras lágrimas, suplicándole con sollozos que aparte ya de nosotros las tinieblas de nuestro corazón, y así haga crecer en nosotros la fuerza de su amor; no ya heredada, sino propia. R. Amén.
Por la gracia de la piedad de Aquél que es bendito por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Dios, luz eterna del entendimiento humano, ilumina a los que estamos en tinieblas por el pecado de nuestros progenitores: restaure la gracia otorgada lo que perdió la naturaleza viciada; y así los que en algún tiempo hemos sido tinieblas en nosotros mismos, podamos en ti quedar iluminados para siempre. Ninguna niebla pecaminosa nos domine en adelante, ninguna noche de iniquidad pueda nacer en nosotros cuando tú nos iluminas constantemente con tu luz. Seas para tus siervos día perpetuo, que nos permita andar sin peligro de incurrir en el error, y adelantar por el buen camino, corriendo sin fatiga por el camino de tu Ungido, siguiendo las huellas del Salvador, como el ciego de nacimiento. Ésta es ciertamente la víctima de salvación, ésta la ofrenda del sacrificio único: adorar a tu Unigénito, nacido verdaderamente en un cuerpo como el nuestro, y, despreciando la sinagoga de los tergiversadores, reconocerte exaltado entre las gentes. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los Santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Jesús, redentor del género humano, restaurador de la luz eterna, concede a tus siervos que como hemos sido lavados del pecado original por el baño del bautismo, significado en aquella piscina que otorgó la luz a los ojos del ciego, nos purifiques también de los pecados por el segundo bautismo de las lágrimas; y merezcamos así hacernos pregoneros de tu gloria, como aquél ciego fue heraldo de tu gracia. Y como él fue colmado de fe para confesarte como Dios verdadero, nosotros quedemos también repletos con el testimonio de las buenas obras. Y tú que eres piadoso para los que te invocan, acógenos con piedad tan sobreabundante, que por estos sacrificios que te ofrecemos, los que vivimos obtengamos la salvación y los difuntos el gozo eterno que no tiene fin. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Dios, que amaste este mundo con tanta paz y caridad, que por tu Unigénito Hijo, con gratuita misericordia, quisiste asociar lo terrestre y lo celestial, que por la ceguera del primer hombre habían quedado tan distantes, concede a los que nos apartamos del amor del prójimo por la tenebrosidad de nuestras conductas que, luciendo tú ahora constantemente en nosotros, quedemos consolidados en la dulzura de tu nombre, y así podamos estrechar en el abrazo del amor eterno, a los amigos en ti y a los enemigos por ti. R. Amén.
Por ti, que eres la paz verdadera y la caridad perpetua, Dios nuestro, que reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es digno y justo darte gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. Que por la luz de su fe repelió las tinieblas del mundo, y convirtió en hijos de gracia a los que estaban sometidos al justo castigo de la ley. Que vino para juzgar a este mundo, de forma que viesen los que no veían y los que veían quedaran ciegos: los unos porque confesando que padecían las tinieblas de sus errores percibieron la luz eterna, por la que quedaron libres de las tinieblas del pecado; mientras los otros que, arrogantes de sus méritos pensaban que tenían en sí la luz de la justicia, quedaron más envueltos en las tinieblas, porque aupados en su soberbia y confiando en su propia justicia, no buscaron al Médico que los sanara. [Ciertamente que por Jesús, que dijo ser la puerta, hubieran podido llegar al Padre, pero como se envanecieron torpemente de sus merecimientos, se quedaron en su ceguera. Por eso venimos humildes, sin presumir de nuestros méritos, y manifestamos ante tu altar, Padre santísimo, nuestras llagas, confesamos las tinieblas de nuestros errores, descubrimos lo oculto de nuestra conciencia. Y te suplicamos, Señor, medicina para nuestras heridas, luz eterna para nuestras oscuridades, la pureza de la inocencia para nuestras conciencias. Pues ansiamos con toda el alma poder ver tu rostro y nos lo impide la ceguera del corazón. Deseamos ver el cielo y no lo conseguimos porque, cegados con las tinieblas del pecado, ni siquiera acertamos a mirar para imitar su vida santa, a quienes por la excelencia de su vida, son ya los habitantes del cielo. Sal a nuestro encuentro, Jesús, cuando acudimos a orar en tu templo y curarnos a todos en este día, tú que no quisiste guardar el sábado al obrar tus milagros. Mira cómo hoy ante la gloria de tu nombre destapamos nuestras heridas. Aplica el medicamento conveniente a nuestras enfermedades, socorre, como lo prometiste, a los que te invocan, tú que nos hiciste de la nada. Prepara un colirio y toca con él los ojos de nuestro cuerpo y de nuestra alma, para que ni unos ni otros vuelvan a caer en las tinieblas del error. Mira cómo regamos tus pies con nuestras lágrimas, no nos apartes humillados, buen Jesús, de tus pisadas, tú que viniste al mundo en humildad.] Escucha ya los ruegos de todos nosotros, y arrancando la ceguera de nuestros pecados, haz que veamos la gloria de tu rostro en aquella felicidad de la paz eterna, cuando alcemos nuestras voces, diciendo:

