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Hacia la cruz, no hacia el sagrario.

No solo la sede se mueve...también el sagrario. Lo mismo que con el cambio de lugar de la sede, el cambio del sagrario dentro de las iglesias expresa una mentalidad concreta. Aunque he celebrado muy pocas veces hacia Oriente -pues desde Roma se debería recomendar/mandar oficialmente a hacerlo, no el liturgista de turno que "hace cosas raras"-, soy un gran defensor de esta manera de celebrar. Mucho antes de que se pusiese de moda con Benedicto XVI. Sin embargo, el cambio de orientación no lo es todo. Hay que reconocer que, en la orientación de la asamblea se han introducido elementos que cambian el sentido original.
Para comenzar citaré un pie de página de Manuel González sobre la importancia de celebrar mirando a la cruz:

"Nilo de Ancira (+430) atestigua que en el ábside de las iglesias no se representa más que el signo de la cruz gloriosa y ésta hacia Oriente. La cruz, hacia la que se dirigía la oración, era considerada como un signo de victoria, como la señal con la que volverá el Hijo del Hombre al final de los tiempos (Mt 24,30), por eso se adornaba con oro y piedras preciosas" (Orientem versus. Consideraciones en torno al altar, en AA.VV., La eucaristía al inicio del tercer milenio, II, Madrid, 2007, 202, nota 125).
 
El orar hacia la cruz tenía -y debe tener- un sentido escatológico. La asimilación Oriente-cruz es harto conocida por los estudiosos del tema. Pero orar hacia Cristo que vendrá no es lo mismo que orar ante una presencia actual. El sentido de Iglesia que peregrina al encuentro de Cristo es connatural a esta orientación al celebrar. Su simbolismo es único. La cruz hacia la cual oramos es diferente al altar y al sagrario. No pocas veces simplificamos en nuestra mente: "esto simboliza a Cristo". Pero el sentido concreto en cada caso es muy diferente. Esto me recuerda a algo que presencié hace unos meses. Un sacerdote mayor que para proclamar el evangelio hizo la correspondiente inclinación -y supongo que también la oración en secreto- pero no hacia el altar -como lo mandan las rúbricas- sino ¡hacia el sagrario!
Las simplificaciones mentales tienen mucho que ver con la conocida falta de simbólica del hombre moderno y posmoderno. La historia nos introduce también en esta pérdida de simbólica, además de las sensibilidades pastorales. Para facilitar la adoración eucarística prolongada se sitúa el sagrario en el altar mayor:
 
"Sería la piedad eucarística barroca la que pondría el sagrario en el centro del altar mayor, con el fin de posibilitar las adoraciones prolongadas de los fieles que caracterizaron dicho periodo. Sin embargo, esta costumbre no se generalizó realmente hasta mediados del siglo XIX" (F. Arocena, Contemplar la Eucaristía. Antología de textos para celebrar los dos mil años de presencia, Madrid, 2000, 29).

Estos datos nos hacen comprender mejor la frase del entonces cardenal Ratzinger que vierte sobre la historia reciente de la liturgia:

"Ahora bien, hay que reconocer que, por lo menos a partir del siglo XIX, no sólo había desaparecido el significado de la orientación cósmica de la liturgia, sino que además apenas se entendía el contenido de la imagen de la cruz como punto de referencia cristiana. Así que la antigua orientación de la celebración había perdido su mensaje; sólo por eso pudo surgir el comentario de que el sacerdote  celebra 'de cara a la pared', o incluso la idea de que celebraba hacia el tabernáculo. Sobre la base de este malentendido no es de extrañar el éxito triunfal de la nueva orientación de la celebración, que se ha impuesto sin mandato expreso y a pesar de ello (o quizá por ello) con una unanimidad y una velocidad, que no serían concebibles de no haberse perdido el significado originario en la liturgia preconciliar" (La fiesta de la fe: Ensayo de Teología Litúrgica, Bilbao, 1999, 189)

Por un lado, no todo lo que simboliza a Cristo tiene el mismo valor: una imagen del niño Jesús, aunque la veneremos, no es una presencia real-sustancial. El simbolismo del altar, que representa a Cristo, siempre será necesariamente sacrificial. Por el otro, nos damos cuenta que las ideas y prácticas pastorales influyen en la liturgia, sobre todo en la disposición de los polos celebrativos (altar, sede y ambón) y los demás elementos que los rodean. Estas cuestiones escapaban a las rúbricas y a la mentalidad del misal de 1570, lo que lleva a J. Ratzinger a expresarse en esos términos. La liturgia, por lo tanto, tenía -y tiene- necesidad de reforma.
Con estos datos se comprende mejor el número 315 de la actual Ordenación General del Misal Romano:

"Por razón del signo, es más conveniente que el sagrario en el que se reserva la Santísima Eucaristía no esté en el altar donde se celebra la Misa"

Cuando leemos "por razón del signo" nos acordamos rápidamente de la misma frase en el contexto del Ritual de la adoración y culto a la eucaristía fuera de la misa: la misa con exposición se prohíbe en razón del signo, es decir, para que no se confunda que la presencia de Cristo es fruto de la misa y no al revés. Pero aquí, con lo que hemos visto, descubrimos el verdadero sentido del "por razón del signo" de la ubicación del lugar de la reserva: no nos orientamos hacia el sagrario, que como dice el mencionado ritual tiene como objeto principal guardar la comunión para el Viático, sino que nos orientamos hacia Cristo que vendrá en gloria: no el Cristo que está presente para ser comido -sagrario- o para ser escuchado -ambón-, sino para reinar por toda la eternidad. De lo contrario, celebremos hacia Oriente/Cruz o no, perderemos la tensión escatológica que siempre ha caracterizado al cristiano.
Adolfo Ivorra