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Domingo II de Cuaresma.

(Rito hispano-mozárabe)



segundo domingo de cuaresma, 
misa de la mujer samaritana



Lectura sapiencial
Lectura del libro de los Proverbios (Prov 14, 33-15, 8).
R. Demos gracias a Dios.
Hijo:
33 El corazón del sensato alberga sabiduría,
entre los necios es desconocida.
34 La justicia engrandece a una nación,
su fracaso es la ruina de los pueblos.
35 Siervo inteligente se gana al rey,
el tonto se hace objeto de su ira.
15, 1 Respuesta amable calma la cólera,
palabra áspera excita la ira.
2 La lengua del sabio rezuma saber,
la boca del necio profiere necedades.
3 En todo lugar los ojos del Señor
observan malvados y honrados.
4 Lengua amable es árbol de vida,
lengua áspera rompe el corazón.
5 El necio desprecia la corrección paterna,
el prudente escucha la reprensión.
6 La casa del honrado desborda de bienes,
las ganancias del malvado son inestables.
7 Los labios del sabio destilan ciencia;
la mente del necio, ignorancia.
8 El Señor detesta el sacrificio del malvado,
la oración de los rectos alcanza su favor. R. Amén.

Lectura histórica
Lectura del libro del Génesis (Gn 41, 1-45a).
R. Demos gracias a Dios.
En aquellos días:
1 Dos años después, el faraón soñó que estaba de pie junto al Nilo, 2 y que salían de él siete vacas hermosas y gordas, que se pusieron a pacer en el juncal. 3 Detrás de ellas salieron del Nilo otras siete vacas feas y flacas que se pusieron junto a las otras a la orilla del Nilo. 4 Las siete vacas feas y flacas se comieron a las siete vacas hermosas y gordas. Entonces el faraón despertó.
5 Volvió a dormirse y tuvo un segundo sueño: siete espigas granadas y hermosas brotaban de un mismo tallo. 6 Detrás de ellas brotaron otras siete espigas raquíticas y agostadas por el viento solano. 7 Las siete espigas raquíticas se tragaron a las siete espigas granadas y llenas. Entonces el faraón despertó: había sido un sueño.
8 A la mañana siguiente, turbado el ánimo, mandó llamar a todos los magos de Egipto y a todos sus sabios. El faraón les contó el sueño, pero nadie pudo interpretárselo. 9 Entonces el jefe de los coperos dijo al faraón: «Es hora de que reconozca mi falta. 10 Cuando el faraón se irritó contra sus servidores y me puso bajo custodia en casa del jefe de la guardia a mí y al jefe de los panaderos, 11 él y yo tuvimos un sueño la misma noche; cada sueño con su propio sentido. 12 Había allí con nosotros un joven hebreo, criado del jefe de la guardia; le contamos nuestros sueños y él nos los interpretó, dando a cada sueño su propio sentido. 13 Y conforme nos los interpretó, así sucedió: a mí se me restableció en mi cargo, y a él se lo colgó».
14 El faraón mandó llamar a José. Lo sacaron rápidamente del calabozo; se cortó el pelo, se cambió de ropas y se presentó al faraón. 15 El faraón dijo a José: «Tuve un sueño y nadie pudo interpretarlo; pero he oído decir de ti que apenas oyes un sueño lo interpretas». 16 José replicó al faraón: «No yo, sino Dios dará al faraón respuesta propicia». 17 El faraón dijo a José: «Soñé que estaba de pie junto al Nilo, 18 y que salían de él siete vacas gordas y hermosas que se pusieron a pacer en el juncal. 19 Detrás de ellas salieron otras siete vacas flacas, muy feas y macilentas; no las he visto tan malas en toda la tierra de Egipto. 20 Las vacas flacas y feas se comieron a las siete vacas primeras, las gordas; 21 pero, cuando se las habían tragado, no se notaba que las tuvieran dentro de ellas, pues su aspecto seguía siendo tan malo como al principio. Entonces desperté. 22 En otro sueño, vi brotar de un tallo siete espigas granadas y hermosas. 23 Detrás de ellas brotaron otras siete espigas raquíticas y agostadas por el viento solano. 24 Las siete espigas raquíticas se tragaron a las siete espigas hermosas. Se lo conté a los magos, pero ninguno pudo interpretármelo».
25 José dijo al faraón: «El sueño del faraón es uno solo. Dios anuncia al faraón lo que va a hacer. 26 Las siete vacas hermosas son siete años, y las siete espigas hermosas son siete años: es el mismo sueño. 27 Las siete vacas flacas y feas que salían tras ellas son siete años, y las siete espigas raquíticas y agostadas por el viento solano son siete años de hambre. 28 Es justamente lo que he dicho al faraón: Dios ha mostrado al faraón lo que va a hacer. 29 Van a venir siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto. 30 Pero después vendrán siete años de hambre, que harán olvidar toda la abundancia en la tierra de Egipto, pues el hambre consumirá el país. 31 No se sabrá lo que es la abundancia en el país, a causa del hambre que seguirá, pues esta será terrible. 32 El que se haya repetido el sueño del faraón dos veces significa que Dios confirma su palabra y que se apresura a cumplirla. 33 Por consiguiente, que el faraón busque un hombre perspicaz y sabio, y lo ponga al frente de la tierra de Egipto. 34 Intervenga el faraón y nombre inspectores sobre el país, que recauden la quinta parte del producto de la tierra de Egipto durante los siete años de abundancia; 35 que reúnan toda clase de alimentos durante los años buenos que van a venir, almacenen trigo, bajo la autoridad del faraón, en las ciudades, y lo guarden. 36 Servirán de provisiones al país para los siete años de hambre que vendrán después en la tierra de Egipto, y así no perecerá de hambre el país».
37 Al faraón y a todos sus servidores les pareció bien la propuesta; 38 y les dijo el faraón: «¿Acaso podemos encontrar un hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios?». 39 Y el faraón dijo a José: «Puesto que Dios te ha hecho conocer todo esto, no hay nadie tan perspicaz y sabio como tú. 40 Tú estarás al frente de mi casa y todo mi pueblo acatará tus órdenes; solamente en el trono seré superior a ti». 41 Y añadió el faraón a José: «Mira, te pongo al frente de toda la tierra de Egipto». 42 Luego el faraón se quitó el anillo de su mano y lo puso en la mano de José; le hizo vestir ropas de lino y le puso un collar de oro al cuello. 43 Luego lo hizo montar en la carroza de su primer ministro y la gente gritaba ante él: «¡Gran visir!». Así lo puso al frente de toda la tierra de Egipto. 44 El faraón dijo a José: «Yo soy el faraón, pero sin tu permiso nadie moverá mano o pie en toda la tierra de Egipto».45 El faraón llamó a José Zafnat Panej y le dio por mujer a Asenat, hija de Potipera, sacerdote de On. Y José salió a recorrer la tierra de Egipto. R. Amén.

Psallendum (Sal 26, 9b-10. 7)
Tú eres mi auxilio, Señor, no me abandones ni me desprecies, Dios mío, mi salvador. V. Porque mi padre y mi madre me abandonaron pero el Señor me acogió. R. Dios mío, mi salvador. V. Escucha, Señor, mi voz que clama a ti, ten misericordia y escúchame. R. Dios mío, mi salvador.