Post Sanctus
Santo y bendito es en verdad el día que no acaba, es en verdad el que lleva la luz, nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Él iluminó el mundo con la luz de su divinidad, librándolo del dominio de las tinieblas, y haciéndonos en Él luz verdadera a nosotros que antes éramos tinieblas. De forma que le conociéramos por la iluminación de la fe a Él que por todos nosotros entregó su vida.
Él es el Cristo, el Redentor eterno.

Post Pridie
Toca con tus dedos, Jesús Hijo de Dios, las tinieblas de nuestro corazón, para que siendo tú la luz que brilla en nosotros, quedemos libres de las tinieblas del pecado; de manera que penetres con la luz de la santificación eterna estos dones que te ofrecemos y nos libres de las ocasiones de pecado, y así santificados, merezcamos recibir la Eucaristía de tu cuerpo y de tu sangre. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Jesús maestro, sal a nuestro encuentro cuando vamos andando por el camino, ansiosos de llegar a la patria; para que precedidos de tu luz, caminemos por la senda recta y no nos desviemos a la horrorosa tiniebla que es la noche de este mundo, pues nos alumbras tú que eres el camino, la verdad y la vida. Concédenos, pues, que como aquel ciego obtuvo la gracia de la salvación por la confesión de la verdadera fe, así nosotros encontremos en tus palabras el cumplimiento de lo que piadosamente pedimos, al proclamar desde esta tierra la oración que tú nos enseñaste :

Benedictio
Jesucristo, el Señor omnipotente, que con su poder aplicó la medicina a los ojos ciegos, aparte vuestros ojos de toda vanidad. R. Amén. Él, que concedió al ciego que pudiera conocerle en verdad, confirme vuestros corazones en el amor de su nombre. R. Amén. Él, que por este milagro llenó de admiración a aquellas gentes os colme a vosotros con el don de su santo poder, para que podáis llegar sin mancha a la vida eterna. R. Amén.
Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Cantus ad Accedentes (Jn 6, 53b; 6, 35b; 8, 12b. 51; 10, 9. 15)
En verdad os digo: si coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, tendréis vida en vosotros. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás. V. Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. R. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás. V. En verdad os digo: el que escucha mis palabras no verá jamás la muerte. R. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás.  V. Yo soy la puerta, el que entra por mí se salvará, y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos. R. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás. V. Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre, doy la vida por mis ovejas. R. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

Completuria
Colma, Señor, de alegría nuestros corazones, ya que te has dignado darnos la Eucaristía de tu sagrado cuerpo; de forma que así como somos reconfortados por la recepción de los alimentos, merezcamos también saciarnos de felicidad con tus dones espirituales. R. Amén.
Por la dignación de tu misericordia, Dios nuestro, que vives y lo gobiernas todo por los siglos de los siglos. R. Amén.