Apóstol
Lectura de la carta de Santiago apóstol a las doce tribus (Sant 2, 14-23).
R. Demos gracias a Dios.
14 ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? 15 Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario 16 y uno de vosotros les dice: «Id en paz, abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. 18 Pero alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe». 19 Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. 20 ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil? 21 Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado por sus obras al ofrecer a Isaac, su hijo, sobre el altar? 22 Ya ves que la fe concurría con sus obras y que esa fe, por las obras, logró la perfección. 23 Así se cumplió la Escritura que dice: Abrahán creyó a Dios y eso se le contó como justicia y fue llamado «amigo de Dios». R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (Jn 4, 3-42).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Nuestro Señor Jesucristo dejó Judea y partió de nuevo para Galilea. Era preciso pasar por Samaría. Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: 9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 10 Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». 11 La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12 ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». 13 Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». 15 La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». 16 Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». 17 La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». 19 La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. 20 Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». 21 Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así. 24 Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». 25 La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». 26 Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
27 En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». 28 La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29 «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». 30 Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. 31Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». 32 Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». 33 Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36 el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. 37 Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. 38 Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
39 En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40 Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo». R. Amén.

Laudes (Sal 68, 31. 35)
Celebraré en un cántico el nombre de Dios, le ensalzaré con mi acción de gracias. V. Que le alaben los cielos y la tierra, el mar y cuanto en él se mueve. R. Le ensalzaré con mi acción de gracias.

Sacrificium (Lv 23, 37; 4, 1b; 11, 2. 26)
Estos serán para vosotros días consagrados, en los que humillaréis vuestras almas, ofreciendo holocaustos al Señor, vuestro Dios. V. Cualquiera que no tenga esto en cuenta, será apartado del pueblo de Dios. R. Estos serán para vosotros días consagrados, en los que humillaréis vuestras almas, ofreciendo holocaustos al Señor, vuestro Dios. V. Si cumplís todo lo prescrito por el Señor y os acomodáis a sus preceptos, observándolos fielmente, habitaréis esta tierra sin temor alguno: no habrá quien pueda haceros daño, y la tierra dará sus frutos para que comáis y quedéis saciados. R. Ofreciendo holocaustos al Señor, vuestro Dios.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, considerando con solicitud y atención el misterio de nuestra redención, os invito a glorificar a nuestro Salvador según nuestras posibilidades: ofrezcamos el sacrificio vivo a él que ha querido formarse una Iglesia de entre las naciones. Nosotros, llamados a la fe de entre los hombres, veámonos representados en aquella mujer samaritana del Evangelio, figura de los gentiles, y, por ella, ofrezcamos a Dios por nosotros el sacrificio de un corazón quebrantado. El que se ha dignado ayudar al mundo envejecido por el pecado atenderá a quienes le suplican. El que ha asumido nuestra debilidad dará el remedio eficaz a nuestras preces. El que, fatigado, se sentó junto al pozo, dará oído a las peticiones. Nos enseñará cómo orar de modo justo, el que inspiró a la mujer samaritana para que creyera. Aquel que, cuando quiso, se compadeció de los que estaban a punto de perecer, concederá a los redimidos el premio en la eterna bienaventuranza. R. Amén.
Por la misericordia de nuestro Dios, digno de toda alabanza, que vive y sobre todo reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Jesús, Señor y Redentor nuestro, que, para salvar al género humano, en la última etapa de la historia, bajaste hasta lo más profundo de nuestra miseria; conserva y santifica en la unidad de la santa fe a tu Iglesia, que salvaste de la tenebrosa profundidad del pozo para unirla a ti por la gracia. Concede a cuantos permanecen en ella que, así como por la fe se acercaron a ti, puedan ver saciada su sed en el cielo; que seamos introducidos en el reino de la vida eterna por ti, de quien hemos recibido la luz de la fe. Concédenos a los sedientos poder beber de la fuente eterna, de tal manera que nunca más tengamos sed. Purifica nuestro corazón de toda tenebrosa oscuridad de error, para que no se cierre sobre nosotros la boca del pozo. Que te encontremos a ti, Cristo, esperándonos junto al pozo, los que por nuestra culpa hemos incurrido en pecado; que cuando, ciegos, nos deslicemos en el mal, nos veamos sostenidos por el don de tu gracia. Aparta de nuestros corazones la persistente malicia de nuestra vida anterior, tú que, con la fuerza renovadora del Espíritu, has iniciado la obra de la fe en la samaritana. Señor Jesús, tú que eres bueno, concédenos, te lo pedimos, vivir estos días con el espíritu lleno de santos deseos, y, como diste a la samaritana el don de la fe, podamos conocerte en verdad; que, con tu ayuda, en estos días santos, no nos manchen las pasiones, no nos domine la malicia, no nos divida el pecado; más bien, congregados en la unidad de la santa fe, protegidos e iluminados por la acción el Espíritu Santo, seamos purificados de nuestros delitos, para que, al llegar la solemnidad de Pascua, celebremos con fervor el misterio de nuestra redención, y, realmente redimidos, nos alegre la luz eterna. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los Santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Cristo, Hijo de Dios vivo, la mujer samaritana mereció conocer tu poder, creer en ti con un corazón casto y anunciar tu nombre al volver a la ciudad; haz que nuestros nombres queden escritos en el cielo tal como el nombre de tu gloria, se hizo célebre entre el pueblo de Samaría, por razón de tus obras divinas. Concédenos también, Dios santo, que cuántos creemos y confesamos el nombre de tu santísima Trinidad, no merezcamos nunca los suplicios eternos. Que todos los que han sido llamados a la fe, que de ti hemos recibido, nos veamos libres del fuego eterno; que cuantos, en esta vida, mantuvieron intacto el depósito de la fe, puedan saciarse con el premio gozoso de la vida eterna. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Salvador del mundo, Verbo del eterno Padre, después de aceptar la fe de la mujer, invitado por los samaritanos, permaneciste con ellos dos días, recomendando así en figura el doble precepto del amor a Dios y al prójimo: purifica nuestro corazón de todo crimen y de la ceguera de toda ignorancia. Concédenos lo mismo que diste a ellos, para prepararte en nosotros una digna morada: que mantengamos con fidelidad el amor al prójimo, de modo que podamos acercarnos a ti; y conozcamos perfectamente tu caridad, para poder alcanzar el gozo de la vida eterna. R. Amén.
Porque tú eres nuestra paz verdadera, caridad indivisible; tú que vives contigo mismo y reinas con tu Hijo y el Espíritu Santo, un solo dios, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es justo y necesario darte gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro. El cual, viniendo del cielo para salvar al género humano, se sentó junto al pozo, sediento y fatigado, como está escrito. Él mostraba así la realidad de su naturaleza humana, ya que había asumido nuestro cuerpo mortal, aunque en él habitaba corporalmente la plenitud de la divinidad. En efecto, creemos que si se muestra fatigado por el camino es por razón de la debilidad de su carne. Salió a recorrer su camino para dejar constancia de su encarnación. Aunque se cansaba por razón de su naturaleza humana, no nos permite sin embargo ser débiles a causa de su debilidad. Pues cuánto más débil aparecía, más fuerte era en favor nuestro: puesto que, con su abatimiento, vino a sacar el mundo del poder de las tinieblas, se sentó, tuvo sed, y pidió agua a la mujer. Él, hecho hombre, se había rebajado, y, sentado junto al pozo, hablaba con la mujer. Tenía sed de agua, y pidió su fe. En aquella mujer, la fe que buscaba y pedía, la obtuvo; y así, cuando llegaron los discípulos, pudo decir de ella: yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis. Él, que había suscitado en ella el don de la fe, reclamaba que le diese agua para beber; Él, que la abrasaba con el fuego de su amor, sediento, le pedía bebida para calmar su sed. [Por eso, nosotros, ante tan gran prodigio, ¿qué podemos ofrecerte, Dios santo, inmaculado y piadoso, sino una conciencia limpia y una voluntad totalmente disponible para tu amor? Ofreciendo a tu nombre una víctima pura, te pedimos y suplicamos: obra en nosotros la salvación, tú que suscitaste la fe en aquella mujer, extirpa de nosotros los vicios de la carne, tú que la libraste del engaño de la idolatría. Que experimentemos tu bondad en el juicio futuro, tal como ella te encontró dispuesto al perdón. Obra tuya somos, no podemos salvarnos sino por ti. Ayúdanos, tú que eres la verdadera redención, la plenitud del amor infinito. No permitas que se pierda lo que es tuyo. A los que diste la naturaleza racional, concédeles la gloria eterna, de modo que cuantos te alabamos en esta vida, podamos glorificarte aún más en la felicidad eterna. ] Tú eres nuestro Dios, no nos alejes de tu rostro, y mira a los que creaste con inmerecida misericordia; de modo que, al final de nuestra existencia, después de haber obtenido el perdón de lo merecido por nuestras culpas y habiendo hallado gracia en tu presencia; nos veamos libres de la mortal profundidad del pozo de nuestros pecados abandonando el cántaro de nuestros malos deseos y podamos entrar en la eterna ciudad de Jerusalén, donde, junto con todos los santos,  podamos celebrar tu nombre, proclamando y diciendo:

Post Sanctus
Santo y bendito es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, cuya sola presencia causa la muerte del pecado. Nadie puede presentarse ante él permaneciendo en su malicia. Así, aquella mujer le vio de cerca y entendió de modo admirable las palabras que pronunciaba; habiendo conocido realmente quién era Jesús, abandonó el cántaro de los vicios, y yendo a la ciudad, no pudo callar el prodigio de la potencia que había experimentado. A nuestro Señor y Salvador, sea dada la gloria, la alabanza y el honor, a Él, por cuyo poder caen las redes del pecado, y se enmienda la vida después de la caída. Ofrezcámosle, en la medida de nuestras posibilidades, el sacrificio de un corazón quebrantado, ya que, como Él mismo ha dicho, es el único modo de obtener su favor.
Es el Señor, el Redentor eterno.

Post Pridie
Dios, que enviaste el Espíritu santificador al corazón de la mujer samaritana, para que creyera en ti, para que, bajo su inspiración, te reconociese, para que pudiera proclamar fielmente la potencia de tu majestad. Envía desde el cielo tu Espíritu, para santificar estas ofrendas, para que sean acogidos nuestros deseos, para perdonar nuestros delitos, para que cuantos participen de este sacrificio obtengan el perdón de los pecados y el gozo eterno del premio que no tiene fin. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Fuente de vida eterna, Jesús, Hijo de Dios Padre, danos siempre el agua viva, da a los sedientos la vida eterna, para que tu Reino permanezca en nosotros. Tú, Cristo, escúchanos desde lo alto, junto con el Padre, a quien invocamos en la tierra, tal como nos enseñaste:

Benedictio
Cristo, Hijo Unigénito de Dios, que se dignó despertar la fe en la mujer samaritana avive en vosotros la sed de su amor. R. Amén. El mismo Redentor que la dispuso para recibir la llamada al Reino obre en vosotros de tal manera que obtengáis la eterna recompensa. R. Amén. El que dio a los discípulos el precepto de orar, os escuche cuando lo invoquéis en cualquier momento. R. Amén.
Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Cantus ad Accedentes (Jn 10, 9; 6, 56; 6, 50-51. 65; 7, 6b; 7, 16b. 28b)
Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. V. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. R. Y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos. V. Este es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. R. Y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos. V. Os he dicho que nadie puede venir a mí si mi Padre no se lo concede. R. Y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos. V. Mi tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo siempre está a punto. Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado. R. Y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos. V. Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio, yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis, es veraz. R. El que entre por mí se salvará, y entrará y saldrá y encontrará buenos pastos.

Completuria
Colma, Señor, de alegría nuestros corazones, ya que te has dignado darnos la Eucaristía de tu sagrado Cuerpo; de forma que así como somos reconfortados por la recepción de los alimentos, merezcamos también saciarnos de felicidad con tus dones espirituales. R. Amén.
Por la dignación de tu misericordia, Dios nuestro, que vives y lo gobiernas todo por los siglos de los siglos. R. Amén.